lunes, 20 de julio de 2026

El PSOE bueno nunca ha existido

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Existe una leyenda muy útil para la izquierda española: la de un PSOE originariamente noble, democrático y conciliador que habría degenerado con el paso de los años. Es una leyenda cómoda porque permite separar un supuesto pasado ejemplar de un presente discutible. El problema es que la historia no la sostiene.

El fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse, dejó muy claro desde el primer momento cuál era su concepción de la política. No entendía al adversario como alguien a quien convencer, sino como alguien a quien derrotar por cualquier medio. Su intervención en el Congreso el 7 de julio de 1910 constituye uno de los documentos más reveladores de la historia parlamentaria española. Refiriéndose a Antonio Maura, declaró que, si era necesario impedir su regreso al poder, «debemos llegar hasta el atentado personal». Aquellas palabras quedaron recogidas en el Diario de Sesiones y el presidente de la Cámara intentó, sin éxito, que las retirara. No lo hizo. 

No era un desliz. Era una declaración de principios.

Cuando el fundador de un partido legitima públicamente la violencia contra un adversario político, deja de hablar como un parlamentario y comienza a hacerlo como un revolucionario. La democracia reconoce la legitimidad del adversario; la revolución solo reconoce la legitimidad de su derrota o de su eliminación.

Dos semanas después, Antonio Maura sufrió un atentado del que sobrevivió. Nadie puede afirmar que Pablo Iglesias ordenara aquel ataque. Sería una acusación que la historia no permite sostener. Pero tampoco puede ignorarse que quien había legitimado el "atentado personal" jamás rectificó sus palabras ni condenó el intento de asesinato. 

Por eso sorprende escuchar, todavía hoy, que existió un "PSOE bueno". ¿En qué momento exactamente? ¿Cuando su fundador justificaba el asesinato político como último recurso? ¿Cuando concebía la lucha política como un enfrentamiento existencial entre enemigos irreconciliables?

Los partidos evolucionan. Cambian sus dirigentes, sus programas y hasta sus votantes. Pero también conservan una memoria moral. Los orígenes importan porque revelan la cultura política sobre la que fueron construidos. Y en el caso del PSOE, esa cultura nació impregnada de marxismo revolucionario, de lucha de clases y de una retórica que, cuando lo consideró necesario, cruzó la frontera que separa la confrontación política de la violencia.

No, el problema del PSOE no comenzó ayer. No empezó con Felipe González, ni con Zapatero, ni con Pedro Sánchez. El problema estaba escrito desde el prólogo. Su fundador ya había señalado el camino. Los demás, con mayor o menor intensidad, no hicieron más que recorrerlo.

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