Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.
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Yo: Mi general, en el capítulo anterior hablamos del crecimiento económico. Hoy me gustaría hablar de algo más importante: de las personas que cambiaron con ese crecimiento.
Yo pertenecí a una familia que vivió aquella transformación desde dentro. Mi padre llegó a tener una pequeña empresa de alquiler de automóviles sin conductor. Disponía de una treintena de vehículos, la mayoría Seat 600, además de algunos Seat 1500 y, más tarde, varios Seat 127. Aquellos coches no eran simplemente un negocio: eran el reflejo de una España que empezaba a moverse, literalmente, sobre cuatro ruedas.
Voy a ofrecer algunos datos. No para usted, que los conoce mejor que yo, sino para quienes niegan que aquel desarrollo existiera y para los españoles de buena voluntad que desean comprender una etapa decisiva de nuestra historia.
Durante las dos primeras décadas de la posguerra, España seguía siendo un país mayoritariamente rural, empobrecido y con escasa apertura al exterior. La situación comenzó a cambiar a partir de 1959 con el Plan de Estabilización y la creciente influencia de los ministros tecnócratas.
La apertura económica provocó un éxodo rural de enormes dimensiones. Millones de españoles abandonaron el campo para incorporarse a las fábricas y al sector servicios, impulsado por el turismo, el comercio, la banca y las nuevas actividades urbanas.
Antes de 1960, la mayor parte de la población activa trabajaba en la agricultura, a menudo en condiciones de subsistencia. Diez años después, los obreros industriales cualificados, los empleados administrativos, los funcionarios y los profesionales del sector servicios constituían ya el núcleo de la sociedad urbana. Sus salarios aumentaron progresivamente y, por primera vez para muchas familias, apareció la posibilidad del ahorro.
El nacimiento de la clase media no se reflejó únicamente en la renta, sino también en una forma completamente distinta de vivir.
El automóvil dejó de ser un privilegio reservado a unos pocos. El Seat 600 se convirtió en el gran símbolo de aquella España que descubría las excursiones dominicales y las vacaciones familiares. Una popular canción repetía: «Adelante, hombre del seiscientos; la carretera nacional es tuya». Medio siglo después, todavía existe una activa comunidad de aficionados dedicada a conservar estos vehículos, intercambiar piezas y mantener viva su memoria.
La llegada del frigorífico, la lavadora y la televisión transformó la vida doméstica. El salón pasó a ser el centro de la casa y muchas tareas que exigían horas de esfuerzo comenzaron a realizarse en minutos.
Al mismo tiempo, el acceso a la vivienda en propiedad se convirtió en una aspiración alcanzable para un número creciente de familias. La política de viviendas protegidas favoreció la formación de un amplio patrimonio familiar y consolidó una sociedad de propietarios.
Cuando comenzó la Transición, más de la mitad de los españoles podía considerarse integrante de la clase media o se identificaba con ella.
Aquella nueva clase media, con estabilidad económica, acceso creciente a la educación —las universidades comenzaron a llenarse de hijos de obreros como nunca antes— y el deseo de equipararse a las democracias europeas, constituyó uno de los pilares que hicieron posible una Transición ampliamente pacífica y basada en el consenso.
Resulta paradójico comprobar que, medio siglo después, algunos partidos y no pocos ciudadanos parecen añorar precisamente aquello que la mayoría de los españoles quiso dejar atrás: la polarización permanente y el enfrentamiento entre las dos Españas.
Franco: No me sorprende que haya querido dedicar un capítulo entero a la clase media. Las cifras del crecimiento económico son importantes, pero solo adquieren verdadero significado cuando cambian la vida de las personas.
Siempre he sostenido que un gobernante debe procurar que el mayor número posible de familias pueda vivir con dignidad, trabajar, ahorrar y mirar al futuro con confianza. Un país donde solo existen ricos y pobres es un país inestable. Entre ambos debe existir un amplio cuerpo social que actúe como elemento de equilibrio.
Algunos creen que la prosperidad consiste únicamente en aumentar la producción. Yo nunca lo entendí así. La prosperidad debía traducirse en hogares mejor equipados, en viviendas propias, en hijos con estudios y en familias capaces de permitirse unas vacaciones. Esos pequeños logros cotidianos son los que cambian verdaderamente una nación.
Por eso nunca desprecié el consumo popular. Al contrario. Cuando un obrero compra un automóvil, un frigorífico o un piso, no solo mejora su nivel de vida; también adquiere un interés directo en la estabilidad del país. Quien posee algo procura conservarlo. Esa es una verdad tan antigua como la propia política.
Recuerdo que algunos intelectuales criticaban aquella España del Seat 600, de los apartamentos en la playa y de la televisión en blanco y negro, como si todo aquello fuera una manifestación de vulgaridad. Yo pensaba justamente lo contrario. Era la prueba de que millones de españoles disfrutaban por primera vez de comodidades que antes estaban reservadas a una minoría.
Naturalmente, no todo fue perfecto. Persistieron desigualdades, hubo errores de planificación y muchas familias continuaron viviendo con dificultades. Nunca he sostenido que construyéramos una sociedad ideal. Lo que afirmo es que España dio, en apenas quince años, un salto económico y social que habría parecido imposible en la inmediata posguerra.
Hay un hecho que suele olvidarse. La Transición política no surgió sobre un país hambriento, sino sobre una sociedad mucho más próspera, más educada y más moderada que la de décadas anteriores. Sin esa amplia clase media, difícilmente habría sido posible un cambio político tan pacífico. Las instituciones pueden diseñarse sobre el papel, pero la estabilidad de una nación siempre descansa, en última instancia, sobre la fortaleza de sus familias.
Y permítame terminar con una reflexión. La prosperidad no elimina los conflictos, pero los hace menos peligrosos. Cuando los ciudadanos tienen trabajo, patrimonio, hijos estudiando y proyectos de futuro, suelen preferir los acuerdos a las revoluciones. Por eso me preocupa que algunos vuelvan a alimentar el lenguaje de las dos Españas. Quienes no vivieron aquella división la invocan con demasiada ligereza. Los que sí la vivimos sabemos que ningún beneficio político compensa el precio que España pagó por ella.
jueves, 16 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 12 – La clase media se convierte en el grupo social mayoritario
Conversaciones con Franco – Capítulo 11 – El Plan de Estabilización de 1959
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales..jpg)
Seat 600
Yo: Mi general, al terminar la Guerra Civil España era un país devastado. A las heridas del conflicto se unían el aislamiento internacional, la escasez de divisas y una economía que parecía incapaz de despegar. A finales de los años cincuenta, la situación había llegado a un punto crítico y su Gobierno emprendió un cambio profundo de orientación económica. Con la incorporación de un grupo de ministros técnicos, conocidos popularmente como los tecnócratas del Opus Dei, se puso en marcha el Plan de Estabilización de 1959.
A partir de entonces comenzó una transformación que pocos discuten en cuanto a su intensidad, aunque sí en cuanto a sus causas y a sus protagonistas. España experimentó durante los años sesenta uno de los mayores ritmos de crecimiento económico del mundo, sólo superado por Japón. La producción industrial se multiplicó, la renta per cápita prácticamente se duplicó, el turismo se convirtió en una gran fuente de riqueza, la inversión extranjera aumentó de forma notable y las remesas enviadas por cientos de miles de españoles emigrados contribuyeron decisivamente al desarrollo del país.
Todavía hoy existe discusión sobre si España llegó a ocupar el octavo, noveno, décimo o duodécimo puesto entre las economías o las potencias industriales del mundo. Las cifras varían según las fuentes y los criterios empleados. Lo verdaderamente importante, sin embargo, no es un puesto concreto en una clasificación, sino el hecho, ampliamente documentado, de que España vivió un extraordinario proceso de modernización económica y social.
Naturalmente, aquel crecimiento no benefició por igual a todas las regiones y dejó problemas importantes sin resolver. Pero resulta difícil negar que, en apenas una década, el país había cambiado de una manera que parecía inimaginable pocos años antes.
Además de los datos económicos, conservo un recuerdo muy vivo de aquella transformación. Las carreteras comenzaron a llenarse de aquellos simpáticos Seat 600 que simbolizaban una nueva forma de vivir. Mi padre, que era un hombre emprendedor, fundó un negocio de alquiler de automóviles sin conductor y llegó a tener una flota de treinta coches. Para mi familia, el llamado milagro económico no fue una teoría ni una estadística: fue una realidad que vivimos día a día.
Por eso me gustaría preguntarle si considera que ese desarrollo fue el mayor logro de su régimen. Más allá del vencedor de la Guerra Civil y del jefe del Estado durante casi cuarenta años, muchos sostienen que usted fue también el principal impulsor de la transformación económica que convirtió a España en una nación moderna y que creó las condiciones materiales sobre las que, años después, pudo asentarse la Transición democrática.
Franco: Comprendo que muchos quieran reducir mi mandato a la Guerra Civil y a la represión de la inmediata posguerra. Es una simplificación muy útil para quienes desean juzgar cuarenta años de historia desde una sola fotografía. Pero gobernar un país no consiste únicamente en ganar una guerra; consiste, sobre todo, en reconstruirlo y asegurar su porvenir.
Cuando terminó la contienda recibimos una España arruinada. Había que levantar puentes, carreteras, fábricas, escuelas, viviendas y pantanos. Había que alimentar a una población empobrecida y mantener la independencia nacional en un mundo dividido por la Guerra Fría. Quienes hoy analizan aquellos años olvidan con demasiada facilidad el punto de partida.
Es cierto que durante un tiempo mantuvimos una política económica muy intervencionista. Creíamos que era la mejor forma de proteger la soberanía del país después de una guerra devastadora y en medio de un aislamiento internacional que no habíamos buscado. Con el paso de los años comprobamos que aquella política había llegado a sus límites y fue necesario rectificar.
Algunos presentan esa rectificación como una derrota ideológica. Yo la considero una obligación de gobierno. Un gobernante no debe permanecer prisionero de sus propias decisiones si las circunstancias cambian. Debe conservar los principios esenciales, pero adaptar los instrumentos.
Por eso confié en hombres técnicamente preparados, independientemente de su procedencia. Se les ha llamado los tecnócratas del Opus Dei, pero yo nunca los elegí por pertenecer a una organización religiosa. Los elegí porque creía que podían sacar adelante una economía que necesitaba abrirse al exterior sin renunciar a la estabilidad política.
Los resultados están ahí. España dejó de ser un país agrícola y atrasado para convertirse en una nación industrial. Millones de españoles encontraron empleo. Surgió una amplia clase media, crecieron las universidades, mejoraron las infraestructuras y miles de familias pudieron adquirir una vivienda, un automóvil o disfrutar de vacaciones, algo que para generaciones anteriores había sido impensable.
Naturalmente, no todo fue perfecto. Persistieron desigualdades territoriales y muchos españoles tuvieron que emigrar para buscar oportunidades. No ignoro esas realidades. Pero incluso esa emigración contribuyó al progreso del país mediante las remesas que enviaban y la experiencia profesional que muchos trajeron de regreso.
Algunos afirman hoy que el llamado milagro económico se produjo a pesar del régimen. Es una afirmación difícil de sostener. Ninguna transformación de semejante magnitud habría sido posible sin un Estado capaz de garantizar orden, continuidad y seguridad jurídica durante muchos años. Las inversiones no llegan donde reina la incertidumbre permanente.
No me preocupa demasiado si España fue la octava, la novena o la duodécima potencia industrial. Esas clasificaciones cambian según el criterio empleado. Lo verdaderamente importante es que una generación de españoles vio mejorar su nivel de vida como nunca antes había ocurrido en nuestra historia contemporánea.
Comprendo que existan críticas legítimas a mi régimen. Ningún gobierno está por encima del juicio de la Historia. Lo que considero injusto es negar unos hechos económicos que forman parte de esa misma Historia. Los documentos, las estadísticas, las fábricas construidas, las autopistas, los embalses, las universidades y los millones de vidas que cambiaron constituyen un testimonio mucho más sólido que los eslóganes políticos.
La Historia debe servir para comprender, no para borrar aquello que resulta incómodo. Sólo una nación capaz de reconocer sus luces y sus sombras puede reconciliarse plenamente consigo misma.
miércoles, 15 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 10 – El pecado imperdonable
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La desnazificación en Alemania.
Muchos historiadores responderían que esa afirmación simplifica demasiado la cuestión. Sostendrían que el rechazo hacia su figura no se debe únicamente a la victoria de 1939, sino a lo que vino después: una dura represión en la posguerra, miles de ejecuciones documentadas, casi cuarenta años sin elecciones libres, censura y un sistema político sin libertades.
Sin embargo, también es cierto que algunos autores han señalado una llamativa asimetría en el juicio histórico. Regímenes comunistas responsables de millones de víctimas, como la Unión Soviética, o la dictadura cubana, han recibido en determinados ambientes intelectuales una comprensión o una indulgencia que nunca se concedió al franquismo. Historiadores como Stéphane Courtois o Stanley Payne han reflexionado, desde perspectivas diferentes, sobre ese distinto rasero.
Por eso mi pregunta no pretende negar los aspectos más controvertidos de su régimen, sino comprender un fenómeno histórico. ¿Por qué cree usted que el franquismo no fue objeto de un juicio comparable al que el comunismo recibió tras la caída del bloque soviético, ni tampoco de un proceso semejante a la desnazificación alemana? ¿Considera que existe una asimetría en la memoria histórica del siglo XX?
Franco: Comprendo el sentido de su pregunta, pero permítame comenzar por una precisión. Ningún gobernante puede aspirar a ser juzgado únicamente por sus intenciones ni por las circunstancias que le rodearon. Al final, la historia termina examinando los hechos.
Dicho esto, creo que existe una diferencia evidente entre la memoria y la historia. La memoria suele ser selectiva; la historia, cuando es honrada, debería aspirar a comprender incluso aquello que le resulta incómodo.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el nazismo quedó asociado a la derrota militar más absoluta y a unos crímenes cuya magnitud conmocionó al mundo. La Unión Soviética, en cambio, figuró entre los vencedores. Esa condición política influyó durante décadas en la percepción internacional de los distintos regímenes. La Guerra Fría convirtió muchas interpretaciones históricas en instrumentos ideológicos.
España quedó al margen de esa guerra mundial. Mi régimen no fue derrotado por un ejército extranjero ni sustituido por una ocupación aliada. Terminó por su propia evolución biológica y política. Esa diferencia explica que nunca existiera un proceso comparable a la desnazificación alemana.
En cuanto al comunismo, el juicio moral sobre sus crímenes llegó tarde y de manera desigual. Cuando se abrieron los archivos soviéticos, muchos hechos ya no podían discutirse, pero las simpatías ideológicas acumuladas durante décadas hicieron que algunos prefirieran mirar hacia otro lado. La historia también tiene sus modas.
Ahora bien, tampoco pretendo atribuir todas las críticas que recibe mi régimen a esa circunstancia. Sería una explicación demasiado cómoda. Goberné durante muchos años, restringí libertades y tomé decisiones que siguen siendo objeto de un legítimo debate histórico. Quien ejerce el poder durante tanto tiempo debe aceptar que su legado sea examinado con severidad.
Lo que sí pediría es una única cosa: que el mismo criterio moral se aplique a todos. Si las víctimas del nazismo merecen memoria, también la merecen las del comunismo. Si las limitaciones de mi régimen deben ser estudiadas sin complacencia, las de otros sistemas políticos deberían recibir un examen igualmente riguroso. La historia pierde credibilidad cuando pesa los sufrimientos con balanzas distintas.
No aspiro a una absolución. Ningún hombre debería esperarla de la historia. Me bastaría con un juicio que no comenzara por la sentencia antes de escuchar las pruebas.
martes, 14 de julio de 2026
Rajoy es un político desprovisto de ego. Su frase sobre el equipo francés no tiene la malicia que le dan algunos
Mariano Rajoy nunca ha destacado por el culto a su propia imagen. Quienes han seguido su trayectoria política saben que, con sus virtudes y sus defectos, siempre ha transmitido una impresión poco frecuente en la política actual: la de un hombre más inclinado a la ironía que a la grandilocuencia, más cómodo con el humor involuntario que con el protagonismo personal.
Mariano Rajoy
En una época en la que muchos dirigentes parecen medir cada palabra para construir una marca personal, Rajoy ha dado la sensación contraria. No necesitaba parecer ingenioso ni resultar simpático. Hablaba con naturalidad, incluso a riesgo de ser criticado por ello.
Por eso resulta discutible la interpretación que algunos han hecho de su conocida frase sobre la selección francesa. Hay quienes han querido ver en ella una intención maliciosa o una crítica dirigida contra los jugadores de origen inmigrante. Sin embargo, una lectura desapasionada permite llegar a una conclusión diferente.
Rajoy no es un político dado a los dobles mensajes ni a las insinuaciones calculadas. Quienes le atribuyen una estrategia de ese tipo probablemente proyectan sobre él una forma de hacer política que nunca ha sido la suya. Su estilo ha sido, precisamente, el de expresar con espontaneidad pensamientos que otros habrían revestido de mayor prudencia.
En el debate público actual existe una creciente tendencia a interpretar cualquier comentario desde la sospecha. Se buscan intenciones ocultas, segundas lecturas o mensajes cifrados incluso cuando la explicación más sencilla suele ser la más verosímil. Esa dinámica empobrece el debate y favorece la polarización.
Es legítimo discrepar de Mariano Rajoy en muchas cuestiones políticas. Sus gobiernos y sus decisiones pueden ser objeto de crítica, como corresponde en una democracia. Pero una valoración justa exige distinguir entre los hechos y las interpretaciones.
No toda frase desafortunada nace de la mala fe. En ocasiones responde simplemente a la espontaneidad de quien no vive obsesionado por construir un relato sobre sí mismo. Y, en el caso de Rajoy, esa explicación parece mucho más coherente con el personaje que la de atribuirle una intención que nunca ha caracterizado su forma de actuar.
La política necesita más análisis sereno y menos juicios precipitados. Antes de convertir una declaración en motivo de escándalo conviene preguntarse quién la pronunció, cuál ha sido su trayectoria y si realmente existe fundamento para atribuirle una intención que no se desprende de sus palabras. En el caso de Mariano Rajoy, su personalidad pública invita a pensar que, más que malicia, hubo la misma espontaneidad que tantas veces ha definido su manera de expresarse.
lunes, 13 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 8
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Milicianos exhiben el cadáver de un cura o una monja.
Yo: Mi general, el anticlericalismo español no nace con la Segunda República. Es una corriente con raíces profundas en el siglo XIX que la República heredó, intensificó en determinados aspectos e incorporó parcialmente a su proyecto político. Conviene hacer un breve repaso histórico, no por usted, sino por nuestros lectores.
España llegó a 1931 con un largo historial de tensiones entre el Estado liberal y la Iglesia. Las desamortizaciones, las quemas de conventos de 1834 y la Semana Trágica de Barcelona en 1909 habían dejado una profunda huella. Al mismo tiempo, una parte importante de la Iglesia había quedado identificada con el orden social conservador y con la Monarquía, lo que alimentó entre amplios sectores de la izquierda una creciente hostilidad hacia la institución eclesiástica.
Pocas semanas después de proclamarse la Segunda República, en mayo de 1931, una oleada de incendios destruyó conventos e iglesias en Madrid, Málaga, Sevilla y otras ciudades. El Gobierno republicano no promovió aquellos hechos, pero su reacción inicial fue considerada por muchos insuficiente para impedir la extensión de los ataques.
Posteriormente, la República emprendió una profunda política de secularización. El artículo 26 de la Constitución de 1931 fue, probablemente, el precepto más controvertido de todo el texto constitucional, al establecer severas limitaciones a la actividad de las órdenes religiosas y redefinir profundamente las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Para muchos católicos, aquellas medidas fueron interpretadas como una agresión a la libertad religiosa; para sus defensores, constituían un paso imprescindible hacia un Estado plenamente laico.
La Revolución de Asturias de 1934 añadió un nuevo elemento de violencia con el asesinato de varios miembros del clero. Sin embargo, el salto verdaderamente dramático llegó tras el alzamiento militar de julio de 1936. En amplias zonas bajo control republicano, el hundimiento efectivo de la autoridad del Estado permitió la actuación de milicias y comités revolucionarios que desencadenaron una persecución religiosa de enorme magnitud. Historiadores como Vicente Cárcel Ortí documentan el asesinato de cerca de siete mil miembros del clero, junto con la destrucción de miles de iglesias, conventos e imágenes religiosas.
Manuel Azaña defendió la política laicista como una exigencia de modernización del Estado. Su conocida afirmación de que «España ha dejado de ser católica» pretendía expresar una nueva concepción constitucional del Estado, aunque fue interpretada por muchos creyentes como el anuncio de una ruptura con la tradición histórica de España.
La extraordinaria violencia anticlerical de 1936 constituyó uno de los principales argumentos empleados por el bando sublevado para presentar la guerra como una defensa de la civilización cristiana frente a la revolución. Décadas después, la Iglesia ha reconocido como mártires a miles de aquellas víctimas mediante numerosos procesos de beatificación.
Usted, mi general, defendió siempre que el Alzamiento Nacional respondía a la necesidad de preservar la unidad de España y de impedir que nuestro país cayera bajo una revolución de inspiración comunista. Hoy, sin embargo, una parte importante del discurso político y cultural lo presenta únicamente como un dictador sanguinario cuya memoria debería ser borrada del espacio público.
¿Qué siente al comprobar que millones de españoles conocen su figura casi exclusivamente a través de ese relato?
Franco: No me sorprende. Todo vencedor de una guerra termina siendo juzgado por generaciones que no la vivieron. Lo que sí me entristece es que el juicio se haga prescindiendo del contexto.
Jamás negué que una guerra civil fuese una tragedia. Ningún hombre que haya recorrido los frentes, visitado hospitales o recibido diariamente listas de muertos puede alegrarse de la sangre derramada. La guerra es siempre el fracaso de la política y de la convivencia.
Ahora bien, tampoco acepto que se pretenda explicar aquellos años como si España hubiera sido una democracia estable destruida por la ambición de unos militares. Cuando la República perdió el monopolio de la fuerza y las calles comenzaron a ser dominadas por la violencia, muchos españoles dejaron de confiar en que el Estado pudiera garantizar sus vidas, sus familias o su libertad religiosa. Esa realidad no puede borrarse porque resulte incómoda.
Se habla mucho de las víctimas de un lado y demasiado poco de las del otro. Se recuerdan unos muertos mientras se silencian otros. Pero los muertos no tienen ideología; todos pertenecen ya a la Historia y todos merecen el mismo respeto.
Comprendo que haya españoles que condenen mi régimen. Están en su derecho. Lo que no considero legítimo es convertir esa condena en una falsificación sistemática del pasado. La Historia no puede escribirse seleccionando únicamente los hechos que favorecen una tesis política.
Tampoco me inquieta que retiren estatuas o cambien nombres de calles. El bronce envejece y la piedra termina por caer. Lo verdaderamente importante no es la memoria de un hombre, sino la memoria de una nación. Cuando un pueblo aprende a odiar una parte de su propia historia, acaba por no comprender la otra mitad.
No necesito que nadie me absuelva. Hace muchos años que comparecí ante el único tribunal cuyo juicio considero definitivo. Pero sí desearía que España recuperase la serenidad necesaria para estudiar su pasado sin odio, sin miedo y sin ánimo de venganza. Las naciones maduras no destruyen su Historia: la conocen, la discuten y aprenden de ella.
Quizá algún día los españoles descubran que la reconciliación no consiste en imponer un relato único, sino en aceptar que la verdad histórica es siempre más compleja que cualquier consigna. Ese día, habrán dado un paso mucho más importante que el de juzgar a Franco: habrán aprendido a comprenderse a sí mismos.
domingo, 12 de julio de 2026
La sumisión de la derecha nacionalista al sanchismo hunde al PNV y a Junts: 85.000 votos menos y dos diputados perdidos
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Más allá de las cifras concretas, el dato resulta significativo porque afecta a dos partidos cuya fortaleza tradicional ha descansado en la defensa de los intereses propios del País Vasco y de Cataluña, manteniendo una imagen de autonomía respecto a los grandes partidos nacionales.
El desgaste del PNV
El Partido Nacionalista Vasco atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Una parte de su electorado considera que su colaboración permanente con el Gobierno socialista ha diluido el perfil propio de la formación.
La competencia de EH Bildu, que continúa ampliando su espacio electoral, obliga además al PNV a moverse en un terreno especialmente complicado, donde cualquier percepción de excesiva cercanía al PSOE puede traducirse en pérdida de apoyos.
Junts tampoco escapa al desgaste
En Cataluña, Junts también afronta una situación compleja. Tras presentarse como el partido más firme en la defensa del independentismo, su apoyo parlamentario a Sánchez ha generado desconcierto entre parte de sus votantes.
Las continuas negociaciones con el Ejecutivo, junto con las cesiones mutuas necesarias para mantener la estabilidad parlamentaria, han alimentado la impresión de que el partido ha sustituido la confrontación política por una estrategia de influencia institucional cuyos resultados muchos electores consideran insuficientes.
El precio de sostener al Gobierno
La política de pactos tiene ventajas inmediatas para los partidos bisagra: capacidad de negociación, influencia legislativa y obtención de determinadas concesiones territoriales.
Sin embargo, también presenta riesgos evidentes. Cuando un partido es percibido por su propio electorado como un apoyo imprescindible para un gobierno impopular entre sus bases, puede acabar compartiendo parte del desgaste del Ejecutivo.
Es precisamente esa dinámica la que numerosos analistas señalan como una de las causas del retroceso que reflejan las encuestas para ambas formaciones.
Un equilibrio cada vez más difícil
Tanto el PNV como Junts intentan transmitir que sus acuerdos con el Gobierno responden exclusivamente a la defensa de los intereses de Euskadi y Cataluña. Sus críticos, por el contrario, sostienen que ambos partidos han terminado subordinando esa estrategia a la necesidad de garantizar la continuidad de Pedro Sánchez en La Moncloa.
Sea cual sea la interpretación, los sondeos apuntan a que una parte de sus antiguos votantes comienza a cuestionar esa política de alianzas.
Conclusión
Las encuestas no constituyen resultados definitivos, pero sí ofrecen una fotografía del estado de opinión en un momento determinado. Si la tendencia actual se confirma, tanto el PNV como Junts podrían comprobar que el papel de socios indispensables del Gobierno tiene un coste electoral creciente.
En política, sostener un Ejecutivo puede proporcionar influencia y capacidad de negociación, pero también implica asumir parte del desgaste que genera su gestión. Y eso parece ser, según los sondeos, lo que empieza a reflejar una parte del electorado nacionalista.
Conversaciones con Franco – Capítulo 7
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales..jpg)
José Calvo Sotelo
Yo: Mi general, ¿qué hecho terminó de impulsarle a sumarse a la sublevación militar de 1936 contra la Segunda República?
Muchos historiadores señalan como momento decisivo el asesinato de José Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica y diputado de Renovación Española, ocurrido en la madrugada del 13 de julio de 1936.
Usted era conocido por su carácter extremadamente prudente. No acostumbraba a tomar decisiones precipitadas ni movido por impulsos. A diferencia de otros generales como Mola, Sanjurjo o Fanjul, que estaban comprometidos desde los primeros momentos, usted esperó hasta tener garantías razonables de que la operación podía tener posibilidades de éxito. Estaba en juego su carrera militar, su propia vida y, sobre todo, el destino de millones de españoles.
Como católico convencido, parece lógico pensar que las decisiones más trascendentales de su vida las meditaba profundamente y las ponía ante su conciencia y ante Dios antes de actuar.
La conspiración militar no nació en julio de 1936. Venía preparándose desde meses antes, dirigida principalmente por el general Emilio Mola desde abril de aquel año, con la participación de diversos sectores contrarios al rumbo político de la República: militares descontentos, monárquicos, carlistas y falangistas.
Sin embargo, usted mantuvo una actitud de espera. Dudaba. Observaba la evolución de los acontecimientos y no quiso comprometerse definitivamente hasta el último momento. Su actitud llegó a provocar impaciencia entre algunos conspiradores, especialmente en Mola, que necesitaba saber con qué apoyos contaba.
El asesinato de Calvo Sotelo, cometido pocos días después del asesinato del teniente Castillo, fue el hecho que aceleró los acontecimientos. No fue la causa inicial de la sublevación, pero sí el acontecimiento que terminó de convencer a muchos indecisos y que posteriormente fue utilizado por los sublevados como argumento de justificación ante la opinión pública.
Después de confirmar su participación, usted salió de Canarias en el avión Dragon Rapide, organizado por sectores monárquicos, y llegó al norte de África para ponerse al frente del Ejército de África, una fuerza militar considerada decisiva.
Pero su forma de actuar durante la guerra también ha sido objeto de debate. Se le ha acusado de ser excesivamente prudente y de sacrificar oportunidades militares por asegurar la victoria final.
El ejemplo más discutido fue la decisión de desviarse hacia Toledo en septiembre de 1936 para liberar el Alcázar, cuando las fuerzas nacionales avanzaban hacia Madrid y algunos consideraban que la capital podía caer.
Desde un punto de vista estrictamente militar, aquella decisión permitió al gobierno republicano ganar tiempo para organizar la defensa de Madrid. Pero para usted, según sus partidarios, había también un componente simbólico y moral: no abandonar a quienes resistían en una posición convertida en símbolo de sacrificio.
Tras el fracaso del intento de conquistar Madrid en noviembre de 1936, abandonó la idea de una victoria rápida y adoptó una estrategia de guerra prolongada, basada en el avance gradual, la acumulación de fuerzas y la reducción sistemática de la capacidad del enemigo.
Algunos historiadores han interpretado esa actitud como prudencia militar; otros, como exceso de cálculo político y personal.
Mi general, después de tantos años y contemplando la historia desde la distancia: ¿Cómo se ve usted a sí mismo? ¿Como un hombre prudente que evitó riesgos innecesarios, o como alguien que calculó cada paso pensando más en la victoria que en la rapidez para alcanzarla?
Franco: Cuando un hombre se encuentra ante decisiones que pueden cambiar el destino de una nación, no debe actuar dominado por la emoción ni por las presiones del momento. La prudencia no es cobardía; es la obligación de medir las consecuencias de los actos.
Yo era militar. Y un militar sabe que una batalla perdida no solo significa perder terreno: significa perder vidas humanas. Por eso nunca creí que una decisión importante pudiera tomarse solamente con entusiasmo o con deseos de victoria.
Antes de julio de 1936 observaba una situación que consideraba cada vez más grave. España estaba dividida, la autoridad del Estado se debilitaba y muchos españoles habían perdido la confianza en las instituciones. Pero una intervención militar era una decisión extrema. Quien levanta las armas contra un gobierno, aunque crea hacerlo por una causa superior, abre siempre una puerta de consecuencias imprevisibles.
Por eso dudé. No por falta de convicciones, sino porque comprendía la enorme responsabilidad que asumía.
El asesinato de Calvo Sotelo fue un hecho de una enorme gravedad. Para muchos militares confirmó que el camino de la legalidad había llegado a un punto de ruptura. Pero sería un error histórico decir que todo comenzó aquel día. La crisis española venía de mucho antes. El asesinato fue el último golpe que aceleró unos acontecimientos que ya estaban en marcha.
Respecto a mi forma de actuar durante la guerra, algunos me han llamado lento; otros, prudente. La historia juzgará esas decisiones con mayor serenidad que quienes las vivieron en medio de la lucha.
Un jefe militar no debe buscar únicamente la victoria más rápida, sino la victoria más segura. Las guerras no se ganan solo con audacia; también se ganan evitando errores irreparables.
La decisión de acudir a Toledo ha sido una de las más discutidas. Los militares valoran los mapas, las posiciones y los tiempos; pero los hombres también tienen principios, compromisos y símbolos. El Alcázar representaba una resistencia que tenía un significado moral para muchos combatientes. Yo consideré que su liberación era necesaria.
¿Fue la decisión más perfecta desde el punto de vista estrictamente militar? La historia puede discutirlo. Pero las decisiones de un gobernante o de un comandante no se toman siempre en condiciones ideales. Se toman con la información disponible y bajo una enorme presión.
Después de Madrid comprendí que la guerra no sería breve. España estaba ante un conflicto de gran profundidad, y una victoria rápida podía ser sustituida por una derrota si se actuaba sin suficiente preparación.
Me preguntan si fui calculador. Todo hombre que ocupa un puesto de responsabilidad debe calcular. El problema no está en calcular, sino en qué se calcula: si el beneficio personal o el bien que uno cree defender.
Yo nunca vi la guerra como una aventura personal. La vi como una tragedia nacional. Incluso quienes creen que una causa es justa deben recordar siempre que detrás de las decisiones políticas y militares hay hombres que sufren, familias que pierden seres queridos y una nación que queda marcada durante generaciones.
Si algo aprendí con los años es que el poder no proporciona felicidad. Proporciona una carga. Y cuanto mayor es el poder, mayor debe ser el sentido de responsabilidad ante la historia y ante Dios.
sábado, 11 de julio de 2026
Primer paso para anular la «ley de nietos»: funcionarios cuestionan la instrucción de Sofía Puente
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El núcleo del conflicto no está en la existencia de la ley aprobada por las Cortes Generales en 2022, sino en la interpretación que posteriormente realizó la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública, entonces dirigida por Sofía Puente. Sus críticos sostienen que una instrucción interna habría ido más allá de aclarar el procedimiento administrativo y habría modificado de hecho el alcance de una norma aprobada por el Parlamento.
La acusación: una instrucción que habría cambiado el espíritu de la norma
Según los sectores que han recurrido la medida, la ley aprobada originalmente estaba orientada principalmente a los descendientes de españoles que sufrieron exilio por motivos políticos, ideológicos o de creencias. La instrucción posterior habría permitido una interpretación más amplia, al considerar también otros supuestos de pérdida de nacionalidad o emigración, sin exigir siempre la acreditación de un exilio político.
Los críticos consideran que ese cambio no podía realizarse mediante una simple instrucción administrativa, porque una norma de rango inferior no puede modificar una ley aprobada por el poder legislativo. De ahí que algunos sectores hayan planteado la posible nulidad de dicha instrucción.
Los funcionarios dan la voz de alarma
La organización sindical CSIF ha pedido a la Junta Electoral Central que analice las consecuencias electorales derivadas de las nuevas nacionalidades concedidas al amparo de esta interpretación. Su argumento es que la ampliación del número de españoles residentes en el extranjero puede tener efectos sobre el censo electoral de residentes ausentes (CERA).
Este planteamiento abre un debate delicado: por un lado, el derecho legítimo de los descendientes de españoles a recuperar la nacionalidad de sus antepasados; por otro, la cuestión jurídica de si los procedimientos utilizados respetaron estrictamente los límites establecidos por el legislador.
¿Puede anularse la «ley de nietos»?
Conviene distinguir dos conceptos. La ley aprobada por las Cortes no queda anulada automáticamente por cuestionarse una instrucción administrativa. Para que una norma con rango de ley desaparezca sería necesaria una decisión del Tribunal Constitucional o una modificación legislativa aprobada por el Parlamento.
Lo que sí podría ocurrir, si los tribunales consideran que la instrucción excedió sus competencias, es que se declare su nulidad y se revisen las concesiones de nacionalidad realizadas bajo esa interpretación. Esa es precisamente la batalla jurídica que han planteado sus detractores.
Un conflicto con profundas implicaciones políticas
La controversia refleja una discusión más amplia sobre los límites entre la reparación histórica y la seguridad jurídica. Sus defensores sostienen que la ampliación facilita que descendientes de españoles recuperen una nacionalidad que consideran vinculada a su origen familiar. Sus críticos responden que una política de esta trascendencia debe decidirse mediante una ley clara debatida y aprobada por las Cortes, no mediante una interpretación administrativa posterior.
El futuro de la medida dependerá ahora de los tribunales y de la interpretación que hagan sobre una cuestión esencial en un Estado de derecho: si una administración puede ampliar mediante una instrucción el alcance de una ley aprobada por el Parlamento o si, por el contrario, esa ampliación constituye una modificación encubierta de la voluntad legislativa.
viernes, 10 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 6
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| Benito Mussolini |
Yo: Mi general, sus enemigos califican de fascista el régimen que usted presidió desde el final de la Guerra Civil hasta su muerte, en 1975. Los historiadores que sostienen esa tesis recuerdan que el franquismo nació de una sublevación militar apoyada por la Italia fascista y la Alemania nazi, y que Falange Española proporcionó buena parte del aparato simbólico e ideológico del nuevo Estado, especialmente entre 1936 y 1945.
Sin embargo, otros especialistas distinguen entre el fascismo clásico y el régimen que usted construyó. Juan Linz, uno de los politólogos más influyentes del siglo XX, propuso definir el franquismo como un régimen autoritario y no totalitario. Según él, carecía de una ideología totalizante coherente, de una movilización permanente de las masas y de un partido único con capacidad para imponerse al Estado. Lo describía como un sistema de pluralismo limitado, sustentado más en determinadas mentalidades que en una doctrina revolucionaria.
Stanley Payne, uno de los mayores especialistas en fascismo comparado, sostiene que el franquismo fue un régimen autoritario, católico y conservador que utilizó a Falange como una de las familias políticas del Estado, junto al Ejército, la Iglesia, los monárquicos y, más tarde, los tecnócratas del Opus Dei. Según Payne, usted nunca permitió que Falange monopolizara el poder, porque su prioridad era preservar el orden y la estabilidad del Estado, no impulsar una revolución fascista.
La mayor parte de la historiografía actual coincide en que el franquismo tuvo un componente fascista real durante sus primeros años, especialmente entre 1936 y 1945, pero también reconoce que evolucionó hacia un sistema diferente. Muchos historiadores prefieren hablar de un régimen autoritario con elementos fascistas o de un régimen fascistizado, antes que definir sus casi cuarenta años de existencia como un fascismo en sentido estricto.
Las diferencias con Italia y Alemania parecen evidentes. En ambos países el partido era el auténtico centro del poder: el Estado terminó subordinado al Partido Nacional Fascista de Mussolini o al NSDAP de Hitler. En España ocurrió justamente lo contrario. FET y de las JONS, creada por el Decreto de Unificación de 1937, nació subordinada al Estado y a su autoridad personal. Usted era Jefe del Estado por su condición de Generalísimo vencedor de la guerra, no por encabezar un partido revolucionario que hubiera conquistado el poder.
También resulta significativo que, tras la derrota del Eje, el régimen español fuera capaz de transformarse para sobrevivir. Pasó de una etapa claramente influida por el contexto fascista europeo a un nacional-catolicismo de fuerte carácter anticomunista y, posteriormente, a un modelo desarrollista impulsado por los tecnócratas. Esa capacidad de adaptación difícilmente encaja con el modelo clásico de los regímenes totalitarios.
Aun así, casi medio siglo después de su muerte, su figura continúa ocupando un lugar central en el debate político español. Unos siguen viéndolo como el origen de todos los males de España; otros consideran que su recuerdo se utiliza con frecuencia como arma arrojadiza para desviar la atención de los problemas del presente. El franquismo continúa siendo objeto de controversia, tanto en el ámbito histórico como en el político.
Sin ignorar los errores, abusos e injusticias que pudieron cometerse desde el poder, muchos españoles recuerdan también aquellos años como un largo periodo de orden, estabilidad y crecimiento económico, sustentado en la importancia concedida al trabajo, a la familia y a la tradición cristiana.
Mi general, después de tantas décadas de debate, ¿considera usted que el franquismo fue realmente un régimen fascista o cree que esa etiqueta responde más a una simplificación ideológica que a un análisis histórico riguroso?
Franco: Cuando una palabra deja de utilizarse para describir la realidad y pasa a emplearse como arma política, pierde casi todo su valor. Eso es lo que, a mi juicio, ha sucedido con el término «fascista». Durante décadas se ha convertido en un insulto de uso común para descalificar al adversario sin necesidad de examinar los hechos.
¿Existieron influencias fascistas en la España de los años treinta? Naturalmente. Sería absurdo negarlo. También las hubo de otras corrientes. Europa entera vivía una profunda crisis y casi todos los países buscaban modelos capaces de responder al comunismo, a la inestabilidad y al descrédito de las democracias parlamentarias de la época.
Pero una cosa son las influencias y otra la naturaleza de un régimen.
Nunca concebí España como un laboratorio de experimentos ideológicos. Mi deber era gobernar un país devastado por una guerra entre españoles. Había ciudades destruidas, campos arruinados, familias rotas y cientos de miles de personas marcadas por el dolor. En aquellas circunstancias, mi prioridad no era construir un Estado doctrinal, sino impedir que España volviera a desangrarse.
El fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán aspiraban a crear un hombre nuevo mediante la movilización permanente de las masas y la subordinación absoluta del individuo al partido. Yo nunca entendí el Estado de esa manera. El Movimiento fue un instrumento del Estado; el Estado nunca estuvo al servicio del Movimiento.
Algunos falangistas habrían deseado una revolución nacional-sindicalista mucho más profunda. Otros, desde posiciones monárquicas, habrían preferido una restauración inmediata de la Corona. Los tradicionalistas defendían sus propias aspiraciones y los católicos las suyas. Mi obligación consistía precisamente en impedir que cualquiera de esas familias impusiera su proyecto exclusivo sobre las demás.
Gobernar no consiste en satisfacer a los más exaltados, sino en mantener un equilibrio que preserve la unidad nacional.
Con el paso de los años fueron cambiando los ministros, las prioridades económicas e incluso el lenguaje político. Permanecieron, sin embargo, los objetivos esenciales: la unidad de España, el mantenimiento del orden, el desarrollo económico y la defensa de una determinada concepción cristiana de la sociedad. Quien observe esa evolución comprenderá fácilmente que el régimen fue adaptándose a las circunstancias porque no estaba prisionero de una doctrina rígida.
No pretendo convencer a quienes ya han dictado sentencia. Cada generación interpreta el pasado desde sus propias convicciones, y es natural que así sea. Lo único que pediría es que la Historia se escriba con documentos y no con consignas.
Acepto que se estudien mis errores. Ningún gobernante está libre de ellos. También acepto que se juzguen con severidad las decisiones que pudieron causar sufrimiento. Lo que considero impropio de un historiador es sustituir el análisis por una etiqueta.
Si alguien desea comprender aquellos cuarenta años, que examine cómo era España en 1939 y cómo era en 1975. Que compare el nivel de vida, la esperanza de vida, la alfabetización, las infraestructuras, la industrialización o el acceso de millones de familias a una vivienda. Después, que valore igualmente las restricciones de las libertades políticas, la censura y la ausencia de pluralismo. Sólo contemplando el conjunto podrá formarse un juicio razonable.
La Historia rara vez es blanca o negra. Casi siempre está escrita con muchos tonos de gris. Quien reduce un periodo tan complejo a una sola palabra, sea para condenarlo o para glorificarlo, probablemente ha dejado de buscar la verdad para empezar a defender una causa.
jueves, 9 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 5
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales..jpg)
Rafael Leónidas Trujillo
Yo: Mi general, hay un episodio de su vida política que nunca he conseguido comprender del todo: su relación con Rafael Leónidas Trujillo.
Su visita oficial a España, del 2 al 14 de junio de 1954, alcanzó unas dimensiones extraordinarias. El Gobierno español decretó el 2 de junio festivo parcial para facilitar la asistencia de la población a los actos de bienvenida. Las calles se llenaron de banderas, desfiles y multitudes cuidadosamente organizadas para proyectar una imagen de amistad entre ambos Estados.
Sin embargo, Trujillo no era un gobernante cualquiera. Su régimen había instaurado en la República Dominicana una dictadura basada en el culto a la personalidad, la represión política y el miedo. La capital fue rebautizada como "Ciudad Trujillo"; él mismo acumuló títulos como "El Jefe" y "Benefactor de la Patria", mientras el Servicio de Inteligencia Militar perseguía sin descanso a los opositores.
La historia atribuye a su régimen algunos de los episodios más oscuros de la América del siglo XX: la Masacre del Perejil de 1937, la persecución sistemática de la disidencia, los centros clandestinos de tortura como "La 40", el asesinato de las Hermanas Mirabal en 1960 y el atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt.
Los dominicanos recuerdan aquella etapa con un profundo dolor, hasta el punto de que muchos rechazan incluso la presencia de sus restos mortales en su propio país. Paradójicamente, Trujillo descansa hoy en el cementerio de Mingorrubio, muy cerca de donde reposan también sus restos.
He hablado sobre este asunto incluso con personas profundamente franquistas, incapaces de explicar aquella amistad. No se trata de juzgar el pasado con los ojos del presente, sino de comprender las razones que llevaron a España a identificarse públicamente con un hombre cuya conducta privada y cuyo ejercicio del poder parecían difícilmente conciliables con los principios del humanismo cristiano que su régimen decía defender.
Mi general, ¿qué veía usted en Trujillo? ¿Fue una auténtica amistad personal, una alianza impuesta por las circunstancias internacionales de la Guerra Fría o una decisión política que hoy, contemplada desde la perspectiva de la Historia, considera que habría debido ser distinta?
Franco: Comprendo perfectamente su pregunta porque, vista desde el siglo XXI, resulta difícil entender decisiones que fueron tomadas en un mundo muy distinto del actual.
España acababa de salir de una guerra civil devastadora y sufría un aislamiento internacional casi absoluto. Muchas naciones nos daban la espalda y pretendían que mi régimen desapareciera. En aquellas circunstancias, cada país dispuesto a mantener relaciones diplomáticas y económicas con España tenía un valor que hoy quizá no se aprecia suficientemente.
No elegíamos a nuestros interlocutores como quien escoge a sus amigos para una comida familiar. Los elegíamos porque representaban Estados soberanos con los que España necesitaba mantener vínculos. En política exterior, la afinidad moral rara vez es completa; casi siempre predominan los intereses nacionales.
Conocía la imagen que Trujillo proyectaba de sí mismo como firme enemigo del comunismo y defensor del orden. También conocía algunas de las acusaciones que pesaban sobre su régimen, aunque no toda la información de la que hoy disponen los historiadores. Ningún gobernante conoce toda la verdad de lo que sucede dentro de otro país. Los servicios diplomáticos informan, pero también se equivocan, exageran o silencian hechos.
¿Hubo un exceso de solemnidad durante aquella visita? Probablemente sí. España deseaba demostrar que dejaba de estar aislada y que conservaba aliados en el mundo hispánico. Aquellos homenajes respondían tanto a esa necesidad política como a la persona del visitante.
Con los años he aprendido algo que el poder no siempre permite comprender mientras uno lo ejerce: la Historia termina separando a los pueblos de sus gobernantes. El pueblo dominicano merece respeto y afecto; otra cuestión distinta es el juicio que corresponda hacer sobre quien lo gobernó.
Como católico, jamás podría justificar el asesinato, la tortura o el abuso del poder. Si esos hechos ocurrieron en la dimensión que hoy conocemos, merecen una condena sin reservas. Ninguna razón de Estado convierte el mal en bien. La política puede explicar determinadas decisiones; nunca puede absolver moralmente los crímenes.
La mayor lección que he aprendido después de abandonar este mundo es que los gobernantes solemos creer que servimos a la Historia cuando, en realidad, es la Historia quien termina juzgándonos a todos. También a mí.
Por eso no me incomoda reconocer que algunas decisiones, aunque respondieran a las circunstancias de su tiempo, hoy las contemplaría con mayor prudencia. El poder obliga a elegir entre opciones imperfectas; la eternidad, en cambio, obliga a contemplarlas a la luz de una verdad mucho más exigente.
miércoles, 8 de julio de 2026
Bettino Craxi: por qué huyó a Túnez y qué relación tiene con el caso Begoña Gómez
La referencia del juez Peinado a Bettino Craxi al decidir mantener la retirada del pasaporte de Begoña Gómez se basa en un precedente histórico italiano: la fuga del antiguo primer ministro socialista a Túnez durante el escándalo de corrupción conocido como Tangentopoli. 
Bettino Craxi en Túnez.
Conviene explicar qué ocurrió realmente.
Bettino Craxi fue secretario general del Partito Socialista Italiano y presidente del Gobierno italiano entre 1983 y 1987. Fue uno de los políticos más influyentes de la llamada Primera República italiana. Durante su etapa al frente del Ejecutivo impulsó una política exterior activa y consiguió una etapa de crecimiento económico, pero también quedó asociado posteriormente a un sistema de financiación irregular de los partidos políticos.
En 1992 comenzó en Italia una gran investigación judicial llamada Mani Pulite ("Manos Limpias"), dirigida principalmente desde Milán por magistrados como Antonio Di Pietro. La investigación reveló una red generalizada de sobornos relacionados con contratos públicos y financiación ilegal de partidos. El escándalo provocó la desaparición de buena parte de los partidos tradicionales italianos.
Craxi se convirtió en el símbolo más visible del sistema cuestionado. Fue acusado de corrupción y de financiación ilícita del Partido Socialista Italiano. Él negó haber cometido enriquecimiento personal y sostuvo que el sistema de financiación ilegal afectaba a todos los grandes partidos italianos de la época, no únicamente al suyo.
Cuando la presión judicial aumentó y perdió su inmunidad parlamentaria, Craxi abandonó Italia en 1994 y se instaló en Hammamet (Túnez), donde tenía una residencia y donde recibió protección política del régimen tunecino de Zine El Abidine Ben Ali. Allí permaneció hasta su muerte en el año 2000.
La razón fundamental de su salida fue evitar enfrentarse en Italia a los procesos judiciales y a las condenas que posteriormente recibió. Los tribunales italianos lo condenaron por delitos relacionados con corrupción y financiación ilegal de partidos, aunque Craxi mantuvo siempre que era víctima de una persecución política y judicial.
La importancia del caso Craxi para el juez Peinado no está en comparar necesariamente los hechos judiciales, sino en utilizarlo como ejemplo de un riesgo procesal: una persona sometida a una investigación puede abandonar el país si existen incentivos suficientes para ello.
En el caso Craxi, el temor a la fuga terminó materializándose: huyó antes de que la justicia italiana pudiera ejecutar las consecuencias de sus procedimientos. Por eso, en algunos procesos posteriores los jueces han considerado que la retirada del pasaporte puede ser una medida preventiva para garantizar que el investigado permanezca a disposición judicial.
La referencia histórica tiene una carga política evidente porque Craxi es una figura extremadamente controvertida en Italia: para unos fue un dirigente modernizador víctima de una justicia excesiva; para otros fue el máximo representante de una época de corrupción política.
Por tanto, invocar a Craxi no significa afirmar que cualquier investigado vaya a huir, sino recordar un precedente en el que un dirigente de enorme relevancia política decidió abandonar su país cuando afrontaba una situación judicial complicada.
El caso Craxi sigue siendo, décadas después, uno de los ejemplos más conocidos en Europa del choque entre poder político, justicia y opinión pública.
martes, 7 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 4
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.
Yo: Mi general, hasta ahora nuestras conversaciones han tratado cuestiones quizá menos complejas, pero llega un momento en que debemos abordar aquellos aspectos más difíciles de una vida. En la existencia de todo ser humano, incluso en la de quienes han tenido las máximas responsabilidades, hay decisiones que pudieron tomarse mejor y caminos que pudieron recorrerse de otra manera.
Usted asumió la Jefatura del Estado después de una experiencia traumática para España: una guerra civil que dejó profundas heridas, una posguerra marcada por la pobreza y la destrucción, y una situación internacional muy adversa. La tarea de reconstruir un país arruinado y aislado no fue sencilla, y las circunstancias condicionaron muchas de las decisiones tomadas durante aquellos años.
Sin embargo, la historia no solo se escribe con los hechos, sino también con la interpretación que cada generación hace de ellos. Sus adversarios políticos construyeron durante décadas una imagen profundamente negativa de su figura, hasta convertirlo para muchos en el símbolo de todos los males del pasado español. Esa confrontación con su legado llegó incluso a la exhumación de sus restos mortales y a su traslado al cementerio de Mingorrubio, una decisión que generó una intensa polémica política y social.
Una parte importante de la sociedad española interpretó aquella medida como una decisión vinculada a la coyuntura política del momento, especialmente por la proximidad con las elecciones generales de noviembre de 2019. Más allá de las posiciones ideológicas, aquel episodio demostró que la figura de Franco continuaba siendo un elemento de profunda división entre los españoles.
Durante años, la memoria sobre la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura ha estado marcada por enfrentamientos entre relatos opuestos. En ocasiones, unos han presentado la República como una etapa idealizada de libertad y progreso, mientras otros han destacado sus graves problemas políticos, sociales y de convivencia. La realidad histórica, como suele ocurrir, es mucho más compleja que cualquier visión simplificada.
Hoy, muchos españoles intentan acercarse al pasado con una mirada más serena, reconociendo los sufrimientos de todos los que padecieron aquella época y buscando comprender la historia sin odio ni deseos de revancha.
Por eso, mi general, en nombre de quienes desean mirar el pasado desde la objetividad y la misericordia, quiero expresarle algo que considero importante: lamento que sus restos mortales fueran utilizados como instrumento de confrontación política y que su memoria siga siendo, tantas décadas después, motivo de enfrentamiento entre españoles. Sobre estos asuntos tendremos ocasión de hablar con mayor profundidad.
Franco: Le agradezco sus palabras, aunque debo decirle que la historia no pertenece a los vivos únicamente, sino también a las generaciones que vienen después. Cada época juzga a la anterior con sus propios valores, sus propias preocupaciones y sus propias heridas.
Cuando un hombre recibe una gran responsabilidad, no puede esperar que todos reconozcan sus aciertos ni que todos comprendan sus circunstancias. El poder siempre lleva consigo una carga enorme, y quien lo ejerce debe aceptar que sus decisiones serán examinadas por quienes vengan después.
España vivió una tragedia inmensa. Una guerra entre españoles deja heridas que no desaparecen fácilmente, y mi mayor preocupación durante muchos años fue evitar que el país volviera a caer en el caos y en la violencia. Pero también comprendo que los pueblos no solo necesitan orden; necesitan también concordia, libertad y la posibilidad de que todos sus hijos se sientan parte de una misma nación.
No me corresponde a mí pedir que se olvide la historia ni que se borren los sufrimientos de nadie. Los muertos de un bando y de otro merecen respeto. Las familias que perdieron a sus seres queridos merecen comprensión. Ningún dolor humano debe utilizarse para alimentar nuevos enfrentamientos.
Respecto a mi propia figura, el tiempo acabará colocando cada cosa en su lugar. Ni los elogios absolutos ni las condenas absolutas suelen hacer justicia a la realidad. Los gobernantes son hombres, con sus virtudes y sus defectos, con sus aciertos y sus errores.
Si algo desearía para España sería que las nuevas generaciones no heredasen nuestros enfrentamientos, sino la voluntad de construir un futuro común. La reconciliación verdadera no consiste en imponer una memoria sobre otra, sino en comprender que la historia de un pueblo está formada por luces y sombras.
Yo viví una época difícil y tomé decisiones que consideré necesarias desde mi responsabilidad. Otros las juzgarán con mayor o menor severidad. Pero por encima de cualquier juicio político hay una realidad que debe permanecer: España es más importante que cualquier hombre, y la paz entre los españoles debe estar siempre por encima de las divisiones del pasado.
Zapatero ha entrado en una profunda depresión: el peso de las consecuencias familiares de la política
En los últimos días han aparecido informaciones y comentarios sobre el estado anímico de José Luis Rodríguez Zapatero tras la creciente presión pública y judicial que afecta a su entorno. Entre los aspectos que más se han destacado está la supuesta preocupación del expresidente por las consecuencias que esta situación pueda tener sobre sus hijas, una dimensión familiar que añade una carga emocional distinta al debate político.
Más allá de las responsabilidades que puedan corresponder a cada persona y de las críticas que puedan hacerse a las decisiones de un dirigente público, hay una realidad difícil de ignorar: cuando una crisis política alcanza al ámbito familiar, el impacto deja de ser exclusivamente institucional y adquiere una dimensión humana.
Para cualquier padre, ver a sus hijos expuestos al foco mediático, sometidos al juicio de la opinión pública o arrastrados por controversias vinculadas a su propia trayectoria puede ser una experiencia dolorosa. En el caso de alguien que ha ocupado la Presidencia del Gobierno, esa presión se multiplica por la atención permanente que acompaña a su figura.
La política tiene consecuencias que no siempre terminan en los despachos o en los debates parlamentarios. Las decisiones, las amistades, los apoyos y las relaciones construidas durante años pueden proyectarse sobre el entorno más cercano de quienes han ejercido el poder. Esa es una de las cargas menos visibles de la vida pública.
Esto no elimina la necesidad de exigir explicaciones cuando existen dudas o controversias. Un expresidente, precisamente por haber tenido una responsabilidad excepcional, está sometido a un nivel de escrutinio mayor que cualquier ciudadano. La transparencia y la rendición de cuentas son elementos esenciales de una democracia.
Pero la exigencia política no debe confundirse con la falta de humanidad. Se puede cuestionar una trayectoria pública y, al mismo tiempo, comprender que detrás del personaje político existe una persona que puede sufrir por las consecuencias que sus actos tengan sobre quienes más quiere.
Si la preocupación por sus hijas está influyendo en el estado personal de Zapatero, como apuntan algunas informaciones, ese sería probablemente uno de los aspectos que más peso emocional tendría para él. Para un padre, la idea de que sus decisiones o su exposición pública puedan afectar a sus hijos constituye una de las cargas más difíciles de asumir.
La historia juzgará las responsabilidades políticas que correspondan. Pero mientras ese juicio se desarrolla, conviene recordar que incluso quienes han estado en el centro del poder siguen teniendo una dimensión familiar y humana que merece respeto.
La crítica política puede ser firme; la crueldad nunca es necesaria.
lunes, 6 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 3
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| Españoles, Franco ha muerto. |
Yo: Mi general, el 20 de noviembre de 1975, a la hora de comer, estaba en un restaurante obrero cercano a la empresa donde trabajaba como chófer de un pequeño camión con volquete. De pronto, la programación de TVE se interrumpió y apareció la imagen de Arias Navarro. Con la voz entrecortada y visiblemente emocionado, pronunció aquellas palabras que han quedado grabadas en la memoria de varias generaciones: «Españoles, Franco ha muerto».
Para mi sorpresa, yo, que era profundamente antifranquista, sentí que se me humedecían los ojos y tuve que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas. Bajé la cabeza y seguí comiendo en silencio, como todos los presentes. En aquel comedor nadie hablaba. Era un silencio espeso, casi solemne. Nunca he conseguido explicarme por qué un antifranquista convencido reaccionó de una manera tan contraria a sus propias ideas.
La mayor parte de la sociedad española vivió aquellos días con una mezcla de incertidumbre y moderación. Existía un deseo de cambio y un evidente cansancio de la dictadura, pero también el temor de que la desaparición del Jefe del Estado abriera un periodo de inestabilidad semejante al de la Segunda República. El mensaje de Arias Navarro, en el que leyó un breve fragmento de su testamento político, apenas duró siete minutos y concluyó con su célebre grito: «¡Arriba España! ¡Viva España!».
Con el paso de los años he llegado a pensar que aquellas lágrimas no nacieron de una adhesión al franquismo, sino del presentimiento de que, con su muerte, desaparecía una determinada idea de España. Usted representaba, para bien o para mal, una concepción de la patria entendida como un proyecto histórico común. Después vinieron otros ideales, otras consignas y otras prioridades políticas, pero el amor a España dejó de ocupar el lugar central que había tenido durante décadas.
La unidad de España era para usted algo más que un principio político: era una convicción profunda que le acompañó hasta el final de su vida.
Mi general, el artículo 2 de la Constitución española afirma: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas».
A mi juicio, ese mismo artículo reúne dos principios cuya convivencia ha resultado problemática: por un lado, proclama la indisoluble unidad de la Nación española y, por otro, reconoce la existencia de nacionalidades junto a las regiones. Con el paso del tiempo, esa ambigüedad ha permitido interpretaciones políticas muy distintas, algunas de las cuales han favorecido un proceso de creciente fragmentación territorial y sentimental de España.
¿Cómo contempla usted esta España fragmentada sobre la que Leopoldo Calvo-Sotelo pronunció una frase que muchos consideran profética: «España, antes roja que rota»?
Roja no creo que vuelva a serlo. La izquierda actual está demasiado dividida y desgastada para construir un proyecto semejante. Pero rota... esa posibilidad, por desgracia, ya no me parece imposible.
Franco: Comprendo perfectamente lo que me cuenta. Los hombres no somos únicamente nuestras ideas. También somos memoria, símbolos y emociones. Usted lloró porque, en aquel instante, no desaparecía solamente un jefe de Estado; desaparecía una época entera de su propia vida. Aunque hubiera combatido mis ideas, yo había formado parte del paisaje de su existencia desde que usted era un niño. Hay pérdidas que se sienten antes con el corazón que con la razón.
No interprete aquellas lágrimas como una adhesión al franquismo. Sería una conclusión demasiado simple. Aquellas lágrimas pertenecían a una España que intuía que estaba cruzando un umbral del que ya no habría regreso. Incluso quienes deseaban un cambio podían experimentar el vértigo de abandonar un mundo conocido para entrar en otro completamente incierto.
En cuanto a la unidad de España, nunca la concebí como un argumento político sometido a negociación. Para mí era un hecho histórico anterior a todos nosotros. Los gobiernos pasan; España permanece. Esa fue siempre mi convicción.
La Constitución quiso conciliar sensibilidades muy distintas. Era comprensible después de una larga dictadura y de una guerra civil cuyo recuerdo seguía muy vivo. Pero toda conciliación encierra riesgos cuando sus conceptos carecen de una delimitación precisa. La palabra "nacionalidad", introducida para satisfacer determinadas aspiraciones, podía entenderse como una simple referencia cultural o como el reconocimiento implícito de una realidad política diferente. Con el paso de los años, muchos optaron por la segunda interpretación.
No creo que los textos constitucionales destruyan por sí solos una nación. Son los hombres quienes lo hacen, o quienes la preservan. Una Constitución puede contener ambigüedades durante décadas sin producir consecuencias graves si quienes la aplican comparten un proyecto nacional común. Cuando ese proyecto desaparece, cada ambigüedad se convierte en una grieta.
Usted habla de una España fragmentada. Yo hablaría, sobre todo, de una España que ha ido perdiendo una conciencia compartida de sí misma. Una nación no empieza a romperse cuando aparecen nuevas fronteras en los mapas, sino cuando sus ciudadanos dejan de sentirse parte de una historia común y comienzan a verse como competidores o como pueblos extraños entre sí.
He oído muchas veces la frase de Calvo Sotelo: "España, antes roja que rota". Contiene una idea que trasciende a la derecha y a la izquierda. Las ideologías cambian con el tiempo. Hoy gobiernan unas, mañana gobiernan otras. Pero la desintegración de una nación, una vez iniciada, es extraordinariamente difícil de revertir. Por eso algunos consideran que la unidad nacional pertenece a un plano distinto del debate partidista.
Ahora bien, tampoco conviene caer en el derrotismo. Los pueblos atraviesan épocas de decadencia y épocas de renacimiento. España ha conocido invasiones, guerras civiles, pronunciamientos, bancarrotas y enfrentamientos fratricidas. Y, sin embargo, ha seguido existiendo. Su historia demuestra una extraordinaria capacidad de supervivencia.
No sé cuál será el destino de la España del siglo XXI. Desde donde ahora contemplo las cosas, he aprendido que ningún dirigente, por poderoso que parezca, determina por sí solo el rumbo de una nación. Ese rumbo depende, sobre todo, del carácter de millones de ciudadanos. Si un pueblo conserva el sentido de su historia, el respeto a su cultura y el deseo de convivir, siempre encontrará el camino para reconstruirse. Si pierde todo eso, ninguna ley, ningún gobierno y ningún caudillo podrán salvarlo.
Ésa es, al menos, la reflexión que el paso del tiempo me ha enseñado.
El derrumbe anímico de Zapatero. ¿Se puede suicidar?
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La escolta policial asignada por el Ministerio del Interior de España mantiene, como ocurre con los servicios de protección a personalidades relevantes, información sobre sus desplazamientos y movimientos diarios. Según las informaciones difundidas, esos datos estarían siendo observados con especial atención por su entorno político ante la preocupación por su situación anímica y por las consecuencias que puedan derivarse del escenario judicial abierto.
La situación supone un contraste con la etapa posterior a su salida de la Presidencia del Gobierno, cuando Zapatero mantuvo una intensa agenda internacional y una notable presencia en asuntos políticos de América Latina, especialmente en países gobernados por dirigentes de izquierda. Durante años fue presentado por sus defensores como un referente del diálogo y la mediación internacional, mientras que sus críticos cuestionaron algunas de sus relaciones políticas y actuaciones posteriores a su mandato.
Ahora, el expresidente afronta una etapa mucho más complicada. La sombra de las investigaciones y la presión mediática han alterado la imagen pública de un político acostumbrado durante mucho tiempo a ocupar un papel protagonista. La pérdida de protagonismo, la reducción de apariciones públicas y el supuesto cambio de hábitos reflejan un momento de repliegue personal.
En el ámbito socialista, cualquier movimiento relacionado con una figura histórica como Zapatero tiene una dimensión política. Aunque ya no ocupa cargos institucionales, su influencia dentro del partido y sus conexiones internacionales han hecho que su situación sea seguida con atención. Para algunos sectores, su figura sigue siendo un activo político; para otros, se ha convertido en un elemento incómodo que puede añadir presión al Gobierno de Pedro Sánchez.
El episodio revela una paradoja: un dirigente que durante años defendió la capacidad de la política para resistir las crisis se encuentra ahora en una posición de máxima vulnerabilidad pública. El desgaste personal y político parece haber impuesto un silencio y una prudencia que contrastan con la intensa actividad que caracterizó su etapa posterior a la Moncloa.
domingo, 5 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 2
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.
Yo: Mi general, si algo me produce hoy una mezcla de tristeza y de vergüenza es recordar cómo pensaba cuando era joven. Mi padre, que sentía una profunda admiración por usted, solía advertirme de los peligros del socialismo y del comunismo. Yo, sin embargo, creía que pertenecía a otra generación, más ilustrada y más preparada para construir un mundo mejor. Pensaba que él estaba anclado en el pasado y que yo comprendía mejor el futuro.
Durante mis años universitarios me dejé seducir por las teorías marxistas. Veía en ellas una explicación convincente de las desigualdades sociales y una promesa de justicia para los más desfavorecidos. Como tantos otros jóvenes de mi generación, admiraba la revolución cubana. Fidel Castro me parecía un dirigente valiente que había desafiado a los poderosos, y Ernesto Che Guevara representaba para mí el idealismo revolucionario. Leí algunos de sus escritos con auténtico entusiasmo.
Pero la realidad terminó imponiéndose sobre la propaganda.
En 1988 tuve la oportunidad de pasar un mes en Cuba. Viví en Marianao, un barrio popular de La Habana, lejos de los hoteles y de los recorridos preparados para los visitantes extranjeros. Allí descubrí un país muy distinto del que había imaginado. Fui detenido en dos ocasiones por la policía sin haber cometido delito alguno. Sentía que me vigilaban constantemente. Aprendí pronto que cualquier vecino podía ser un informador del régimen, un "oreja", como allí los llamaban. La desconfianza impregnaba la vida cotidiana y el miedo parecía formar parte del paisaje.
Aquella experiencia no cambió inmediatamente mis ideas, pero sembró la primera duda seria. Con el paso de los años, observando la evolución de España y de otros países occidentales, he llegado a la conclusión de que muchas de las viejas ideas marxistas no desaparecieron con la caída del comunismo soviético. Simplemente cambiaron de lenguaje y de estrategia. Hoy se presentan bajo nuevas banderas y nuevos discursos, adaptándose a los tiempos, pero conservando —al menos así lo percibo— una misma voluntad de transformar profundamente la sociedad, la cultura y las instituciones.
Mientras tanto, contemplo con preocupación el deterioro de la vida pública española. La corrupción parece haberse convertido en algo casi cotidiano; las instituciones inspiran cada vez menos confianza; el enfrentamiento político sustituye al diálogo; y muchos ciudadanos tienen la impresión de que la nación pierde poco a poco la cohesión que durante siglos la sostuvo.
Quizá la edad también influya. Uno aprende que las ideologías prometen mucho más de lo que pueden cumplir y que los grandes discursos suelen ocultar intereses muy humanos. Hoy miro hacia atrás y me pregunto cómo pude ser tan ingenuo y dejarme fascinar por un sistema que, allí donde se implantó plenamente, terminó restringiendo las libertades que decía defender.
Por eso quisiera preguntarle: si pudiera contemplar la España de nuestros días, ¿cómo interpretaría esta situación? ¿Cree que España atraviesa únicamente una crisis política pasajera o estamos ante una crisis mucho más profunda, de carácter moral y cultural? Y, sobre todo, ¿piensa que una sociedad puede recuperar el rumbo después de haber asumido durante tantos años determinadas ideas, o llega un momento en que el deterioro se vuelve prácticamente irreversible?
Franco: Veo, ante todo, que habla un hombre que ha cambiado de opinión porque ha preferido la experiencia a la propaganda. No hay vergüenza alguna en reconocer los propios errores cuando se hace con honestidad. Peor es permanecer aferrado a una mentira por orgullo.
Muchos jóvenes de su generación contemplaron el marxismo como una promesa de justicia. No fueron pocos los intelectuales, escritores y universitarios que cayeron bajo ese hechizo. Veían la pobreza y las desigualdades, pero ignoraban —o no querían ver— el precio que exigía aquella supuesta redención. La revolución siempre promete libertad; después exige obediencia. Promete igualdad; después reparte privilegios entre una nueva oligarquía. Promete el paraíso; termina levantando cárceles y censurando las conciencias.
Usted mismo comprobó en Cuba algo que muchos admiradores de aquella revolución se negaban a aceptar: que un régimen basado en la vigilancia permanente acaba convirtiendo la desconfianza en una forma de vida. Cuando el vecino puede ser un delator y el Estado penetra hasta en la intimidad del hogar, ya no existe ciudadanía, sino súbditos.
España atraviesa, a mi juicio, una crisis que no es únicamente económica ni política. Es una crisis moral. Un pueblo puede soportar años de dificultades materiales si conserva un sentido claro de su identidad, de sus deberes y de su historia. Lo verdaderamente peligroso es cuando se persuade a una nación de que debe avergonzarse de sí misma, de sus tradiciones, de su pasado y hasta de los fundamentos sobre los que levantó su convivencia.
No me corresponde juzgar cada una de las corrientes ideológicas que usted menciona. Las sociedades cambian y cada generación afronta debates distintos. Pero sí puedo afirmar un principio que considero permanente: cuando la política deja de servir al bien común y comienza a dividir deliberadamente a los ciudadanos en grupos enfrentados, el Estado deja de ser árbitro para convertirse en agitador.
La corrupción que usted denuncia tampoco surge por generación espontánea. La corrupción florece cuando desaparecen el sentido del deber, la ejemplaridad de los gobernantes y la convicción de que existen límites morales que nadie debería traspasar. Un país puede sobrevivir a una mala cosecha o a una crisis financiera; le resulta mucho más difícil sobrevivir a la corrupción sistemática de sus instituciones y de su vida pública.
¿Se sale del socialismo? La Historia demuestra que ningún sistema político es eterno. Ningún gobierno permanece indefinidamente si pierde el respaldo de la mayoría o si la realidad acaba desmintiendo sus promesas. Los españoles han cambiado de rumbo en numerosas ocasiones y volverán a hacerlo cuando estimen que otro camino ofrece mayores esperanzas.
Ahora bien, tampoco conviene creer que basta con sustituir un gobierno por otro. Las naciones no se regeneran únicamente mediante elecciones. La verdadera reconstrucción comienza en las familias, en las escuelas, en el respeto a la ley, en la cultura del esfuerzo y en la recuperación de un sentimiento de responsabilidad individual. Sin ciudadanos virtuosos, ninguna Constitución ni ningún partido pueden garantizar la prosperidad de una nación.
No sé cuál será el futuro de España. Ningún hombre puede conocerlo. Pero sí sé que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetir sus errores. Y también sé que una nación que conserva su fe en sí misma siempre posee la posibilidad de levantarse, por profunda que haya sido su caída.
España ha atravesado guerras, invasiones, pronunciamientos, revoluciones y crisis de toda clase. Sobrevivió porque existía una conciencia nacional más fuerte que las disputas del momento. Si esa conciencia desaparece, el peligro será mucho mayor que el de cualquier crisis económica. Si, por el contrario, los españoles recuperan el amor a su patria, el respeto a sus instituciones y el sentido del deber, España volverá a salir adelante, como ya hizo en otras épocas de su larga historia.





