Pocas figuras han sido tan invocadas —y tan malinterpretadas— como Nicolás Maquiavelo. Convertido en sinónimo de cinismo político, su obra —particularmente El príncipe— ha servido durante siglos como manual de cabecera, o de acusación, para quienes ejercen el poder sin complejos. En la España contemporánea, no son pocos los que han querido ver en Pedro Sánchez una encarnación moderna de ese maquiavelismo pragmático. Pero, ¿hasta qué punto es justa la comparación?
Nicolás Maquiavelo y Pedro Sánchez
El poder como fin y como medio
Maquiavelo escribió en un contexto de inestabilidad crónica, con ciudades-estado italianas en permanente conflicto. Su obsesión era clara: la conservación del poder como condición indispensable para garantizar el orden. El gobernante debía ser, ante todo, eficaz. Si para ello debía recurrir al engaño o a la dureza, no solo era lícito, sino necesario.
Sánchez, en un entorno democrático consolidado, opera bajo reglas muy distintas. Sin embargo, sus críticos señalan que comparte con el florentino una notable flexibilidad estratégica. Desde la moción de censura que lo llevó al poder hasta sus pactos parlamentarios con fuerzas ideológicamente dispares, el presidente ha demostrado una capacidad camaleónica que, para unos, es pura supervivencia política; para otros, una falta de principios.
Virtù y fortuna en clave contemporánea
Maquiavelo hablaba de la virtù como la habilidad del líder para moldear la realidad a su favor, y de la fortuna como el conjunto de circunstancias que escapan a su control. El buen gobernante debía dominar la primera y saber aprovechar la segunda.
En este sentido, Sánchez ha sabido capitalizar momentos de debilidad ajena —la fragmentación de la derecha, las crisis internas de sus adversarios— y convertirlos en oportunidades. Su resistencia política, tantas veces dada por amortizada, parece responder a esa combinación de cálculo y oportunidad que tanto admiraba el pensador italiano.
La moral, ¿un obstáculo o un instrumento?
Una de las mayores controversias en torno a Maquiavelo es su aparente desprecio por la moral tradicional en política. El fin —la estabilidad del Estado— justificaba los medios. Esta idea, simplificada hasta el extremo, ha alimentado la imagen de un pensamiento amoral.
En el caso de Sánchez, el debate se traslada al terreno del relato. El presidente no ha renunciado al lenguaje moral; al contrario, lo utiliza con frecuencia. La diferencia radica en que sus decisiones políticas —especialmente en materia de alianzas— han sido vistas por algunos como contradictorias con ese discurso. Aquí emerge una divergencia clave: mientras Maquiavelo separa con crudeza moral y política, Sánchez parece intentar reconciliarlas, aunque no siempre con éxito.
El papel del pueblo
Para Maquiavelo, el pueblo era un actor fundamental, pero no necesariamente virtuoso. Su apoyo era imprescindible, aunque volátil. De ahí la importancia de controlar la percepción y evitar el odio.
En una democracia mediática como la actual, Sánchez ha hecho del control del relato una de sus principales armas. La comunicación política, la gestión de la imagen y la construcción de marcos interpretativos son hoy el equivalente moderno de aquellas recomendaciones maquiavélicas sobre la apariencia del poder.
Similitudes y distancias
La comparación entre Maquiavelo y Sánchez es, en última instancia, más literaria que exacta. Ambos comparten una visión pragmática del poder, una notable capacidad de adaptación y una atención constante al equilibrio de fuerzas. Pero difieren en lo esencial: uno teorizaba sobre el poder en un mundo sin contrapesos democráticos; el otro lo ejerce bajo el escrutinio permanente de instituciones, medios y ciudadanos.
Quizá la lección más vigente de Maquiavelo no sea la caricatura del político sin escrúpulos, sino su advertencia sobre la naturaleza cambiante del poder. En ese terreno, Sánchez ha demostrado moverse con soltura. La pregunta, como siempre, no es solo cómo se llega al poder, sino qué se hace con él y a qué precio.
Juan Julio Alfaya
martes, 31 de marzo de 2026
De Maquiavelo a Pedro Sánchez: poder, pragmatismo y relato
lunes, 30 de marzo de 2026
Crímenes y errores de la izquierda: el fin no justifica los medios
La historia política del último siglo ofrece un catálogo suficientemente elocuente como para desconfiar de cualquier proyecto que, en nombre de la redención colectiva, pretenda erigirse en verdad absoluta. 
Antonio Caño fue director de El País
La izquierda —al menos en sus versiones más dogmáticas— ha incurrido demasiadas veces en ese pecado original: la convicción de que el fin justifica los medios. Y cuando ese fin es una sociedad perfecta, los medios suelen ser, por desgracia, cualquier cosa.
El siglo XX dejó ejemplos difíciles de ignorar. La Unión Soviética de Joseph Stalin convirtió la promesa de igualdad en una maquinaria de terror, con purgas, campos de trabajo y millones de víctimas. En China, Mao Zedong impulsó el Gran Salto Adelante, una ingeniería social que desembocó en una de las mayores hambrunas de la historia. Y en Camboya, Pol Pot llevó la lógica revolucionaria hasta el delirio genocida.
No son anomalías aisladas, como a menudo se pretende. Son la consecuencia de un mismo patrón: la concentración de poder en manos de una élite que se arroga la representación del pueblo y elimina cualquier disidencia en nombre de ese mismo pueblo. La libertad, en ese esquema, deja de ser un derecho para convertirse en un obstáculo.
Pero no hace falta llegar a los extremos totalitarios para identificar errores de fondo. Allí donde la izquierda ha gobernado con vocación intervencionista, la tentación de sustituir al mercado por el decreto ha generado con frecuencia economías rígidas, burocracias hipertrofiadas y una alarmante desconexión entre esfuerzo y recompensa. La igualdad impuesta desde arriba, lejos de elevar a todos, ha tendido a igualar por abajo.
A ello se suma un elemento menos tangible, pero no menos decisivo: el utopismo. La idea de que el ser humano puede ser moldeado hasta ajustarse a un ideal preconcebido ha chocado, una y otra vez, con la realidad de la naturaleza humana. El resultado no ha sido la sociedad perfecta, sino el desencanto o, en el peor de los casos, la coerción.
Ahora bien, sería intelectualmente deshonesto ignorar que bajo el amplio paraguas de la izquierda han florecido también modelos muy distintos. La socialdemocracia europea, especialmente en países como Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia, ha demostrado que es posible combinar economía de mercado con un sólido Estado del bienestar sin sacrificar las libertades individuales.
La cuestión, por tanto, no es tanto la etiqueta como sus límites. Cuando la izquierda renuncia al pluralismo, al equilibrio de poderes y a la economía abierta, su deriva tiende a ser totalitaria. Cuando acepta esas reglas, se convierte en un actor más dentro de la democracia liberal.
Quizá ahí resida la clave. No en declarar inviable a la izquierda en bloque, sino en reconocer que sus versiones más radicales han fracasado con estrépito precisamente allí donde se sintieron más seguras de sí mismas.
Elecciones en Andalucía: Montero llevaría al PSOE a su peor resultado histórico
La sombra del declive se cierne sobre el socialismo andaluz. Si hoy se celebraran elecciones autonómicas, la candidata del PSOE, María Jesús Montero, firmaría el peor resultado de la historia del partido en la comunidad que durante décadas fue su bastión más sólido.
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Los sondeos más recientes dibujan un panorama desolador para los socialistas: pérdida de voto estructural, incapacidad para movilizar a su electorado tradicional y una transferencia constante de apoyos hacia otras opciones o, directamente, hacia la abstención. Andalucía, donde el PSOE gobernó de forma ininterrumpida durante casi 40 años, se ha convertido en el símbolo más evidente de su desgaste territorial.
Mientras tanto, el Partido Popular de Juan Manuel Moreno Bonilla consolidaría su hegemonía con una cómoda mayoría, afianzando una tendencia que ya quedó patente en los comicios de 2022. Lejos de tratarse de un fenómeno coyuntural, los analistas apuntan a un cambio profundo en el mapa político andaluz, donde el centro-derecha ha logrado ocupar espacios tradicionalmente vinculados al socialismo.
La figura de Montero, estrechamente ligada al Gobierno de Pedro Sánchez, tampoco parece ayudar a revertir la tendencia. Su perfil nacional, más identificado con la gestión en Madrid que con la realidad andaluza, genera dudas incluso dentro del propio electorado progresista. A ello se suma la percepción de que el PSOE carece de un proyecto claro para la comunidad, más allá de la oposición frontal al Ejecutivo autonómico.
Por otro lado, Vox mantendría una presencia relevante, aunque lejos de sus expectativas iniciales, mientras que el espacio a la izquierda del PSOE continúa fragmentado, incapaz de articular una alternativa sólida que permita recomponer el bloque progresista.
El mensaje que emana de las encuestas es inequívoco: los ciudadanos demandan estabilidad, gestión y soluciones concretas frente al ruido político. En ese terreno, el PSOE andaluz sigue sin encontrar su lugar.
Si se confirman estas previsiones, el resultado no solo supondría un revés electoral, sino un golpe simbólico de gran calado. Andalucía dejaría de ser definitivamente el corazón electoral del socialismo español, marcando un antes y un después en la historia del partido.
domingo, 29 de marzo de 2026
Falleció Fernando Franco, cronista de la vida social, cultural y humana de la ciudad de Vigo
La ciudad que narró durante décadas pierde hoy una de sus voces más reconocibles. El periodista Fernando Franco ha fallecido en Salamanca a los 75 años, tras una larga lucha contra una grave enfermedad, dejando tras de sí un legado inseparable de la memoria reciente de Vigo.
Fernando Franco en el Monte del Castro
Nacido en 1951 en el corazón del Casco Vello, Franco hizo de la palabra escrita una forma de retratar el pulso diario de su ciudad. Su nombre quedó indisolublemente ligado al Faro de Vigo, cabecera en la que desarrolló prácticamente toda su trayectoria profesional y desde la que se convirtió en cronista privilegiado de la vida social, cultural y humana de la urbe gallega.
Fue a partir de los años ochenta cuando su firma comenzó a adquirir un peso singular. Sus columnas, a medio camino entre la observación costumbrista y la crónica urbana, lograron conectar con varias generaciones de lectores que encontraban en ellas un espejo fiel —y a menudo irónico— de la vida cotidiana viguesa.
Franco no solo informaba: interpretaba. Supo captar como pocos el carácter de una ciudad en constante transformación, dando voz a sus calles, a sus gentes y a sus pequeñas historias, esas que rara vez ocupan titulares pero que construyen la identidad de un lugar.
Con su desaparición, Vigo pierde algo más que a un periodista: pierde a uno de sus narradores más íntimos. Su legado, sin embargo, permanecerá en hemerotecas y en la memoria de quienes, durante años, encontraron en sus textos una forma de reconocerse.
Vox pierde medio millón de votos mientras el PP consolida su ascenso y el PSOE recorta distancias
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Según el sondeo, Vox habría dejado por el camino cerca de medio millón de votos respecto a anteriores estimaciones, una caída significativa que rompe la tendencia de crecimiento que la formación venía mostrando en los últimos meses. En política, los tiempos importan, pero también los gestos. Y todo parece indicar que la percepción de bloqueo en las negociaciones autonómicas, especialmente en Extremadura y Aragón, ha tenido un coste tangible.
Una parte del electorado de Vox esperaba ver traducido su voto en influencia directa, en gobiernos o en acuerdos eficaces.
No se trata únicamente de aritmética parlamentaria, sino de expectativas frustradas. Una parte del electorado de Vox esperaba ver traducido su voto en influencia directa, en gobiernos o en acuerdos eficaces. Sin embargo, los desencuentros y la falta de entendimiento con el Partido Popular han proyectado una imagen de rigidez que no siempre casa bien con las demandas de una ciudadanía que, cada vez más, prioriza resultados sobre discursos.
A ello se suman las turbulencias internas que atraviesa la formación. Las tensiones orgánicas, habituales en partidos en crecimiento, adquieren otra dimensión cuando coinciden con momentos clave de negociación política. El votante, en ese contexto, tiende a penalizar la incertidumbre.
El mensaje es claro: gobernar exige ceder, y una parte del electorado parece premiar esa disposición.
Frente a esta caída, el Partido Popular capitaliza parte del desgaste de su socio potencial. La formación liderada por Génova refuerza su posición como principal alternativa de gobierno, beneficiándose de un trasvase de votantes que, sin abandonar el espacio ideológico de la derecha, optan por una opción percibida como más pragmática. El mensaje es claro: gobernar exige ceder, y una parte del electorado parece premiar esa disposición.
Por su parte, el PSOE logra contener la sangría y recortar distancias. Sin grandes alardes, pero con una estrategia de resistencia, los socialistas recuperan terreno en un momento en el que la fragmentación del bloque contrario les ofrece oxígeno político. No es un auge espectacular, pero sí suficiente para alterar la dinámica de bloques.
Los ciudadanos parecen demandar menos confrontación estéril y más capacidad de acuerdo.
La encuesta apunta, en definitiva, a un cambio de tono en el electorado. Los ciudadanos parecen demandar menos confrontación estéril y más capacidad de acuerdo. En un país acostumbrado a la polarización, esta tendencia, si se consolida, podría marcar el rumbo de los próximos ciclos electorales.
Porque, al final, la política no solo se mide en votos, sino en la capacidad de convertirlos en decisiones. Y ahí es donde, hoy por hoy, algunos partidos empiezan a pagar el precio de sus propias estrategias.
sábado, 28 de marzo de 2026
Cuidados paliativos en España: el derecho que depende del código postal
En España se da una paradoja difícil de justificar en un Estado que presume de sistema sanitario universal: el acceso a unos cuidados paliativos dignos, integrales y equitativos no está garantizado por una ley estatal común. A estas alturas, y pese a los reiterados anuncios políticos, sigue sin existir una norma de alcance nacional que regule de forma homogénea la atención al final de la vida.
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El acceso a unos cuidados paliativos dignos, integrales y equitativos no está garantizado por una ley estatal común.
El vacío legal no es menor. Los cuidados paliativos no son un lujo ni una opción ideológica, sino una necesidad clínica y humana. Hablamos de aliviar el sufrimiento —físico, psicológico y espiritual— de quienes padecen enfermedades avanzadas o incurables. Hablamos, en definitiva, de dignidad. Sin embargo, en España esa dignidad depende en buena medida del lugar de residencia.
Durante años, distintos gobiernos han prometido una ley estatal que nunca termina de materializarse. El resultado es un mosaico normativo en el que cada comunidad autónoma ha legislado por su cuenta. Algunas han desarrollado marcos avanzados, con derechos bien definidos y redes asistenciales más estructuradas; otras, en cambio, presentan carencias evidentes. Esta desigualdad territorial se traduce en algo tan concreto como que no todos los pacientes tienen el mismo acceso a unidades especializadas, atención domiciliaria o acompañamiento adecuado.
La consecuencia es clara: hay ciudadanos de primera y de segunda también en el trance final de la vida.
La consecuencia es clara: hay ciudadanos de primera y de segunda también en el trance final de la vida. No por la calidad de los profesionales —incuestionable en todo el país—, sino por la falta de una estrategia común, financiación suficiente y voluntad política sostenida en el tiempo.
Conviene recordar que los cuidados paliativos no compiten con otros debates, como el de la eutanasia, sino que los preceden y los condicionan. Sin una red sólida de atención paliativa, cualquier discusión sobre el final de la vida queda inevitablemente incompleta. No se puede hablar de libertad real de elección si antes no se garantiza que nadie sufra innecesariamente por falta de recursos.
España cuenta con excelentes profesionales y experiencias de referencia, pero también con déficits estructurales: escasez de unidades específicas, desigual implantación en el medio rural, falta de formación especializada y, sobre todo, ausencia de una ley estatal que establezca mínimos obligatorios y homogéneos.
No se trata de recentralizar competencias, sino de fijar un suelo común de derechos. Igual que ocurre en otros ámbitos sanitarios, una ley nacional de cuidados paliativos debería garantizar estándares básicos en todo el territorio, respetando al mismo tiempo la capacidad de gestión autonómica. Es una cuestión de equidad y de justicia.
Porque al final, más allá de ideologías y disputas partidistas, hay una verdad incómoda: todos vamos a necesitar, antes o después, cuidados paliativos. Y cuando llegue ese momento, lo último que debería importar es en qué comunidad autónoma estamos empadronados.
Juegos Olímpicos, por fin: "El acceso está reservado solo a mujeres biológicas"
Tras años de ambigüedad calculada, de eufemismos burocráticos y de cesiones a la presión ideológica, el Comité Olímpico Internacional (COI) parece dispuesto a afrontar una realidad que durante demasiado tiempo se ha querido esquivar: el deporte femenino existe porque existen diferencias biológicas entre hombres y mujeres.
Imane Khelif: ¿boxeador o boxeadora?
La nueva orientación —que reservaría la categoría femenina a mujeres biológicas— no es una extravagancia reaccionaria, como algunos pretenden caricaturizar, sino un retorno al sentido común. Durante décadas, el deporte ha separado categorías no por capricho, sino para garantizar algo esencial: la igualdad de condiciones. Sin esa premisa, la competición pierde su razón de ser.
El giro no surge en el vacío. Llega tras una cadena de decisiones en federaciones internacionales como World Athletics o World Aquatics, que ya han limitado la participación de mujeres trans en competiciones femeninas de élite. No se trata de discriminación, sino de reconocer que la biología —masa muscular, densidad ósea, capacidad pulmonar— no desaparece por decreto.
No se trata de discriminación, sino de reconocer que la biología —masa muscular, densidad ósea, capacidad pulmonar— no desaparece por decreto.
Durante años, el COI optó por una cómoda equidistancia: ni prohibir ni regular de forma clara. Delegó en las federaciones, diluyó responsabilidades y evitó el coste político. Pero esa indefinición ha tenido consecuencias. Ha generado inseguridad jurídica, agravios comparativos entre deportes y, sobre todo, una creciente sensación de injusticia entre muchas deportistas.
El debate se ha intensificado con casos mediáticos como el de Imane Khelif en los Juegos de París, convertidos en símbolo —con frecuencia de forma simplificada— de una discusión mucho más compleja. Porque aquí no solo se cruzan ciencia y deporte, sino también identidad, derechos y política.
Reconocer la realidad biológica no implica negar la dignidad de nadie. El respeto a las personas trans es un principio irrenunciable en una sociedad democrática. Pero el deporte de élite no es un espacio abstracto de identidad, sino un sistema basado en el rendimiento físico y en categorías diseñadas para preservar la equidad.
La pregunta, en última instancia, es incómoda pero inevitable: ¿puede existir el deporte femenino si se ignoran las diferencias biológicas que justifican su existencia? La respuesta, por mucho que incomode a algunos, parece evidente.
El COI llega tarde, pero llega. Y en un tiempo en el que tantas instituciones dudan ante lo obvio, no es poca cosa. Porque a veces, defender la igualdad exige, precisamente, reconocer las diferencias.
viernes, 27 de marzo de 2026
¿Es posible medir el sufrimiento insoportable?
La ley habla de "sufrimiento grave, crónico e imposibilitante" o "padecimiento intolerable", pero esas palabras —aparentemente precisas— esconden una realidad resbaladiza. ¿Cómo se mide algo que no tiene termómetro, ni análisis de sangre, ni escala universal? El dolor físico puede aproximarse; el sufrimiento, no.
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La medicina dispone de instrumentos para valorar el dolor: escalas del 1 al 10, cuestionarios clínicos, indicadores funcionales. Sirven para orientar tratamientos, pero dependen de lo que el paciente dice sentir. Dos personas con la misma lesión pueden describir experiencias radicalmente distintas. El dolor es biológico; el sufrimiento es biográfico.
Y ahí está la clave. El sufrimiento insoportable no es solo cuánto duele, sino qué significa ese dolor para quien lo padece. No es lo mismo un dolor intenso con esperanza de cura que el mismo dolor unido a la certeza de un deterioro irreversible. Tampoco es igual sufrir rodeado de afecto que hacerlo en soledad. La dimensión existencial pesa tanto como la física.
Las legislaciones que contemplan la eutanasia suelen exigir evaluaciones médicas y, en muchos casos, psicológicas. Se intenta descartar depresiones tratables, presiones externas o decisiones precipitadas. Pero incluso con todos los protocolos, la conclusión final descansa inevitablemente en la palabra del paciente. Nadie puede sentir por otro.
Esto inquieta a quienes temen abusos o errores irreversibles. Si el criterio último es subjetivo, ¿cómo evitar que lo insoportable de hoy sea lo soportable de mañana? La experiencia clínica muestra que algunas personas cambian de opinión cuando el dolor se controla mejor o cuando reciben apoyo emocional. Otras, en cambio, mantienen con serenidad su decisión hasta el final.
También hay sufrimientos que no aparecen en ninguna prueba diagnóstica: la pérdida total de autonomía, la dependencia absoluta, la desaparición de aquello que daba sentido a la vida. Para algunos, no poder comunicarse, reconocer a los seres queridos o decidir sobre el propio cuerpo resulta más devastador que el dolor físico.
El sufrimiento insoportable no es una magnitud objetiva como la fiebre o la presión arterial, sino una experiencia personal límite. La medicina puede evaluar, la ley puede regular, la ética puede orientar, pero ninguna puede cuantificar plenamente lo que ocurre en la intimidad de una conciencia.
Tal vez la pregunta no sea cuánto se sufre, sino quién decide cuando ese sufrimiento ha cruzado la frontera de lo tolerable. Si lo decide solo el individuo, surge el riesgo de subjetivismo extremo; si lo decide exclusivamente el sistema, aparece la deshumanización. Entre ambos polos se mueve uno de los debates más delicados de nuestro tiempo.
En última instancia, el sufrimiento insoportable no se mide: se reconoce. Y ese reconocimiento exige prudencia, compasión y una humildad radical ante el misterio de la experiencia humana.
Porque hay realidades —el amor, la fe, el miedo, la esperanza— que tampoco se pueden medir, pero determinan por completo una vida. El sufrimiento extremo pertenece a esa misma categoría: invisible para los instrumentos, evidente para quien lo vive.
Eutanasia y donación de órganos en España
En una sociedad que envejece, medicaliza la muerte y rehuye el sufrimiento, la eutanasia se ha convertido en uno de los debates más delicados de nuestro tiempo. España la legalizó en 2021 con el argumento de ampliar derechos individuales y ofrecer una salida compasiva a quienes padecen enfermedades incurables o dolores insoportables. Sin embargo, a medida que la práctica se normaliza, surge una cuestión aún más perturbadora —y casi silenciada—: la posible relación entre eutanasia y donación de órganos.
Trasplante de corazón
Sobre el papel, ambos actos responden a lógicas distintas. La eutanasia pretende poner fin al sufrimiento; la donación, salvar otras vidas. Pero cuando coinciden en una misma persona, el dilema ético se vuelve inevitable. ¿Puede una muerte provocada convertirse, además, en fuente de órganos para trasplantes? ¿Existe el riesgo de que la presión —explícita o implícita— incline a algunos pacientes vulnerables hacia esa decisión?
España es líder mundial en trasplantes gracias a un sistema basado en la solidaridad y la confianza social. La Organización Nacional de Trasplantes ha construido durante décadas un modelo admirado internacionalmente, sustentado en un principio esencial: la donación es un acto altruista, nunca instrumental. Introducir la eutanasia en esa ecuación obliga a extremar las garantías para evitar cualquier sospecha de conflicto de intereses.
Los defensores sostienen que permitir la donación tras la eutanasia respeta la voluntad del paciente y multiplica el beneficio social de una decisión ya tomada. Desde esta perspectiva, impedirlo sería incluso cruel: quien desea morir podría encontrar consuelo en saber que su muerte ayudará a otros.
Los críticos, en cambio, temen que se diluya la frontera entre cuidar y provocar la muerte, entre acompañar al paciente y considerarlo un medio para fines terapéuticos ajenos. El peligro no reside necesariamente en abusos sistemáticos, sino en la erosión progresiva de principios que hasta ahora parecían inamovibles.
Hay además una dimensión cultural que no puede ignorarse. Durante siglos, la medicina occidental se ha regido por la máxima hipocrática de no causar daño. La eutanasia introduce una excepción radical a ese mandato. Vincularla a la obtención de órganos podría transformar, de forma sutil pero profunda, la percepción social del enfermo terminal: de sujeto a proteger a recurso potencial.
Nada de esto implica negar la autonomía personal ni la compasión hacia quienes sufren. Implica, más bien, reconocer que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca son puramente privadas. Afectan a la confianza en el sistema sanitario, a la ética profesional de los médicos y a los valores colectivos de una nación.
España ha demostrado que puede liderar en trasplantes sin renunciar a la humanidad. El reto ahora es mantener ese prestigio sin cruzar líneas que, una vez traspasadas, resultan difíciles de restaurar. Porque una sociedad se mide no solo por su capacidad de aliviar el dolor, sino también por la prudencia con que administra el poder de dar y quitar la vida.
La pregunta, en última instancia, no es si técnicamente puede hacerse, sino si moralmente debe hacerse. Y esa es una respuesta que ninguna ley puede resolver por completo, porque pertenece al territorio —incierto, incómodo y profundamente humano— de la conciencia.
jueves, 26 de marzo de 2026
España, un país cansado de sí mismo
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Conviene responder con honestidad. No, España no es un Estado fallido ni un infierno inhabitable. Pero tampoco es ya la promesa de prosperidad y ascenso social que fue para quienes crecieron en la Transición o en las décadas posteriores. España no se ha derrumbado: se ha ido agotando.
Instituciones degradadas, no inexistentes
El problema no es que no haya instituciones, sino que demasiadas veces parecen colonizadas por los partidos que deberían someterse a ellas. La politización de órganos de control, la ocupación de empresas públicas, los bloqueos en la renovación de organismos constitucionales o el uso partidista de la administración han generado una percepción devastadora: que el Estado es un botín.
Los escándalos de corrupción han terminado de cimentar la idea de impunidad selectiva. No vivimos en un país donde haya que sobornar al funcionario para renovar el DNI; vivimos en uno donde las grandes irregularidades se concentran en las alturas del poder y rara vez acarrean consecuencias proporcionales.
Eso es más corrosivo que la corrupción cotidiana: la sensación de que existe una élite que juega con reglas distintas.
Economía de supervivencia para una generación preparada
Si las instituciones erosionan la confianza, la economía remata la faena. El principal problema para millones de españoles no es ideológico: es vital. La vivienda se ha convertido en un lujo, el empleo estable en una rareza y la independencia en una quimera tardía.
Una generación entera ha hecho todo lo que se le pidió —estudiar, formarse, ser flexible— para descubrir que el premio es un contrato precario y un alquiler que devora la mitad del sueldo. La inflación moderada, ese impuesto silencioso, termina de asfixiar a unas clases medias que sienten que trabajan más para vivir peor.
El resultado no es la revolución, sino algo más peligroso: la resignación.
Democracia sin fe
Que más de la mitad de la población declare insatisfacción con la democracia no significa nostalgia autoritaria. Significa que muchos ciudadanos perciben que votar apenas altera lo esencial. La política se ha transformado en un combate permanente entre bloques irreconciliables donde cada bando justifica lo injustificable si sirve para derrotar al otro.
Así, la ética deja de ser universal para convertirse en tribal. La corrupción propia se minimiza; la ajena se magnifica. El adversario deja de ser rival para convertirse en enemigo. Y en ese clima, las instituciones dejan de ser de todos para ser "de los nuestros" o "de los otros".
Una democracia puede sobrevivir a la pobreza; difícilmente sobrevive a la desconfianza.
¿Y los ciudadanos?
Sería cómodo culpar exclusivamente a la clase política, pero profundamente falso. Los políticos no brotan de una probeta: salen de la sociedad que los vota, los tolera o los ignora.
España padece también una forma de inmadurez cívica:
— Voto emocional antes que racional
— Tolerancia hacia el abuso del propio bando
— Baja implicación fuera de las redes sociales
— Dependencia crónica del Estado
— Fatalismo histórico («esto no tiene arreglo»)
Cuando una sociedad deja de exigir, el poder deja de esforzarse. Y cuando el poder decepciona, la sociedad exige aún menos. El círculo perfecto del deterioro.
Un país objetivamente próspero, subjetivamente frustrado
La paradoja española es evidente: nunca se ha vivido mejor en términos absolutos y, sin embargo, nunca ha habido tanta ansiedad sobre el futuro. Infraestructuras modernas, sanidad universal, libertades civiles plenas y una de las mayores esperanzas de vida del mundo conviven con pobreza infantil elevada, envejecimiento acelerado y un modelo productivo que ofrece pocas oportunidades de ascenso real.
España no es pobre: es vulnerable. No está en ruinas: está bloqueada.
El verdadero problema: la pérdida de horizonte
Lo que ha desaparecido no es la riqueza, sino la expectativa. Durante décadas, la mayoría creía que sus hijos vivirían mejor. Hoy muchos sospechan lo contrario. Y esa intuición cambia por completo la relación con el país: de proyecto común a escenario de supervivencia.
Cuando el futuro se estrecha, el presente se vuelve áspero y la política se convierte en un reparto de miedos.
No es una mierda de país. Es un país cansado
España no necesita autodesprecio ni propaganda optimista. Necesita lucidez. Sus problemas no son terminales, pero tampoco superficiales. Proceden de un desgaste simultáneo de instituciones y ciudadanía, de élites que han dejado de estar a la altura y de una sociedad que ha dejado de esperar demasiado de ellas.
No es un fracaso histórico. Es un agotamiento moral.
Y, sin embargo, hay algo esperanzador en la propia pregunta de esa joven. Quien afirma que su país es una mierda todavía espera, en el fondo, que no lo sea. La indiferencia sería mucho peor: significaría que ya no duele.

