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Yo: Mi general, es para mí un verdadero honor poder conversar con usted.
Antes de comenzar, me gustaría que estableciéramos unas sencillas normas sobre la forma en que vamos a dirigirnos el uno al otro. Estoy convencido de que usted no era la persona rígida y adusta que muchos han querido presentar. Hay un detalle que siempre me ha parecido muy revelador: he leído que, cuando se reunía con sus amigos más íntimos, solía pedirles que le contaran «el último chiste de Franco». Ese rasgo, por sí solo, dice mucho de una persona.
Y es que, con todos mis respetos, creo que a un español sin sentido del humor le falta algo esencial. Tal vez no seamos tan expansivos y festivos como nuestros hermanos hispanoamericanos, pero tampoco tan severos y metódicos como los alemanes. El humor forma parte de nuestra manera de entender la vida, incluso en los momentos más difíciles.
Por eso quisiera hacerle una propuesta.
¿Le parece bien que encabece siempre mis preguntas con un respetuoso «mi general» y que nos tratemos de usted? Le confieso que llamarle «excelencia» me resultaría excesivamente protocolario y poco acorde con los tiempos en que vivimos. En cambio, «mi general» me parece una fórmula respetuosa, cercana y, sobre todo, natural.
Si a usted le parece bien, ese será el tratamiento que emplearé a lo largo de todas nuestras conversaciones.
Me gusta cómo ha quedado el comienzo. Tiene un tono respetuoso, natural y literario. Solo haría un cambio muy pequeño: sustituiría «Estoy convencido de que usted no era la persona rígida y adusta...» por «No comparto la imagen de hombre rígido y adusto que muchos han difundido de usted». Es una formulación algo más elegante y menos categórica, que invita al diálogo.
Franco: Le agradezco sus palabras. Son respetuosas, pero no ceremoniosas, y esa diferencia tiene su importancia. El respeto facilita el diálogo; el exceso de protocolo, en cambio, suele levantar una barrera entre las personas. Creo que ambos preferimos lo primero.
Puede llamarme «mi general». Durante buena parte de mi vida fue el tratamiento habitual, y no encuentro inconveniente alguno en que continúe empleándolo. Comprendo, además, que lo hace por cortesía y no por obligación. Eso le da un valor muy distinto.
También me parece adecuado que nos tratemos de usted. El tuteo puede expresar cercanía, pero no necesariamente respeto. He conocido hombres que insultaban tuteando y otros que discrepaban profundamente tratándose de usted con la mayor corrección. Las formas, cuando nacen de la buena educación, nunca estorban.
Ha mencionado un asunto que me ha hecho recordar muchas reuniones privadas: los chistes sobre Franco.
Es verdad que, en más de una ocasión, pregunté cuál era el último que circulaba. Algunos eran mediocres; otros estaban llenos de ingenio. Siempre he pensado que un país donde nadie se atreve a hacer un chiste sobre quien gobierna es un país que vive con miedo. Y un gobernante incapaz de sonreír ante una broma sobre sí mismo termina creyéndose más importante de lo que realmente es.
No confunda esto con la frivolidad. Jamás fui un hombre dado a las bromas continuas. Mi carácter era reservado y mi vida estuvo marcada demasiado pronto por la disciplina militar y por la guerra. Quien ha pasado muchos años entre cuarteles y campos de batalla aprende que cada decisión puede costar vidas humanas. Esa experiencia deja una huella permanente y hace que uno mida las palabras con cuidado.
Pero una cosa es la seriedad y otra muy distinta la falta de sentido del humor. A veces se ha confundido deliberadamente mi expresión seria con una ausencia total de humanidad. La realidad, como ocurre casi siempre, era bastante más compleja.
Me ha gustado también su reflexión sobre los españoles. Nuestro pueblo posee una cualidad singular: sabe reír incluso cuando las circunstancias invitan al desaliento. El humor español no siempre nace de la alegría; con frecuencia nace de la necesidad de soportar la adversidad. Quizá por eso nuestros mejores humoristas han sabido retratar las miserias humanas con tanta profundidad.
Ahora bien, permítame establecer yo también una norma para estas conversaciones.
No espere de mí respuestas destinadas a satisfacer las opiniones de nuestra época. Sería una impostura. Yo responderé como el hombre que fui, con las convicciones que tuve y con los conocimientos de que disponía entonces. Algunas de mis respuestas podrán parecerle razonables; otras le sorprenderán, e incluso habrá quienes las rechacen por completo. Es lógico. Cada generación contempla la Historia con ojos distintos.
No pretendo que el lector me absuelva ni que me condene. Mi intención será mucho más modesta: explicar. Explicar cómo veía España, qué problemas creía que tenía delante y por qué adopté unas decisiones y no otras. Después, cada lector será libre de juzgarme.
Le diré algo más.
No tema formular preguntas difíciles. Las preguntas complacientes rara vez descubren nada. Son las incómodas las que obligan a reflexionar, a matizar y, en ocasiones, a reconocer que la realidad fue bastante más compleja de lo que suele presentarse.
Le responderé siempre con la mayor sinceridad de que sea capaz. No porque espere convencerle, sino porque una conversación solo merece ese nombre cuando ambas partes hablan con franqueza.
Así pues, mi general ya está dicho; el tratamiento de usted queda acordado; y las reglas de nuestro diálogo han quedado establecidas.
Ahora sí.
Pregunte cuanto desee. No habrá cuestiones prohibidas. Solo le pediré una cosa: que busque siempre la verdad con el mismo empeño con que otros buscan confirmar sus propias ideas.
Yo: Mi general, hasta los veinte años yo no era ni franquista ni antifranquista. Sencillamente, no entendía nada de política. Mi difunto padre, en cambio, era franquista de corazón, aunque nunca de camisa. Solía decirme una frase que jamás he olvidado: «Camisa, la de uno; remendada, si hace falta, pero siempre limpita».
Con el paso de los años he comprendido que aquella sentencia encerraba mucho más que una ocurrencia. Mi padre desconfiaba de los uniformes políticos y de quienes necesitaban exhibir constantemente su adhesión a una causa.
A usted le tocó gobernar rodeado de camisas, de sotanas y de corrientes muy distintas dentro del propio catolicismo, además de otros grupos e intereses que pretendían influir en el rumbo de España.
Hoy, en cambio, vivimos inmersos en otro tipo de uniformidad. Estamos rodeados de ideologías, consignas, modas y expresiones que cambian con una rapidez vertiginosa y que, le confieso, muchas veces me desconciertan.
Por eso quisiera hacerle una primera pregunta de fondo.
¿Hasta qué punto cree usted que un gobernante debe apoyarse en las ideologías y en los grupos que lo sostienen, y hasta qué punto debe mantener la independencia necesaria para gobernar pensando únicamente en el interés de la nación?
Franco: Su padre era, por lo que me cuenta, un hombre de sentido común. Y el sentido común, aunque no figure en los programas políticos, suele ser una virtud mucho más escasa de lo que parece.
Esa frase que le repetía —«Camisa, la de uno; remendada, si hace falta, pero siempre limpita»— encierra una filosofía de vida. Viene a decir que la dignidad de un hombre no depende del uniforme que vista, sino de su conducta. Le confesaré que siempre he desconfiado de quienes hacen demasiado alarde de sus credenciales políticas. A menudo, cuanto más ruido hace una persona proclamando su fidelidad, menos firme suele ser cuando llegan las dificultades.
Usted ha mencionado las camisas y las sotanas. Ambas tuvieron su importancia en la España que me tocó gobernar, aunque quizá desde fuera se imagine una realidad mucho más uniforme de lo que fue.
La Falange tenía su manera de entender España. Los tradicionalistas tenían otra. Los monárquicos defendían planteamientos distintos. Los militares tampoco pensábamos todos igual. Y dentro de la propia Iglesia existían sensibilidades muy diversas. Quien crea que todos caminaban al mismo paso y en la misma dirección desconoce por completo aquella época.
Gobernar consistía, muchas veces, en evitar que unos intentaran imponerse completamente sobre los otros.
Un gobernante debe escuchar a todos los grupos que contribuyen a sostener un país. Sería una imprudencia ignorarlos. Pero escuchar no significa obedecer. El día en que quien gobierna deja de servir al conjunto de la nación para convertirse en portavoz de una sola facción, deja de ser gobernante y pasa a ser jefe de partido.
Yo nunca quise ser un jefe de partido.
Comprendo que haya quienes discutan esa afirmación, pero permítame explicarla. Los partidos, por su propia naturaleza, representan una parte de la sociedad. El Estado, en cambio, debe representar a todos, incluso a quienes discrepan de él. Esa diferencia me pareció siempre fundamental.
Naturalmente, un gobernante nunca es completamente independiente. Todos dependemos de las circunstancias, de las personas que nos rodean y de las limitaciones del momento histórico. La independencia absoluta no existe. Lo importante es conservar suficiente libertad de criterio para que las decisiones no las dicten quienes más gritan ni quienes poseen mayor capacidad de presión.
Ha dicho usted que hoy vive desconcertado por la cantidad de ideologías, consignas y modas que aparecen y desaparecen con extraordinaria rapidez.
No me sorprende.
Cada época tiene sus propias palabras de moda. En unos tiempos se hablaba sin cesar de revolución, de lucha de clases o de imperialismo. En otros, de progreso, de globalización, de memoria, de identidad o de cualquier otro concepto elevado casi a la categoría de dogma. Cambian las palabras, pero el mecanismo suele ser el mismo: muchas personas terminan aceptando determinadas ideas no porque las hayan reflexionado, sino porque temen quedarse solas si discrepan.
Eso es lo que siempre me ha preocupado de las ideologías cuando dejan de ser un instrumento para comprender la realidad y se convierten en una obligación moral. En ese momento ya no invitan a pensar; exigen obedecer.
España ha padecido demasiadas veces esa enfermedad.
Unos pretendían dividir a los españoles entre buenos y malos según su clase social. Otros, según sus creencias religiosas. Más tarde aparecieron nuevas divisiones basadas en la lengua, en el territorio o en la identidad. Siempre cambia el criterio, pero el resultado es parecido: se invita a los ciudadanos a verse antes como miembros de un grupo que como compatriotas.
Y una nación no puede sostenerse mucho tiempo si cada grupo comienza a considerarse más importante que el conjunto.
Por eso responderé con sencillez a su pregunta.
Las ideologías pueden orientar; nunca deberían encadenar. Los grupos sociales pueden aconsejar; nunca deberían gobernar desde la sombra. Y quien ocupa la responsabilidad de dirigir un país tiene la obligación de escuchar a todos, pero el deber de decidir por sí mismo.
Si pierde esa libertad, deja de gobernar para la nación y empieza a gobernar para quienes le sostienen en el poder.
Y ese es un camino peligroso, porque los intereses de un grupo casi nunca coinciden por completo con los intereses permanentes de un país.
Créame: las modas pasan, las consignas cambian y las ideologías evolucionan. Lo que permanece es la nación. Un gobernante prudente no debería olvidarlo nunca.

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