sábado, 18 de julio de 2026

Una fotografía contra el tiempo

Leo Messi y Lamine Yamal

Leo Messi, Sheila, la mamá, y el bebé Yamal

He visto una fotografía que millones de aficionados al fútbol contemplan con emoción. En ella aparece un joven Lionel Messi, de cabello largo, bañando a un bebé llamado Lamine Yamal durante una campaña benéfica de UNICEF. Diecinueve años después, aquel niño es una de las grandes figuras del fútbol mundial.

No me interesa el fútbol. Nunca me interesó.

Mi padre me llevó una vez al estadio de Balaídos para ver al Celta de Vigo. Yo tenía cuatro años. Aquella fue mi primera y última visita a un campo de fútbol. No hubo ninguna decepción ni ningún disgusto. Sencillamente comprendí que aquel fervor colectivo me era ajeno.

Con el tiempo descubrí que mi distancia no era respecto al fútbol, sino respecto a las multitudes.

Nunca me sentí cómodo entre miles de personas movidas por una misma emoción. Me ocurre en los estadios, en las procesiones religiosas y en las manifestaciones políticas. Cuando la multitud habla con una sola voz, el individuo suele guardar silencio. Siempre he preferido la conversación al coro, la biblioteca a la plaza, el paseo solitario al desfile.

En eso me siento cercano a Jorge Luis Borges. Él desconfiaba de las multitudes porque intuía que el hombre corre el riesgo de dejar de ser él mismo cuando se confunde con la masa. La inteligencia necesita silencio; el entusiasmo colectivo suele necesitar ruido.

Y, sin embargo, esa fotografía me ha conmovido.

No por el fútbol, sino por el tiempo.

El tiempo posee un extraño sentido del humor. Hace que un muchacho desconocido sostenga entre sus brazos a un bebé anónimo y, muchos años después, convierte aquella escena doméstica en un documento histórico. El fotógrafo ignoraba lo que estaba fotografiando. Messi lo ignoraba. La madre del niño también. Solo el tiempo conocía el argumento completo.

Borges escribió que el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos. Quizá por eso ciertas fotografías parecen transformarse con los años. La imagen permanece inmóvil, pero nosotros ya no somos los mismos que la contemplamos. Es el tiempo quien la reescribe.

Tal vez esa sea la verdadera razón por la que millones de personas comparten hoy esa fotografía. Creen celebrar un encuentro entre dos futbolistas extraordinarios, pero, sin saberlo, celebran otra cosa: el misterio de las casualidades que solo adquieren sentido cuando han transcurrido muchos años.

Yo seguiré sin entrar en un estadio. A mi edad, tampoco siento curiosidad por hacerlo. Pero agradezco que, de vez en cuando, una simple fotografía nos recuerde que el tiempo escribe novelas mucho mejores que los novelistas y que el azar, ese discreto colaborador de la Providencia —o, para quien no crea en ella, de la pura casualidad—, posee una imaginación inagotable.

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