domingo, 12 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 7

José Calvo Sotelo
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, ¿qué hecho terminó de impulsarle a sumarse a la sublevación militar de 1936 contra la Segunda República?

Muchos historiadores señalan como momento decisivo el asesinato de José Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica y diputado de Renovación Española, ocurrido en la madrugada del 13 de julio de 1936.

Usted era conocido por su carácter extremadamente prudente. No acostumbraba a tomar decisiones precipitadas ni movido por impulsos. A diferencia de otros generales como Mola, Sanjurjo o Fanjul, que estaban comprometidos desde los primeros momentos, usted esperó hasta tener garantías razonables de que la operación podía tener posibilidades de éxito. Estaba en juego su carrera militar, su propia vida y, sobre todo, el destino de millones de españoles.

Como católico convencido, parece lógico pensar que las decisiones más trascendentales de su vida las meditaba profundamente y las ponía ante su conciencia y ante Dios antes de actuar.

La conspiración militar no nació en julio de 1936. Venía preparándose desde meses antes, dirigida principalmente por el general Emilio Mola desde abril de aquel año, con la participación de diversos sectores contrarios al rumbo político de la República: militares descontentos, monárquicos, carlistas y falangistas.

Sin embargo, usted mantuvo una actitud de espera. Dudaba. Observaba la evolución de los acontecimientos y no quiso comprometerse definitivamente hasta el último momento. Su actitud llegó a provocar impaciencia entre algunos conspiradores, especialmente en Mola, que necesitaba saber con qué apoyos contaba.

El asesinato de Calvo Sotelo, cometido pocos días después del asesinato del teniente Castillo, fue el hecho que aceleró los acontecimientos. No fue la causa inicial de la sublevación, pero sí el acontecimiento que terminó de convencer a muchos indecisos y que posteriormente fue utilizado por los sublevados como argumento de justificación ante la opinión pública.

Después de confirmar su participación, usted salió de Canarias en el avión Dragon Rapide, organizado por sectores monárquicos, y llegó al norte de África para ponerse al frente del Ejército de África, una fuerza militar considerada decisiva.

Pero su forma de actuar durante la guerra también ha sido objeto de debate. Se le ha acusado de ser excesivamente prudente y de sacrificar oportunidades militares por asegurar la victoria final.

El ejemplo más discutido fue la decisión de desviarse hacia Toledo en septiembre de 1936 para liberar el Alcázar, cuando las fuerzas nacionales avanzaban hacia Madrid y algunos consideraban que la capital podía caer.

Desde un punto de vista estrictamente militar, aquella decisión permitió al gobierno republicano ganar tiempo para organizar la defensa de Madrid. Pero para usted, según sus partidarios, había también un componente simbólico y moral: no abandonar a quienes resistían en una posición convertida en símbolo de sacrificio.

Tras el fracaso del intento de conquistar Madrid en noviembre de 1936, abandonó la idea de una victoria rápida y adoptó una estrategia de guerra prolongada, basada en el avance gradual, la acumulación de fuerzas y la reducción sistemática de la capacidad del enemigo.

Algunos historiadores han interpretado esa actitud como prudencia militar; otros, como exceso de cálculo político y personal.

Mi general, después de tantos años y contemplando la historia desde la distancia: ¿Cómo se ve usted a sí mismo? ¿Como un hombre prudente que evitó riesgos innecesarios, o como alguien que calculó cada paso pensando más en la victoria que en la rapidez para alcanzarla?

Franco: Cuando un hombre se encuentra ante decisiones que pueden cambiar el destino de una nación, no debe actuar dominado por la emoción ni por las presiones del momento. La prudencia no es cobardía; es la obligación de medir las consecuencias de los actos.

Yo era militar. Y un militar sabe que una batalla perdida no solo significa perder terreno: significa perder vidas humanas. Por eso nunca creí que una decisión importante pudiera tomarse solamente con entusiasmo o con deseos de victoria.

Antes de julio de 1936 observaba una situación que consideraba cada vez más grave. España estaba dividida, la autoridad del Estado se debilitaba y muchos españoles habían perdido la confianza en las instituciones. Pero una intervención militar era una decisión extrema. Quien levanta las armas contra un gobierno, aunque crea hacerlo por una causa superior, abre siempre una puerta de consecuencias imprevisibles.

Por eso dudé. No por falta de convicciones, sino porque comprendía la enorme responsabilidad que asumía.

El asesinato de Calvo Sotelo fue un hecho de una enorme gravedad. Para muchos militares confirmó que el camino de la legalidad había llegado a un punto de ruptura. Pero sería un error histórico decir que todo comenzó aquel día. La crisis española venía de mucho antes. El asesinato fue el último golpe que aceleró unos acontecimientos que ya estaban en marcha.

Respecto a mi forma de actuar durante la guerra, algunos me han llamado lento; otros, prudente. La historia juzgará esas decisiones con mayor serenidad que quienes las vivieron en medio de la lucha.

Un jefe militar no debe buscar únicamente la victoria más rápida, sino la victoria más segura. Las guerras no se ganan solo con audacia; también se ganan evitando errores irreparables.

La decisión de acudir a Toledo ha sido una de las más discutidas. Los militares valoran los mapas, las posiciones y los tiempos; pero los hombres también tienen principios, compromisos y símbolos. El Alcázar representaba una resistencia que tenía un significado moral para muchos combatientes. Yo consideré que su liberación era necesaria.

¿Fue la decisión más perfecta desde el punto de vista estrictamente militar? La historia puede discutirlo. Pero las decisiones de un gobernante o de un comandante no se toman siempre en condiciones ideales. Se toman con la información disponible y bajo una enorme presión.

Después de Madrid comprendí que la guerra no sería breve. España estaba ante un conflicto de gran profundidad, y una victoria rápida podía ser sustituida por una derrota si se actuaba sin suficiente preparación.

Me preguntan si fui calculador. Todo hombre que ocupa un puesto de responsabilidad debe calcular. El problema no está en calcular, sino en qué se calcula: si el beneficio personal o el bien que uno cree defender.

Yo nunca vi la guerra como una aventura personal. La vi como una tragedia nacional. Incluso quienes creen que una causa es justa deben recordar siempre que detrás de las decisiones políticas y militares hay hombres que sufren, familias que pierden seres queridos y una nación que queda marcada durante generaciones.

Si algo aprendí con los años es que el poder no proporciona felicidad. Proporciona una carga. Y cuanto mayor es el poder, mayor debe ser el sentido de responsabilidad ante la historia y ante Dios.

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