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Sanchismo |
El término «sanchismo» se ha convertido en algo más que una etiqueta partidista. Sus críticos lo utilizan para describir una forma de gobernar basada en la resistencia permanente, la búsqueda de apoyos parlamentarios allí donde sean necesarios y una política de bloques que ha llevado la confrontación hasta niveles preocupantes.
Pero el problema no es solamente Sánchez. El problema es lo que la política española está haciendo con los españoles.
Los politólogos Mariano Torcal y Emily Carty han documentado un aumento significativo de la polarización ideológica en España durante las últimas décadas, con una aceleración especialmente visible durante los años de Gobierno de Sánchez. La percepción de que los partidos están cada vez más enfrentados alimenta, además, posiciones políticas más extremas.
El resultado es una sociedad que discute menos sobre soluciones y más sobre culpables.
PRIMERA ESTRATEGIA
Y ahí comienza la primera estrategia para sobrevivir: no entrar en el juego de la crispación.
El Gobierno puede equivocarse. La oposición también. Un ciudadano responsable no necesita convertir cada decisión política en una cuestión de vida o muerte. Tampoco debe aceptar que quien discrepa de él sea automáticamente un fascista, un comunista, un traidor o un enemigo de España.
SEGUNDA ESTRATEGIA
La segunda estrategia consiste en desconfiar del poder, pero también de quienes pretenden sustituirlo. El periodismo, los jueces, las universidades y las instituciones democráticas necesitan independencia. Cuando cualquiera de ellos queda sometido a intereses partidistas, pierde la sociedad entera.
Especialistas en calidad democrática llevan años alertando precisamente de ese deterioro institucional. La democracia no consiste únicamente en votar cada cuatro años. También exige controles, contrapesos, separación de poderes y respeto a las reglas.
TERCERA ESTRATEGIA
La tercera estrategia es quizá la más difícil: no acostumbrarse.
El peligro de una política basada en la polémica permanente es que el ciudadano termina considerando normal lo que ayer le habría parecido escandaloso. Una nueva controversia sustituye a la anterior y, al cabo de unos meses, nadie recuerda exactamente qué ocurrió.
La indignación permanente termina produciendo indiferencia.
Por eso conviene recuperar una virtud bastante olvidada: la memoria. Recordar qué se prometió, qué se hizo y qué consecuencias tuvo. Comparar discursos con resultados. Preguntar cuánto cuesta cada decisión y quién termina pagando la factura.
Y, sobre todo, conservar la libertad interior.
Porque quizá la mejor manera de sobrevivir al sanchismo no sea convertirse en antisanchista profesional. Sería concederle demasiado poder a Sánchez.
La verdadera resistencia consiste en seguir pensando, leyendo, contrastando y hablando sin miedo. En no dejar que ningún Gobierno determine quiénes son nuestros amigos y nuestros enemigos. En defender las instituciones aunque gobierne alguien que no nos gusta. Y en exigir responsabilidades sin convertir la política en una guerra civil verbal.
España no necesita ciudadanos permanentemente enfurecidos. Necesita ciudadanos despiertos.
Porque cuando un Gobierno consigue que la mitad del país dedique su tiempo a odiar a la otra mitad, ya ha ganado algo mucho más importante que una votación: ha conseguido ocupar la cabeza de los ciudadanos.
Y esa es, probablemente, la primera batalla que hay que negarse a perder.
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