Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales..jpg)
Rafael Leónidas Trujillo
Yo: Mi general, hay un episodio de su vida política que nunca he conseguido comprender del todo: su relación con Rafael Leónidas Trujillo.
Su visita oficial a España, del 2 al 14 de junio de 1954, alcanzó unas dimensiones extraordinarias. El Gobierno español decretó el 2 de junio festivo parcial para facilitar la asistencia de la población a los actos de bienvenida. Las calles se llenaron de banderas, desfiles y multitudes cuidadosamente organizadas para proyectar una imagen de amistad entre ambos Estados.
Sin embargo, Trujillo no era un gobernante cualquiera. Su régimen había instaurado en la República Dominicana una dictadura basada en el culto a la personalidad, la represión política y el miedo. La capital fue rebautizada como "Ciudad Trujillo"; él mismo acumuló títulos como "El Jefe" y "Benefactor de la Patria", mientras el Servicio de Inteligencia Militar perseguía sin descanso a los opositores.
La historia atribuye a su régimen algunos de los episodios más oscuros de la América del siglo XX: la Masacre del Perejil de 1937, la persecución sistemática de la disidencia, los centros clandestinos de tortura como "La 40", el asesinato de las Hermanas Mirabal en 1960 y el atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt.
Los dominicanos recuerdan aquella etapa con un profundo dolor, hasta el punto de que muchos rechazan incluso la presencia de sus restos mortales en su propio país. Paradójicamente, Trujillo descansa hoy en el cementerio de Mingorrubio, muy cerca de donde reposan también sus restos.
He hablado sobre este asunto incluso con personas profundamente franquistas, incapaces de explicar aquella amistad. No se trata de juzgar el pasado con los ojos del presente, sino de comprender las razones que llevaron a España a identificarse públicamente con un hombre cuya conducta privada y cuyo ejercicio del poder parecían difícilmente conciliables con los principios del humanismo cristiano que su régimen decía defender.
Mi general, ¿qué veía usted en Trujillo? ¿Fue una auténtica amistad personal, una alianza impuesta por las circunstancias internacionales de la Guerra Fría o una decisión política que hoy, contemplada desde la perspectiva de la Historia, considera que habría debido ser distinta?
Franco: Comprendo perfectamente su pregunta porque, vista desde el siglo XXI, resulta difícil entender decisiones que fueron tomadas en un mundo muy distinto del actual.
España acababa de salir de una guerra civil devastadora y sufría un aislamiento internacional casi absoluto. Muchas naciones nos daban la espalda y pretendían que mi régimen desapareciera. En aquellas circunstancias, cada país dispuesto a mantener relaciones diplomáticas y económicas con España tenía un valor que hoy quizá no se aprecia suficientemente.
No elegíamos a nuestros interlocutores como quien escoge a sus amigos para una comida familiar. Los elegíamos porque representaban Estados soberanos con los que España necesitaba mantener vínculos. En política exterior, la afinidad moral rara vez es completa; casi siempre predominan los intereses nacionales.
Conocía la imagen que Trujillo proyectaba de sí mismo como firme enemigo del comunismo y defensor del orden. También conocía algunas de las acusaciones que pesaban sobre su régimen, aunque no toda la información de la que hoy disponen los historiadores. Ningún gobernante conoce toda la verdad de lo que sucede dentro de otro país. Los servicios diplomáticos informan, pero también se equivocan, exageran o silencian hechos.
¿Hubo un exceso de solemnidad durante aquella visita? Probablemente sí. España deseaba demostrar que dejaba de estar aislada y que conservaba aliados en el mundo hispánico. Aquellos homenajes respondían tanto a esa necesidad política como a la persona del visitante.
Con los años he aprendido algo que el poder no siempre permite comprender mientras uno lo ejerce: la Historia termina separando a los pueblos de sus gobernantes. El pueblo dominicano merece respeto y afecto; otra cuestión distinta es el juicio que corresponda hacer sobre quien lo gobernó.
Como católico, jamás podría justificar el asesinato, la tortura o el abuso del poder. Si esos hechos ocurrieron en la dimensión que hoy conocemos, merecen una condena sin reservas. Ninguna razón de Estado convierte el mal en bien. La política puede explicar determinadas decisiones; nunca puede absolver moralmente los crímenes.
La mayor lección que he aprendido después de abandonar este mundo es que los gobernantes solemos creer que servimos a la Historia cuando, en realidad, es la Historia quien termina juzgándonos a todos. También a mí.
Por eso no me incomoda reconocer que algunas decisiones, aunque respondieran a las circunstancias de su tiempo, hoy las contemplaría con mayor prudencia. El poder obliga a elegir entre opciones imperfectas; la eternidad, en cambio, obliga a contemplarlas a la luz de una verdad mucho más exigente.
jueves, 9 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 5
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