Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales..jpg)
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Yo: Mi general, en España está ocurriendo algo que desconcierta a sociólogos, historiadores y analistas políticos. Cada vez son más los estudios que detectan entre una parte de la juventud una cierta nostalgia del franquismo o, al menos, una visión mucho menos crítica de aquella época. Resulta paradójico sentir nostalgia de un tiempo que nunca se ha vivido. La nostalgia suele pertenecer a la memoria; aquí, en cambio, parece pertenecer a la imaginación.
Yo viví una parte importante de su régimen y, sin embargo, no siento nostalgia de él. Tampoco creo que un fenómeno histórico de semejante magnitud pueda repetirse. Pero sí debo reconocer una cosa: la evolución de la izquierda española me ha obligado a revisar muchos de mis propios prejuicios. No me ha llevado a idealizar el franquismo, pero sí a preguntarme hasta qué punto el relato que durante décadas se ha construido sobre usted ha estado condicionado por la propaganda, el sectarismo o la necesidad política de convertirle en el símbolo absoluto de todos los males de España.
Sin embargo, aunque la inmensa mayoría de los jóvenes continúa respaldando el sistema democrático, las encuestas muestran un fenómeno inquietante: entre un 18 % y un 19 % de los jóvenes de entre 18 y 26 años califican los años de su régimen como "buenos" o "muy buenos", y alrededor de una cuarta parte de los hombres de la Generación Z considera que, en determinadas circunstancias, un gobierno autoritario podría ser preferible a una democracia.
Los especialistas suelen señalar tres causas principales.
La primera es la frustración económica. La dificultad para acceder a una vivienda, la precariedad laboral y la sensación de que el esfuerzo ya no garantiza un futuro hacen que muchos idealicen un pasado resumido en consignas como "había pleno empleo", "un obrero podía comprarse una casa" o "existía orden y seguridad". No buscan tanto volver al franquismo como escapar de un presente que les decepciona.
La segunda es el impacto de las redes sociales, donde el cuestionamiento del consenso democrático se presenta con frecuencia como un gesto de rebeldía frente a lo políticamente correcto. En ese universo digital, los matices desaparecen y las soluciones simples resultan mucho más seductoras que las explicaciones complejas.
La tercera es el preocupante desconocimiento de la historia reciente. Diversos estudios revelan que muchos estudiantes terminan la enseñanza secundaria con enormes lagunas sobre la España del siglo XX. Quien desconoce las restricciones de las libertades, la censura o los aspectos más duros de cualquier régimen político es mucho más vulnerable a los relatos idealizados que circulan por Internet.
En el fondo, este fenómeno parece decir más sobre el presente que sobre el pasado. Cuando casi siete de cada diez jóvenes manifiestan una profunda insatisfacción con el funcionamiento de la democracia, algunos terminan buscando respuestas en épocas que apenas conocen. El pasado deja entonces de ser historia para convertirse en refugio imaginario.
Mi padre salió de la pobreza y alcanzó una estabilidad económica que siempre atribuyó al orden que, según él, trajo su régimen tras el caos de la Segunda República. Yo pude estudiar en uno de los mejores colegios de mi ciudad, fui a la universidad, leí mucho pese a la censura, escribí bastante —aunque publiqué poco—, formé una familia, tuve una vivienda propia y disfruté del privilegio de criar a tres hijos a los que quiero profundamente, aunque hoy apenas me hagan caso.
Mi general, ¿cómo interpreta usted que tantos jóvenes, que nunca vivieron su régimen, parezcan contemplarlo con más curiosidad e incluso con menos rechazo que quienes sí lo conocieron? ¿Es un juicio sobre su gobierno o, sobre todo, una severa condena del fracaso de la España actual?
Franco: La historia tiene una costumbre que desespera a los ideólogos: termina desobedeciendo sus consignas. Cuando un régimen necesita recordar todos los días que fue el vencedor moral de la historia, es porque empieza a sospechar que ha dejado de convencer.
No creo que esos jóvenes sientan nostalgia de mi gobierno. Nadie puede añorar lo que no ha vivido. Lo que sienten es decepción con el presente. Y cuando el presente decepciona, el pasado comienza a contemplarse con otros ojos.
Durante décadas bastó con pronunciar mi nombre para cerrar cualquier debate. Era suficiente llamarle a uno franquista para descalificarlo sin necesidad de responder a sus argumentos. Mientras España prosperaba, ese método funcionó. Pero cuando los jóvenes descubren que, pese a tantos años de democracia, les cuesta independizarse, formar una familia o encontrar un horizonte estable, empiezan a hacer preguntas que antes nadie se atrevía a formular.
No buscan necesariamente la verdad sobre mi régimen. Buscan una explicación de por qué su vida parece más difícil que la de sus padres o sus abuelos.
Cometen, sin embargo, un error si creen que todos los problemas tienen soluciones autoritarias. Ningún gobierno, por fuerte que sea, puede sustituir el esfuerzo, la responsabilidad o el sentido moral de una nación. El orden sin justicia degenera; la libertad sin orden también.
Me habla usted de adoctrinamiento. Todo poder intenta escribir su propio relato. Eso ocurrió antes de mi gobierno, durante él y después de él. Lo verdaderamente importante no es qué versión enseñe el Estado, sino que existan ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Una sociedad que solo admite una interpretación del pasado acaba perdiendo también la libertad de interpretar el presente.
No me preocupa que la historia me absuelva ni que me condene. Eso pertenece a los historiadores. Me preocuparía mucho más que España perdiera la capacidad de debatir serenamente sobre su propia historia. Cuando una nación convierte el pasado en un dogma, deja de aprender de él.
Si algunos jóvenes me observan hoy con menos prejuicios que sus mayores, no es porque yo haya cambiado. Soy el mismo hombre que murió en 1975. Lo que ha cambiado es la España desde la que me contemplan. Y, a veces, un presente mal gobernado se convierte en el mejor propagandista de un pasado que creían definitivamente enterrado.
No obstante, les diría una cosa a esos jóvenes: no idealicen ninguna época, tampoco la mía. Todos los tiempos tienen sus luces y sus sombras. Gobernar consiste en elegir entre males imperfectos, no en construir paraísos. Si de verdad quieren servir a España, estudien la historia completa, sin mitos y sin odios. Solo así evitarán repetir los errores de quienes creyeron que la propaganda podía sustituir a la verdad.
miércoles, 22 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 14 – La nostalgia del franquismo entre los jóvenes
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