lunes, 16 de marzo de 2026

Carlos Martínez, el candidato que no parece de Sánchez, a diferencia de Pilar Alegría y Miguel Ángel Gallardo

Carlos Martínez fue alcalde de Soria

Hay socialistas que llegan a unas elecciones envueltos en la bandera del partido y otros que lo hacen casi pidiendo que no les confundan con Ferraz. Carlos Martínez pertenece claramente a la segunda categoría. No porque reniegue de Pedro Sánchez —nadie asciende en el PSOE actual sin bendición federal—, sino porque su capital político consiste precisamente en no parecer una extensión de Moncloa.

En territorios como Castilla y León, la marca nacional socialista pesa como una losa. Allí, cada elección autonómica corre el riesgo de convertirse en un plebiscito sobre Sánchez. Y en un plebiscito así, el PSOE suele salir perdiendo antes incluso de empezar la campaña. Por eso el partido recurre a perfiles municipalistas, gestores, hombres de despacho y de ayuntamiento, no de plató ni de Consejo de Ministros.

Martínez encaja perfectamente en ese molde: alcalde de Soria, tono bajo, discurso práctico, obsesión por la despoblación y los servicios públicos. Un político que habla de carreteras antes que de trincheras culturales. Su mensaje implícito es transparente: "No soy Madrid, soy de aquí".

El contraste con figuras como Pilar Alegría resulta inevitable. Ministra, portavoz, rostro omnipresente del Ejecutivo: su perfil suma cohesión interna, pero difícilmente amplía fronteras electorales en territorios adversos. Representa el poder central; Martínez, la periferia que intenta sobrevivir a él.

Esta estrategia no es nueva. El PSOE ha gobernado históricamente regiones conservadoras cuando ha logrado que el candidato pareciera más presidente autonómico que delegado del Gobierno. Una suerte de socialismo con acento local, menos ideológico y más administrativo.

La paradoja es evidente: cuanto más débil es el partido en un territorio, más necesita candidatos que parezcan independientes del propio partido. No para romper con Sánchez, sino para que el votante pueda apoyar al socialista sin sentir que está votando a Sánchez.

En el fondo, Carlos Martínez no es el candidato que no cree en el sanchismo. Es el candidato que sabe que, en su tierra, parecer sanchista puede ser la forma más rápida de perder.

domingo, 15 de marzo de 2026

Podemos en Castilla y León: ni un solo escaño

***

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Podemos irrumpía en la política española con la estridencia de una alarma de incendio. Prometía asaltar los cielos, desalojar a la "casta" y abrir de par en par las ventanas de un régimen que, a su juicio, llevaba décadas viciado. Hoy, en Castilla y León, ese grito se ha disuelto en un murmullo casi inaudible: menos de un uno por ciento de los votos y ni un solo escaño. No queda cielo que asaltar cuando ni siquiera se alcanza el umbral de la puerta.

La desaparición parlamentaria no es solo un dato electoral; es un símbolo. Los partidos nacen, crecen y, a veces, mueren. Pero lo que distingue a Podemos es la velocidad de su ciclo vital. De fenómeno insurgente a fuerza extraparlamentaria en apenas una década. Como ciertas estrellas fugaces, brilló con intensidad deslumbrante y se consumió con la misma rapidez.

No es difícil encontrar causas. La primera, la más obvia, es la fragmentación de ese difuso territorio político situado a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español. Cuando las siglas se multiplican, los votos se dividen y los escaños se evaporan. La segunda es más profunda: el paso del tiempo convierte a los revolucionarios en gestores, y a los gestores en responsables de aquello mismo que prometieron combatir. Gobernar desgasta; hacerlo sin cumplir las expectativas, desgasta el doble.

También pesa el desencanto. La política del gesto —tan eficaz para irrumpir— suele ser impotente para consolidarse. Las consignas movilizan, pero no siempre construyen. Y cuando el entusiasmo se enfría, lo que queda es la aritmética electoral, implacable como un balance contable.

Castilla y León, territorio sobrio y poco dado a entusiasmos súbitos, ha certificado con crudeza ese agotamiento. Allí donde antaño hubo procuradores morados, ahora solo hay silencio. Un silencio que no es estruendoso ni dramático, sino administrativo: el silencio de quien ya no cuenta.

Quizá lo más revelador no sea la derrota en sí, sino la ausencia de sorpresa. Nadie esperaba un triunfo; pocos anticipaban un resultado tan exiguo. Cuando la caída deja de escandalizar, es que el declive lleva tiempo instalado.

La política española es pródiga en ascensos fulgurantes y caídas abruptas, pero rara vez concede segundas oportunidades idénticas a la primera. Podemos nació como síntoma de una crisis y como respuesta emocional a una época convulsa. Si esa emoción se disipa —o se canaliza hacia otras siglas—, el partido se queda sin combustible.

Al final, los movimientos que prometen cambiarlo todo suelen enfrentarse a una paradoja cruel: o transforman la realidad y dejan de ser necesarios, o no lo logran y dejan de ser creíbles. En Castilla y León, los votantes han dictado su veredicto con la frialdad de quien cierra un capítulo ya leído.

No hubo estruendo al caer el telón. Solo la constatación, casi burocrática, de que el actor ya no está en escena.

El hodiómetro sanchista: hacia el Estado totalitario

El Gran Hermano

Hay inventos que nacen para mejorar la vida y otros que nacen para mejorar el poder. El hodiómetro —ese artilugio con nombre de electrodoméstico moral— pertenece sin duda a la segunda categoría. Se nos dice que servirá para medir el odio, como si el odio fuera una sustancia derramada en el suelo y no una pasión humana tan antigua como la envidia o el amor. Medir el odio: la ambición de los nuevos ingenieros del alma.

Antaño los gobiernos construían carreteras, presas o ferrocarriles. Hoy construyen observatorios, protocolos y herramientas de monitorización. Es el progreso administrativo: menos piedra y más algoritmo. El Estado ya no aspira a ordenar el territorio, sino a ordenar las emociones.

El ciudadano, mientras tanto, deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en una variable estadística.

No es un fenómeno exclusivamente español. Al otro lado del Atlántico se ensayaron hace décadas versiones más ruidosas del mismo impulso. 

En Cuba, Fidel Castro no necesitó aparatos sofisticados: le bastó con declarar que todo discrepante era un enemigo de la revolución. La etiqueta hacía el trabajo sucio. Quien odia al régimen, odia al pueblo; y quien odia al pueblo merece ser silenciado por el pueblo.

En Venezuela, Hugo Chávez refinó el método con una liturgia televisiva que convertía cada crítica en conspiración y cada periodista incómodo en agente del imperialismo. No hacía falta demostrar nada: bastaba con nombrarlo. La palabra sustituía al juicio.

En Nicaragua, Daniel Ortega optó por una solución más directa y menos literaria: quien incomoda al poder no odia, traiciona. Y la traición, como se sabe, no se discute; se castiga.

España no es ninguna de esas repúblicas fatigadas por el caudillismo, pero tampoco está vacunada contra la tentación de la pedagogía autoritaria. Siempre hay un gobernante convencido de que el pueblo es demasiado libre para su propio bien y necesita un tutor ilustrado que module sus excesos verbales.

El hodiómetro nace de esa convicción paternalista. No se prohíbe hablar; se vigila cómo se habla. No se castiga la disidencia; se clasifica su tono. Es una censura sin tinta roja, una vigilancia sin uniforme, una policía sin silbato.

El poder moderno ha aprendido que lo más eficaz no es callar al adversario, sino rodearlo de un clima moral que lo vuelva sospechoso. Nadie quiere ser señalado como odiador profesional, de la misma forma que nadie quiere ser señalado como traidor o hereje. La etiqueta precede al silencio.

Hay además algo profundamente melancólico en estos proyectos. Revelan un miedo casi infantil a la intemperie de la libertad. La democracia produce ruido, fricción, exageraciones, incluso injusticias verbales. Pretender una democracia sin estridencias es como pretender un mar sin oleaje: puede existir, pero se llamaría lago.

El hodiómetro aspira a convertir el océano político en una piscina climatizada. Agua limpia, temperatura estable, ningún sobresalto. Solo que las piscinas no tienen mareas, ni peces, ni horizontes.

¿Quién decide qué es odio?

Queda, por último, la cuestión esencial: ¿quién decide qué es odio? No es una pregunta retórica, sino constitucional. Porque si el mismo poder que gobierna es el que define el límite moral de la crítica, la democracia deja de ser un sistema de control del poder para convertirse en un sistema de control de los gobernados.

Los viejos liberales desconfiaban de los gobiernos que querían hacernos virtuosos por decreto. Los nuevos parecen dispuestos a hacernos amables por algoritmo.

Tal vez dentro de unos años el hodiómetro sea recordado como una extravagancia tecnocrática o como el primer paso de algo más ambicioso. La historia tiene esa ironía: los instrumentos de vigilancia siempre se presentan como provisionales y siempre acaban pareciendo inevitables.

Mientras tanto, el ciudadano observa el aparato con la misma inquietud con que se mira una báscula en casa ajena: no sabe exactamente qué mide ni qué consecuencias tendrá el resultado.

Y sospecha, con razón, que el problema no es el odio que pueda detectar la máquina, sino el poder que adquiere quien la sostiene.

sábado, 14 de marzo de 2026

"Torrente, presidente" arrasa en taquilla: es un termómetro social

No puedo ser más feliz.

El regreso de Santiago Segura con Torrente, presidente no es solo un éxito de taquilla: es un termómetro social. Cuando cerca de 300.000 personas llenan las salas en un solo día para ver a un personaje grosero, corrupto y políticamente incorrecto convertido en jefe del Estado, el fenómeno dice más sobre el país que sobre el cine.

La película arranca con una escena ya convertida en munición de tertulia: en el bar del "chino facha", Torrente sentencia —sin filtros ni matices—: "Son los socialistas los que están destruyendo el país; nos prometieron el oro y el moro, el oro se lo han quedado ellos y nos han llenado el país de moros". La frase, brutal y deliberadamente ofensiva, resume la esencia del personaje: un espejo deformante que devuelve la imagen más cruda, vulgar y resentida de la conversación pública.

No es casual que las risas se mezclen con incomodidad. Torrente no inventa ese discurso: lo exagera hasta hacerlo obsceno. Su éxito sugiere que existe un público que reconoce esas palabras porque las oye —o las piensa— fuera del cine. Ahí reside el peligro… y la eficacia de la sátira.

Durante el metraje, los dardos apuntan con insistencia al gobierno de Pedro Sánchez, a la corrección política y a una clase dirigente retratada como dependiente del dinero público —"con los impuestos de todos"—, con guiños a figuras como José Luis Ábalos y hasta un cameo del reportero Vito Quiles interpretándose a sí mismo. Nada queda a salvo del humor grueso: ni el lenguaje inclusivo, ni los lobbies, ni la cultura del escándalo permanente.

Que ocho de cada diez espectadores eligieran esta película —superando incluso a Ocho apellidos catalanes en su estreno— indica que el personaje sigue tocando una fibra profunda. Torrente funciona porque no es un héroe: es el anticiudadano perfecto. Machista, racista, corrupto, ignorante… y, sin embargo, familiar.

La pregunta incómoda no es por qué existe Torrente, sino por qué sigue siendo rentable. Tal vez porque la política española lleva años moviéndose entre la indignación moral y el esperpento, dejando un terreno fértil para que la caricatura parezca casi realismo.

Al final, Torrente, presidente no es una propuesta ideológica coherente ni un panfleto sofisticado. Es algo más simple y más inquietante: la constatación de que, en tiempos de polarización, la burla grosera puede convertirse en la forma más eficaz —y rentable— de crítica política. Cuando la realidad parece una parodia, la parodia solo necesita subir un poco el volumen. Y el público, riendo, decide si está viendo ficción… o un reflejo demasiado cercano de la realidad.

El PP planea acabar con Vox

Alberto Núñez Feijóo

El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, parece haber asumido una estrategia clara: reconstruir el espacio de la derecha absorbiendo al electorado de Vox. El objetivo no es coexistir con Vox, sino reducirlo hasta convertirlo en irrelevante. Sin embargo, el principal obstáculo para ese plan no está en Vox… sino en el propio Feijóo.

El plan: fagocitar a Vox

Desde hace meses, sectores del PP defienden una estrategia clásica de los grandes partidos: ocupar el terreno del competidor hasta asfixiarlo electoralmente. En teoría, el PP sería el "partido útil" de la derecha, capaz de atraer tanto al votante moderado como al más conservador.

La lógica es sencilla: muchos votantes de Vox proceden originalmente del PP. Si el PP endurece algunos discursos —inmigración, unidad nacional, crítica a la izquierda— podría recuperar ese electorado.

Pero la política no es solo estrategia. También es liderazgo.

El problema: falta de magnetismo político

Feijóo es un político experimentado. Gobernó durante años Galicia con mayorías absolutas y fama de gestor serio. Sin embargo, lo que funcionaba en la política regional no siempre funciona en la política nacional.

En el escenario estatal, Feijóo proyecta una imagen tecnocrática, prudente y moderada. Eso puede ser una virtud institucional, pero rara vez genera entusiasmo político.

Mientras tanto, el líder de Vox, Santiago Abascal, posee algo que en política pesa mucho: un estilo combativo que conecta emocionalmente con parte del electorado. Sus votantes no solo lo apoyan; lo sienten como una voz que confronta al sistema político.

Un duelo desigual en el terreno emocional

Ahí aparece la paradoja.
El PP quiere recuperar a los votantes de Vox, pero muchos de esos votantes no buscan solo políticas conservadoras: buscan una actitud política distinta.

Feijóo representa estabilidad.
Abascal representa confrontación.

Y en un clima político polarizado, la confrontación suele movilizar más que la gestión.

El riesgo estratégico del PP

Si el PP intenta competir con Vox endureciendo el discurso, puede perder credibilidad entre los votantes moderados. Pero si mantiene un tono demasiado institucional, tampoco seducirá al votante de Vox.

Es un equilibrio complicado.

En otras palabras: el PP quiere absorber a Vox, pero no tiene el tipo de liderazgo que normalmente consigue absorber a un partido insurgente.

La política española y el factor carisma

La política contemporánea es cada vez más personalista. El liderazgo importa tanto como el programa.

España lo ha visto muchas veces:

• José María Aznar consolidó el PP en los noventa con autoridad ideológica.
• Pedro Sánchez domina la agenda política gracias a su capacidad de supervivencia política.

Feijóo, en cambio, todavía no ha construido una narrativa personal fuerte a nivel nacional.

Conclusión

El PP puede tener la estrategia correcta para competir con Vox. Pero una estrategia sin liderazgo carismático suele quedarse a medio camino.

Y en política, cuando un partido intenta acabar con otro sin tener el liderazgo adecuado, el resultado suele ser el contrario: no lo absorbe… lo fortalece.

viernes, 13 de marzo de 2026

Óscar Puente se esconde

Óscar Puente

Óscar Puente ha construido su personaje público a base de contundencia, sarcasmo y una agresividad verbal que entusiasma a los suyos y exaspera a los demás. Durante meses ha sido el ariete más ruidoso del Gobierno de Pedro Sánchez, siempre dispuesto a entrar al choque, a ridiculizar al adversario y a convertir cualquier crítica en munición. Por eso su silencio —y su ausencia física— en su propia tierra no es un detalle menor: es una contradicción política de primer orden. 

Cuando un dirigente que presume de no arrugarse decide no aparecer donde el clima es hostil, el mensaje es evidente. No se trata de prudencia institucional ni de agenda complicada. Se trata de cálculo. Y el cálculo, en este caso, huele a miedo al abucheo, a la protesta incómoda, al contacto directo con ciudadanos que no se expresan con los filtros de las redes sociales ni con la disciplina de los mítines.

Puente no es un tecnócrata gris obligado a gestionar en silencio. Es, por elección propia, un político de confrontación. Ha cultivado un perfil de "duro", de azote de la oposición, de figura que disfruta del combate. Pero ese papel tiene una cláusula implícita: quien reparte golpes debe aceptar recibirlos. Evitar la plaza pública mientras se mantiene el tono incendiario desde la distancia transmite una imagen poco heroica. 

Además, su cartera —Transportes— afecta a problemas muy tangibles: trenes que fallan, obras eternas, infraestructuras que se prometen más de lo que se ejecutan. El enfado, por tanto, no es ideológico sino cotidiano. Y el votante cabreado por un servicio deficiente es mucho menos indulgente que el votante ideologizado.

En política territorial hay una regla no escrita: puedes caer mal en Madrid, pero no puedes parecer ausente en casa. La cercanía es la única moneda que nunca se devalúa. Renunciar a ella, aunque sea temporalmente, alimenta la percepción de que el dirigente solo es valiente en entornos controlados.

No hace falta exagerar ni demonizar. Probablemente Puente volverá, dará explicaciones y el episodio se diluirá. Pero el daño simbólico ya está hecho. Porque en democracia, más que los errores, lo que erosiona es la sensación de huida.

Un político puede ser impopular. Lo que no puede permitirse es parecer que teme a su propio público.

Torrente: cuando la caricatura se parece demasiado a la realidad

***

El éxito persistente de José Luis Torrente —la criatura creada por Santiago Segura desde "Torrente, el brazo tonto de la ley"— suele explicarse como una exageración grotesca destinada a provocar risa. Sin embargo, hay un elemento menos cómodo: la sospecha de que el personaje no solo parodia a un tipo social marginal, sino también a ciertas conductas que pueden encontrarse en las élites de poder.

Sin necesidad de señalar casos concretos, el imaginario colectivo reconoce periódicamente la figura del alto cargo envuelto en escándalos de vida privada turbia, abuso de poder, corrupción económica o mentira sistemática. La distancia entre el funcionario cutre de ficción y el dirigente impecablemente trajeado se reduce cuando ambos comparten los mismos patrones de comportamiento: impunidad percibida, desprecio por las normas que exigen a los demás y una concepción patrimonial del cargo público.

Aquí la sátira se vuelve incómoda. Torrente resulta gracioso porque es obsceno, zafio y visible. El político o alto funcionario que actúa de forma similar, en cambio, suele hacerlo envuelto en protocolos, gabinetes de comunicación y discursos institucionales. La vulgaridad no desaparece: se sofistica. Cambian las formas, no necesariamente el fondo.

Este fenómeno no es exclusivo de un país ni de una ideología. La historia contemporánea está llena de episodios en los que figuras públicas, investidas de autoridad moral o institucional, han terminado revelando conductas privadas radicalmente contradictorias con su discurso. 

La sociología del poder ha señalado repetidamente que la combinación de estatus, acceso a recursos y baja rendición de cuentas puede generar entornos propicios para el abuso. No es tanto un problema de individuos excepcionales como de incentivos estructurales.

Desde esta perspectiva, el personaje funciona como una inversión simbólica: Torrente posee todos los vicios, pero carece de poder real. Por eso resulta manejable. El "Torrente con despacho ministerial", en cambio, sí puede tomar decisiones que afectan a terceros. La risa desaparece y aparece la inquietud.

Reírse del corrupto ficticio permite procesar la frustración hacia los corruptos reales sin caer en el cinismo absoluto. La comedia actúa como amortiguador emocional: transforma la indignación en algo soportable. Pero esa misma función puede ocultar un riesgo, el de normalizar comportamientos que deberían resultar escandalosos.

Hay, además, un componente de hipocresía social. Se exige ejemplaridad pública mientras se toleran —o se consumen con morbo— historias de transgresión privada. El escándalo vende, pero rara vez produce cambios estructurales duraderos. La figura del dirigente que miente, abusa o se corrompe se convierte así en un arquetipo recurrente, casi esperado, como si formara parte inevitable del paisaje político.

En última instancia, el atractivo duradero de Torrente quizá resida en que su vulgaridad es honesta: no pretende ser otra cosa. Frente a él, la corrupción respetable —la que se presenta con lenguaje técnico y apariencia institucional— resulta mucho más difícil de detectar y es, por tanto, más perturbadora.

jueves, 12 de marzo de 2026

Sánchez no lidera un proyecto político: administra su propia continuidad

El puto amo

El liderazgo de Pedro Sánchez no se parece al de un estadista ni al de un reformador. Se parece, más bien, al de un superviviente profesional que ha convertido el poder en un fin absoluto y el Gobierno en un instrumento desechable. No hay proyecto reconocible, ni equipo sólido, ni horizonte político: hay permanencia. Solo permanencia.

Un gabinete de usar y tirar

En el sanchismo, los ministros no son responsables políticos: son fusibles. Están ahí para quemarse cuando llega la sobretensión y proteger lo único verdaderamente valioso: la figura del presidente.

• Cuando estalla un escándalo, cae un ministro.
• Cuando bajan las encuestas, entra una cara nueva.
• Cuando hay que contentar a un socio, aparece un perfil ideológico ad hoc.

No se gobierna: se reemplaza.

La remodelación no es una excepción, es la rutina. El Consejo de Ministros funciona como una cinta transportadora donde las piezas entran con brillo y salen desgastadas, a menudo sin dejar huella ni legado.

La política como casting permanente

No hay línea política estable porque no hay voluntad de tenerla. Lo que existe es una adaptación constante al clima del día.

• Hoy se vende moderación.
• Mañana, europeísmo institucional.
• Pasado mañana, retórica de barricada.
• El mantra permanente, la culpa es de la ultraderecha. 

No es evolución ideológica: es marketing político en tiempo real.

El Gobierno se parece menos a un equipo y más a un departamento de comunicación con capacidad de legislar. El criterio no es qué es mejor para el país, sino qué reduce el desgaste inmediato del líder.

Leales mientras sirvan, descartados cuando estorben

La fidelidad personal es la moneda de acceso al poder… y también su fecha de caducidad. Quien demuestra obediencia asciende rápido. Quien acumula demasiado protagonismo o demasiado coste, desaparece aún más rápido.

No hay dimisiones por responsabilidad política: hay sustituciones por utilidad estratégica.

Primero, la promoción meteórica.
Después, la defensa cerrada incluso ante lo indefendible.
Finalmente, el relevo silencioso cuando la factura empieza a llegar.

Ni explicación, ni autocrítica, ni balance. Solo borrado.

Un liderazgo sin herederos ni estructura

Los grandes líderes construyen equipos que los sobreviven. Este modelo hace lo contrario: evita cualquier figura que pueda adquirir peso propio.

• No se crean cuadros sólidos
• No se toleran barones autónomos
• No se fomenta el debate interno
• No se prepara sucesión

El resultado es un sistema dependiente de una sola persona, incapaz de sostenerse sin ella. No es un partido fuerte con un líder fuerte: es un líder fuerte con un entorno débil por diseño.

El poder como único programa

La gran habilidad de Sánchez no es gobernar, sino resistir. Ha demostrado que puede sobrevivir a derrotas electorales, crisis internas, pactos contradictorios y giros discursivos sin aparente coste personal duradero.

Pero esa resiliencia tiene un precio: la política se vacía de contenido y se llena de cálculo.

Cuando todo se subordina a la permanencia:

• las instituciones se vuelven herramientas
• los aliados, intercambiables
• los principios, negociables
• los equipos, sacrificables

No es un gobierno: es un mecanismo de autoprotección

El resultado final no es un Ejecutivo orientado a transformar el país, sino un dispositivo diseñado para absorber impactos y prolongar el mandato del presidente tanto como sea posible.

Partido Popular: el vagón de cola del PSOE

***

Durante décadas, el relato político en España se ha construido sobre una ficción conveniente: la de que el Partido Popular y el Partido Socialista representan dos modelos de país radicalmente distintos. La realidad, sin embargo, es mucho menos épica. En demasiadas ocasiones, el Partido Popular no ha sido la alternativa al socialismo, sino su acompañante discreto. El vagón de cola del tren que conduce el Partido Socialista Obrero Español.

La historia reciente ofrece demasiados ejemplos. Cuando el Partido Socialista Obrero Español impulsa una agenda ideológica o institucional, el Partido Popular protesta, critica, se indigna… y finalmente acaba aceptando gran parte de lo aprobado. O peor aún: lo consolida cuando llega al poder. Así ocurrió con buena parte de la arquitectura legislativa levantada durante los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero, que sobrevivió intacta durante los años de Mariano Rajoy en La Moncloa.

El patrón se repite. El socialismo empuja los límites del marco político y cultural; el Partido Popular protesta mientras ese marco se desplaza… y termina gobernando dentro de él. En lugar de revertir las transformaciones, las administra.

Esa dinámica ha producido una consecuencia devastadora para la política española: la desaparición de una verdadera alternancia ideológica. Cambian los gestores, pero rara vez cambian las reglas del juego. Y cuando las reglas se mantienen, la dirección del país sigue siendo la misma.

Hoy ocurre algo similar frente al gobierno de Pedro Sánchez. El discurso del Partido Popular se llena de palabras duras, de advertencias sobre el deterioro institucional o la polarización política. Pero a la hora de construir una alternativa clara, el partido vuelve a tropezar con su viejo problema: el miedo a desafiar el marco que ha impuesto el socialismo.

Así, el debate político español queda atrapado en un curioso bucle. El Partido Socialista Obrero Español marca la agenda. El Partido Popular corre detrás de ella.

No es solo una cuestión de estrategia electoral; es un problema de identidad política. Durante años, el Partido Popular ha intentado presentarse como un gestor moderado, una especie de versión más prudente del mismo modelo de país. Pero cuando la alternativa se limita a administrar lo que el adversario ha construido, la frontera entre ambos acaba difuminándose.

De ahí la creciente frustración de una parte del electorado conservador, que percibe que su voto no cambia realmente el rumbo político. Si el Partido Popular aspira a algo más que a turnarse en el poder con el socialismo, tendrá que decidir si quiere ser locomotora de un proyecto propio o seguir viajando cómodamente en el último vagón del tren del PSOE.

Porque un país puede sobrevivir a gobiernos malos. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a una oposición que ha renunciado a ser alternativa.

miércoles, 11 de marzo de 2026

HODIO: la nueva herramienta de Sánchez para vigilar a las redes incómodas

***

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha anunciado la puesta en marcha de HODIO, una herramienta destinada —según la versión oficial— a rastrear los discursos de odio y la polarización en redes sociales. El objetivo declarado es exigir a las plataformas digitales que rindan cuentas por permitir la difusión de estos contenidos.

Hasta ahí, el relato institucional.

Pero en política casi nunca importa solo lo que se dice, sino quién define los términos. Y en el caso del actual Gobierno, muchos se preguntan si "discurso de odio" no se ha convertido ya en un concepto elástico, capaz de abarcar desde amenazas reales hasta simples críticas políticas.

La iniciativa llega en un momento en que el Ejecutivo de Pedro Sánchez mantiene una relación cada vez más tensa con las redes sociales. Durante años, plataformas como X, Facebook o Instagram han sido el altavoz de un ecosistema digital donde proliferan medios independientes, cuentas críticas y narrativas que escapan al control del discurso institucional.

Ese espacio —caótico, ruidoso, a veces brutal— también ha sido el lugar donde la política ha perdido el monopolio del relato.

Por eso la pregunta es inevitable:
¿HODIO pretende combatir el odio… o monitorizar la disidencia?

¿Quién decide qué es odio?

Nadie discute que internet puede convertirse en un vertedero de insultos, amenazas o campañas de acoso. El problema aparece cuando la categoría de "odio" empieza a expandirse hasta incluir opiniones incómodas.

En los últimos años, esa frontera se ha vuelto cada vez más difusa. Críticas duras al Gobierno, cuestionamientos a determinadas políticas o simples posiciones ideológicas han sido en ocasiones etiquetadas como "discursos peligrosos" o "extremistas".

Y cuando el poder político participa activamente en esa clasificación, el riesgo es evidente:
el árbitro del debate pasa a ser el propio Gobierno.

Un gobierno obsesionado con el control del relato

El Ejecutivo de Pedro Sánchez ha demostrado en múltiples ocasiones su preocupación por lo que denomina "desinformación" o "polarización". Conceptos legítimos en teoría, pero que en la práctica suelen aparecer cuando el debate público se vuelve incómodo para el poder.

HODIO se inscribe en esa lógica: monitorizar redes, analizar tendencias, identificar focos de polarización y presionar a las plataformas para que actúen.

En otras palabras: vigilar el flujo de la conversación digital.

La tentación permanente del poder

Los gobiernos siempre han tenido la misma tentación: controlar el espacio donde se forma la opinión pública. Antes eran los periódicos, luego la televisión y ahora las redes sociales.

La diferencia es que internet ha reducido drásticamente ese control. Hoy cualquier ciudadano puede cuestionar al poder sin pedir permiso a un editor, un director de informativos o un ministerio.

Y eso incomoda.

Por eso cada nueva herramienta de vigilancia digital, por bienintencionada que se presente, despierta inevitablemente una sospecha: que el problema no sea el odio, sino la libertad de crítica.

Porque cuando un gobierno empieza a observar demasiado de cerca lo que dicen los ciudadanos, la pregunta no es qué pretende vigilar.

La pregunta es a quién pretende callar.