
La combinación de circunscripciones provinciales y método D’Hondt tiende, elección tras elección, a concentrar el poder en dos grandes bloques. Podrá haber irrupciones, sacudidas, ciclos de entusiasmo y castigo, pero al final el tablero se recompone alrededor de dos polos dominantes. Y quien no entienda esa lógica, acaba pagando el precio.
Ahí están los precedentes: Ciudadanos y Podemos.
Ciudadanos pasó de ser llave de gobierno y promesa de regeneración a desaparecer prácticamente del mapa institucional. Podemos, que llegó a soñar con el "sorpasso", terminó diluido en una coalición y fracturado internamente hasta perder su centralidad. Ambos cometieron errores propios, sin duda. Pero también chocaron con una realidad estructural: en España, el espacio para terceros actores es estrecho y volátil.
Para Vox el riesgo es evidente. Hoy puede resultar más cómodo mantener un discurso de oposición firme, marcar perfil, señalar contradicciones ajenas y evitar el desgaste de la gestión.
Ver los toros desde la barrera permite preservar la pureza ideológica y esquivar las renuncias que impone el poder. Pero esa comodidad tiene fecha de caducidad.
Un partido que aspira a condicionar el rumbo del país no puede instalarse permanentemente en la denuncia. En algún momento, gobernar deja de ser una opción táctica y se convierte en una exigencia estratégica. Porque el votante, tarde o temprano, formula la pregunta incómoda: "¿Para qué te hemos votado?". Si la respuesta es solo altavoz y no acción, la frustración acaba traduciéndose en fuga.
El sistema electoral no premia la testimonialidad sostenida. Premia la utilidad. Y en un entorno donde el voto útil reaparece con fuerza en cuanto se percibe riesgo o incertidumbre, los electores tienden a reagruparse en torno a quien consideran con capacidad real de gobernar. La experiencia demuestra que cuando el clima político se polariza, el espacio intermedio o periférico se estrecha.
El desafío para Vox no es únicamente crecer, sino consolidarse como fuerza con vocación de gobierno. Eso implica asumir contradicciones, gestionar presupuestos, negociar, ceder y rendir cuentas. Implica pasar del eslogan a la administración cotidiana, del mitin al BOE. Y ahí es donde muchos proyectos se desgastan.
Evitar el destino de Ciudadanos y la irrelevancia progresiva de Podemos exige algo más que firmeza discursiva. Exige estrategia a largo plazo y conciencia de que el sistema, casi siempre, empuja hacia dos grandes alternativas. Quien no quiera ser absorbido, debe demostrar que no solo sabe protestar, sino también gobernar.
Porque en política, como en la plaza, el público puede aplaudir desde la grada… pero el respeto verdadero se gana bajando al ruedo.
La mediocridad de Patxi López: en política, como en casi todo, el desprecio suele ser la coartada de quien carece de autoridad propia.

Que Patxi López trate de menospreciar a Felipe González no rebaja la estatura política del segundo; más bien delata la inseguridad del primero. En política, como en casi todo, el desprecio suele ser la coartada de quien carece de autoridad propia.
Felipe González podrá suscitar críticas —y las merece, como cualquier dirigente que gobernó catorce años—, pero su peso histórico es incontestable. Fue el presidente que consolidó la España constitucional, pilotó la modernización económica y ancló definitivamente al país en Europa. Se podrá discutir su legado; lo que resulta más difícil es ignorarlo.
Patxi López, en cambio, representa otro tipo de liderazgo: más orgánico que carismático, más dependiente del aparato sanchista que del respaldo popular directo. Cuando arremete contra González no parece estar confrontando ideas, sino tratando de ajustar cuentas simbólicas dentro de su propio espacio político. Y ahí es donde el gesto pierde fuerza y gana en pequeñez.
En los partidos envejecidos por el poder, la tentación de borrar a los referentes incómodos es recurrente. La historia reciente del PSOE está plagada de tensiones entre sus distintas generaciones: los que construyeron el poder, los que lo administraron y los que ahora lo gestionan en un contexto de fragmentación y polarización. Pero descalificar a quienes fueron pilares del proyecto no fortalece al partido; lo empequeñece.
Porque el respeto a la trayectoria ajena no implica adhesión incondicional. Se puede disentir de Felipe González sin caricaturizarlo. Se puede defender una nueva etapa sin denigrar la anterior. Lo contrario revela más ansiedad que convicción.
Al final, la política es también una cuestión de escala. Hay dirigentes que trascienden sus siglas y hay dirigentes que solo existen dentro de ellas. Cuando el primero es atacado con ligereza, no se erosiona su legado; se evidencia la falta de talla del atacante.
Intentar rebajar a González no lo hace más pequeño. Simplemente deja a la vista la medida exacta de quien lo intenta.
La casta: manual irónico para ascender del anonimato al privilegio

En España, el término "la casta" se popularizó como arma arrojadiza contra una élite política desconectada del ciudadano común. Lo paradójico es que, con el tiempo, quienes denunciaban la casta acabaron integrándose en ese mismo ecosistema de poder, asesores, cargos de confianza y puertas giratorias.
Manual para dejar atrás la vida corriente y adentrarse en los pasillos alfombrados del poder.
1. El primer paso: entrar en el engranaje
Únete a un partido político como voluntario o militante. No importa tanto la ideología como la oportunidad. Lo esencial es ganar visibilidad interna. Organiza actos, reparte propaganda, mueve redes sociales, hazte omnipresente en agrupaciones locales. La política moderna no premia tanto la reflexión como la disponibilidad permanente.
El proselitismo constante crea capital relacional. Y en política, el capital relacional vale más que cualquier máster.
2. Escalar: la disciplina antes que el talento
Participa en elecciones internas, intégrate en corrientes, alíate con quien controle las listas. La meritocracia existe, pero casi siempre subordinada a la lealtad. El que controla la candidatura controla el futuro.
Desarrolla habilidades clave: oratoria, control de daños, gestión de crisis y, sobre todo, resistencia a la presión pública. No se trata de tener razón, sino de mantener el relato.
3. La construcción del personaje
Aquí empieza el desdoblamiento. Una personalidad pública —épica, comprometida, indignada si conviene— y otra privada, más pragmática, más cómoda. La coherencia absoluta no suele ser rentable.
No es imprescindible mentir; basta con "evolucionar". Cambiar de opinión puede venderse como madurez. Defender hoy lo contrario de ayer puede llamarse adaptación al contexto. Las hemerotecas molestan, pero la memoria colectiva es frágil.
Convicción profunda no es obligatoria. Lo imprescindible es la convicción escénica.
4. La elasticidad moral
En esta sátira, los escrúpulos aparecen como un obstáculo operativo. La honradez estricta, como una ingenuidad. El gasto superfluo puede justificarse como "actividad institucional". El privilegio se redefine como "condición inherente al cargo".
El lenguaje es el gran aliado: no hay contradicciones, hay matices. No hay promesas incumplidas, hay cambios de escenario. No hay privilegios, hay responsabilidades.
5. La red de seguridad
Una vez dentro, el sistema tiende a proteger a los suyos. Asesores, cargos intermedios, empresas públicas, consejos consultivos. La política profesional genera su propia estructura de continuidad. Quien sabe moverse en ella puede pasar de legislatura en legislatura sin regresar jamás a la vida civil.
Y así, poco a poco, el ciudadano normal descubre que el verdadero ascenso social no siempre está en la empresa privada ni en el emprendimiento, sino en la estructura partidaria.
Epílogo
Entrar en política puede ser un acto de idealismo.
Salir de ella, para algunos, es rendirse a la irrelevancia.
Yolanda Díaz: cuando el discurso se convierte en laberinto

En política, la forma es fondo. Y en el caso de Yolanda Díaz, su principal campo de batalla no siempre ha sido el Congreso ni la negociación laboral, sino el lenguaje.
La vicepresidenta segunda ha construido su perfil sobre una comunicación que pretende ser empática, inclusiva y sofisticada, pero que con frecuencia termina resultando confusa, forzada o excesivamente abstracta.
Díaz no improvisa. Su oratoria está claramente pensada: tono pausado, cadencia envolvente, vocabulario emocional. Habla de "escuchar", de "ensanchar derechos", de "proteger a la gente trabajadora", de "democratizar la empresa".
El problema no es la intención, sino la ejecución. En muchas ocasiones, sus intervenciones se deslizan hacia una acumulación de conceptos que parecen importantes pero que carecen de concreción operativa. La idea flota; la propuesta se diluye.
Uno de los rasgos más comentados de su discurso es el uso del lenguaje inclusivo. Expresiones como "autoridades y autoridadas" han generado debate sobre los límites entre convicción ideológica y eficacia comunicativa. El riesgo de este tipo de fórmulas es evidente: cuando la audiencia se centra en la forma, el contenido queda en segundo plano. En política, eso es un lujo peligroso.
A ello se suman frases que, por su densidad conceptual, resultan difíciles de descifrar. Díaz tiende a encadenar subordinadas, apelaciones éticas y términos técnicos en un mismo párrafo. El resultado puede sonar elevado, pero no siempre es claro. Y la claridad es una virtud política fundamental. Los grandes comunicadores —para bien o para mal— simplifican. Díaz, en cambio, a menudo complejiza.
También existe una tensión entre la expectativa generada y la viabilidad real de algunas propuestas. Cuando el discurso es ambicioso pero las concreciones legislativas son limitadas o difíciles de materializar, se produce una brecha entre relato y realidad. Esa brecha erosiona credibilidad. Y en un espacio político fragmentado como el de la izquierda alternativa, la credibilidad es capital escaso.
La comunicación política no es solo decir cosas; es lograr que se entiendan, se recuerden y se traduzcan en apoyo. En ese terreno, Díaz oscila entre la sofisticación y la opacidad. Entre la intención transformadora y la dificultad expresiva. El desafío para ella no es hablar más alto, sino hablar más claro.
Porque en política, cuando el mensaje no se entiende, otros lo reinterpretan. Y casi nunca a favor del emisor.
Patxi López nos toma por idiotas: ¿por qué nos odian tanto?

"¿Por qué nos odian tanto?". La pregunta la formuló Patxi López en referencia al PSOE, como si el partido atravesara una inexplicable ola de animadversión irracional, casi patológica. Como si la crítica fuera fruto del capricho, la desinformación o la maldad ajena. Como si el problema estuviera fuera y no dentro.
La pregunta no es ingenua. Es estratégica. Y, sobre todo, profundamente cínica.
Porque cuando un dirigente político pregunta por qué "les odian", está evitando formular la cuestión correcta: ¿qué hemos hecho para que tantos españoles desconfíen de nosotros? Cambiar el sujeto altera por completo la responsabilidad. No se trata de examinar decisiones, pactos, cesiones o contradicciones. Se trata de victimizarse.
El PSOE no sufre una campaña de odio espontáneo. Sufre el desgaste lógico de sus propias decisiones. Pactos con quienes prometió no pactar. Concesiones que antes calificaba de inconstitucionales. Indultos que aseguró que no cabían en su marco político. Reformas exprés de instituciones cuando conviene. Discursos que cambian con la aritmética parlamentaria.
La memoria colectiva no es tan frágil como algunos creen.
Cuando se prometió que no habría amnistía y luego se defendió como un ejercicio de "convivencia", no fue la derecha quien inventó la contradicción. Cuando se habló de regeneración democrática mientras se blindaban cuotas partidistas en órganos institucionales, no fue la prensa crítica quien fabricó la incoherencia. Cuando se apeló a la ejemplaridad mientras se normalizaban alianzas con formaciones que cuestionan el marco constitucional, no fue el adversario quien creó el malestar.
El votante no "odia". Evalúa.
Pero convertir la crítica en odio tiene una ventaja política evidente: deslegitima al discrepante. Si el que cuestiona lo hace por odio, entonces no merece ser escuchado. Si la oposición no discrepa, sino que "odia", entonces cualquier respuesta está justificada en nombre de la resistencia moral.
Es una técnica vieja: polarizar para cohesionar.
Patxi López, que conoce bien la política institucional, sabe que la confianza pública no se erosiona por campañas de animadversión abstracta, sino por acumulación de decisiones discutibles. Sabe que el desgaste no es emocional, es político. Y sabe que la pregunta correcta incomoda más que la retórica victimista.
Porque quizá la cuestión no sea "por qué nos odian tanto", sino por qué cada vez más ciudadanos perciben que el PSOE gobierna pensando antes en su supervivencia que en su palabra dada.
La política no es terapia grupal ni relato sentimental. Es responsabilidad. Y cuando un partido sustituye la autocrítica por la queja, el análisis por el agravio y la coherencia por la conveniencia, no está siendo víctima de odio: está recogiendo las consecuencias de su propia estrategia.
Plantear la pregunta como si el problema fuera la hostilidad ajena es, en el fondo, asumir que los ciudadanos no recuerdan, no comparan y no razonan.
Y ahí está el verdadero error. No es que la gente odie más. Es que cree menos.
Irene Montero: ¿cómo se convirtió en una mujer fanática e intolerante?

Irene Montero ha sido, sin duda, una de las dirigentes más controvertidas de la política española reciente. Para unos, símbolo de avance feminista y renovación generacional; para otros, exponente de sectarismo ideológico y de una nueva élite política que terminó reproduciendo los mismos vicios que decía combatir. La pregunta no es menor: ¿cómo se construyó esa imagen tan polarizada?
De la vida común a la primera línea política
Antes de su salto a la política institucional, Montero trabajó como cajera en un supermercado mientras cursaba estudios universitarios. Esa experiencia fue utilizada por su entorno político como símbolo de cercanía con la "gente corriente", un elemento central en la narrativa fundacional de Podemos. Vivía en Madrid en un contexto de precariedad compartida por muchos jóvenes de su generación, lo que encajaba con el discurso contra "la casta" y las élites tradicionales.
Su ascenso fue meteórico. De activista universitaria y colaboradora cercana de Pablo Iglesias, pasó en pocos años a portavoz parlamentaria y, posteriormente, a ministra de Igualdad. Este tipo de promoción acelerada, sin una larga trayectoria orgánica previa, generó tanto admiración como recelo. Para sus críticos, el poder le llegó demasiado pronto y sin los filtros que suelen templar el carácter político.
El discurso y la polarización
Montero adoptó un estilo comunicativo frontal, ideológicamente muy marcado y poco dado a la concesión retórica. En un contexto político ya tensionado, ese tono fue percibido por muchos como dogmático. Sus intervenciones sobre feminismo, identidad de género o inmigración no solo movilizaron a sus bases, sino que también consolidaron una imagen de intransigencia ante posiciones discrepantes.
En política, el estilo importa tanto como el fondo. Cuando el discurso se formula en términos de superioridad moral o de descalificación del adversario, la línea entre firmeza y fanatismo se vuelve difusa. Parte de la percepción pública de "intolerancia" proviene de esa forma de confrontación directa, especialmente amplificada en redes sociales y medios.
El "casoplón" de Galapagar y la narrativa de la coherencia
Uno de los episodios más dañinos para su credibilidad fue la compra del chalet en Galapagar junto a Pablo Iglesias. Más allá del derecho legítimo a mejorar las condiciones de vida personales, la operación chocó frontalmente con el discurso previo contra la "casta" y los privilegios. Aquella contradicción fue explotada por sus adversarios y dejó una marca simbólica difícil de borrar.
La crítica no fue tanto patrimonial como narrativa: cuando un proyecto político se construye sobre la denuncia moral de otros, cualquier incoherencia se magnifica. Desde entonces, la acusación de haberse integrado en aquello que se combatía se convirtió en un estribillo constante.
El poder y el aislamiento
El ejercicio del poder suele endurecer posiciones. Rodearse de un núcleo ideológicamente homogéneo puede reforzar la convicción de estar siempre en lo cierto. Algunos analistas han señalado que la evolución de Montero estuvo marcada por un progresivo encierro dentro de su círculo interno y por una nula permeabilidad a la crítica externa.
Cuando la política se convierte en identidad total, el margen para el matiz disminuye. Y cuando la crítica se interpreta siempre como ataque, el tono tiende a radicalizarse.
¿Fanatismo o coherencia ideológica?
Sus partidarios sostienen que ha mantenido una coherencia férrea en la defensa de sus postulados, incluso bajo presión. Sus detractores consideran que esa misma firmeza se transformó en rigidez excluyente.
Lo cierto es que Irene Montero encarna una generación política que llegó prometiendo romper el sistema y terminó atrapada por sus propias contradicciones, por la lógica del poder y por la polarización extrema del debate público español.
Más que una transformación personal aislada, su trayectoria refleja cómo la política contemporánea premia el choque, amplifica los extremos y convierte la convicción en espectáculo permanente. En ese terreno, la frontera entre liderazgo firme e intolerancia es cada vez más difusa.
El fracaso de Podemos: las contradicciones no perdonan. El karma tampoco.

Podemos nació como un terremoto político. En 2014, canalizó el malestar del 15-M, la indignación ante la crisis económica y el descrédito de las élites tradicionales. En pocos meses pasó de ser una incógnita mediática a convertirse en la tercera fuerza política del país. Parecía imparable. Hoy, apenas una década después, es un actor marginal, diluido en coaliciones ajenas y reducido a la irrelevancia parlamentaria. ¿Qué ocurrió?
El fracaso de Podemos no se explica por una sola causa, sino por una acumulación de errores estratégicos, tensiones internas y cambios de contexto que el partido no supo anticipar ni gestionar.
1. La institucionalización sin alma
Podemos nació como partido-movimiento, con una narrativa de ruptura, horizontalidad y regeneración democrática. Su fuerza provenía de la frescura y de una estética deliberadamente ajena a la política tradicional. Sin embargo, al dar el salto institucional, tuvo que adaptarse a las reglas del juego que había prometido transformar.
Ese tránsito resultó fallido. La entrada en las instituciones exigía disciplina, pragmatismo y negociación. Pero al mismo tiempo, su base reclamaba pureza ideológica y confrontación permanente. El equilibrio entre ambas dimensiones nunca se logró. En el proceso de profesionalización y burocratización, el partido perdió parte de la mística que lo hacía atractivo, sin conseguir convertirse plenamente en una organización sólida y estable.
2. La gestión del poder: del asalto a los cielos a la rutina ministerial
Cuando Podemos accedió al Gobierno en coalición, muchos de sus votantes interpretaron el hecho como una conquista histórica. Sin embargo, gobernar implica asumir límites, gestionar contradicciones y aceptar renuncias. La retórica del "asalto a los cielos" chocó con la realidad de los presupuestos, la política europea y los compromisos de estabilidad.
La gestión de ministerios clave mostró luces y sombras, pero el desgaste fue evidente. La presión mediática, los errores comunicativos y la dificultad para convertir su agenda en reformas estructurales consolidaron la percepción de que la transformación prometida se quedaba en gestos simbólicos o medidas parciales. Para una parte del electorado, Podemos dejó de ser la herramienta del cambio para convertirse en un socio más del sistema.
3. La fractura interna: personalismos y luchas de poder
Si hubo un punto de no retorno fue la fractura interna. Las tensiones entre corrientes no eran nuevas, pero se agudizaron tras las sucesivas derrotas electorales. La salida de dirigentes fundacionales, las disputas públicas y la incapacidad para integrar sensibilidades distintas generaron una imagen de división permanente.
La política convertida en pugna personal erosionó la credibilidad del proyecto colectivo. El partido que había prometido nuevas formas de hacer política reproducía los mismos vicios que criticaba: hiperliderazgo, purgas internas y escasa tolerancia a la discrepancia.
4. El cambio de ciclo político
Podemos surgió en un contexto muy concreto: crisis económica, austeridad, corrupción y descrédito institucional. Ese clima favorecía discursos de ruptura. Pero la política es dinámica. Con la recuperación económica parcial, la pandemia y la polarización ideológica, el eje del debate cambió.
La agenda identitaria sustituyó en parte a la agenda social, y el espacio político se fragmentó aún más. La aparición de nuevas plataformas a su izquierda y la reconfiguración del bloque progresista dejaron a Podemos desubicado. Llegó tarde a ese nuevo ciclo y no supo redefinir su papel con claridad.
5. Errores estratégicos y exceso de confrontación
Otro factor clave fue la estrategia comunicativa. La confrontación permanente, eficaz en la oposición, se volvió contraproducente en el gobierno. El tono beligerante reforzó la movilización de sus bases más fieles, pero dificultó la ampliación del electorado.
Además, la lectura excesivamente ideológica de la realidad social alejó a votantes moderados que en 2015 habían apostado por un cambio pragmático más que por una revolución cultural. Podemos no logró consolidar una mayoría transversal y quedó encerrado en un nicho.
6. Dependencia de liderazgos carismáticos
El proyecto estuvo fuertemente vinculado a figuras concretas. Esa personalización permitió un crecimiento rápido, pero también hizo al partido vulnerable. Cuando esos liderazgos se desgastaron o abandonaron la primera línea, no existía una estructura cohesionada capaz de sostener el impulso inicial.
Los partidos que perduran construyen cultura organizativa y cuadros intermedios. Podemos, en cambio, dependió en exceso de su núcleo fundador.
Su historia demuestra que irrumpir es más fácil que consolidar; que la indignación moviliza, pero no siempre gobierna; y que la política, al final, exige algo más que épica. Exige organización, cohesión y sentido de realidad. Sin esos elementos, incluso los proyectos que nacen con vocación de asaltar los cielos pueden terminar estrellándose contra el suelo.
El "frente popular" de Rufián: un fracaso anunciado.

Cuando uno cree haberlo visto todo en la política española, aparece Gabriel Rufián, el payaso del congreso, para recordarnos que siempre se puede ir varios pasos hacia atrás. Su última ocurrencia —rescatar el concepto de "frente popular" como fórmula política— no es solo un desliz retórico ni una boutade para redes sociales: es una declaración ideológica que resume a la perfección el estado de descomposición del bloque que sostiene al Gobierno.
Hablar de "frente popular" en la España de 2026 no es inocente. No es una metáfora simpática ni una referencia cultural neutra. Es un concepto cargado de historia, de sectarismo y de confrontación, asociado a la política de bloques, a la exclusión del adversario y a la idea de que solo una parte del país es legítima. Recuperarlo no es modernizar el debate: es embrutecerlo.
Rufián, que lleva diez años instalado en la provocación permanente, vuelve a ejercer de agitador verbal de un espacio político que ya no sabe cómo mantenerse unido. ERC, en caída libre electoral, necesita ruido para ocultar su irrelevancia creciente. Y nada genera más ruido que invocar fantasmas del pasado con un tono chulesco, como si la política fuera un hilo de X y no un ejercicio de responsabilidad pública.
Pero el problema va más allá de Rufián. Lo realmente inquietante es que su propuesta encaja como un guante en la lógica del sanchismo tardío: sumar cualquier cosa, a cualquier precio, con tal de conservar el poder. El "frente popular" no es una idea aislada, sino la verbalización brutal de lo que ya existe en la práctica: una coalición de intereses incompatibles, unida solo por el rechazo al adversario común y por el reparto de prebendas.
Nacionalistas, populistas, extrema izquierda, restos de una socialdemocracia sin rumbo… todos bajo el mismo paraguas, sin proyecto compartido, sin visión de país y sin más horizonte que resistir un poco más. No es un frente popular: es un frente del agotamiento.
La paradoja es que quienes presumen de progreso y modernidad recurren una y otra vez al lenguaje más viejo, más rancio y más divisivo de nuestra historia política. Mientras hablan de convivencia, reabren trincheras. Mientras invocan el diálogo, señalan al discrepante como enemigo. Y mientras dicen defender la democracia, la reducen a una aritmética parlamentaria sostenida por minorías cada vez más radicalizadas.
Rufián no propone nada nuevo. Solo pone nombre a una estrategia fracasada. Su "frente popular" no suma: resta. No ilusiona: asusta. Y no fortalece la democracia: la empobrece.
Porque cuando la política se convierte en un frente, el país deja de ser un proyecto común para transformarse en un campo de batalla. Y en ese terreno, como la historia ya demostró, nunca gana nadie. Solo se pierde tiempo, convivencia y futuro.
Sánchez está herido de muerte, pero el zombi sigue caminando. ¿Por qué no acaba de morir?

Pedro Sánchez está políticamente muerto. Lo saben sus adversarios, lo saben sus socios y, lo que es más significativo, lo sabe una parte creciente de su propio electorado. Sin embargo, ahí sigue: caminando, hablando desde la Moncloa como si nada hubiera pasado. Un zombi político que debería haber caído hace tiempo, pero que se resiste a hacerlo. La pregunta ya no es si está acabado, sino por qué no termina de caer.
La herida es evidente. Un Gobierno sostenido por una aritmética parlamentaria grotesca, dependiente de fuerzas que no creen en el proyecto común ni en el propio Estado; un presidente cercado por escándalos que afectan a su entorno más inmediato; una credibilidad internacional erosionada; y una sociedad cada vez más desconectada del relato triunfalista que se repite desde el poder. Sánchez gobierna sin pulso social, sin ilusión y sin horizonte. Eso, en política, suele ser sentencia de muerte.
Pero el zombi sigue caminando.
La primera razón es estructural. Sánchez no gobierna, resiste. No lidera un proyecto, administra una supervivencia. Ha convertido la política en una técnica de aguante, donde cada día que pasa sin elecciones es una victoria. El calendario es su mejor aliado. Mientras no haya urnas, no hay veredicto. Y mientras tanto, todo vale: cesiones, silencios, contradicciones, rectificaciones sin rubor. El objetivo no es gobernar bien, sino gobernar hoy.
La segunda razón es la anestesia institucional. El sistema español permite que un presidente profundamente debilitado continúe mientras conserve una mayoría parlamentaria mínima, aunque sea antinatural y precaria. No hay moción de censura viable, no hay disolución automática, no hay cortafuegos morales. El zombi no cae porque nadie tiene la fuerza suficiente para empujarlo definitivamente al suelo.
La tercera razón es el miedo. Miedo de los socios a unas elecciones que los barrerían. Miedo del propio PSOE a enfrentarse a las urnas tras años de desgaste, cesiones y cinismo. Miedo a que el relato se desplome en cuanto la campaña obligue a hablar claro. Sánchez no gobierna solo: gobierna una coalición del pánico, unida no por un proyecto compartido, sino por el miedo a perder el poder.
Y luego está el factor personal. Sánchez ha demostrado una capacidad extraordinaria para sobrevivir donde otros habrían dimitido. No por convicción, sino por impermeabilidad. No escucha, no rectifica, no asume responsabilidades. Avanza porque no reconoce límites. En política, la falta de escrúpulos no garantiza el éxito, pero sí alarga la agonía.
El problema no es solo que Sánchez siga ahí. El problema es el precio que se paga por cada día más de esta supervivencia artificial. Instituciones degradadas, polarización extrema, desconfianza ciudadana, cesiones que hipotecan el futuro y un clima político irrespirable. El zombi camina, sí, pero deja un rastro de deterioro a su paso.
Sánchez está herido de muerte. No hay recuperación posible, solo demora. La política española no vive una etapa de estabilidad, sino una prórroga. Y como ocurre siempre con los zombis, la pregunta no es cuándo caerá, sino cuánto daño hará antes de hacerlo.
El estancamiento ideológico y político de un PP cómodamente instalado en la alternancia

El Partido Popular no está en crisis. Está en algo peor: en una cómoda hibernación. No sufre derrotas traumáticas ni victorias transformadoras. Vive instalado en la alternancia como quien acepta un papel secundario pero estable en un escenario que se repite desde hace décadas. Gobernar cuando el PSOE se quema, esperar cuando el PSOE gobierna. Y volver. Sin proyecto, sin riesgo, sin ambición ideológica.
El PP ha renunciado hace tiempo a ser un partido con ideas claras. Su estrategia se resume en una consigna silenciosa pero eficaz: no molestar, no definirse demasiado, no incomodar a nadie. Administrar el descontento, no liderarlo. Capitalizar el desgaste del adversario, no ofrecer una alternativa reconocible. El resultado es un partido que aspira al poder sin saber muy bien para qué.
Esta renuncia se percibe en todo. En el discurso, cada vez más plano y tecnocrático. En la falta de una visión de país que vaya más allá de la "buena gestión". En la obsesión por parecer moderado incluso cuando la realidad exige firmeza. El PP ha convertido la ambigüedad en método y la tibieza en identidad. Y lo ha hecho convencido de que, tarde o temprano, el turno llegará solo.
Pero la alternancia sin ideología es una trampa. Porque cuando un partido se limita a esperar su momento, deja de disputar el sentido del debate público. Y ese espacio no queda vacío: lo ocupan otros. Mientras el PP mide cada palabra para no salirse del marco aceptable, otros actores políticos fijan los temas, marcan los límites y movilizan emociones. El PP reacciona; nunca propone. Corrige; nunca impulsa. Matiza; nunca lidera.
El problema no es únicamente electoral. Es político y cultural. Un partido que se resigna a gestionar lo existente acaba defendiendo el statu quo, incluso cuando ese statu quo es el que dice querer cambiar. Por eso el PP asume marcos ideológicos ajenos, evita batallas culturales y huye de cualquier debate que no pueda resolverse con una hoja de Excel. Ha confundido la prudencia con la ausencia de carácter.
Esta actitud tiene un coste creciente. Un electorado que busca convicción encuentra cálculo. Quien pide claridad recibe silencios estratégicos. Y quien espera una oposición firme frente a un gobierno cada vez más intervencionista y polarizador se topa con un partido que parece más preocupado por no asustar a ciertos editoriales que por representar a sus votantes.
El PP se ha convertido, así, en un partido de tránsito: útil para desalojar al PSOE, pero incapaz de ilusionar, transformar o marcar una dirección clara. Un partido que gobierna sin relato y hace oposición sin pulso. Que confía más en el desgaste ajeno que en la fuerza propia.
La gran pregunta no es si el PP volverá a gobernar. Probablemente lo hará. La pregunta es si, cuando lo haga, alguien notará la diferencia. Porque un partido instalado cómodamente en la alternancia puede ganar elecciones. Lo que no puede es liderar un país.