Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales..jpg)
Seat 600
Yo: Mi general, al terminar la Guerra Civil España era un país devastado. A las heridas del conflicto se unían el aislamiento internacional, la escasez de divisas y una economía que parecía incapaz de despegar. A finales de los años cincuenta, la situación había llegado a un punto crítico y su Gobierno emprendió un cambio profundo de orientación económica. Con la incorporación de un grupo de ministros técnicos, conocidos popularmente como los tecnócratas del Opus Dei, se puso en marcha el Plan de Estabilización de 1959.
A partir de entonces comenzó una transformación que pocos discuten en cuanto a su intensidad, aunque sí en cuanto a sus causas y a sus protagonistas. España experimentó durante los años sesenta uno de los mayores ritmos de crecimiento económico del mundo, sólo superado por Japón. La producción industrial se multiplicó, la renta per cápita prácticamente se duplicó, el turismo se convirtió en una gran fuente de riqueza, la inversión extranjera aumentó de forma notable y las remesas enviadas por cientos de miles de españoles emigrados contribuyeron decisivamente al desarrollo del país.
Todavía hoy existe discusión sobre si España llegó a ocupar el octavo, noveno, décimo o duodécimo puesto entre las economías o las potencias industriales del mundo. Las cifras varían según las fuentes y los criterios empleados. Lo verdaderamente importante, sin embargo, no es un puesto concreto en una clasificación, sino el hecho, ampliamente documentado, de que España vivió un extraordinario proceso de modernización económica y social.
Naturalmente, aquel crecimiento no benefició por igual a todas las regiones y dejó problemas importantes sin resolver. Pero resulta difícil negar que, en apenas una década, el país había cambiado de una manera que parecía inimaginable pocos años antes.
Además de los datos económicos, conservo un recuerdo muy vivo de aquella transformación. Las carreteras comenzaron a llenarse de aquellos simpáticos Seat 600 que simbolizaban una nueva forma de vivir. Mi padre, que era un hombre emprendedor, fundó un negocio de alquiler de automóviles sin conductor y llegó a tener una flota de treinta coches. Para mi familia, el llamado milagro económico no fue una teoría ni una estadística: fue una realidad que vivimos día a día.
Por eso me gustaría preguntarle si considera que ese desarrollo fue el mayor logro de su régimen. Más allá del vencedor de la Guerra Civil y del jefe del Estado durante casi cuarenta años, muchos sostienen que usted fue también el principal impulsor de la transformación económica que convirtió a España en una nación moderna y que creó las condiciones materiales sobre las que, años después, pudo asentarse la Transición democrática.
Franco: Comprendo que muchos quieran reducir mi mandato a la Guerra Civil y a la represión de la inmediata posguerra. Es una simplificación muy útil para quienes desean juzgar cuarenta años de historia desde una sola fotografía. Pero gobernar un país no consiste únicamente en ganar una guerra; consiste, sobre todo, en reconstruirlo y asegurar su porvenir.
Cuando terminó la contienda recibimos una España arruinada. Había que levantar puentes, carreteras, fábricas, escuelas, viviendas y pantanos. Había que alimentar a una población empobrecida y mantener la independencia nacional en un mundo dividido por la Guerra Fría. Quienes hoy analizan aquellos años olvidan con demasiada facilidad el punto de partida.
Es cierto que durante un tiempo mantuvimos una política económica muy intervencionista. Creíamos que era la mejor forma de proteger la soberanía del país después de una guerra devastadora y en medio de un aislamiento internacional que no habíamos buscado. Con el paso de los años comprobamos que aquella política había llegado a sus límites y fue necesario rectificar.
Algunos presentan esa rectificación como una derrota ideológica. Yo la considero una obligación de gobierno. Un gobernante no debe permanecer prisionero de sus propias decisiones si las circunstancias cambian. Debe conservar los principios esenciales, pero adaptar los instrumentos.
Por eso confié en hombres técnicamente preparados, independientemente de su procedencia. Se les ha llamado los tecnócratas del Opus Dei, pero yo nunca los elegí por pertenecer a una organización religiosa. Los elegí porque creía que podían sacar adelante una economía que necesitaba abrirse al exterior sin renunciar a la estabilidad política.
Los resultados están ahí. España dejó de ser un país agrícola y atrasado para convertirse en una nación industrial. Millones de españoles encontraron empleo. Surgió una amplia clase media, crecieron las universidades, mejoraron las infraestructuras y miles de familias pudieron adquirir una vivienda, un automóvil o disfrutar de vacaciones, algo que para generaciones anteriores había sido impensable.
Naturalmente, no todo fue perfecto. Persistieron desigualdades territoriales y muchos españoles tuvieron que emigrar para buscar oportunidades. No ignoro esas realidades. Pero incluso esa emigración contribuyó al progreso del país mediante las remesas que enviaban y la experiencia profesional que muchos trajeron de regreso.
Algunos afirman hoy que el llamado milagro económico se produjo a pesar del régimen. Es una afirmación difícil de sostener. Ninguna transformación de semejante magnitud habría sido posible sin un Estado capaz de garantizar orden, continuidad y seguridad jurídica durante muchos años. Las inversiones no llegan donde reina la incertidumbre permanente.
No me preocupa demasiado si España fue la octava, la novena o la duodécima potencia industrial. Esas clasificaciones cambian según el criterio empleado. Lo verdaderamente importante es que una generación de españoles vio mejorar su nivel de vida como nunca antes había ocurrido en nuestra historia contemporánea.
Comprendo que existan críticas legítimas a mi régimen. Ningún gobierno está por encima del juicio de la Historia. Lo que considero injusto es negar unos hechos económicos que forman parte de esa misma Historia. Los documentos, las estadísticas, las fábricas construidas, las autopistas, los embalses, las universidades y los millones de vidas que cambiaron constituyen un testimonio mucho más sólido que los eslóganes políticos.
La Historia debe servir para comprender, no para borrar aquello que resulta incómodo. Sólo una nación capaz de reconocer sus luces y sus sombras puede reconciliarse plenamente consigo misma.
jueves, 16 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 11 – El Plan de Estabilización de 1959
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario