Hay países pobres, países corruptos y países con crisis políticas graves. Y luego está Haití: un lugar donde el propio concepto de Estado prácticamente ha desaparecido.
No es el infierno, es Haití.
Hoy, en Haití, no hay algo que pueda llamarse realmente gobierno. El primer ministro no controla el territorio, la policía está superada, el ejército es simbólico y las bandas criminales dominan gran parte de la capital, Puerto Príncipe. No se trata de un problema de inseguridad: es la sustitución del Estado por estructuras mafiosas.
Cuando un país llega a ese punto, deja de ser gobernable. Y cuando deja de ser gobernable, deja de ser un Estado.
El colapso del poder
El deterioro de Haití no ocurrió de la noche a la mañana. Durante décadas el país ha acumulado inestabilidad política, pobreza extrema, corrupción, desastres naturales y una constante incapacidad institucional para construir un Estado funcional.
Pero el punto de ruptura llegó tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021. Desde entonces, el vacío de poder se ha convertido en una guerra difusa entre bandas armadas. El Estado perdió el monopolio de la violencia, que es precisamente lo que define a un Estado.
Hoy son las pandillas las que controlan barrios, carreteras, puertos, combustible y hasta hospitales.
Grupos como la federación criminal G9 an Fanmi e Alye, dirigida por el ex policía Jimmy Chérizier, alias Barbecue, han llegado a actuar como autoridades de facto. Cobran impuestos, imponen toques de queda y administran territorios. Es decir: gobiernan.
Cuando el Estado desaparece
La idea moderna de Estado se basa en tres pilares básicos: territorio, población y autoridad. Haití conserva los dos primeros. El tercero se ha evaporado.
El resultado es lo que los politólogos llaman un Estado fallido, pero en el caso haitiano la palabra empieza a quedarse corta. Allí no solo fallan las instituciones: simplemente no existen en amplias zonas del país.
La policía no entra en muchos barrios. Las cárceles han sido asaltadas. Miles de presos han escapado. Las escuelas cierran. Los hospitales funcionan como pueden. La economía formal se paraliza.
La vida cotidiana pasa a organizarse según la lógica de las milicias. No es anarquía romántica. Es ley del más fuerte.
El experimento internacional que nunca funcionó
Haití lleva décadas siendo objeto de intervenciones internacionales, misiones de paz y programas de ayuda. Entre 2004 y 2017, la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) desplegó miles de soldados para intentar estabilizar el país. No logró construir instituciones duraderas.
La pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿puede reconstruirse un Estado desde fuera cuando dentro ya no queda nada que sostener?
Un laboratorio del caos
Haití se ha convertido en algo más que una tragedia humanitaria. Es también un laboratorio político. Muestra lo que ocurre cuando se combinan pobreza estructural, élites incapaces, corrupción crónica y ausencia de instituciones. En ese punto, el país deja de ser gobernado y pasa a ser administrado por fuerzas informales: pandillas, caudillos, redes criminales o milicias.
No es un modelo exclusivo de Haití. Versiones más suaves de ese fenómeno aparecen en varios lugares del mundo. La diferencia es que Haití ha llegado hasta el final del proceso.
La pregunta incómoda
La comunidad internacional suele hablar de "estabilizar" Haití, "restaurar el orden" o "reconstruir el Estado". Pero esas expresiones esconden una pregunta mucho más incómoda: ¿qué se hace cuando el Estado ya no existe?
Reconstruir un gobierno es relativamente fácil. Reconstruir una nación —sus instituciones, su cultura política y su confianza social— puede llevar generaciones.
Haití es hoy el ejemplo más extremo de lo que ocurre cuando ese proceso se rompe. Y también una advertencia: los Estados no colapsan de repente. Se deshacen lentamente… hasta que un día dejan de existir.
Juan Julio Alfaya
miércoles, 11 de marzo de 2026
Haití: ¿qué ocurre cuando un país deja de ser gobernable?
martes, 10 de marzo de 2026
El Partido Popular se ha pasado catorce años en el poder… y treinta y seis en la oposición. Y esa paradoja explica muchas cosas
Explica, por ejemplo, por qué el partido que durante décadas se presentó como la gran alternativa al socialismo español ha terminado interiorizando, poco a poco, el marco cultural de la izquierda. Quien vive demasiado tiempo en la oposición corre el riesgo de olvidar para qué quería gobernar. Empieza aspirando a cambiar el rumbo del país y termina conformándose con parecer "razonable" ante quienes dominan el debate público.
Alberto Núñez Feijoo
En España ha ocurrido exactamente eso. Durante años el Partido Popular gobernó con mayorías amplias, pero raramente utilizó ese poder para modificar las estructuras ideológicas que consolidaban a la izquierda en el largo plazo: educación, cultura, medios públicos, legislación simbólica. Administró el sistema… pero nunca se atrevió a discutir sus fundamentos.
Y cuando volvió a la oposición, el problema se agravó. Porque una oposición que ha gobernado tanto tiempo pero que apenas cambió nada termina atrapada en una especie de complejo permanente: el miedo a parecer demasiado distinta. Así, mientras el socialismo avanza con agenda clara —encarnada hoy por Pedro Sánchez— la derecha institucional se mueve con cautela, casi pidiendo permiso para discrepar.
De ahí la sensación, cada vez más extendida entre sus propios votantes, de que el Partido Popular no solo ha pasado muchos años en la oposición. Es que, incluso cuando gobierna, parece seguir en ella.
Porque hay una diferencia entre ganar elecciones y ganar el rumbo de un país. Y el PP, tras décadas de poder intermitente, aún no ha demostrado que tenga claro lo segundo.
lunes, 9 de marzo de 2026
España cae 20 puestos en el índice internacional que mide la seguridad y el bienestar de las mujeres
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Feminismo de pancarta |
Sin embargo, los datos empiezan a contar otra historia mucho menos cómoda.
España ha caído cerca de 20 puestos en el índice internacional que mide la seguridad y el bienestar de las mujeres. Al mismo tiempo, las violaciones denunciadas se han triplicado desde 2018. No es propaganda de la oposición. Son estadísticas oficiales.
Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿cómo puede un país autoproclamado "vanguardia feminista" estar retrocediendo en la seguridad real de las mujeres?
"Solo sí es sí" = violadores en libertad
En España se ha construido una industria política alrededor del feminismo. Ministerios, observatorios, subvenciones, campañas institucionales, leyes con nombres grandilocuentes. El discurso es omnipresente.
Pero el problema aparece cuando el feminismo se convierte en un instrumento ideológico y no en una política pública eficaz.
Mientras se organizaban congresos y se repartían subvenciones, el gobierno impulsaba leyes profundamente polémicas como la conocida "solo sí es sí", promovida por Irene Montero. El resultado fue uno de los mayores escándalos jurídicos recientes: rebajas de condena a agresores sexuales por defectos técnicos en la ley.
No fue un detalle menor. Fue una demostración de algo más profundo: cuando la política se hace para el titular y no para la realidad, las consecuencias llegan.
La política de negar los problemas
Otro fenómeno inquietante es el reflejo automático de negar cualquier problema.
• Si aumentan los delitos sexuales, se dice que solo aumentan las denuncias.
• Si cae España en rankings internacionales, se cuestiona el ranking.
• Si las estadísticas incomodan, se relativizan.
Pero la seguridad de las mujeres no mejora repitiendo consignas.
La seguridad mejora con políticas eficaces, policía, justicia que funcione y diagnóstico honesto de los problemas, incluso cuando ese diagnóstico es políticamente incómodo.
El peligro de convertir el feminismo en propaganda ideológica
Cuando una causa legítima se convierte en propaganda política, ocurre algo perverso: la realidad empieza a importar menos que el relato.
El feminismo institucional español ha pasado demasiado tiempo preocupado por los gestos simbólicos —lenguaje inclusivo, debates identitarios, guerras culturales— mientras la seguridad real quedaba atrapada entre la burocracia y el marketing político.
El resultado es un contraste brutal:
• Más discurso feminista que nunca.
• Peores indicadores de seguridad para las mujeres.
La realidad siempre termina imponiéndose
La política puede manipular titulares durante un tiempo, pero no puede manipular indefinidamente la realidad.
Las mujeres no necesitan campañas publicitarias ni discursos moralizantes. Necesitan calles seguras, leyes bien hechas y gobiernos que se preocupen más por resolver problemas que por construir relatos.
Si España quiere volver a ser un país seguro para las mujeres, tendrá que hacer algo que hoy parece casi revolucionario en la política: dejar la propaganda y empezar a mirar los datos de frente.
Cuba se cae a pedazos
En La Habana, los edificios coloniales se derrumban con una frecuencia inquietante. No es una metáfora política ni un eslogan opositor: es una realidad física. Casas que colapsan, calles deterioradas, infraestructuras eléctricas obsoletas y un sistema económico que apenas logra mantenerse en pie.
No fue un bombardeo, fue la ideología.
La revolución que encabezó Fidel Castro prometía crear un hombre nuevo y una sociedad más justa. Sesenta y cinco años después, la isla vive atrapada en una mezcla de escasez permanente, salarios miserables y un éxodo humano que recuerda a los momentos más dramáticos de su historia reciente.
Tras la Disolución de la Unión Soviética, Cuba entró en el llamado Período Especial en Cuba, una crisis brutal que dejó al país al borde del colapso. Pero incluso aquella etapa, marcada por apagones interminables y escasez generalizada, parecía sostenerse sobre una cierta fe ideológica.
Hoy esa fe se ha evaporado.
Las nuevas generaciones ya no crecieron escuchando los discursos interminables de la revolución ni compartiendo el entusiasmo épico de 1959. Crecieron en la escasez. En la cola del pan. En el apagón. En la incertidumbre. Y, sobre todo, crecieron mirando hacia fuera.
Por eso cientos de miles de cubanos están abandonando la isla cada año, muchos con destino a Estados Unidos, atravesando rutas peligrosas que pasan por Nicaragua o México. Es uno de los mayores éxodos en la historia reciente del Caribe.
Mientras tanto, el actual presidente Miguel Díaz-Canel gobierna un país donde la economía no despega, el turismo no alcanza para sostener el sistema y el descontento social ya se ha expresado en protestas históricas como las Protestas cubanas del 11 de julio de 2021.
El problema de fondo es más profundo que una simple crisis económica. Lo que se está agotando es un modelo de país.
Durante décadas, el sistema sobrevivió gracias a apoyos externos: primero la Unión Soviética, después el petróleo subsidiado de Venezuela. Pero los subsidios no duran para siempre, y cuando desaparecen dejan al descubierto lo que realmente sostiene una economía: productividad, instituciones eficaces y libertad para crear riqueza.
Nada de eso abunda hoy en Cuba.
El resultado es un país donde la propaganda todavía habla de victorias revolucionarias mientras la población vive entre apagones, desabastecimiento y un futuro cada vez más incierto.
Cuba no se derrumba de golpe. Se está desmoronando lentamente, como esos edificios de La Habana que resisten durante décadas hasta que un día, de pronto, ya no pueden sostenerse más.
Y cuando finalmente caen, todo el mundo se pregunta cómo fue posible no verlo venir.
domingo, 8 de marzo de 2026
La dimisión de Carlo Angrisano destapa el miedo del PP
La dimisión del secretario general de Nuevas Generaciones del Partido Popular, Carlo Giacomo Angrisano, y su llamamiento explícito a votar a Vox no es simplemente una anécdota interna del Partido Popular. Es un síntoma. Y quizá uno bastante incómodo.
Carlo Giacomo Angrisano
Durante años, el PP ha intentado mantener una estrategia que podría resumirse así: parecer moderado para tranquilizar al centro mientras espera que la derecha vuelva a casa por pura inercia electoral. Pero la política no funciona como una hipoteca. Los votantes —y menos aún los jóvenes— no se quedan en un partido por tradición familiar.
Angrisano no era un militante cualquiera. Era el número dos de la organización juvenil del partido. Es decir, alguien que representa a la generación que, en teoría, debería garantizar el futuro político del PP. Y sin embargo, su conclusión es demoledora: el partido ha dejado de defender los principios que motivaron su afiliación.
Puede discutirse si tiene razón o no. Lo que resulta más difícil de discutir es lo que su salida revela.
En muchos sectores de la derecha española se ha instalado la percepción de que el PP vive paralizado por el miedo: miedo a los titulares de ciertos medios, miedo a ser etiquetado como "extrema derecha", miedo a incomodar al consenso cultural dominante. Y cuando un partido empieza a tener más miedo a la crítica que a perder votantes, normalmente termina perdiendo ambas cosas.
La paradoja es evidente. El PP intenta diferenciarse de Vox moderando su discurso. Pero cuanto más se modera en ciertos temas —inmigración, identidad nacional, batalla cultural— más facilita que Vox monopolice ese espacio político.
No es casualidad que el fenómeno se esté notando especialmente entre los jóvenes. Las nuevas generaciones suelen reaccionar con alergia a los partidos que parecen calculados, prudentes hasta la irrelevancia o excesivamente preocupados por no molestar.
En ese contexto, el gesto de Angrisano tiene un valor simbólico que supera su propio peso político. Es el retrato de una fractura generacional dentro del centro-derecha español.
Porque la pregunta que queda en el aire no es por qué se ha ido un dirigente juvenil.
La pregunta es cuántos más piensan lo mismo y todavía no lo han dicho en voz alta.
Rosalía se baja del altar feminista
Durante años, la industria cultural necesitó iconos. Y uno de los más celebrados fue Rosalía. La cantante catalana fue presentada como algo más que una artista: un símbolo feminista generacional. Una mujer empoderada, moderna, independiente, convertida en estandarte de una causa que parecía incuestionable.
Rosalía
Pero los iconos tienen un problema: dejan de servir cuando dejan de obedecer.
Y eso es exactamente lo que acaba de pasar.
En una entrevista reciente, Rosalía se desmarcó de la etiqueta feminista con una frase que, en cualquier sociedad normal, sería insignificante: dijo que no se considera dentro de ningún "-ismo". Nada más. No atacó al feminismo, no lo ridiculizó, ni siquiera lo criticó frontalmente. Simplemente rechazó la etiqueta.
Sin embargo, en el clima cultural actual, eso basta para provocar indignación.
La religión ideológica
Lo sucedido revela algo incómodo: el feminismo contemporáneo ya no funciona solo como una reivindicación política. Funciona como una identidad obligatoria.
Especialmente para las mujeres jóvenes, el mensaje implícito es claro: si eres mujer, debes ser feminista.
Y no solo feminista. Debes serlo de una forma concreta, repetir los mismos mantras y aceptar sin discusión las tesis dominantes.
Cuando una mujer se niega a hacerlo, ocurre algo curioso: la supuesta liberación femenina se convierte en una nueva forma de disciplina ideológica.
Rosalía ha experimentado ese mecanismo en tiempo real. Ayer era un icono. Hoy, para algunos sectores, ya es sospechosa.
La rebelión silenciosa de las jóvenes
Pero lo verdaderamente interesante no es Rosalía. Es la tendencia que refleja.
Cada vez más jóvenes —incluidas muchas mujeres— evitan identificarse como feministas, incluso si apoyan la igualdad entre hombres y mujeres. No es que se hayan vuelto reaccionarias. Es que perciben algo que las élites culturales parecen incapaces de reconocer: el feminismo dominante ha derivado hacia una mezcla de moralismo, victimismo identitario y dogmatismo político.
La prueba es sencilla. Cuando alguien cuestiona una idea feminista, rara vez se responde con argumentos. Se responde con descalificaciones.
Es el comportamiento típico de una ortodoxia.
El feminismo contra la feminidad
Este malestar cultural ha empezado a reflejarse incluso en el mundo editorial. Algunos autores han planteado críticas cada vez más directas.
En "The End of Woman: How Smashing the Patriarchy Has Destroyed Us" se sostiene que, en su obsesión por destruir el patriarcado, ciertas corrientes feministas han terminado erosionando la propia identidad femenina.
Algo parecido plantea "The Anti-Mary Exposed", que denuncia la aparición de una "feminidad tóxica" surgida precisamente del rechazo sistemático a los modelos tradicionales de mujer.
Se puede estar de acuerdo o no con estas tesis. Pero el hecho de que estos libros existan y tengan lectores indica algo evidente: el consenso feminista ya no es tan sólido como parecía.
El caso Rosalía ilustra una paradoja reveladora
Durante años, el feminismo cultural celebró a artistas femeninas como símbolos de emancipación. Pero cuando una de esas artistas se niega a repetir el guion ideológico, el movimiento descubre que no tolera demasiado bien la disidencia.
Y entonces ocurre algo curioso:
la mujer libre deja de ser celebrada… y empieza a ser vigilada.
Rosalía no ha liderado ninguna revolución intelectual. Solo ha hecho algo mucho más sencillo: ha rechazado una etiqueta.
Pero en una época en la que la identidad política se ha convertido en una especie de carnet obligatorio, negarse a llevarlo es casi un acto de rebeldía.
Y quizá por eso el gesto ha provocado tanta incomodidad.
Porque a veces el mayor desafío a una ideología no es combatirla, sino simplemente negarse a arrodillarse ante ella.
sábado, 7 de marzo de 2026
Julio Iglesias va a muerte a por diario.es
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Julio Iglesias |
El cantante español ha decidido ir a muerte contra el medio digital eldiario.es, al que acusa de haber construido un "montaje periodístico" que ha dañado gravemente su honor. No hablamos de una simple queja pública o de un comunicado indignado: hablamos de tribunales, de demandas y de una batalla frontal contra un medio que presume de periodismo de investigación.
La cuestión de fondo no es solo si las acusaciones son ciertas o falsas —eso deberán determinarlo los tribunales—, sino algo más inquietante: la facilidad con la que hoy se destruye una reputación antes de que exista una sentencia.
Durante años, la fama protegía a las celebridades. Hoy ocurre casi lo contrario: la fama convierte a cualquiera en objetivo perfecto para el linchamiento mediático. Un testimonio, una investigación periodística, un titular viral… y la maquinaria se pone en marcha. La presunción de inocencia queda enterrada bajo toneladas de clics.
Por supuesto, el periodismo tiene la obligación de investigar y publicar. Pero también tiene otra obligación igual de importante: no convertirse en tribunal.
Cuando un medio presenta acusaciones graves basadas en testimonios no probados, sabe perfectamente lo que ocurrirá: el juicio público se celebrará inmediatamente. El daño reputacional se produce en horas. Y aunque después no haya condena, la mancha ya es permanente.
Ese es el terreno en el que ahora ha decidido combatir Julio Iglesias. Su estrategia es clara: no limitarse a negar las acusaciones, sino atacar judicialmente al medio que las publicó. En otras palabras, trasladar la batalla del terreno mediático al terreno legal.
No es una jugada menor. Si el caso termina en los tribunales, se abrirá un debate incómodo para el periodismo español:
¿Dónde termina la investigación legítima y dónde empieza la construcción de relatos?
También se pondrá a prueba otra cuestión delicada: si la libertad de prensa puede convivir con la responsabilidad cuando se acusa públicamente a alguien de delitos gravísimos.
El choque entre Julio Iglesias y eldiario.es no es solo una disputa entre un cantante y un periódico. Es el reflejo de una época en la que la reputación se puede destruir en un titular y defender durante años en un juzgado.
Y quizá por eso esta demanda tiene algo de simbólico.
Porque plantea una pregunta incómoda para el ecosistema mediático actual:
¿Quién responde cuando el juicio mediático se equivoca?
Clara Campoamor: la feminista provida que no se dejó llevar por modas ideológicas ni obediencias partidarias
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Clara Campoamor |
Una feminista independiente
Campoamor (1888–1972) fue diputada durante la Segunda República Española y pasó a la historia por su defensa del sufragio femenino en las Cortes en 1931. Su discurso a favor del voto de las mujeres es uno de los momentos más memorables del parlamentarismo español.
Paradójicamente, en ese debate tuvo que enfrentarse no solo a diputados conservadores, sino también a otra figura femenina destacada, Victoria Kent, quien consideraba que las mujeres aún no estaban preparadas para votar y que su voto favorecería a la derecha.
Campoamor rechazó ese argumento con una defensa clara de la igualdad política: los derechos no se conceden cuando convienen políticamente, sino cuando corresponden por justicia.
Esa independencia de criterio sería una constante en su trayectoria.
Su postura ante el aborto
Campoamor defendía la dignidad y la protección de la mujer, pero también creía que la vida humana debía ser respetada desde su inicio. En sus escritos y reflexiones jurídicas sostuvo que el aborto no podía presentarse como una solución al problema social de la maternidad ni como un progreso moral.
Para ella, el verdadero avance consistía en mejorar las condiciones sociales de las mujeres —educación, protección laboral, apoyo a la maternidad— y no en legitimar la eliminación de una vida humana en gestación.
Su postura se alejaba tanto del moralismo punitivo como del utilitarismo ideológico. Campoamor veía el aborto como un drama humano y social, no como un derecho político.
Contra las obediencias partidarias
Otro rasgo distintivo de Campoamor fue su rechazo a la obediencia ciega a los partidos. Militó en el Partido Radical, pero su independencia terminó generándole conflictos internos. Su defensa del voto femenino fue considerada por muchos compañeros como un error estratégico que perjudicaba electoralmente al partido.
El tiempo le dio la razón: el sufragio femenino se convirtió en una conquista irreversible de la democracia española.
Campoamor pagó un precio alto por su coherencia. Tras la Guerra Civil Española tuvo que exiliarse y pasó gran parte de su vida fuera de España, primero en Argentina y después en Suiza.
Una figura incómoda para el feminismo actual
Hoy, muchas corrientes del feminismo contemporáneo intentan apropiarse de la figura de Campoamor como símbolo. Pero su pensamiento completo no encaja fácilmente en los marcos ideológicos actuales.
Campoamor defendía:
• la igualdad política entre hombres y mujeres,
• la independencia intelectual frente a los partidos,
• la responsabilidad social hacia la maternidad,
• y una visión ética de la vida humana.
Ese conjunto de ideas la convierte en algo raro en la política: una pensadora libre.
El legado real de Clara Campoamor
Más que una activista de consignas, Campoamor fue una jurista con principios. Su feminismo no era identitario ni partidista, sino profundamente humanista.
Quizá por eso su figura sigue siendo tan relevante hoy. Nos recuerda que los derechos auténticos no nacen de las modas ideológicas ni de las estrategias electorales, sino de convicciones morales firmes.
En una época de consignas rápidas, la independencia intelectual de Clara Campoamor resulta más revolucionaria que nunca.
viernes, 6 de marzo de 2026
Microsoft en crisis: cuando el gigante tecnológico empieza a fallar
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Todo empezó con Windows 11 |
Pero algo se ha roto.
El lanzamiento de Windows 11 ha dejado al descubierto un problema que va más allá de un simple sistema operativo: una crisis de confianza en el corazón mismo del ecosistema de Microsoft.
La actualización que dejó fuera a millones de equipos
Todo comenzó con una decisión difícil de justificar. Para instalar Windows 11, Microsoft impuso requisitos de hardware tan restrictivos que millones de ordenadores perfectamente funcionales quedaron automáticamente excluidos.
Equipos que funcionaban sin problemas con Windows 10, algunos con apenas cuatro o cinco años de antigüedad, fueron declarados oficialmente incompatibles.
El mensaje implícito era claro: si quieres seguir dentro del ecosistema, compra otro ordenador.
Nunca antes una transición de Windows había expulsado de forma tan abrupta a tantos usuarios. Durante décadas, una de las virtudes del sistema había sido precisamente su compatibilidad con hardware antiguo. Windows funcionaba en casi cualquier máquina.
Con Windows 11, esa filosofía desapareció.
Un sistema que parece no estar terminado
Pero el problema no termina en los requisitos.
Windows 11 se ha convertido en una fuente constante de errores, parches de emergencia y actualizaciones que a menudo generan nuevos problemas. Fallos en el sistema de archivos, errores tras actualizaciones de seguridad, problemas de rendimiento…
Lo que antes eran incidentes aislados se ha vuelto casi rutina.
Muchos usuarios tienen la sensación de que el sistema operativo se prueba directamente en sus ordenadores, como si el producto nunca estuviera realmente terminado.
La sensación de que nada mejora
Lo más desconcertante es que, después de todo ese cambio forzado, muchos usuarios siguen haciéndose la misma pregunta:
¿Qué aporta realmente Windows 11?
La respuesta, para muchos, es incómoda: muy poco.
La interfaz cambia ligeramente, algunos menús se reorganizan y se añaden funciones menores. Pero para el usuario medio, la experiencia no es radicalmente mejor que en Windows 10.
Cuando un sistema obliga a cambiar de ordenador, rompe compatibilidades y genera errores… pero apenas mejora la experiencia, la frustración es inevitable.
El principio de una pérdida de liderazgo
Durante décadas, Microsoft pudo permitirse errores porque no tenía competencia real en el escritorio.
Pero el panorama tecnológico ha cambiado.
El ecosistema de Apple con macOS sigue ganando prestigio por su estabilidad. Al mismo tiempo, el mundo de Linux crece lentamente en servidores, empresas y usuarios avanzados.
Windows ya no es el único camino posible
El verdadero problema de Microsoft no es Windows 11. Es la sensación creciente de que la empresa ha dejado de escuchar a sus propios usuarios.
Durante años, Windows fue una herramienta pensada para trabajar. Hoy muchos usuarios perciben otra prioridad: integrar publicidad, recopilar datos, forzar servicios en la nube o empujar al usuario hacia el ecosistema de la empresa.
El sistema operativo parece cada vez menos una herramienta…
y cada vez más una plataforma para los intereses de Microsoft.
Un gigante que todavía domina… pero ya no convence
Microsoft sigue siendo una de las empresas tecnológicas más poderosas del planeta. Windows sigue dominando el mercado de ordenadores personales.
Pero el liderazgo tecnológico no se mide solo por la cuota de mercado. También se mide por la confianza.
Y con Windows 11, esa confianza ha empezado a resquebrajarse.
Los gigantes tecnológicos rara vez caen de golpe.
Primero aparece la arrogancia.
Luego el descontento silencioso de los usuarios.
Y finalmente, poco a poco, el cambio.
Microsoft aún está a tiempo de corregir el rumbo.
Pero Windows 11 ha dejado una pregunta incómoda flotando en el aire:
¿Sigue Microsoft construyendo el sistema operativo que quieren los usuarios… o el que le conviene a la empresa?
jueves, 5 de marzo de 2026
"Los domingos": una excepción entre la mediocridad del cine subvencionado
En un panorama marcado por la dependencia de las subvenciones públicas y por una evidente pérdida de público, el cine español ofrece de vez en cuando obras que rompen la inercia de la mediocridad. "Los domingos" es una de esas raras excepciones: una película sobria, incómoda y profundamente humana.
La joven actriz Blanca Soroa,
con la directora Alauda Ruiz de Azúa.
La directora, Alauda Ruiz de Azúa, construye una historia que parte de una premisa radical: una adolescente decide ingresar en un convento de clausura. Lo que podría haberse convertido en un relato caricaturesco o ideologizado termina transformándose en un intenso drama familiar.
El núcleo emocional de la película es el enfrentamiento entre Ainara, interpretada por Blanca Soroa, y su tía Maite, encarnada por Patricia López Arnaiz. La tensión entre ambas sostiene el relato: una joven convencida de haber encontrado su vocación frente a una familia incapaz de comprender una decisión que rompe todos sus esquemas.
La gran virtud del film es que evita los maniqueísmos. Aquí no hay buenos ni malos. Solo opiniones enfrentadas, rabia contenida y una profunda frustración ante una situación que nadie logra entender del todo. El espectador no recibe respuestas fáciles, sino preguntas incómodas.
Resulta especialmente llamativo que una directora abiertamente atea haya realizado una obra tan sensible sobre la llamada de Dios. Desde una óptica no creyente, la decisión de Ainara no se presenta como un acto de libertad espiritual, sino como el posible resultado de un vacío afectivo o de una búsqueda desesperada de pertenencia. Sin embargo, esa mirada no se impone como verdad absoluta; se ofrece como una interpretación entre muchas posibles.
Precisamente ahí reside la inteligencia de la película: en su capacidad para observar el fenómeno religioso sin burlas ni condescendencia, pero también sin adhesión devota. La cámara de Ruiz de Azúa se mantiene en una distancia respetuosa, dejando que los personajes respiren y que el conflicto moral se despliegue sin sermones.
En un tiempo en que buena parte del cine subvencionado parece más interesado en transmitir consignas que en contar historias, "Los domingos" demuestra que todavía es posible hacer cine adulto, complejo y honesto.
Por todo ello, Alauda Ruiz de Azúa merece una mención especial. Con esta película confirma que es una de las voces más definitorias y valientes de su generación: una cineasta capaz de abordar un tema profundamente cristiano con una objetividad poco habitual en el cine contemporáneo.



