sábado, 25 de abril de 2026

"Te receto un gato": Syou Ishida

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En tiempos en los que todo parece exigir respuestas inmediatas —productividad constante, resiliencia sin pausas, certezas sin fisuras—, la idea de que la cura pueda adoptar la forma de un gato resulta, cuanto menos, desconcertante. Sin embargo, en un oscuro callejón de Kioto, la enigmática Clínica Kokoro propone exactamente eso: convivir con un felino durante diez días como tratamiento para el agotamiento, el estrés o el duelo emocional.

La premisa, que podría parecer caprichosa o incluso frívola, encierra una intuición profunda: no todo sufrimiento se resuelve con palabras, ni toda herida necesita ser explicada antes de empezar a cicatrizar. A veces, lo que falta no es una respuesta, sino una presencia.

Los pacientes que cruzan el umbral de la clínica no llegan por casualidad. Hay un joven administrador que ha perdido algo más que su empleo: la sensación de propósito. Una madre exhausta que ya no reconoce el vínculo con su hija. Una diseñadora que no recuerda qué significa descansar sin culpa. Una geisha que carga con una pérdida que las palabras no alcanzan a nombrar. Cada uno busca una salida racional a su dolor, pero recibe, en cambio, un gato.

Y ahí comienza lo inesperado.

El gato no aconseja, no juzga, no exige explicaciones. No ofrece soluciones ni discursos motivacionales. Simplemente está. Se pasea con indiferencia aparente, reclama atención cuando quiere, desaparece cuando le place. Su lógica no es la del rendimiento ni la de la urgencia. Es la del presente.

En esa convivencia forzada, los pacientes descubren algo que habían olvidado: que la vida no siempre se resuelve, a veces se acompaña. El gato, con su ritmo ajeno al estrés humano, introduce una grieta en la ansiedad constante. Obliga a detenerse, a observar, a escuchar sin la presión de entenderlo todo.

No es casual que el tratamiento dure diez días. No es tiempo suficiente para "arreglar" una vida, pero sí para alterar una mirada. Lo que cambia no es la circunstancia externa, sino la relación con ella. El joven no recupera su empleo de inmediato, pero empieza a recuperar algo más importante: la capacidad de disfrutar lo pequeño. La madre no resuelve todos sus conflictos, pero redescubre un gesto, una risa compartida. La diseñadora aprende que el descanso no es un lujo, sino una necesidad. La geisha encuentra, en el silencio compartido con su gato, un espacio donde el dolor no desaparece, pero deja de ser insoportable.

En un mundo saturado de ruido, consignas y soluciones prefabricadas, la propuesta de la Clínica Kokoro parece casi subversiva. Frente a la obsesión por controlar y explicar, ofrece una experiencia que no se deja domesticar del todo. Frente a la prisa, introduce pausa. Frente a la certeza, abre un espacio de incertidumbre serena.

Quizá por eso funciona.

Porque, en el fondo, el gato no cura. No en el sentido convencional. No elimina el problema ni garantiza un final feliz. Lo que hace es algo más humilde y, al mismo tiempo, más radical: acompaña sin invadir, obliga a salir del propio encierro mental, recuerda que hay vida más allá del dolor inmediato.

Y en ese pequeño desplazamiento —casi imperceptible— comienza, a veces, la verdadera sanación.

Tal vez no todos tengamos acceso a una clínica escondida en Kioto. Pero la idea que la sostiene es universal: no todo se resuelve pensando más, haciendo más o controlando más. Hay momentos en los que lo único necesario es aprender a estar, sin prisa, sin expectativas, junto a otro ser vivo.

Aunque ese ser, caprichosamente, sea un gato.

viernes, 24 de abril de 2026

La necesidad urgente de discernimiento

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En una época donde todo ocurre a la vez y nada parece asentarse, el discernimiento ha dejado de ser una virtud silenciosa para convertirse en una necesidad urgente. Vivimos rodeados de estímulos, titulares, opiniones fulminantes y consignas que compiten por nuestra atención. La velocidad ha sustituido a la reflexión, y la reacción inmediata se confunde con pensamiento. En ese paisaje saturado, discernir no es un lujo intelectual: es una forma de defensa.

Discernir implica separar, distinguir, jerarquizar. No es simplemente "tener opinión", sino saber cómo se forma una opinión y sobre qué bases se sostiene. Es el arte de no dejarse arrastrar por la corriente dominante ni por la emoción del momento. Supone detenerse cuando todo empuja a avanzar sin pensar, dudar cuando otros afirman con estridencia, y preguntar cuando la respuesta parece demasiado obvia.

El problema es que el entorno actual castiga precisamente esa pausa. Las redes sociales premian la rapidez, no la profundidad. La lógica del "me gusta" favorece lo inmediato, lo simplificado, lo emocionalmente impactante. En ese contexto, el discernimiento aparece casi como un gesto contracultural: exige tiempo, atención y una cierta incomodidad. Porque pensar de verdad incomoda; obliga a revisar prejuicios, a admitir matices, a convivir con la incertidumbre.

La polarización agrava aún más este escenario. Cuando todo se divide en bandos irreconciliables, el espacio para el juicio propio se estrecha. Se espera adhesión total o rechazo absoluto. No hay lugar para la duda, y quien duda es visto como débil o sospechoso. Sin embargo, es precisamente en esa grieta —la de la duda— donde habita el discernimiento. Allí donde no todo es blanco o negro, donde las certezas no están prefabricadas, comienza el pensamiento auténtico.

El riesgo de renunciar al discernimiento es alto. Sin él, el individuo se convierte en eco. Repite ideas que no ha examinado, defiende posturas que no comprende del todo, se indigna por reflejo más que por convicción. La autonomía se diluye y la identidad se construye a partir de consignas ajenas. En lugar de ciudadanos, surgen seguidores; en lugar de diálogo, monólogos paralelos.

Pero el discernimiento no nace de manera espontánea. Se cultiva. Requiere lectura, contraste de fuentes, escucha activa y, sobre todo, disposición a cambiar de opinión cuando los argumentos lo exigen. No se trata de relativizarlo todo, sino de comprender mejor. De afinar el criterio, no de diluirlo.

En tiempos de ruido constante, discernir es también saber callar. No toda provocación merece respuesta, no toda polémica exige posicionamiento inmediato. A veces, la mayor muestra de inteligencia es no sumarse al coro. Elegir cuándo hablar y cuándo no hacerlo forma parte de ese ejercicio silencioso de lucidez.

Quizá el mayor desafío del discernimiento hoy sea resistir la tentación de la certeza fácil. Las respuestas simples tranquilizan, pero rara vez explican. El mundo es complejo, y pretender reducirlo a eslóganes no lo hace más comprensible, solo más manejable a costa de la verdad.

Recuperar la capacidad de discernir es, en última instancia, recuperar la libertad interior. La libertad de pensar por cuenta propia, de no ser arrastrado por cada oleada de opinión, de sostener una idea no porque sea popular, sino porque ha sido examinada. En medio del ruido, discernir es escuchar —y escucharse— con claridad. Y eso, hoy más que nunca, es un acto de resistencia.

Pocas prisiones son más sólidas que aquellas que construimos con nuestras propias certezas

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Hay una forma de seguridad que no ilumina, sino que oscurece. No es la confianza serena del que ha contrastado sus ideas, sino la convicción pétrea del que ya no necesita hacerlo. Cuanto más seguro se siente uno de que está en lo cierto, más cerca se encuentra —sin advertirlo— del borde del dogma.

La certeza, en sí misma, no es un vicio. Sin un mínimo de convicciones firmes, la vida pública sería un lodazal de indecisiones. Pero cuando esa certeza deja de dialogar con la duda, cuando ya no se somete al contraste con la realidad o con el argumento ajeno, se transforma en una coraza. Y toda coraza, por definición, protege… pero también aísla.

El problema no es creer algo con firmeza, sino dejar de examinar por qué lo creemos. Ahí comienza el proceso de congelación: las ideas dejan de ser herramientas para entender el mundo y se convierten en identidades que defender. Ya no se discute para aproximarse a la verdad, sino para proteger una verdad previa. Y en ese tránsito, casi imperceptible, aparece la tentación sectaria.

El sectario no siempre es ruidoso. A veces es metódico, culto incluso. Pero comparte un rasgo esencial: ha clausurado la posibilidad de estar equivocado. Su mundo es coherente porque ha expulsado de él cualquier elemento que lo contradiga. La discrepancia deja de ser un estímulo y pasa a ser una amenaza. Y cuando eso ocurre, la conversación se convierte en un simulacro.

En la vida política y en la intelectual, este fenómeno resulta especialmente dañino. Las sociedades abiertas se sostienen sobre la fricción de ideas, sobre el reconocimiento —implícito o explícito— de que nadie posee la verdad completa. Cuando esa humildad desaparece, lo que emerge no es la fortaleza de las convicciones, sino su caricatura: la rigidez.

Conviene, por tanto, desconfiar un poco de la propia seguridad. No para caer en un relativismo paralizante, sino para mantener viva la capacidad de revisión. La duda no debilita necesariamente una postura; a menudo la afina. Introduce matices, corrige excesos, abre ventanas.

Tal vez el verdadero riesgo no sea estar equivocado, sino dejar de estar dispuesto a comprobarlo. Porque es ahí, en ese instante de clausura íntima, donde comienza el encierro. Y pocas prisiones son más sólidas que aquellas que construimos con nuestras propias certezas.

jueves, 23 de abril de 2026

Cosas de progres: extraditado a España el exprofesor Martiño Ramos, condenado por abusos a una alumna en Ourense

El exdocente Martiño Ramos

La entrega a España de Martiño Ramos marca el epílogo de una fuga que durante meses ha tensado discretamente las relaciones entre Cuba y España. El exdocente, condenado a 13 años y medio de prisión por delitos sexuales contra una menor en Ourense, ha sido trasladado este jueves a Madrid, donde será puesto a disposición judicial antes de ingresar en prisión para cumplir la pena impuesta.

El caso, que conmocionó a la comunidad educativa gallega, dibuja un patrón de captación y abuso que los tribunales consideraron acreditado. Según la sentencia, el acusado inició el contacto con la víctima a través de una red social utilizando un alias. Tras ganarse su confianza con el pretexto de ofrecer apoyo emocional, solicitó material íntimo. Una vez revelada su identidad, los encuentros se produjeron dentro y fuera del entorno escolar, donde se consumaron los delitos por los que fue condenado.

Los hechos salieron a la luz al inicio del curso 2021-2022, cuando la menor decidió contarlo. La denuncia activó una investigación que desembocó en la condena y en la posterior huida del acusado a Cuba, donde permaneció retenido durante meses antes de su entrega.

En paralelo al proceso judicial, la Administración actuó en el ámbito profesional. El pasado mes de febrero, mientras aún se encontraba en la isla, Ramos perdió oficialmente su condición de funcionario de carrera del cuerpo de maestros, quedando desposeído de su plaza como docente en Infantil y Primaria.

Más allá de su actividad educativa, el ahora condenado había tenido cierta visibilidad por su implicación en iniciativas sociales y su participación en proyectos políticos de ámbito local y autonómico, como En Marea y Ourense en Común.

La extradición se interpreta en algunos círculos diplomáticos como un gesto de distensión por parte del Gobierno cubano, en un contexto económico y político complejo para la isla. Sin embargo, en el plano judicial, el significado es más claro: el cumplimiento de una condena firme y el cierre de un episodio que dejó una profunda huella en la sociedad gallega.

Con su llegada a Madrid, se abre ahora la fase final del proceso: el ingreso en prisión y la ejecución de una pena que busca, además de castigar los hechos, enviar un mensaje inequívoco sobre la protección de los menores en el ámbito educativo.

El insomnio dejó huella en páginas memorables de la literatura

Franz Kafka

En la mitología romántica del escritor, la noche aparece como territorio fértil: silencio, concentración, una suerte de tregua frente al ruido del mundo. Pero para algunos autores, la vigilia no fue una elección estética, sino una condena persistente. El insomnio —ese enemigo invisible que disuelve la frontera entre el pensamiento y la obsesión— dejó huella en páginas memorables de la literatura.

El caso paradigmático es el de Franz Kafka. Funcionario de día, escritor de noche, Kafka convirtió sus horas de insomnio en un laboratorio de angustia. Dormía poco, mal, y a deshoras. Su correspondencia revela una lucha constante contra la imposibilidad de conciliar el sueño, como si la vigilia fuese el precio de su lucidez. No es casual que en "La metamorfosis" o "El proceso" la realidad aparezca deformada, opresiva, casi onírica: son textos nacidos en la frontera incierta entre el cansancio y la hiperconciencia.

También Marcel Proust hizo del insomnio un método involuntario. Recluido en una habitación forrada de corcho para aislarse del ruido, escribía de noche, impulsado tanto por su frágil salud como por su incapacidad para dormir. En "En busca del tiempo perdido", el recuerdo se convierte en materia literaria precisamente porque el descanso no llega: la memoria ocupa el lugar del sueño.

Más extremo fue el caso de Emil Cioran, quien no solo padeció insomnio crónico, sino que lo convirtió en eje de su pensamiento. En "En las cimas de la desesperación", escrito en una racha de noches en vela, el autor describe la lucidez como una enfermedad. Para Cioran, no dormir no era una anécdota, sino una forma radical de existencia: "el insomnio es una lucidez vertiginosa que puede convertir el paraíso en un lugar de tortura".

En la tradición anglosajona, Virginia Woolf sufrió alteraciones del sueño ligadas a sus crisis nerviosas. Sus diarios registran noches interminables, marcadas por una actividad mental incesante. En "La señora Dalloway" o "Al faro", el flujo de conciencia parece imitar ese estado de vigilia prolongada, donde el pensamiento no encuentra reposo.

Y no puede olvidarse a Fiódor Dostoievski, aquejado de insomnio intermitente agravado por la epilepsia y las deudas. Escribía bajo presión, de noche, en un estado cercano a la extenuación. En "Crimen y castigo" o "Los hermanos Karamázov", la tensión psicológica y moral parece alimentarse de esa falta de descanso, como si el sueño ausente intensificara el conflicto interior.

El insomnio, lejos de ser un simple trastorno, aparece en estos autores como una condición límite: una puerta abierta a la creatividad, sí, pero también al desgaste y a la desesperación. La literatura gana páginas memorables; el escritor, en cambio, paga el precio en horas robadas al descanso. Porque si la noche inspira, también devora.

miércoles, 22 de abril de 2026

Los españoles primero: ¿a quién debe servir prioritariamente el sistema que sostienen, con su esfuerzo, los ciudadanos?

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Hay frases que incomodan no por su contenido, sino por lo que revelan del momento que vivimos. "Los españoles primero" es una de ellas. Se la tacha con ligereza de excluyente, cuando en realidad apunta a una pregunta elemental en cualquier Estado social: ¿a quién debe servir prioritariamente el sistema que sostienen, con su esfuerzo, los ciudadanos?

España no es una abstracción. Es una comunidad política articulada en torno a derechos y deberes compartidos. Durante décadas, la clase media trabajadora —la que madruga, cotiza y paga impuestos sin atajos— ha sido el pilar de ese contrato. Sin embargo, la percepción creciente es que ese equilibrio se ha erosionado: servicios más tensionados, ayudas más dispersas, burocracias más opacas y una sensación, difícil de negar, de que el retorno de lo aportado es cada vez menor y de peor calidad.

Defender la prioridad de los españoles en el acceso a determinados recursos no es negar la dignidad de nadie. Es reconocer una realidad básica: los sistemas de bienestar tienen límites. La sanidad, la educación, las becas, la vivienda o las ayudas sociales no son infinitas. Cuando la demanda supera a la oferta, el criterio de asignación se convierte en una cuestión política de primer orden. Y ahí es donde surge la legítima expectativa de quienes sostienen el sistema de que su contribución tenga un reconocimiento preferente.

No se trata de levantar muros ni de alimentar agravios, sino de ordenar prioridades con transparencia. La prioridad nacional no es un portazo, sino un marco de reglas claras: primero, asegurar que los ciudadanos que han contribuido de forma sostenida tengan garantizado el acceso a servicios de calidad; segundo, integrar a quienes llegan con obligaciones y derechos definidos, evitando agravios comparativos; tercero, blindar la sostenibilidad del sistema para que no dependa de parches coyunturales.

Porque el problema no es solo de justicia distributiva; es también de cohesión social. Cuando una parte significativa de la población percibe que el sistema no responde, la confianza se resquebraja. Y sin confianza, no hay Estado del bienestar que resista. La igualdad ante la ley y la equidad en el reparto de recursos no pueden convertirse en consignas vacías mientras se multiplican los cuellos de botella y las listas de espera.

Recuperar la dignidad de la clase media trabajadora exige algo más que discursos. Implica priorizar la eficiencia del gasto, combatir el fraude, simplificar la burocracia y medir con rigor el impacto de cada política pública. Implica, también, decir con claridad que el esfuerzo cuenta y que el cumplimiento de las normas tiene consecuencias positivas. No como un privilegio, sino como una garantía de justicia.

España ha sido históricamente un país abierto y solidario. Lo seguirá siendo si preserva el equilibrio entre apertura y responsabilidad. La solidaridad sin orden se convierte en arbitrariedad; el orden sin solidaridad, en dureza estéril. Entre ambos extremos, la prioridad nacional aparece como un principio de sentido común: proteger primero a quienes sostienen el sistema para poder seguir ayudando a los demás.

En tiempos de incertidumbre, conviene volver a lo esencial. Un Estado que cuida a los suyos con eficacia no excluye: se fortalece. Y al fortalecerse, está en mejores condiciones de integrar, de ofrecer oportunidades y de mantener la cohesión que hace posible la convivencia. "Los españoles primero", en ese marco, no es una consigna de cierre, sino una invitación a reconstruir un contrato social que hoy demasiados sienten resquebrajado.

La pedagogía de la liberación frente a la trampa del poder

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Por algo sigue incomodando Paulo Freire. Su obra Pedagogía del oprimido no es un tratado amable ni una receta pedagógica neutra: es, ante todo, una denuncia moral y una propuesta política. Freire no escribe desde la torre de marfil, sino desde la convicción de que toda educación es, inevitablemente, un acto de poder. Y por eso mismo, una oportunidad de liberación o un instrumento de dominio.

En el centro de su pensamiento se encuentra la contradicción entre opresores y oprimidos. No es una abstracción ideológica, sino una realidad tangible que atraviesa sociedades enteras. El opresor, advierte Freire, no solo domina mediante estructuras económicas o políticas, sino que inocula una visión del mundo que justifica su superioridad. El poder no se limita a someter; también persuade, modela conciencias, establece lo que parece natural e inevitable. De ahí que la opresión más eficaz sea la que no se percibe como tal.

Pero la clave de su análisis no reside únicamente en el opresor. Freire dirige su mirada, con igual crudeza, hacia el oprimido. Porque la opresión no solo se sufre: también se interioriza. El oprimido, en muchos casos, aspira a convertirse en opresor, reproduce los esquemas de dominación y asume como propios los valores de quien le somete. Es la tragedia silenciosa de la alienación: luchar por cambiar de lugar en la jerarquía, sin cuestionar la jerarquía misma.

De ahí que la superación de esta contradicción no pueda reducirse a una mera inversión de papeles. No se trata de que los oprimidos ocupen el lugar de los opresores, sino de transformar radicalmente la relación. Freire propone una pedagogía de la conciencia crítica, una educación que despierte, que interrogue, que rompa la pasividad. Solo así puede surgir un sujeto capaz de actuar sobre su realidad y no limitarse a padecerla.

En este punto emerge una de sus afirmaciones más citadas —y, a menudo, más malinterpretadas—: «Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión». No hay redención individual ni mesianismos providenciales. La libertad no se concede ni se conquista en soledad; se construye colectivamente, en diálogo, en reconocimiento mutuo. Es una tarea compartida que exige responsabilidad y compromiso.

Sin embargo, la propuesta freiriana encierra también un riesgo que conviene no ignorar. Cuando toda realidad se interpreta en clave de opresión, existe la tentación de simplificar el mundo en bandos irreconciliables. Y en ese terreno, la pedagogía puede deslizarse hacia el adoctrinamiento, sustituyendo una forma de dominación por otra más sutil. La educación, para ser verdaderamente liberadora, debe preservar un espacio para la duda, la discrepancia y la libertad individual.

Freire sigue siendo actual porque obliga a plantear preguntas incómodas: ¿educamos para pensar o para obedecer? ¿formamos ciudadanos libres o replicamos esquemas de poder? En tiempos donde el lenguaje de la emancipación convive con nuevas formas de control, su advertencia resuena con fuerza.

La contradicción entre opresores y oprimidos no desaparece por decreto. Solo puede superarse cuando quienes la habitan son capaces de reconocerse como sujetos de su propia historia. Y eso —como bien sabía Freire— no se enseña desde arriba: se construye, necesariamente, en común.

martes, 21 de abril de 2026

Apoteosis venezolana en Madrid

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Madrid vivió este fin de semana una de esas jornadas que trascienden lo político para instalarse en el terreno de lo simbólico. La visita de María Corina Machado a la capital española se convirtió en una demostración de fuerza cívica, en un clamor colectivo por la libertad que desbordó calles, plazas y previsiones.

La dirigente venezolana, convertida en referencia indiscutible de la oposición al régimen de Nicolás Maduro, fue recibida con honores por distintas autoridades españolas. En un gesto que no pasó desapercibido, representantes institucionales y figuras políticas de primer nivel quisieron escenificar su respaldo a la causa democrática venezolana, subrayando la estrecha relación histórica, cultural y humana entre ambos países.

Pero fue en la calle donde se produjo la verdadera apoteosis. Miles de venezolanos residentes en España —muchos de ellos exiliados forzosos— tomaron el centro de Madrid para exigir el fin de la dictadura y reclamar elecciones libres en su país. Banderas tricolores, consignas de libertad y lágrimas contenidas marcaron una movilización cargada de emoción, pero también de determinación.

"¡Venezuela será libre!", coreaban al unísono familias enteras, jóvenes y mayores, en una imagen que evocaba tanto el dolor del destierro como la esperanza de un regreso. La presencia de Machado actuó como catalizador de un sentimiento largamente acumulado: la necesidad de ser escuchados, de no resignarse, de mantener viva la llama de la democracia frente a la represión.

España, que alberga a una de las mayores comunidades venezolanas en Europa, se convirtió así en altavoz de una causa que trasciende fronteras. La visita de Machado no fue solo un acto político, sino un recordatorio de que la lucha por la libertad sigue teniendo eco en el corazón de Europa.

"No estoy loco, estoy cansado": un campeón cubano responde tras su protesta en La Habana

Javier Martín Gutiérrez

El campeón cubano de artes marciales mixtas Javier Martín Gutiérrez, conocido como Spiderman, ha alzado la voz tras varios días de protesta pacífica en La Habana. "No estoy loco, estoy cansado", declaró este domingo en respuesta a quienes han tratado de desacreditar su acción tildándolo de desequilibrado o drogadicto.

Gutiérrez, titular de la Cuban Fighting League (CFL) en la categoría de 135 libras, permaneció durante cuatro jornadas en solitario como gesto de denuncia ante la situación que atraviesa Cuba. Su protesta, lejos de ser un acto aislado, se enmarca en un clima creciente de malestar social que se extiende por toda la isla.

Según datos recientes, el 96,91% de la población carece de acceso adecuado a servicios básicos, una cifra que refleja con crudeza el deterioro de las condiciones de vida. 

La escasez de alimentos, la inflación descontrolada y los continuos apagones han agravado una crisis que muchos ciudadanos ya comparan —y en ocasiones consideran peor— que el llamado Período Especial de los años noventa.

En este contexto, la figura de "Spiderman" ha adquirido un carácter simbólico. No solo por su condición de deportista de élite, sino por su decisión de exponerse públicamente en un país donde la protesta sigue teniendo un alto coste personal. Su mensaje, breve pero contundente, resume el sentir de una parte creciente de la sociedad cubana: no se trata de locura, sino de agotamiento.

Mientras tanto, las autoridades no han emitido una respuesta clara sobre este episodio, en un momento en el que las tensiones internas continúan en aumento y la incertidumbre se instala como una constante en la vida cotidiana de millones de cubanos.

lunes, 20 de abril de 2026

Los apoyos internacionales del chavismo

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El chavismo no se explica solo desde Caracas. Desde su irrupción con Hugo Chávez y su prolongación bajo Nicolás Maduro, el régimen bolivariano ha tejido una red de respaldos exteriores que, aunque menguante, sigue siendo clave para su supervivencia política y económica.

En sus años de expansión, el chavismo encontró en América Latina un terreno fértil. Gobiernos ideológicamente afines se alinearon bajo la bandera del llamado socialismo del siglo XXI. Cuba se convirtió en el aliado imprescindible: petróleo venezolano a cambio de inteligencia, médicos y asesoramiento político. A su estela, Bolivia de Evo Morales, Nicaragua de Daniel Ortega y el Ecuador de Rafael Correa reforzaron un eje político articulado en torno a la ALBA, concebida como alternativa a la influencia de Washington en la región.

Sin embargo, el declive económico venezolano y los cambios de ciclo político en el continente fueron erosionando ese bloque. Donde antes hubo entusiasmo ideológico, hoy predomina el silencio o la distancia calculada. El chavismo, lejos de desaparecer, ha mutado: de proyecto expansivo a régimen que resiste.

En ese tránsito, el sostén exterior ha virado hacia potencias extrarregionales. Rusia ha ofrecido respaldo militar y diplomático; China, financiación multimillonaria garantizada con petróleo; Irán, cooperación energética en medio de sanciones; y Turquía, nuevas vías comerciales en sectores sensibles como el oro. No se trata tanto de afinidad ideológica como de intereses convergentes: abrir grietas en el orden internacional dominado por Occidente y aprovechar los recursos venezolanos.

A ello se suma una red difusa de simpatías políticas en Europa y otros espacios, donde ciertos sectores han visto en el chavismo —al menos en su fase inicial— un experimento de resistencia frente al liberalismo económico. Hoy, esas voces son más cautas, pero siguen denunciando las sanciones internacionales como factor agravante de la crisis venezolana.

El resultado es un equilibrio precario. El chavismo ya no lidera un bloque regional ni exporta revolución, pero tampoco está aislado. Sobrevive gracias a alianzas pragmáticas, a menudo incómodas, que le permiten sortear el cerco internacional y prolongar su permanencia en el poder.

Porque, en política internacional, los principios cuentan; pero los intereses deciden.