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| Españoles, Franco ha muerto. |
Yo: Mi general, el 20 de noviembre de 1975, a la hora de comer, estaba en un restaurante obrero cercano a la empresa donde trabajaba como chófer de un pequeño camión con volquete. De pronto, la programación de TVE se interrumpió y apareció la imagen de Arias Navarro. Con la voz entrecortada y visiblemente emocionado, pronunció aquellas palabras que han quedado grabadas en la memoria de varias generaciones: «Españoles, Franco ha muerto».
Para mi sorpresa, yo, que era profundamente antifranquista, sentí que se me humedecían los ojos y tuve que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas. Bajé la cabeza y seguí comiendo en silencio, como todos los presentes. En aquel comedor nadie hablaba. Era un silencio espeso, casi solemne. Nunca he conseguido explicarme por qué un antifranquista convencido reaccionó de una manera tan contraria a sus propias ideas.
La mayor parte de la sociedad española vivió aquellos días con una mezcla de incertidumbre y moderación. Existía un deseo de cambio y un evidente cansancio de la dictadura, pero también el temor de que la desaparición del Jefe del Estado abriera un periodo de inestabilidad semejante al de la Segunda República. El mensaje de Arias Navarro, en el que leyó un breve fragmento de su testamento político, apenas duró siete minutos y concluyó con su célebre grito: «¡Arriba España! ¡Viva España!».
Con el paso de los años he llegado a pensar que aquellas lágrimas no nacieron de una adhesión al franquismo, sino del presentimiento de que, con su muerte, desaparecía una determinada idea de España. Usted representaba, para bien o para mal, una concepción de la patria entendida como un proyecto histórico común. Después vinieron otros ideales, otras consignas y otras prioridades políticas, pero el amor a España dejó de ocupar el lugar central que había tenido durante décadas.
La unidad de España era para usted algo más que un principio político: era una convicción profunda que le acompañó hasta el final de su vida.
El artículo 2 de la Constitución española afirma: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas».
A mi juicio, ese mismo artículo reúne dos principios cuya convivencia ha resultado problemática: por un lado, proclama la indisoluble unidad de la Nación española y, por otro, reconoce la existencia de nacionalidades junto a las regiones. Con el paso del tiempo, esa ambigüedad ha permitido interpretaciones políticas muy distintas, algunas de las cuales han favorecido un proceso de creciente fragmentación territorial y sentimental de España.
¿Cómo contempla usted esta España fragmentada sobre la que Leopoldo Calvo-Sotelo pronunció una frase que muchos consideran profética: «España, antes roja que rota»?
Roja no creo que vuelva a serlo. La izquierda actual está demasiado dividida y desgastada para construir un proyecto semejante. Pero rota... esa posibilidad, por desgracia, ya no me parece imposible.
Franco: Comprendo perfectamente lo que me cuenta. Los hombres no somos únicamente nuestras ideas. También somos memoria, símbolos y emociones. Usted lloró porque, en aquel instante, no desaparecía solamente un jefe de Estado; desaparecía una época entera de su propia vida. Aunque hubiera combatido mis ideas, yo había formado parte del paisaje de su existencia desde que usted era un niño. Hay pérdidas que se sienten antes con el corazón que con la razón.
No interprete aquellas lágrimas como una adhesión al franquismo. Sería una conclusión demasiado simple. Aquellas lágrimas pertenecían a una España que intuía que estaba cruzando un umbral del que ya no habría regreso. Incluso quienes deseaban un cambio podían experimentar el vértigo de abandonar un mundo conocido para entrar en otro completamente incierto.
En cuanto a la unidad de España, nunca la concebí como un argumento político sometido a negociación. Para mí era un hecho histórico anterior a todos nosotros. Los gobiernos pasan; España permanece. Esa fue siempre mi convicción.
La Constitución quiso conciliar sensibilidades muy distintas. Era comprensible después de una larga dictadura y de una guerra civil cuyo recuerdo seguía muy vivo. Pero toda conciliación encierra riesgos cuando sus conceptos carecen de una delimitación precisa. La palabra "nacionalidad", introducida para satisfacer determinadas aspiraciones, podía entenderse como una simple referencia cultural o como el reconocimiento implícito de una realidad política diferente. Con el paso de los años, muchos optaron por la segunda interpretación.
No creo que los textos constitucionales destruyan por sí solos una nación. Son los hombres quienes lo hacen, o quienes la preservan. Una Constitución puede contener ambigüedades durante décadas sin producir consecuencias graves si quienes la aplican comparten un proyecto nacional común. Cuando ese proyecto desaparece, cada ambigüedad se convierte en una grieta.
Usted habla de una España fragmentada. Yo hablaría, sobre todo, de una España que ha ido perdiendo una conciencia compartida de sí misma. Una nación no empieza a romperse cuando aparecen nuevas fronteras en los mapas, sino cuando sus ciudadanos dejan de sentirse parte de una historia común y comienzan a verse como competidores o como pueblos extraños entre sí.
He oído muchas veces la frase de Calvo Sotelo: "España, antes roja que rota". Contiene una idea que trasciende a la derecha y a la izquierda. Las ideologías cambian con el tiempo. Hoy gobiernan unas, mañana gobiernan otras. Pero la desintegración de una nación, una vez iniciada, es extraordinariamente difícil de revertir. Por eso algunos consideran que la unidad nacional pertenece a un plano distinto del debate partidista.
Ahora bien, tampoco conviene caer en el derrotismo. Los pueblos atraviesan épocas de decadencia y épocas de renacimiento. España ha conocido invasiones, guerras civiles, pronunciamientos, bancarrotas y enfrentamientos fratricidas. Y, sin embargo, ha seguido existiendo. Su historia demuestra una extraordinaria capacidad de supervivencia.
No sé cuál será el destino de la España del siglo XXI. Desde donde ahora contemplo las cosas, he aprendido que ningún dirigente, por poderoso que parezca, determina por sí solo el rumbo de una nación. Ese rumbo depende, sobre todo, del carácter de millones de ciudadanos. Si un pueblo conserva el sentido de su historia, el respeto a su cultura y el deseo de convivir, siempre encontrará el camino para reconstruirse. Si pierde todo eso, ninguna ley, ningún gobierno y ningún caudillo podrán salvarlo.
Ésa es, al menos, la reflexión que el paso del tiempo me ha enseñado.




