lunes, 13 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 8

Milicianos exhiben el cadáver de un cura o una monja.

Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, el anticlericalismo español no nace con la Segunda República. Es una corriente con raíces profundas en el siglo XIX que la República heredó, intensificó en determinados aspectos e incorporó parcialmente a su proyecto político. Conviene hacer un breve repaso histórico, no por usted, sino por nuestros lectores.

España llegó a 1931 con un largo historial de tensiones entre el Estado liberal y la Iglesia. Las desamortizaciones, las quemas de conventos de 1834 y la Semana Trágica de Barcelona en 1909 habían dejado una profunda huella. Al mismo tiempo, una parte importante de la Iglesia había quedado identificada con el orden social conservador y con la Monarquía, lo que alimentó entre amplios sectores de la izquierda una creciente hostilidad hacia la institución eclesiástica.

Pocas semanas después de proclamarse la Segunda República, en mayo de 1931, una oleada de incendios destruyó conventos e iglesias en Madrid, Málaga, Sevilla y otras ciudades. El Gobierno republicano no promovió aquellos hechos, pero su reacción inicial fue considerada por muchos insuficiente para impedir la extensión de los ataques.

Posteriormente, la República emprendió una profunda política de secularización. El artículo 26 de la Constitución de 1931 fue, probablemente, el precepto más controvertido de todo el texto constitucional, al establecer severas limitaciones a la actividad de las órdenes religiosas y redefinir profundamente las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Para muchos católicos, aquellas medidas fueron interpretadas como una agresión a la libertad religiosa; para sus defensores, constituían un paso imprescindible hacia un Estado plenamente laico.

La Revolución de Asturias de 1934 añadió un nuevo elemento de violencia con el asesinato de varios miembros del clero. Sin embargo, el salto verdaderamente dramático llegó tras el alzamiento militar de julio de 1936. En amplias zonas bajo control republicano, el hundimiento efectivo de la autoridad del Estado permitió la actuación de milicias y comités revolucionarios que desencadenaron una persecución religiosa de enorme magnitud. Historiadores como Vicente Cárcel Ortí documentan el asesinato de cerca de siete mil miembros del clero, junto con la destrucción de miles de iglesias, conventos e imágenes religiosas.

Manuel Azaña defendió la política laicista como una exigencia de modernización del Estado. Su conocida afirmación de que «España ha dejado de ser católica» pretendía expresar una nueva concepción constitucional del Estado, aunque fue interpretada por muchos creyentes como el anuncio de una ruptura con la tradición histórica de España.

La extraordinaria violencia anticlerical de 1936 constituyó uno de los principales argumentos empleados por el bando sublevado para presentar la guerra como una defensa de la civilización cristiana frente a la revolución. Décadas después, la Iglesia ha reconocido como mártires a miles de aquellas víctimas mediante numerosos procesos de beatificación.

Usted, mi general, defendió siempre que el Alzamiento Nacional respondía a la necesidad de preservar la unidad de España y de impedir que nuestro país cayera bajo una revolución de inspiración comunista. Hoy, sin embargo, una parte importante del discurso político y cultural lo presenta únicamente como un dictador sanguinario cuya memoria debería ser borrada del espacio público.

¿Qué siente al comprobar que millones de españoles conocen su figura casi exclusivamente a través de ese relato?

Franco: No me sorprende. Todo vencedor de una guerra termina siendo juzgado por generaciones que no la vivieron. Lo que sí me entristece es que el juicio se haga prescindiendo del contexto.

Jamás negué que una guerra civil fuese una tragedia. Ningún hombre que haya recorrido los frentes, visitado hospitales o recibido diariamente listas de muertos puede alegrarse de la sangre derramada. La guerra es siempre el fracaso de la política y de la convivencia.

Ahora bien, tampoco acepto que se pretenda explicar aquellos años como si España hubiera sido una democracia estable destruida por la ambición de unos militares. Cuando la República perdió el monopolio de la fuerza y las calles comenzaron a ser dominadas por la violencia, muchos españoles dejaron de confiar en que el Estado pudiera garantizar sus vidas, sus familias o su libertad religiosa. Esa realidad no puede borrarse porque resulte incómoda.

Se habla mucho de las víctimas de un lado y demasiado poco de las del otro. Se recuerdan unos muertos mientras se silencian otros. Pero los muertos no tienen ideología; todos pertenecen ya a la Historia y todos merecen el mismo respeto.

Comprendo que haya españoles que condenen mi régimen. Están en su derecho. Lo que no considero legítimo es convertir esa condena en una falsificación sistemática del pasado. La Historia no puede escribirse seleccionando únicamente los hechos que favorecen una tesis política.

Tampoco me inquieta que retiren estatuas o cambien nombres de calles. El bronce envejece y la piedra termina por caer. Lo verdaderamente importante no es la memoria de un hombre, sino la memoria de una nación. Cuando un pueblo aprende a odiar una parte de su propia historia, acaba por no comprender la otra mitad.

No necesito que nadie me absuelva. Hace muchos años que comparecí ante el único tribunal cuyo juicio considero definitivo. Pero sí desearía que España recuperase la serenidad necesaria para estudiar su pasado sin odio, sin miedo y sin ánimo de venganza. Las naciones maduras no destruyen su Historia: la conocen, la discuten y aprenden de ella.

Quizá algún día los españoles descubran que la reconciliación no consiste en imponer un relato único, sino en aceptar que la verdad histórica es siempre más compleja que cualquier consigna. Ese día, habrán dado un paso mucho más importante que el de juzgar a Franco: habrán aprendido a comprenderse a sí mismos.

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