miércoles, 15 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 10 – El pecado imperdonable

La desnazificación en Alemania.

Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, usted es culpable de ganar la guerra. Ese fue, quizá, su mayor delito a los ojos de una parte de la sociedad española: haber derrotado militarmente al bando republicano.

Muchos historiadores responderían que esa afirmación simplifica demasiado la cuestión. Sostendrían que el rechazo hacia su figura no se debe únicamente a la victoria de 1939, sino a lo que vino después: una dura represión en la posguerra, miles de ejecuciones documentadas, casi cuarenta años sin elecciones libres, censura y un sistema político sin libertades.

Sin embargo, también es cierto que algunos autores han señalado una llamativa asimetría en el juicio histórico. Regímenes comunistas responsables de millones de víctimas, como la Unión Soviética, o la dictadura cubana, han recibido en determinados ambientes intelectuales una comprensión o una indulgencia que nunca se concedió al franquismo. Historiadores como Stéphane Courtois o Stanley Payne han reflexionado, desde perspectivas diferentes, sobre ese distinto rasero.

Por eso mi pregunta no pretende negar los aspectos más controvertidos de su régimen, sino comprender un fenómeno histórico. ¿Por qué cree usted que el franquismo no fue objeto de un juicio comparable al que el comunismo recibió tras la caída del bloque soviético, ni tampoco de un proceso semejante a la desnazificación alemana? ¿Considera que existe una asimetría en la memoria histórica del siglo XX?

Franco: Comprendo el sentido de su pregunta, pero permítame comenzar por una precisión. Ningún gobernante puede aspirar a ser juzgado únicamente por sus intenciones ni por las circunstancias que le rodearon. Al final, la historia termina examinando los hechos.

Dicho esto, creo que existe una diferencia evidente entre la memoria y la historia. La memoria suele ser selectiva; la historia, cuando es honrada, debería aspirar a comprender incluso aquello que le resulta incómodo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el nazismo quedó asociado a la derrota militar más absoluta y a unos crímenes cuya magnitud conmocionó al mundo. La Unión Soviética, en cambio, figuró entre los vencedores. Esa condición política influyó durante décadas en la percepción internacional de los distintos regímenes. La Guerra Fría convirtió muchas interpretaciones históricas en instrumentos ideológicos.

España quedó al margen de esa guerra mundial. Mi régimen no fue derrotado por un ejército extranjero ni sustituido por una ocupación aliada. Terminó por su propia evolución biológica y política. Esa diferencia explica que nunca existiera un proceso comparable a la desnazificación alemana.

En cuanto al comunismo, el juicio moral sobre sus crímenes llegó tarde y de manera desigual. Cuando se abrieron los archivos soviéticos, muchos hechos ya no podían discutirse, pero las simpatías ideológicas acumuladas durante décadas hicieron que algunos prefirieran mirar hacia otro lado. La historia también tiene sus modas.

Ahora bien, tampoco pretendo atribuir todas las críticas que recibe mi régimen a esa circunstancia. Sería una explicación demasiado cómoda. Goberné durante muchos años, restringí libertades y tomé decisiones que siguen siendo objeto de un legítimo debate histórico. Quien ejerce el poder durante tanto tiempo debe aceptar que su legado sea examinado con severidad.

Lo que sí pediría es una única cosa: que el mismo criterio moral se aplique a todos. Si las víctimas del nazismo merecen memoria, también la merecen las del comunismo. Si las limitaciones de mi régimen deben ser estudiadas sin complacencia, las de otros sistemas políticos deberían recibir un examen igualmente riguroso. La historia pierde credibilidad cuando pesa los sufrimientos con balanzas distintas.

No aspiro a una absolución. Ningún hombre debería esperarla de la historia. Me bastaría con un juicio que no comenzara por la sentencia antes de escuchar las pruebas.

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