domingo, 30 de agosto de 2026

¿Qué es lo peor que hizo Zapatero como presidente del gobierno de España?

¿Qué es lo peor que hizo?

José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa en 2004 con una España en expansión, crecimiento económico y superávit presupuestario. Siete años después abandonó el poder dejando una economía golpeada por una crisis extraordinaria, un paro superior al 20% y una sociedad profundamente dividida. ¿Cuál fue su peor decisión?

1. Negar durante demasiado tiempo la gravedad de la crisis económica

Probablemente sea el mayor error de su Gobierno. En junio de 2008, cuando la economía española ya sufría los efectos del estallido inmobiliario y de la crisis financiera internacional, Zapatero afirmó que hablar de crisis era "opinable".

En septiembre insistía en hablar de "estancamiento", mientras el deterioro económico se aceleraba. Aunque posteriormente reconoció que se había equivocado al considerar que se trataba de una desaceleración y no de una crisis, el retraso tuvo un coste político y económico considerable.

El problema no fue que Zapatero no pudiera prever la dimensión mundial del desastre. Nadie podía hacerlo con precisión. El problema fue no reconocer con suficiente rapidez las debilidades específicas españolas, especialmente la dependencia de la construcción y del crédito inmobiliario. En 2007, incluso el Gobierno reclamaba a bancos y cajas que mantuvieran el crédito al sector inmobiliario.

2. El histórico recorte social de mayo de 2010

El giro de mayo de 2010 fue otro de los momentos decisivos. Presionado por los mercados y por la Unión Europea, Zapatero abandonó buena parte de su política expansiva y anunció un severo paquete de austeridad.

Se redujo aproximadamente un 5% el salario de los empleados públicos, se congelaron las pensiones para 2011, se eliminó el llamado cheque-bebé y se recortó la inversión pública. El paquete pretendía ahorrar unos 15.000 millones de euros.

El propio Gobierno reconocería oficialmente que España había perdido más de dos millones de empleos en dos años y que el paro se aproximaba al 20%.

La paradoja fue demoledora: el presidente que durante años había rechazado la palabra "crisis" terminó aplicando uno de los mayores ajustes sociales de la democracia.

3. La reforma exprés del artículo 135

En agosto de 2011, a pocos meses de abandonar el poder, Zapatero pactó con el PP una reforma constitucional que introdujo la estabilidad presupuestaria como principio constitucional y estableció la prioridad del pago de la deuda pública.

La reforma fue legal y constitucionalmente válida, pero su procedimiento provocó una enorme controversia. Se tramitó por vía de urgencia y lectura única, sin referéndum, rompiendo con la tradición de consenso asociada a la Constitución de 1978.

Es, posiblemente, la decisión institucional más trascendente de Zapatero: modificó la propia Constitución para limitar el déficit de las Administraciones Públicas.

4. La Memoria Histórica y la polarización

A mi modo de ver, uno de los errores políticos más graves de Zapatero fue convertir la memoria de la Guerra Civil y del franquismo en una cuestión central de la política española. La Ley de Memoria Histórica de 2007 pretendía reconocer y ampliar los derechos de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura. Su propósito reparador podía ser legítimo. El problema estuvo en las consecuencias políticas de convertir aquel pasado en materia de confrontación partidista.

La Transición había construido, con todas sus imperfecciones, un principio que resultó esencial para la convivencia: no utilizar la Guerra Civil como arma contra el adversario. El espíritu del pacto constitucional de 1978 descansaba, precisamente, en la voluntad de que vencedores y vencidos, izquierdas y derechas, renunciaran a ajustar cuentas con el pasado para construir juntos un futuro democrático.

Zapatero alteró ese equilibrio. La memoria dejó de ser solamente una cuestión de reparación individual y pasó a ocupar un espacio creciente en el debate político. La consecuencia, según sus críticos, fue la recuperación de un lenguaje y unas categorías que parecían pertenecer a otra época: las dos Españas, los vencedores y los vencidos, la izquierda heredera de unas víctimas y la derecha presentada como depositaria de determinadas responsabilidades históricas.

El resultado fue una nueva utilización política del pasado.
 La Guerra Civil, que durante décadas había sido una tragedia que muchos españoles habían decidido recordar con prudencia o incluso silenciar para evitar repetirla, regresó al debate público con una intensidad desconocida desde la Transición.

No significa esto que las víctimas debieran ser olvidadas. Al contrario: una democracia puede y debe honrar a quienes sufrieron persecución, violencia o muerte. La cuestión es otra: si la reparación de las víctimas exige necesariamente reabrir las heridas del pasado.

La tesis crítica contra Zapatero sostiene que no fue necesario hacerlo. España podía recuperar cadáveres de fosas, identificar desaparecidos, reconocer injusticias y dignificar a las víctimas sin convertir la Guerra Civil en un instrumento de división contemporánea.

Por eso, más que afirmar que la Ley de Memoria Histórica "provocó" por sí sola la polarización española, resulta más preciso sostener que contribuyó a resucitar un conflicto de memorias que la cultura política de la Transición había procurado mantener fuera de la lucha partidista.

En ese sentido, el problema no fue recordar. El problema fue cómo se recordó y para qué se utilizó políticamente ese recuerdo.

Y ahí se encuentra una de las críticas más severas que pueden hacerse al zapaterismo: haber contribuido, deliberadamente o no, a que la Guerra Civil dejara de ser solamente una tragedia histórica para convertirse nuevamente en una frontera política entre españoles.

El guerracivilismo no desaparece cuando se dejan de mencionar sus nombres. Desaparece cuando una sociedad decide que ninguna generación tiene derecho a heredar el odio de la anterior. Ese fue, precisamente, uno de los grandes logros de la Transición. Y para sus críticos, uno de los legados más discutibles de Zapatero fue haber puesto aquel consenso en cuestión.

5. La negociación con ETA


Zapatero intentó conseguir el final dialogado de ETA. En junio de 2006 anunció su disposición a abordar un final dialogado del terrorismo bajo las condiciones aprobadas por el Parlamento.

El proceso terminó abruptamente con el atentado de la T-4 de Barajas del 30 de diciembre de 2006, que mató a dos personas. Zapatero suspendió entonces las iniciativas de diálogo.

Fue una apuesta arriesgada, pero sería injusto presentar el episodio como una concesión unilateral a ETA: el Gobierno había establecido como condición el abandono de la violencia y, después de Barajas, rompió el proceso.

El veredicto

Si hubiera que escoger un solo error, elegiría la gestión de la crisis económica. No porque Zapatero provocara la crisis internacional, sino porque tardó demasiado en reconocer su gravedad y en actuar sobre las debilidades estructurales españolas. El resultado fue una combinación devastadora de destrucción de empleo, déficit, endeudamiento y posterior austeridad.

La reforma del artículo 135 ocupa el segundo lugar por su trascendencia institucional. La Memoria Histórica y el proceso con ETA fueron decisiones mucho más controvertidas políticamente que económicamente, y su valoración depende en gran medida de la posición ideológica desde la que se contemplen.

Y hay un último elemento que pertenece ya al Zapatero posterior a La Moncloa. Su actividad como mediador en Venezuela y su relación con determinados actores empresariales han vuelto a colocar su nombre en el debate político. En 2026 permanece bajo investigación judicial en el caso Plus Ultra; el procedimiento examina, entre otras cuestiones, el rescate público de 53 millones de euros concedido a la aerolínea. Zapatero niega haber mediado en el rescate y sostiene que su actuación fue legal. 

Por tanto, el juicio histórico sobre Zapatero todavía no está cerrado. Pero su mayor fracaso presidencial probablemente no fue una ley concreta ni una negociación: fue no comprender a tiempo que la España que había gobernado durante los años de prosperidad estaba entrando en una crisis que exigía decisiones mucho antes de que los mercados obligaran a tomarlas.

sábado, 29 de agosto de 2026

El PSOE da por amortizado a Sánchez tras la crisis de Ceuta

Los ceutíes jodidos y tú de vacaciones.

La crisis de Ceuta ha abierto una grieta que durante años parecía imposible dentro del PSOE: la discusión sobre el futuro de Pedro Sánchez. Nadie en Ferraz ha anunciado su relevo ni existe, formalmente, una operación para apartarlo. Pero el tabú empieza a romperse. Y cuando comienzan a aparecer voces que hablan del «día después», el problema deja de ser exclusivamente externo.

La magnitud de la crisis explica el cambio. Entre el 30 y el 31 de julio entraron en Ceuta más de 70.000 personas procedentes de Marruecos. Casi un mes después, miles seguían en la ciudad, entre ellos numerosos menores, mientras la normalidad continuaba lejos de recuperarse. El propio Gobierno terminó reconociendo la dimensión extraordinaria de la situación y creó un mando único, después de haberse resistido durante semanas a hacerlo. 

El problema político para Sánchez no es únicamente la crisis, sino la impresión de que llegó tarde. La convocatoria del Consejo de Seguridad Nacional se produjo 26 días después del estallido, mientras se acumulaban críticas por la falta de coordinación y por la respuesta insuficiente del Estado. 

Lo verdaderamente preocupante para el presidente es que las críticas ya no proceden solamente del PP, Vox o los medios de comunicación. Han aparecido dentro de su propia organización. Dos diputados socialistas de la Asamblea de Ceuta, Melchor León y Sebastián Guerrero, han reclamado públicamente una respuesta más contundente del Gobierno y han asegurado que anteponen los intereses de la ciudad a la disciplina partidista. 

León ha sido especialmente contundente. Ha llegado a afirmar que los ceutíes se sienten abandonados y que resulta «muy triste» que sea precisamente un Gobierno socialista el que, a su juicio, haya dejado sola a la ciudad. También reclamó al presidente declarar la emergencia de interés nacional y adoptar medidas extraordinarias. 

La respuesta de Ferraz ha sido significativa: en lugar de asumir las críticas como una legítima discrepancia territorial, la dirección federal abrió un expediente político a los dos diputados por decisiones adoptadas en la Asamblea. El enfrentamiento demuestra hasta qué punto la crisis ha quebrado la unidad del socialismo ceutí y ha convertido la gestión de la inmigración en un problema interno para Sánchez.

Pero hay un dato todavía más revelador. El ministro Óscar Puente ha hablado públicamente del momento en que Sánchez dejará el liderazgo del PSOE y ha dejado abierta la posibilidad de que el relevo se produzca después de la próxima legislatura. Otros análisis periodísticos señalan que en el partido comienza a discutirse, aunque sea tímidamente, la sucesión.

Eso no significa que Sánchez esté acabado. Sería un error repetir el pronóstico tantas veces formulado en el pasado. El presidente ha demostrado una extraordinaria capacidad de supervivencia política: fue expulsado de la dirección socialista en 2016, regresó contra el aparato del partido y posteriormente llegó a La Moncloa. Después volvió a gobernar en 2023 cuando muchos daban por imposible su continuidad.

Pero Ceuta introduce una diferencia esencial: por primera vez el desgaste no procede únicamente de sus adversarios; empieza a afectar al instinto de conservación del propio PSOE.

El partido puede seguir cerrando filas, negando cualquier crisis interna y defendiendo la gestión gubernamental. De hecho, la portavoz socialista Montse Mínguez ha rechazado frontalmente la acusación de que el Ejecutivo estuviera de vacaciones durante la crisis.

Sin embargo, la política tiene sus propios tiempos. Cuando ministros hablan del relevo, diputados socialistas desafían públicamente a Ferraz y dirigentes territoriales comienzan a cuestionar la estrategia presidencial, la pregunta ya no es si Sánchez es intocable. La pregunta es cuánto tiempo puede seguir siéndolo.

Ceuta quizá no haya provocado todavía la sucesión de Sánchez, pero sí ha conseguido algo que hasta ahora parecía imposible: que dentro del PSOE empiece a hablarse de ella en voz alta.

viernes, 28 de agosto de 2026

Sánchez ya no es intocable

Recuerda: nadie es intocable.

Durante años, Pedro Sánchez consiguió convertir una de sus mayores debilidades en una fortaleza: sobrevivir políticamente a casi todo. Crisis internas, derrotas electorales, polémicas judiciales, cambios de alianzas y decisiones que parecían destinadas a provocar su caída terminaron reforzando, paradójicamente, su control sobre el PSOE. Pero algo parece estar cambiando. Sánchez ya no es completamente intocable.

La señal más significativa no procede de la oposición, sino de su propio Gobierno. El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha abierto públicamente la conversación sobre la sucesión. Preguntado por el futuro del liderazgo socialista, no descartó presentarse algún día para sustituir a Sánchez y situó el relevo en un horizonte posterior a la próxima legislatura.

Puede parecer una declaración inocente. No lo es. En política, hablar de la sucesión de un dirigente que todavía está en el poder significa admitir que existe un escenario posterior a él. Y que un ministro en ejercicio se permita hacerlo revela que el tabú empieza a romperse.

Puente ha intentado posteriormente rebajar el alcance de sus palabras, pero el daño político ya estaba hecho. En Moncloa existe malestar porque sus declaraciones han colocado en la agenda un debate que el entorno presidencial considera inoportuno. 

El problema para Sánchez es que la conversación coincide con un momento especialmente delicado. La crisis de Ceuta ha expuesto diferencias dentro del Gobierno, particularmente alrededor de la actuación de los servicios de inteligencia y de la respuesta de Interior y Defensa. Las discrepancias entre Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska han obligado a Félix Bolaños a fijar públicamente la posición oficial del Ejecutivo.

No se trata solamente de una discusión administrativa. Las crisis graves tienen una característica política: obligan a repartir responsabilidades. Y cuando la responsabilidad empieza a circular entre ministros, el presidente deja de ser el único centro de gravedad del Ejecutivo.

La situación se complica porque la crisis de Ceuta ha adquirido una dimensión nacional. La entrada irregular de decenas de miles de personas y la permanencia de miles de ellas en una situación extremadamente precaria han provocado críticas por la gestión gubernamental y han obligado a Sánchez a convocar al Consejo de Seguridad Nacional semanas después del estallido de la crisis. 

Mientras tanto, el PSOE afronta un problema todavía más profundo: qué ocurrirá después de Sánchez. Las derrotas electorales acumuladas y los problemas internos han alimentado desde hace meses conversaciones sobre el futuro del partido. La cuestión ya no es únicamente si Sánchez puede resistir, sino cuánto tiempo puede seguir siendo el único dirigente capaz de mantener unida a la organización.

La paradoja es evidente. Sánchez continúa controlando el PSOE y sus ministros siguen proclamando públicamente su confianza en él. Elma Saiz, por ejemplo, ha defendido recientemente que Sánchez es el «mejor líder» del partido y ha rechazado que existan dudas sobre su liderazgo. 

Pero precisamente esa necesidad de desmentir que exista una crisis demuestra que el asunto está sobre la mesa.

Un líder verdaderamente indiscutido no necesita que sus ministros expliquen constantemente que continúa siendo indiscutido.

Sánchez todavía conserva poder, recursos institucionales y capacidad de resistencia. Sería prematuro hablar de una sucesión inmediata. Pero algo importante ha cambiado: la hipótesis de un PSOE sin Sánchez ha dejado de ser políticamente impensable.

Y cuando los propios ministros empiezan a mirar más allá del presidente, aunque sea con prudencia y calculadora ambigüedad, el poder comienza a tener fecha de caducidad.

La cuestión ya no es si Sánchez puede sobrevivir a otra crisis. Probablemente pueda. La verdadera cuestión es si, después de tantos años de supervivencia, el PSOE empieza finalmente a imaginar su vida sin él.

jueves, 27 de agosto de 2026

Trump está fallando en Venezuela

Miento, luego existo.

Donald Trump puede presentar la captura de Nicolás Maduro como una de las grandes operaciones de su política exterior. Y, desde el punto de vista militar, resulta difícil discutir que fue un golpe extraordinario: el 3 de enero de 2026 fuerzas estadounidenses capturaron al dictador venezolano y lo trasladaron a Estados Unidos para ser procesado. La propia Casa Blanca considera la operación uno de los mayores éxitos de la presidencia Trump.

Pero una cosa es ganar una operación militar y otra muy distinta ganar la paz. Y es precisamente en esta segunda fase donde la estrategia de Trump empieza a mostrar grietas.

El problema fundamental es que Washington derribó el principal obstáculo personal del régimen, pero no ha conseguido desmontar todavía el sistema político construido durante el chavismo. 

Delcy Rodríguez gobierna como presidenta interina bajo una enorme presión estadounidense, mientras la oposición venezolana intenta recuperar protagonismo y abrir el camino hacia unas elecciones verdaderamente democráticas. El Consejo de Relaciones Exteriores describe la situación como una transición todavía profundamente condicionada por Washington.

Trump prometió resultados rápidos. Sin embargo, ocho meses después de la captura de Maduro, Venezuela continúa necesitando una solución política de fondo. 

Las negociaciones entre el Gobierno interino y la oposición avanzan con dificultad y han generado frustración entre los propios venezolanos. Chatham House advierte de que los primeros contactos han ofrecido señales preocupantes y reclama una presión estadounidense efectiva para conseguir avances reales.

Hay además una contradicción que amenaza con convertirse en el gran problema de la política venezolana de Trump: Washington quiere reconstruir Venezuela, pero al mismo tiempo mantiene un control extraordinariamente estrecho sobre sus recursos. La Casa Blanca decidió colocar los ingresos petroleros venezolanos bajo mecanismos de supervisión estadounidense, justificándolo como una herramienta para garantizar la estabilidad política y económica del país.

El petróleo es, naturalmente, la clave. 

Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo, pero su industria ha sufrido décadas de abandono, corrupción, falta de inversiones y deterioro de las infraestructuras. Trump anunció que las empresas estadounidenses reconstruirían rápidamente la industria petrolera. Sin embargo, el ritmo está siendo mucho más lento de lo anunciado. Axios señalaba en agosto que los acuerdos petroleros avanzaban con lentitud, mientras que nuevas operaciones siguen tropezando con problemas legales, financieros y administrativos.

El reciente contrato de SLB con PDVSA para recuperar y modernizar los datos de los campos petroleros ilustra perfectamente la situación: incluso una empresa estadounidense de primer nivel se enfrenta a un sector devastado, sistemas obsoletos y obstáculos derivados de las propias sanciones estadounidenses.

La pregunta, por tanto, no es si Trump consiguió derrotar a Maduro. Lo consiguió. La pregunta es qué ha construido después de esa victoria.

Si Venezuela no alcanza pronto una transición democrática creíble, si la economía no despega y si la reconstrucción petrolera continúa retrasándose, Trump correrá el riesgo de haber cambiado un régimen autoritario por una situación de tutela estadounidense indefinida. Y eso sería especialmente incómodo para un presidente que hizo de «America First» y de la defensa de la soberanía nacional una de sus principales banderas.

Trump ganó la batalla contra Maduro. Pero todavía no ha ganado Venezuela. Y cuanto más tiempo pase sin una salida política clara, más evidente será que la operación militar, por espectacular que fuese, no constituye por sí sola una estrategia de éxito.A

miércoles, 26 de agosto de 2026

Margarita Robles, la antítesis de Pedro Sánchez con solo una semana de vacaciones en agosto

Margarita Robles

En un Gobierno acostumbrado a que la política y la imagen pública caminen por senderos distintos, la comparación entre Margarita Robles y Pedro Sánchez resulta inevitable. Mientras el presidente ha disfrutado este verano de un periodo de descanso de cinco semanas, entre el 28 de julio y el 31 de agosto, la ministra de Defensa apenas se ha concedido una semana de vacaciones en agosto. 

La diferencia no es un detalle menor. Sánchez se ha convertido este verano en el dirigente europeo con el periodo vacacional más prolongado entre los principales jefes de Gobierno. Según la comparación publicada por Euronews, el presidente español permanece alejado de la actividad institucional durante cinco semanas, mientras la mayoría de sus homólogos europeos limita su descanso a una o dos.

Robles, en cambio, ha mantenido una actividad especialmente intensa. Y las circunstancias tampoco invitaban precisamente al descanso. La crisis de Ceuta, iniciada a finales de julio, ha obligado al Gobierno a afrontar una de las situaciones más delicadas de la legislatura. La ministra de Defensa ha estado en primera línea, junto a las Fuerzas Armadas y los servicios de inteligencia, y este martes ha comparecido durante casi cuatro horas ante el Congreso para explicar la actuación del Ejecutivo.

La imagen adquiere todavía mayor fuerza por el contraste. Mientras Sánchez se encontraba de vacaciones, sus ministros debían afrontar las consecuencias políticas de una crisis que ha generado críticas incluso entre algunos de sus socios parlamentarios. La ausencia del presidente durante buena parte de la crisis ha sido cuestionada desde distintos sectores, incluidos partidos que sostienen parlamentariamente al Gobierno.

Robles, por su parte, no ha acudido al Congreso para limitarse a defender al Ejecutivo. Ha hecho algo poco habitual en la política española: reconocer errores y pedir disculpas. "Si se ha llegado tarde", admitió ante los diputados, "mis disculpas". También reconoció que si los ciudadanos de Ceuta se han sentido abandonados, angustiados o insuficientemente protegidos, es porque "algo habremos hecho mal".

Eso no significa que Robles haya quedado al margen de las controversias. Su comparecencia ha dejado abiertas importantes incógnitas sobre la crisis de Ceuta y, especialmente, sobre los avisos previos del Centro Nacional de Inteligencia. La ministra aseguró que los agentes del CNI compartieron información sobre el progresivo deterioro de la situación; el titular de Interior, Fernando Grande-Marlaska, ha ofrecido una versión diferente.

Pero hay una diferencia de actitud que merece ser destacada. Robles ha asumido públicamente una parte de la responsabilidad política por una gestión que ella misma considera mejorable. Sánchez, en cambio, ha mantenido durante el verano una presencia institucional mucho más reducida, pese a encontrarse España ante una crisis de enorme sensibilidad política y territorial.

No se trata de afirmar que una ministra deba renunciar a sus vacaciones. Los gobernantes también tienen derecho al descanso. El problema aparece cuando la duración del descanso y las circunstancias del país transmiten una determinada percepción de las prioridades. Y este verano esa percepción resulta especialmente evidente.

Robles, además, no es una política improvisada. Antes de llegar al Gobierno desarrolló una larga carrera judicial, que culminó como magistrada del Tribunal Supremo. Desde junio de 2018 ocupa el Ministerio de Defensa, convirtiéndose en una de las figuras más veteranas del Ejecutivo.

Por eso la comparación con Sánchez resulta inevitable. No porque Robles sea políticamente independiente del presidente —forma parte de su Gobierno—, sino porque representa una cultura distinta del ejercicio de la responsabilidad pública: más presencia, más exposición y, al menos en esta ocasión, menos vacaciones.

Una semana frente a cinco. Una ministra dando explicaciones mientras el presidente descansa. No es una cuestión de calendario. Es, sobre todo, una cuestión de responsabilidad.

martes, 25 de agosto de 2026

¿Es tan malo Occidente como lo pintan las izquierdas?

¿Somos tan malos como nos pintan?

Existe una corriente de pensamiento que parece considerar que Occidente debe pedir perdón por casi todo: por su historia, por su economía, por su cultura, por sus instituciones y hasta por los valores que han permitido a millones de personas vivir con una libertad desconocida durante siglos. Según esta visión, nuestra civilización sería esencialmente culpable y tendría poco de lo que sentirse orgullosa.

Pero conviene separar la crítica legítima de la caricatura.

Occidente tiene un pasado lleno de sombras. Hubo guerras de conquista, esclavitud, colonialismo, discriminación, explotación y terribles abusos de poder. Negarlo sería absurdo. Pero tampoco es razonable juzgar una civilización exclusivamente por sus errores, ignorando las instituciones que ella misma desarrolló para combatirlos.

La democracia liberal, la separación de poderes, el Estado de derecho, la libertad de expresión, la libertad religiosa, los derechos individuales y la igualdad ante la ley forman parte esencial del legado político occidental. No son conquistas perfectas ni definitivas, pero han cambiado radicalmente la condición humana.

Los datos ayudan a poner las cosas en perspectiva. Hace apenas dos siglos, la inmensa mayoría de la población mundial era analfabeta. Hoy, más de cuatro de cada cinco personas saben leer y escribir. Our World in Data señala que la alfabetización universal fue una de las grandes aspiraciones surgidas de la Ilustración y que su expansión se aceleró extraordinariamente durante los siglos XIX y XX. 

Algo semejante ocurrió con la esperanza de vida. En 1900, la media mundial rondaba los 32 años; en 2021 había superado los 70. La medicina, las vacunas, los antibióticos, el saneamiento, el agua potable, la nutrición y la mejora de las condiciones materiales explican buena parte de esta transformación.

¿Todo ello fue exclusivamente obra de Occidente? Naturalmente, no. La civilización humana es fruto de aportaciones de muchas culturas. Pero sería igualmente injusto negar el papel decisivo que tuvieron la ciencia moderna, la Ilustración, la revolución industrial y las instituciones políticas occidentales en esta extraordinaria transformación.

Y hay otro dato que merece atención: la democracia. Hace doscientos años prácticamente ningún país podía considerarse una democracia moderna. Hoy, aproximadamente la mitad de los países del mundo pueden recibir esa consideración, aunque con enormes diferencias de calidad.

Eso no significa que Occidente pueda dormirse en los laureles. Al contrario. Freedom House advierte de que la libertad mundial disminuyó por vigésimo año consecutivo en 2025: 54 países empeoraron en derechos políticos y libertades civiles, mientras solo 35 mejoraron. La amenaza no procede únicamente de una ideología concreta. El autoritarismo, el populismo, la polarización, la corrupción y la concentración excesiva del poder pueden aparecer en cualquier extremo del espectro político.

Por eso Occidente no necesita una campaña de autodesprecio, sino una renovación de su confianza en aquello que merece ser defendido.

No tenemos que avergonzarnos de haber heredado una civilización imperfecta. Tenemos que conocer sus errores, reparar sus injusticias y conservar sus aciertos. La libertad no nació perfecta; fue construyéndose lentamente, muchas veces contra quienes pretendían imponer una verdad única.

Occidente no es el paraíso. Nunca lo ha sido. Pero tampoco es el infierno que algunos describen.

Y quizá la mejor manera de demostrarlo sea recordar una cosa sencilla: quien puede criticar libremente a Occidente, denunciar sus defectos, protestar contra sus gobiernos y exigir cambios está disfrutando precisamente de una de las libertades que esa civilización ha contribuido decisivamente a construir.

No hay razón para avergonzarse de ello.

Hay, más bien, razones para defenderlo.

lunes, 24 de agosto de 2026

Sánchez ha hecho agua: la imagen de un fin de ciclo

La banda está borracha.

Hay momentos en la política en los que una crisis deja de ser simplemente una crisis y empieza a convertirse en una imagen. La de Pedro Sánchez este verano es la de un Gobierno que hace agua por varios frentes y que transmite, por primera vez con especial claridad, la sensación de estar entrando en su tramo final.

La crisis de Ceuta ha actuado como un acelerador. La entrada masiva de inmigrantes puso al Ejecutivo ante una situación extraordinariamente delicada y obligó a desplegar recursos, ministros y medidas de emergencia. El Gobierno ha anunciado espacios temporales para acoger a 1.500 migrantes y ha planteado traslados de menores a la Península, mientras desde Ceuta se reclama una respuesta más contundente.

Pero el problema político de Sánchez no está solamente en Ceuta. Está en la percepción de que su Gobierno ha perdido capacidad para imponer el relato de los acontecimientos. Durante años, Sánchez ha demostrado una notable habilidad para resistir las crisis, cambiar de posición cuando ha sido necesario y reconstruir mayorías parlamentarias. Ahora esa capacidad parece mucho más limitada.

Los sondeos publicados durante la crisis fronteriza ofrecen una fotografía especialmente incómoda para el PSOE. Algunas encuestas sitúan a los socialistas alrededor de los 100-103 escaños, muy lejos de los resultados necesarios para reeditar por sí solos el actual entramado de apoyos parlamentarios. En uno de los sondeos conocidos recientemente, PP y Vox alcanzarían conjuntamente los 210 diputados.

Conviene no confundir una encuesta con unas elecciones, pero las tendencias tienen importancia porque revelan algo más profundo: el desgaste de un Gobierno que empieza a tener dificultades para convencer incluso a parte de su propio electorado.

Y a ello se añade la fragilidad parlamentaria. Sánchez necesita mantener unidos a socios muy diferentes entre sí, mientras la aprobación de los próximos Presupuestos aparece como uno de los grandes obstáculos de la legislatura. La posibilidad de que el Ejecutivo tenga que afrontar un adelanto electoral si no logra garantizar su continuidad presupuestaria ha alimentado la sensación de cuenta atrás.

Todo ello configura una escena distinta de la que Sánchez había acostumbrado a ofrecer. Ya no aparece como el político capaz de sobrevivir a cualquier tormenta, sino como un presidente obligado a apagar incendios sucesivos.

Eso es precisamente lo que significa un fin de ciclo: no necesariamente que el Gobierno vaya a caer mañana, sino que empieza a desaparecer la sensación de invulnerabilidad que lo acompañó durante años.

Sánchez todavía puede resistir. La legislatura, formalmente, puede prolongarse hasta 2027. Pero resistir no es lo mismo que avanzar. Y un Gobierno que dedica cada vez más energías a sobrevivir transmite inevitablemente una impresión de agotamiento.

La política tiene también una dimensión psicológica. Cuando ciudadanos, adversarios y hasta los propios aliados empiezan a percibir que un poder se debilita, el debilitamiento se convierte en un factor político por sí mismo.

Sánchez ha hecho agua. Quizá todavía pueda achicar el barco. Pero la cuestión decisiva ya no es si puede seguir gobernando, sino durante cuánto tiempo podrá convencer a España de que sigue teniendo el control del relato.

domingo, 23 de agosto de 2026

El verano más triste de Zapatero

Zapatero está triste.

Hay veranos que invitan al descanso, a la nostalgia y a la desconexión. Para José Luis Rodríguez Zapatero, el de 2026 está siendo muy distinto. El expresidente del Gobierno, que cumplió 66 años el pasado 4 de agosto, atraviesa uno de los momentos más delicados de su trayectoria pública. El antiguo líder socialista aparece ahora en el centro de una investigación judicial que amenaza con alterar radicalmente la imagen que durante años construyó después de abandonar La Moncloa.

Zapatero fue presidente del Gobierno entre 2004 y 2011 y secretario general del PSOE entre 2000 y 2012. Su primera etapa de Gobierno quedó asociada a reformas sociales de gran impacto; la segunda, a la crisis económica y a un abrupto cambio de rumbo que terminó con la derrota socialista en las elecciones de 2011.

Pero aquellos episodios pertenecen ya a la historia política. El problema actual es de otra naturaleza. La Audiencia Nacional investiga la operación de rescate de Plus Ultra, la aerolínea que recibió 53 millones de euros de dinero público durante la pandemia. El juez José Luis Calama ha ordenado a la UDEF un estudio exhaustivo sobre la evolución del capital venezolano de la compañía y sobre determinados movimientos económicos relacionados con personas del entorno de Zapatero. También se han solicitado informes sobre movimientos bancarios y otros elementos incorporados a la investigación.

La situación judicial es especialmente incómoda porque el expresidente figura como investigado por presuntos delitos que incluyen organización criminal, tráfico de influencias y falsedad, según las informaciones publicadas sobre la causa. Esto no significa, naturalmente, que sea culpable. Una investigación judicial debe desembocar en pruebas, decisiones judiciales y, en su caso, un juicio con todas las garantías. La presunción de inocencia sigue siendo irrenunciable.

Pero tampoco puede ignorarse la dimensión política del asunto. Durante los últimos años, Zapatero había conseguido convertirse en una figura con una actividad internacional propia, especialmente vinculada a Venezuela. Su papel como mediador y sus frecuentes contactos con dirigentes venezolanos le proporcionaron una influencia que trascendía las fronteras españolas. Ahora, precisamente esas relaciones aparecen bajo una lupa mucho más incómoda.

Las pesquisas han puesto el foco, entre otros asuntos, en empresarios venezolanos y en presuntas conexiones económicas que los investigadores consideran relevantes para esclarecer el rescate de Plus Ultra. La UDEF analiza nuevas evidencias y el juez continúa ampliando la investigación.

Para Zapatero, el contraste resulta difícil de ignorar. El hombre que durante años pudo hablar desde la distancia de los problemas de España y presentarse como mediador en conflictos internacionales se encuentra ahora obligado a explicar aspectos de su propia actividad y de sus relaciones.

Y eso convierte este agosto en un verano particularmente triste. No por el simple hecho de ser investigado —algo que forma parte de las garantías de un Estado de derecho—, sino porque una investigación de estas características puede modificar para siempre la percepción pública de un expresidente. La política concede memoria, pero también exige responsabilidades.

Zapatero ha disfrutado durante años de una segunda vida política alejada de las urnas. Este verano, sin embargo, la justicia ha irrumpido en ella. Septiembre puede ser todavía más difícil. Las declaraciones previstas de responsables de Plus Ultra y la evolución de las pesquisas determinarán hasta dónde llega el caso.

Por ahora, queda una imagen paradójica: mientras buena parte de España intenta olvidar durante unas semanas sus problemas cotidianos, uno de sus antiguos presidentes contempla cómo el pasado vuelve a llamar a su puerta.

sábado, 22 de agosto de 2026

Abascal y el efecto electoral de la regularización de migrantes

Avalancha de inmigrantes en Ceuta.

La regularización extraordinaria de inmigrantes anunciada por el Gobierno a finales de enero tuvo un efecto político inmediato: Vox, el partido de Santiago Abascal, comenzó a ganar terreno en los sondeos hasta alcanzar uno de sus mejores registros de la legislatura. 

El dato más significativo llegó con el sondeo de Sigma Dos para El Mundo, realizado entre el 23 y el 27 de febrero. Vox alcanzó entonces el 18,3% de estimación de voto y 64 escaños, prácticamente el doble de los 33 diputados obtenidos en las elecciones generales de 2023. El resultado suponía uno de los máximos del partido durante la legislatura.

La cuestión migratoria parece haber desempeñado un papel importante en esa movilización. Vox convirtió la regularización en uno de los principales ejes de su discurso, vinculándola a su defensa de la denominada "prioridad nacional". Abascal sostuvo que el proceso no terminaría con los beneficiarios iniciales y alertó de que la reagrupación familiar podría ampliar considerablemente su alcance.

Vox presenta la inmigración como una cuestión directamente relacionada con vivienda, servicios públicos, seguridad y empleo, y trata de convertir esas inquietudes en un voto de protesta contra el Gobierno. Durante la campaña andaluza, Abascal volvió a situar la regularización en el centro de sus ataques a Pedro Sánchez y defendió la "prioridad nacional".

La crisis migratoria de Ceuta ha reforzado posteriormente ese marco político. Tras la entrada masiva de migrantes a finales de julio, Abascal reclamó la militarización permanente de la frontera con Marruecos y endureció su discurso sobre inmigración.

Por tanto, decir que "Abascal se disparó en las encuestas tras anunciarse la regularización" tiene una base factual: el salto hasta el 18,3% y 64 escaños se produjo pocas semanas después del anuncio. 

La inmigración se ha convertido en uno de los principales motores de la competición electoral española. Y Vox ha sabido convertir una decisión gubernamental controvertida en un argumento central para movilizar a su electorado.

viernes, 21 de agosto de 2026

Podemos, al borde de la quiebra: pierde 7,8 millones y la mitad de su patrimonio

Podemos al borde de la quiebra.

Podemos atraviesa una de las etapas más delicadas de su historia. Las cuentas del partido correspondientes a los últimos ejercicios dibujan un escenario de fuerte deterioro económico paralelo a su desplome electoral: desde 2021, la formación ha acumulado pérdidas por unos 7,8 millones de euros y ha visto reducido su patrimonio neto de 20,27 millones a 10,78 millones, una caída del 46,8 %. 

Los números explican mejor que cualquier discurso la transformación experimentada por el partido fundado por Pablo Iglesias. En 2021, Podemos todavía disponía de un patrimonio superior a los 20 millones de euros. En 2022 descendió hasta 18,45 millones; en 2023 cayó a 13,73 millones; en 2024 se situó en 11,51 millones y cerró 2025 con apenas 10,78 millones. 

El agujero se explica fundamentalmente por la sucesión de resultados negativos. Después de registrar superávit en 2020 y 2021, Podemos entró en pérdidas en 2022, con un resultado negativo de 388.735 euros. En 2023 llegó el gran golpe: 4,69 millones de euros de pérdidas, coincidiendo con el derrumbe electoral de las elecciones generales del 23 de julio. En 2024 perdió otros 2,15 millones y en 2025 sumó 634.454 euros más de déficit. 

El problema financiero está estrechamente relacionado con la pérdida de representación institucional. La política española demuestra que para los partidos los votos no solo significan escaños y poder parlamentario: también significan ingresos. Las subvenciones públicas destinadas al funcionamiento de las formaciones dependen, en buena medida, de su representación institucional. Las propias cuentas de Podemos reconocen que su continuidad como organización está condicionada al mantenimiento de las cuotas, las aportaciones de cargos públicos y la obtención de subvenciones. 

Y ahí se encuentra precisamente una de las principales debilidades actuales del partido. Los ingresos públicos pasaron de aproximadamente 11,1 millones de euros en 2021 a 2,59 millones en 2025. Es una reducción brutal que obliga a Podemos a ajustar también sus gastos. El gasto de funcionamiento descendió de 12,5 millones en 2021 a unos 4,1 millones en 2025. 

También se ha reducido considerablemente el dinero procedente de los cargos públicos. Las aportaciones de representantes de Podemos pasaron de alrededor de 1,8 millones de euros a solo 474.000 euros. Las cuotas de los afiliados, en cambio, han resistido mejor y continúan proporcionando algo más de un millón de euros anuales. 

¿Está Podemos realmente «en quiebra»? En sentido jurídico y empresarial estricto, no puede afirmarse que el partido esté declarado en quiebra o insolvencia. Tiene todavía un patrimonio neto superior a diez millones de euros. Pero la expresión describe gráficamente un proceso de descapitalización extraordinariamente severo: en cuatro años ha perdido prácticamente la mitad de sus recursos acumulados.

El dato más preocupante no es, por tanto, el resultado de un ejercicio concreto, sino la tendencia. Podemos ha pasado de disputar al PSOE el liderazgo de la izquierda y participar en el Gobierno a disponer de una representación parlamentaria mucho más reducida. Y esa pérdida de poder político se está reflejando directamente en sus cuentas.

La paradoja es evidente: un partido que nació denunciando la dependencia de la política respecto al dinero público se encuentra ahora dependiendo, en buena medida, de su capacidad para conservar representación institucional y las correspondientes subvenciones. Si continúa el retroceso electoral, el colchón financiero seguirá disminuyendo. Y un patrimonio que ya se ha reducido casi a la mitad deja mucho menos margen para afrontar el futuro.

jueves, 20 de agosto de 2026

El PSOE se fractura por la crisis de Ceuta

Invasión de Ceuta

La crisis de Ceuta ha abierto una grieta incómoda en el PSOE. No se trata, por ahora, de una rebelión organizada contra Pedro Sánchez ni de una ruptura formal de la disciplina interna, pero sí de algo que puede resultar políticamente más peligroso: militantes y dirigentes socialistas empiezan a cuestionar en público la gestión del Gobierno y reclaman una respuesta más firme ante una crisis que ha desbordado a la ciudad autónoma.

La entrada masiva de decenas de miles de personas desde Marruecos a finales de julio convirtió Ceuta en el escenario de una de las mayores crisis migratorias y fronterizas de la historia reciente de España. El propio Sánchez calificó lo ocurrido de «violación y ataque a la integridad territorial» y aseguró que el Estado emplearía todos sus recursos para garantizar la seguridad de los ceutíes.

Pero las palabras presidenciales no han cerrado el debate dentro del socialismo.

La corriente interna ReActiva ha denunciado que militantes de distintas federaciones habrían recibido presiones para borrar publicaciones, rectificar opiniones o guardar silencio sobre la gestión de la crisis. El grupo reclama explicaciones sobre qué falló en la coordinación con Marruecos, por qué los recursos de acogida estaban desbordados y cuál es el plan del Ejecutivo más allá de las medidas inmediatas. 

El asunto resulta especialmente delicado porque las críticas proceden del propio campo socialista. ReActiva sostiene que defender fronteras eficaces, procesos de asilo ágiles y una política migratoria ordenada no contradice los principios progresistas. Al contrario, afirma que la ausencia de control y planificación puede terminar alimentando precisamente los discursos populistas que el PSOE pretende combatir. 

La situación es todavía más reveladora en el propio PSOE de Ceuta. La crisis ha puesto de manifiesto las diferencias existentes entre dirigentes locales. Mientras el secretario general y delegado del Gobierno, Miguel Pérez Triano, ha mantenido su respaldo a la actuación del Ejecutivo, otros cargos socialistas participaron en la manifestación ciudadana convocada para expresar el malestar por la situación de la ciudad. Incluso el secretario de Organización pidió a los militantes que acompañaran a los ceutíes, aunque evitando consignas contra Sánchez o contra el delegado del Gobierno.

No es un detalle menor. Para cualquier partido que aspire a gobernar, encontrarse dividido precisamente en el territorio que sufre la crisis supone un serio problema político.

Mientras tanto, el Gobierno ha intentado recuperar el control. Sánchez convocó reuniones de coordinación y anunció refuerzos policiales y militares, barreras marítimas y la agilización de los procedimientos de retorno. El Ejecutivo también ha anunciado medidas para atender a quienes permanecen en Ceuta y ha solicitado la comparecencia de varios ministros en el Congreso para explicar la gestión de la crisis.

Sin embargo, la presión no desaparece. El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, reclama blindar la frontera con más policías, guardias civiles y presencia militar, mientras los sindicatos policiales sostienen que el Gobierno había recibido advertencias antes de la llegada masiva y que la respuesta preventiva fue insuficiente.

Y ahí se encuentra el verdadero problema para Sánchez.

Ceuta no es únicamente una cuestión migratoria. Es una frontera exterior de la Unión Europea, un territorio español situado frente a Marruecos y un punto extraordinariamente sensible desde el punto de vista de la seguridad nacional. Cuando una ciudad de poco más de 80.000 habitantes se ve obligada a afrontar una llegada masiva que supera ampliamente su capacidad de acogida, el debate deja de ser exclusivamente humanitario y pasa necesariamente por la seguridad, el control fronterizo, la cooperación internacional y la defensa de la soberanía española.

La respuesta del PSOE no puede limitarse, por tanto, a pedir solidaridad con los migrantes o denunciar la utilización política de la tragedia. También debe responder a una pregunta elemental: ¿qué está haciendo el Estado para impedir que vuelva a ocurrir?

Las voces críticas dentro del socialismo parecen haber entendido esa necesidad. No reclaman necesariamente una política de puertas cerradas, sino una política de fronteras que funcione. Y eso puede convertirse en una cuestión electoral decisiva.

Porque el problema de Sánchez ya no está solamente fuera del PSOE. Ha comenzado a aparecer dentro.

La crisis de Ceuta puede terminar siendo un episodio pasajero. Pero también puede convertirse en el catalizador de un debate que el socialismo español lleva años evitando: cómo conciliar solidaridad, inmigración, seguridad y defensa efectiva de las fronteras.

Y cuando ese debate empieza a producirse en las propias filas del partido, el problema deja de ser únicamente la crisis de Ceuta y se convierte en una crisis política del PSOE.

miércoles, 19 de agosto de 2026

El Gobierno feminista calla ante las 15 agresiones sexuales denunciadas en Ceuta

Y el presidente de vacaciones.

El Gobierno de Pedro Sánchez ha construido buena parte de su identidad política alrededor del feminismo, la defensa de las mujeres y la lucha contra las violencias sexuales. Sin embargo, la grave situación que se vive actualmente en Ceuta plantea una pregunta incómoda: ¿dónde está ese feminismo cuando las víctimas son niñas y mujeres migrantes?

Desde la entrada masiva de migrantes procedentes de Marruecos a finales de julio, se han denunciado en Ceuta 15 casos de agresión sexual, la mayoría de ellos con menores como víctimas, según fuentes policiales citadas por Reuters. La misma información señala que la Justicia ceutí ha tramitado tres casos confirmados relacionados con migrantes marroquíes y que los servicios sanitarios han atendido a cinco mujeres por violencia sexual. 

La situación se produce en un contexto de extraordinaria vulnerabilidad. Miles de personas continúan en Ceuta después de la entrada masiva del 30 de julio. El Ministerio del Interior ha elevado a 2.168 los menores identificados, mientras los servicios de acogida permanecen desbordados. 

Las organizaciones humanitarias han advertido especialmente de la situación de las niñas. Save the Children ha reclamado medidas específicas de protección y se han habilitado espacios separados para ellas ante el temor de nuevas agresiones. La situación es tan preocupante que algunas menores han relatado su miedo a desplazarse por los asentamientos durante la noche. 

El problema, por tanto, no consiste únicamente en perseguir a los presuntos agresores después de que se produzca un delito. Consiste también en evitar que niñas y mujeres queden expuestas a situaciones previsibles de peligro.

Y aquí aparece la contradicción.

El Ministerio de Igualdad proclama como una de sus prioridades la lucha contra las violencias sexuales y dispone de mecanismos específicos para acreditar y atender a las víctimas, incluidas las menores. El propio Gobierno ha destinado recursos a programas de asistencia a víctimas de agresiones sexuales y de prevención de abusos contra menores.

Entonces, ¿por qué la crisis de Ceuta no ocupa un lugar central en ese discurso?

No se trata de criminalizar a los migrantes ni de convertir unos delitos concretos en una condena colectiva. Sería injusto y demagógico. Los responsables de una agresión son quienes la cometen, no un colectivo entero.

Pero tampoco puede existir una doble vara de medir. Si una niña es víctima de violencia sexual, su condición de española, extranjera, migrante o refugiada debería ser absolutamente irrelevante para el feminismo. Una niña es una niña. Y su protección debería estar por encima de cualquier consideración política.

El Gobierno acaba de acordar con Ceuta nuevos espacios de acogida para unas 1.500 personas, mientras reconoce la gravedad de la crisis humanitaria. Es una medida necesaria, pero llega después de semanas de desbordamiento.

El feminismo se demuestra precisamente cuando resulta incómodo. Defender a las mujeres cuando el agresor pertenece al entorno que uno considera políticamente conveniente es fácil; defenderlas cuando hacerlo obliga a cuestionar una política migratoria o una gestión gubernamental resulta mucho más difícil.

Las niñas de Ceuta no necesitan consignas. Necesitan protección, seguridad, atención médica, investigación judicial y responsables ante la Justicia. Y, sobre todo, necesitan que nadie las convierta en víctimas invisibles por razones políticas.

martes, 18 de agosto de 2026

El legado del castrismo en Cuba: el 94% de la población vive en pobreza extrema

El comunismo produce miseria.

Cuba llega al centenario del nacimiento de Fidel Castro sumida en una de las peores crisis económicas y sociales de su historia reciente. El dato más estremecedor acaba de ser difundido por el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH): el 94% de los cubanos vive actualmente en situación de pobreza extrema, cinco puntos más que un año antes. 

La cifra procede del IX Estudio sobre Derechos Sociales en Cuba, elaborado a partir de 1.318 entrevistas realizadas entre el 27 de junio y el 29 de julio de 2026 en todas las provincias y en 79 municipios. El OCDH utiliza como referencia un ingreso inferior a 1,90 dólares diarios por persona y calcula que un hogar de tres miembros necesitaría unos 171 dólares mensuales para superar ese umbral. El 68% de los hogares consultados declara ingresos inferiores a 20.000 pesos cubanos mensuales, unos 30 dólares según el tipo de cambio empleado en el estudio. 

El contraste resulta demoledor. Durante décadas, el castrismo presentó la revolución como un modelo alternativo al capitalismo, basado en la igualdad social, la educación, la sanidad pública y la protección de los trabajadores. Sin embargo, seis décadas después de la llegada de Fidel Castro al poder, la economía cubana es incapaz de garantizar a una mayoría de sus ciudadanos algo tan elemental como una alimentación suficiente.

Ocho de cada diez cubanos aseguran haber tenido que dejar de desayunar, almorzar o cenar por falta de dinero o alimentos. Entre los mayores de 61 años la situación es todavía peor: nueve de cada diez han omitido alguna comida. 

Y el hambre no es el único síntoma del deterioro. Los apagones se han convertido en el principal problema señalado por los ciudadanos: el 70% los considera la cuestión más urgente. Le siguen la crisis alimentaria, con el 52%; el coste de la vida, con el 45%; y los problemas sanitarios y la falta de medicamentos, con el 34%. 

La infraestructura pública tampoco escapa al hundimiento. Electricidad, recogida de basuras, telefonía e internet, agua, hospitales y carreteras reciben valoraciones mayoritariamente negativas. La crisis energética ha llegado a provocar apagones de muchas horas, mientras la falta de combustible paraliza transporte y actividades económicas. Informaciones recientes describen cortes eléctricos que en algunas zonas llegan a superar las 20 horas diarias. 

Pero hay otro dato especialmente significativo: el 95% de los entrevistados desaprueba la gestión económica y social del Gobierno de Miguel Díaz-Canel y Manuel Marrero Cruz. Solo un 3% la valora positivamente. Además, el 84% desconfía de las últimas medidas económicas anunciadas por La Habana. 

Naturalmente, sería simplista atribuir todos los males cubanos exclusivamente al castrismo. El embargo estadounidense y las sanciones han tenido efectos económicos importantes y forman parte de la explicación de la crisis. Organismos internacionales han advertido también de su impacto sobre el acceso a recursos y medicamentos. 

Pero el embargo no explica por sí solo seis décadas de economía centralizada, falta de libertades económicas, baja productividad, empresas estatales ineficientes, ausencia de competencia y un sistema político que ha limitado durante años la iniciativa privada. De hecho, las recientes reformas que permiten una mayor presencia del sector privado constituyen un reconocimiento implícito de las limitaciones del modelo anterior.

El legado económico del castrismo queda así reducido a una paradoja histórica: un régimen que prometió acabar con la pobreza ha terminado convirtiendo la pobreza extrema en la condición de vida de prácticamente toda una población.

Cuba necesita algo más que nuevas consignas y reformas parciales. Necesita recuperar la libertad económica, la propiedad privada, la seguridad jurídica y unas instituciones capaces de rendir cuentas ante los ciudadanos.

El 94% no es simplemente una estadística. Detrás de ese porcentaje hay millones de personas que pasan hambre, sufren apagones, carecen de medicamentos y ven marcharse a sus hijos. Es, sobre todo, el retrato de un fracaso político y económico que ya resulta imposible ocultar.

lunes, 17 de agosto de 2026

Abascal acusa a Sánchez de abandonar Ceuta para entregársela a Marruecos

Santiago Abascal

La crisis migratoria que ha sacudido Ceuta ha abierto una nueva batalla política sobre el futuro de la ciudad autónoma y sobre la relación de España con Marruecos. El líder de Vox, Santiago Abascal, ha acusado directamente al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de haber abandonado a los ceutíes y de estar favoreciendo, con su política exterior, los intereses de Rabat. Su acusación es especialmente grave: sostiene que el Ejecutivo estaría dejando deteriorarse la situación hasta hacer posible una futura entrega de Ceuta a Marruecos. 

Entre el 30 y el 31 de julio, decenas de miles de personas atravesaron la frontera desde Marruecos hacia Ceuta. Las estimaciones oficiales manejadas en los últimos días sitúan la cifra entre 72.000 y 80.000 entradas, un episodio sin precedentes para una ciudad de poco más de 83.000 habitantes. La llegada masiva desbordó las capacidades de acogida y obligó a movilizar recursos extraordinarios.

La situación sigue siendo delicada. Miles de inmigrantes permanecen en Ceuta y las autoridades locales reclaman más medios para atender especialmente a los menores no acompañados. El presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas, ha llegado a advertir al Gobierno central de que recurrirá a los tribunales si en un plazo de 30 días no se produce una mejora sustancial de la situación.

Vox interpreta estos acontecimientos como el resultado de una política de debilidad frente a Marruecos. Su argumento parte de una realidad difícil de discutir: la estabilidad de Ceuta depende en buena medida de la cooperación marroquí para controlar su frontera. Y esa dependencia convierte a Rabat en un actor decisivo.

El problema es que Marruecos nunca ha renunciado formalmente a sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. De hecho, el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, ha vuelto recientemente a cuestionar públicamente la soberanía española sobre ambas ciudades y ha insistido en que Marruecos continúa reivindicándolas.

Frente a esta presión, el Gobierno de Sánchez mantiene su estrategia de cooperación con Rabat. El Ejecutivo considera que la colaboración marroquí es imprescindible para controlar la frontera y ha rechazado modificar sustancialmente su política bilateral a raíz de la crisis. José Manuel Albares ha asegurado, además, que las personas que hayan entrado irregularmente serán devueltas a Marruecos dentro del marco legal y ha defendido que la pertenencia de Ceuta al espacio Schengen está garantizada.

Sin embargo, esa estrategia tiene un punto débil: cuanto mayor sea la dependencia española de Marruecos, mayor será también la capacidad de Rabat para utilizar la frontera como instrumento de presión política. La experiencia de los últimos años demuestra que las relaciones entre ambos países pueden deteriorarse rápidamente.

La cuestión, por tanto, no es solamente si Sánchez pretende entregar Ceuta, sino si su política hacia Marruecos está protegiendo suficientemente los intereses españoles. La expulsión reciente de periodistas españoles de Castillejos mientras cubrían la crisis fronteriza constituye, además, un episodio preocupante.

Ceuta no necesita consignas, pero tampoco necesita silencios. Necesita una política de Estado que combine seguridad fronteriza, defensa inequívoca de la soberanía española, cooperación europea y relaciones firmes con Marruecos.

domingo, 16 de agosto de 2026

Jóvenes españoles: precariedad laboral y salud mental

Precariedad y salud mental.

España ha mejorado algunos de sus indicadores laborales, pero para buena parte de los jóvenes esa mejora estadística no se ha traducido en una vida más independiente ni en mayor seguridad ante el futuro. El problema ya no es solamente encontrar trabajo: es conseguir que ese trabajo permita vivir dignamente, pagar una vivienda y construir un proyecto de vida. Y esa incertidumbre tiene consecuencias que van más allá de la economía: afecta también a la salud mental.

Los datos del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España son reveladores. La tasa de emancipación de los jóvenes se ha situado en apenas el 14,5 %, mínimo histórico, mientras que la edad estimada para poder independizarse alcanza los 30,2 años. El alquiler medio asciende a 1.176 euros mensuales, equivalente al 98,7 % del salario medio de una persona joven. 

La consecuencia es paradójica. Aunque el mercado laboral ha mejorado respecto a los años posteriores a la crisis financiera, tener empleo no garantiza la autonomía. Muchos jóvenes siguen dependiendo de sus padres para pagar el alquiler, compartir vivienda o simplemente llegar a final de mes. Un reciente informe de CCOO sitúa en el 31 % la proporción de jóvenes de 18 a 34 años que viven de manera independiente sin ayuda familiar, diez puntos menos que en 2016. 

La precariedad no consiste únicamente en tener un contrato temporal. También significa cobrar poco, no saber cuánto durará el empleo, cambiar continuamente de vivienda o comprobar que ahorrar para comprar una casa resulta prácticamente imposible. Cuando una persona joven percibe que, pese a estudiar y trabajar, no puede avanzar hacia la vida adulta, aparece una sensación especialmente dañina: la de estar atrapada.

Y ahí entra la salud mental.

Un estudio publicado en 2026 en la Revista Española de Salud Pública ha encontrado una relación estadísticamente significativa entre diferentes dimensiones de la precariedad laboral y los problemas de salud mental. La investigación concluye, además, que el impacto de la precariedad salarial es mayor entre los jóvenes que entre los trabajadores de más edad. 

La explicación es bastante comprensible. La incertidumbre económica dificulta planificar. Una persona que no sabe si podrá renovar su contrato difícilmente puede decidir cuándo independizarse, formar una familia, comprar una vivienda o incluso establecerse definitivamente en una ciudad. La inseguridad se convierte así en una condición permanente.

El problema tampoco termina en el salario. La vivienda se ha convertido en uno de los principales factores de empobrecimiento juvenil. Según el Consejo de la Juventud, el riesgo de pobreza de los jóvenes que viven de alquiler aumenta del 25,9 % al 43 % después de pagar la vivienda. 

La presión económica puede traducirse en ansiedad, frustración, desánimo y sensación de fracaso personal. Este último aspecto resulta especialmente preocupante. Durante décadas se transmitió a los jóvenes la idea de que estudiar, esforzarse y trabajar permitiría progresar. Cuando esa promesa deja de cumplirse, algunos pueden interpretar un problema estructural como un fracaso individual.

El Informe PRESME 2025, elaborado por el Ministerio de Trabajo y Economía Social, analiza precisamente la relación entre precariedad laboral y salud mental y subraya la dimensión social y laboral del problema. 

No se trata, por tanto, de presentar a toda una generación como enferma ni de atribuir cualquier problema psicológico a la precariedad. La salud mental depende de múltiples factores. Pero sería igualmente irresponsable ignorar la relación entre inseguridad económica, vivienda inaccesible y bienestar psicológico.

España necesita algo más que buenos datos de empleo. Necesita que trabajar permita vivir, ahorrar y mirar hacia adelante. Porque una sociedad que obliga a sus jóvenes a retrasar indefinidamente la emancipación no solo está creando un problema económico: está trasladando a una generación entera una incertidumbre que puede terminar pagando también con su salud mental.

viernes, 14 de agosto de 2026

La vida de las hijas de Zapatero, tres meses después del escándalo

Zapatero y sus hijas.

Tres meses después de que el caso que afecta a José Luis Rodríguez Zapatero irrumpiera con fuerza en los tribunales, la vida de sus hijas, Laura y Alba Rodríguez Espinosa, ha cambiado radicalmente. De mantener un perfil discreto y centrado en su actividad profesional han pasado a estar bajo el foco mediático y judicial por su vinculación con What The Fav, la empresa de comunicación y marketing que ambas administran.

El 19 de mayo, la Audiencia Nacional abrió una nueva etapa en el caso Plus Ultra al investigar a Zapatero por presuntos delitos relacionados con organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental. Ese mismo día, la UDEF registró su despacho y la sede de What The Fav. 

La situación de las hermanas se complicó semanas después. El 18 de junio, el juez José Luis Calama acordó investigarlas formalmente por su posible participación en el entramado societario analizado en la causa. El magistrado consideró que la sociedad que administran podía haber tenido un papel instrumental en la canalización y redistribución de fondos. 

La investigación policial había puesto el foco en What The Fav. Según un informe de la UDEF, la empresa recibió 239.755 euros de Análisis Relevante, sociedad vinculada a Julio Martínez Martínez, una de las figuras centrales de la investigación. Los agentes cuestionaron si determinadas facturas respondían a servicios reales o si podían haber servido para dar cobertura formal a movimientos económicos. 

Laura y Alba, sin embargo, habían construido hasta entonces una vida bastante alejada de la política. Ambas residen en Madrid, en el barrio de Valdezarza, donde poseen viviendas próximas entre sí. Laura adquirió la suya en 2024 y Alba compró posteriormente otra propiedad en la misma zona. 

Sus trayectorias profesionales también son diferentes. Laura se ha movido fundamentalmente en el ámbito audiovisual, mientras que Alba estudió Comunicación Audiovisual y Artes Escénicas y posteriormente se orientó hacia el marketing digital, las redes sociales y la gestión de marcas. En 2023 ambas quedaron al frente de What The Fav. 

Ahora, según informaciones publicadas este 14 de agosto, las dos hermanas han reducido considerablemente sus apariciones públicas. Sus rutinas parecen limitarse a su entorno más cercano y a los paseos por Valdezarza, acompañadas de su perro. También se señala que este verano no habrían acudido a la vivienda familiar de Lanzarote, otro de los lugares asociados tradicionalmente a las vacaciones de la familia. 

El contraste resulta llamativo. Las dos jóvenes que en su adolescencia se hicieron famosas por aquella fotografía junto a Barack Obama habían conseguido después desaparecer prácticamente de la vida pública. Su actividad profesional les permitía mantener un perfil discreto. La investigación judicial ha alterado esa normalidad.

Por ahora, el dato más visible es que las hijas de Zapatero han optado por cerrar filas, reducir su exposición y refugiarse en una vida mucho más privada. El escándalo que comenzó afectando al expresidente ha terminado colocando también a sus dos hijas bajo una lupa de la que, durante años, habían conseguido mantenerse alejadas.

jueves, 13 de agosto de 2026

El 70% de los jóvenes españoles necesita ayuda familiar para llegar a fin de mes

Joven sin empleo, sin vivienda y sin futuro.

España se enfrenta a una paradoja que debería preocupar seriamente a cualquier Gobierno: los jóvenes tienen hoy más empleo, más formación y mejores condiciones laborales que hace una década, pero son menos independientes económicamente. La vivienda se ha convertido en el gran muro que separa a una generación de su proyecto de vida.

Según el informe «Cuando avanzar no basta. La juventud española ante el desafío de la emancipación», elaborado por Comisiones Obreras a partir de microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida y otras estadísticas públicas, solo el 31% de los españoles de entre 18 y 34 años vive de forma independiente sin necesitar ayuda económica de su familia. En 2016 eran el 41%. Es decir, España ha perdido diez puntos en menos de una década, la mayor caída entre los países europeos analizados. 

La otra cara de la estadística resulta todavía más reveladora: el porcentaje de jóvenes que viven con sus padres o reciben dinero de ellos ha pasado del 58,9% al 68,7%. De ahí que pueda afirmarse que aproximadamente siete de cada diez jóvenes necesitan algún tipo de respaldo familiar para sostener su autonomía económica. 

Y todo esto ocurre cuando el mercado laboral ha experimentado una notable mejoría. El desempleo juvenil, que llegó a acercarse al 40% en 2013, ronda actualmente el 16%. La temporalidad también ha descendido de manera considerable, desde alrededor del 56% en 2018 hasta el 32% durante el primer semestre de 2026. Los salarios juveniles, además, han aumentado. 

Entonces, ¿qué está fallando?

La respuesta principal está en la vivienda. El Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España sitúa la tasa de emancipación juvenil en apenas el 14,5%, mínimo histórico, y calcula que la edad media para independizarse ha alcanzado los 30,2 años. El alquiler medio llega a 1.176 euros mensuales, equivalente al 98,7% del salario medio de una persona joven. 

Los datos del INE confirman el problema. En 2025, el 67,1% de las personas de 18 a 34 años convivía con sus padres. Entre los jóvenes de 26 a 34 años, el 44,3% seguía en el hogar familiar y casi la mitad señalaba como principal motivo no poder permitirse comprar o alquilar una vivienda. 

Comprar tampoco resulta una alternativa sencilla. El informe de CCOO estima que en las grandes ciudades se necesitan alrededor de 70.000 euros de ahorro para afrontar la adquisición de una vivienda. Mientras tanto, el precio medio de los pisos aumentó casi un 10% en 2025, hasta 2.354 euros por metro cuadrado. 

El problema, por tanto, no es simplemente que los jóvenes no quieran independizarse. Es que, incluso cuando estudian, trabajan y mejoran sus condiciones laborales, el coste de la vivienda absorbe buena parte de sus ingresos. La familia se convierte así en una especie de banco privado que financia lo que el mercado laboral y las políticas públicas no consiguen proporcionar.

El Gobierno ha aprobado el Plan Estatal de Vivienda 2026-2030, que contempla ayudas específicas para la emancipación juvenil, alquileres y compra de vivienda en determinados municipios. Pero la magnitud del problema exige algo más que ayudas puntuales: aumentar de forma significativa la oferta de vivienda asequible y pública y conseguir que trabajar vuelva a ser suficiente para construir una vida independiente.

Porque una sociedad que ofrece a sus jóvenes formación y empleo, pero les obliga a seguir dependiendo económicamente de sus padres hasta los treinta años o más, tiene un problema mucho más profundo que una simple estadística de vivienda. Tiene un problema de futuro.

miércoles, 12 de agosto de 2026

El fraude electoral de 1936

Militantes del Frente Popular

Las elecciones generales del 16 de febrero de 1936 constituyen uno de los episodios más controvertidos de la Segunda República española. Durante décadas se presentó como un hecho indiscutible que el Frente Popular obtuvo una victoria electoral limpia que le permitió alcanzar la mayoría absoluta. Sin embargo, investigaciones posteriores han cuestionado seriamente esa interpretación y han documentado irregularidades durante el escrutinio y la posterior atribución de escaños.

La investigación más conocida en este sentido es la realizada por los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, "Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular". Tras estudiar durante años las actas electorales y otras fuentes primarias, ambos sostienen que las elecciones no fueron un simple «pucherazo» nacional, pero sí estuvieron acompañadas de fraudes localizados y de una presión política y callejera que terminó alterando el resultado parlamentario. 

El problema no estuvo necesariamente en el acto de votar del 16 de febrero, sino, sobre todo, en lo que ocurrió después. El recuento se desarrolló en un clima de enorme tensión. Entre el 16 y el 19 de febrero se produjeron disturbios y presiones políticas que contribuyeron a la dimisión del presidente del Gobierno, Manuel Portela Valladares. Manuel Azaña pasó entonces a encabezar un nuevo Gobierno cuando el proceso electoral todavía no había concluido. 

Según Álvarez Tardío y Villa, en determinadas circunscripciones aparecieron actas modificadas, recuentos cuestionables, escrutinios realizados sin todas las garantías y resultados que no coincidían con los datos inicialmente conocidos. Señalan especialmente los casos de La Coruña, Cáceres, Jaén, Valencia, Málaga y Santa Cruz de Tenerife. Su conclusión es que alrededor de medio centenar de escaños pudieron quedar afectados por irregularidades. 

La importancia de esta cuestión es enorme. El Frente Popular obtuvo finalmente una mayoría parlamentaria suficiente para gobernar. Pero los investigadores sostienen que, antes de las modificaciones posteriores al recuento, las estimaciones disponibles situaban sus escaños en torno a 216-217, frente a los 240 que acabaría obteniendo. De confirmarse esa reconstrucción, las irregularidades no habrían creado la victoria electoral desde cero, pero sí habrían sido decisivas para transformar una victoria relativa en una mayoría absoluta. 

Ahora bien, conviene evitar otra simplificación. No existe consenso historiográfico en que las elecciones fueran globalmente un fraude que invalidara la victoria del Frente Popular. Investigaciones más recientes, como la del historiador Carmelo Romero, sostienen que el Frente Popular sí ganó las elecciones y que, aunque existieron irregularidades y violencia, no puede hablarse de un fraude sistémico capaz de anular el resultado. 

Por tanto, la cuestión histórica no debería plantearse como una elección entre dos consignas: «el Frente Popular ganó limpiamente» o «todo fue un pucherazo». La documentación disponible apunta a una realidad bastante más incómoda: unas elecciones celebradas en un ambiente de extraordinaria violencia y polarización, seguidas de un proceso de escrutinio en el que se produjeron irregularidades importantes y todavía discutidas por los historiadores.

Lo que sí parece difícil de sostener hoy es la imagen de unas elecciones absolutamente normales y transparentes. Pero tampoco sería históricamente riguroso convertir las irregularidades documentadas en una explicación total de la victoria del Frente Popular.

La verdadera lección de febrero de 1936 quizá sea otra: cuando las instituciones electorales pierden credibilidad, cuando la violencia sustituye al debate y cuando los vencedores y perdedores dejan de aceptar las reglas comunes, la democracia queda herida de muerte. Cinco meses después, España entraría en la tragedia de la Guerra Civil.

domingo, 9 de agosto de 2026

Cómo sobrevivir al sanchismo sin entrar en el juego de la crispación

Sanchismo

Hay épocas políticas que se soportan con paciencia. Otras obligan a desarrollar una auténtica estrategia de supervivencia. Para buena parte de la sociedad española, la era de Pedro Sánchez pertenece a la segunda categoría.

El término «sanchismo» se ha convertido en algo más que una etiqueta partidista. Sus críticos lo utilizan para describir una forma de gobernar basada en la resistencia permanente, la búsqueda de apoyos parlamentarios allí donde sean necesarios y una política de bloques que ha llevado la confrontación hasta niveles preocupantes.

Pero el problema no es solamente Sánchez. El problema es lo que la política española está haciendo con los españoles.

Los politólogos Mariano Torcal y Emily Carty han documentado un aumento significativo de la polarización ideológica en España durante las últimas décadas, con una aceleración especialmente visible durante los años de Gobierno de Sánchez. La percepción de que los partidos están cada vez más enfrentados alimenta, además, posiciones políticas más extremas.

El resultado es una sociedad que discute menos sobre soluciones y más sobre culpables.

PRIMERA ESTRATEGIA

Y ahí comienza la primera estrategia para sobrevivir: no entrar en el juego de la crispación.

El Gobierno puede equivocarse. La oposición también. Un ciudadano responsable no necesita convertir cada decisión política en una cuestión de vida o muerte. Tampoco debe aceptar que quien discrepa de él sea automáticamente un fascista, un comunista, un traidor o un enemigo de España.

SEGUNDA ESTRATEGIA

La segunda estrategia consiste en desconfiar del poder, pero también de quienes pretenden sustituirlo. El periodismo, los jueces, las universidades y las instituciones democráticas necesitan independencia. Cuando cualquiera de ellos queda sometido a intereses partidistas, pierde la sociedad entera.

Especialistas en calidad democrática llevan años alertando precisamente de ese deterioro institucional. La democracia no consiste únicamente en votar cada cuatro años. También exige controles, contrapesos, separación de poderes y respeto a las reglas.

TERCERA ESTRATEGIA

La tercera estrategia es quizá la más difícil: no acostumbrarse.

El peligro de una política basada en la polémica permanente es que el ciudadano termina considerando normal lo que ayer le habría parecido escandaloso. Una nueva controversia sustituye a la anterior y, al cabo de unos meses, nadie recuerda exactamente qué ocurrió.

La indignación permanente termina produciendo indiferencia.

Por eso conviene recuperar una virtud bastante olvidada: la memoria. Recordar qué se prometió, qué se hizo y qué consecuencias tuvo. Comparar discursos con resultados. Preguntar cuánto cuesta cada decisión y quién termina pagando la factura.

Y, sobre todo, conservar la libertad interior.

Porque quizá la mejor manera de sobrevivir al sanchismo no sea convertirse en antisanchista profesional. Sería concederle demasiado poder a Sánchez.

La verdadera resistencia consiste en seguir pensando, leyendo, contrastando y hablando sin miedo. En no dejar que ningún Gobierno determine quiénes son nuestros amigos y nuestros enemigos. En defender las instituciones aunque gobierne alguien que no nos gusta. Y en exigir responsabilidades sin convertir la política en una guerra civil verbal.

España no necesita ciudadanos permanentemente enfurecidos. Necesita ciudadanos despiertos.

Porque cuando un Gobierno consigue que la mitad del país dedique su tiempo a odiar a la otra mitad, ya ha ganado algo mucho más importante que una votación: ha conseguido ocupar la cabeza de los ciudadanos.

Y esa es, probablemente, la primera batalla que hay que negarse a perder. 

Miles de migrantes siguen en Ceuta: las cifras del Gobierno no cuadran

¿Cuántas personas entraron realmente en Ceuta?

La crisis migratoria que estalló en Ceuta el pasado 30 de julio está lejos de haber terminado. Aunque desde el Gobierno se intenta transmitir la imagen de que la situación comienza a normalizarse, la realidad ofrece una fotografía bastante diferente: miles de migrantes continúan en la ciudad y ni siquiera existe una cifra fiable sobre cuántos permanecen allí.

El problema empieza por el principio. ¿Cuántas personas entraron realmente en Ceuta? El Gobierno central ha manejado sucesivamente cifras de 50.000 y, posteriormente, alrededor de 72.000 personas. Pero el propio carácter estimativo de esos números demuestra la dificultad de conocer con precisión la magnitud de la avalancha. El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, ha llegado a hablar de unas 80.000 entradas. 

Tampoco existe acuerdo sobre cuántos han regresado a Marruecos. Mientras el Gobierno ha sostenido que aproximadamente 70.000 de los 72.000 que entraron ya habían vuelto, fuentes de las Fuerzas de Seguridad manejaron una cifra de unos 73.500 retornos. La diferencia no es menor: plantea una pregunta elemental que todavía no tiene respuesta clara: ¿cuántas personas permanecen realmente en territorio español? 

El Gobierno insiste en que son alrededor de 2.000. Pero sobre el terreno aparecen datos que contradicen esa estimación. En la playa del Trampolín, por ejemplo, Cruz Roja llegó a repartir más de 2.500 raciones de comida en un solo día. Policía y trabajadores humanitarios calculaban allí más de 2.000 personas. Y el presidente Vivas elevó la estimación global de los que permanecían en Ceuta hasta entre 3.000 y 6.000. 

La situación resulta todavía más llamativa cuando se habla de los menores. El Ministerio de Juventud e Infancia reconocía el 7 de agosto haber registrado 1.342 menores en los sistemas de acogida. Pero organizaciones y asociaciones que trabajan directamente en los barrios ceutíes han obtenido cifras muy superiores. Una asociación de vecinos de El Príncipe llegó a censar 4.860 menores en apenas dos jornadas. Evidentemente, ese censo no puede considerarse un registro oficial definitivo, pero resulta imposible ignorarlo cuando las propias autoridades admiten que todavía existen menores que no han sido identificados. 

Y probablemente ahí se encuentre la clave de toda esta polémica. No necesariamente estamos ante cifras falsas en el sentido de inventadas, sino ante estimaciones provisionales obtenidas en una situación de absoluto desbordamiento. El problema aparece cuando esas estimaciones se presentan públicamente como si fueran datos sólidos y cerrados.

Porque Ceuta no es una ciudad cualquiera. Tiene unos 85.000 habitantes y ha tenido que absorber en cuestión de horas una entrada extraordinaria de decenas de miles de personas. El sistema de acogida quedó desbordado y todavía existen migrantes escondidos en montes, barrancos, playas, viviendas particulares y otros lugares que no aparecen en ningún registro. 

Una crisis de esta magnitud exige algo elemental: saber cuántas personas entraron, cuántas han regresado y cuántas continúan en territorio español. Mientras esas tres cifras no estén suficientemente acreditadas, cualquier balance será necesariamente provisional.

Y hay una cuestión política que tampoco puede esquivarse: si el Estado no dispone todavía de un recuento fiable de las personas que permanecen en Ceuta, ¿cómo puede garantizar que conoce exactamente la dimensión de la crisis y que tiene bajo control sus consecuencias?

La primera obligación de un Gobierno ante una emergencia fronteriza no es maquillar las cifras, sino contarlas bien.