sábado, 18 de julio de 2026

Una fotografía contra el tiempo

Leo Messi y Lamine Yamal

Leo Messi, Sheila, la mamá, y el bebé Yamal

He visto una fotografía que millones de aficionados al fútbol contemplan con emoción. En ella aparece un joven Lionel Messi, de cabello largo, bañando a un bebé llamado Lamine Yamal durante una campaña benéfica de UNICEF. Diecinueve años después, aquel niño es una de las grandes figuras del fútbol mundial.

No me interesa el fútbol. Nunca me interesó.

Mi padre me llevó una vez al estadio de Balaídos para ver al Celta de Vigo. Yo tenía cuatro años. Aquella fue mi primera y última visita a un campo de fútbol. No hubo ninguna decepción ni ningún disgusto. Sencillamente comprendí que aquel fervor colectivo me era ajeno.

Con el tiempo descubrí que mi distancia no era respecto al fútbol, sino respecto a las multitudes.

Nunca me sentí cómodo entre miles de personas movidas por una misma emoción. Me ocurre en los estadios, en las procesiones religiosas y en las manifestaciones políticas. Cuando la multitud habla con una sola voz, el individuo suele guardar silencio. Siempre he preferido la conversación al coro, la biblioteca a la plaza, el paseo solitario al desfile.

En eso me siento cercano a Jorge Luis Borges. Él desconfiaba de las multitudes porque intuía que el hombre corre el riesgo de dejar de ser él mismo cuando se confunde con la masa. La inteligencia necesita silencio; el entusiasmo colectivo suele necesitar ruido.

Y, sin embargo, esa fotografía me ha conmovido.

No por el fútbol, sino por el tiempo.

El tiempo posee un extraño sentido del humor. Hace que un muchacho desconocido sostenga entre sus brazos a un bebé anónimo y, muchos años después, convierte aquella escena doméstica en un documento histórico. El fotógrafo ignoraba lo que estaba fotografiando. Messi lo ignoraba. La madre del niño también. Solo el tiempo conocía el argumento completo.

Borges escribió que el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos. Quizá por eso ciertas fotografías parecen transformarse con los años. La imagen permanece inmóvil, pero nosotros ya no somos los mismos que la contemplamos. Es el tiempo quien la reescribe.

Tal vez esa sea la verdadera razón por la que millones de personas comparten hoy esa fotografía. Creen celebrar un encuentro entre dos futbolistas extraordinarios, pero, sin saberlo, celebran otra cosa: el misterio de las casualidades que solo adquieren sentido cuando han transcurrido muchos años.

Yo seguiré sin entrar en un estadio. A mi edad, tampoco siento curiosidad por hacerlo. Pero agradezco que, de vez en cuando, una simple fotografía nos recuerde que el tiempo escribe novelas mucho mejores que los novelistas y que el azar, ese discreto colaborador de la Providencia —o, para quien no crea en ella, de la pura casualidad—, posee una imaginación inagotable.

viernes, 17 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 13 – Vivir en la verdad

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Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias inspiradas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, quisiera compartir con usted uno de los principios que han guiado mi vida y que, con el paso de los años, me llevaron a reconocer que muchas de mis ideas y opiniones estaban profundamente equivocadas. Comprendí demasiado tarde que había cometido un grave error al no dialogar serenamente con mi padre cuando me hablaba de su experiencia durante la Segunda República, de las dificultades que encontró para ganarse honradamente el sustento y de cómo tuvo que sobrevivir en un ambiente de creciente polarización y odio.

Lo que más me duele ahora, al final de mi vida, es comprobar que en España la mentira parece haberse instalado en el tejido social, político y cultural con una naturalidad que resulta desconcertante. No me refiero únicamente a los pequeños engaños cotidianos, sino a una forma de actuar que, en demasiadas ocasiones, se practica sin pudor e incluso se exhibe como si no tuviera consecuencias.

La mentira ha terminado por convertirse en una costumbre. Cada vez cuesta más encontrar un terreno firme sobre el que sostenerse. Lo que antes eran convicciones nacidas de la experiencia y del esfuerzo por conocer la realidad, hoy se presenta con frecuencia como simples opiniones intercambiables. Es como si el suelo mismo se resquebrajara bajo nuestros pies. La confianza se erosiona, el lenguaje pierde su significado y la esperanza se debilita.

Sin embargo, la verdad no depende de las mayorías ni de las encuestas. Vivir en la verdad, cuando la mentira parece rodearlo todo, comienza siempre por lo más cercano. No podemos gobernar la lengua de los políticos ni impedir la manipulación de quienes ostentan el poder, pero sí podemos vigilar nuestras propias palabras, custodiar el corazón y mantener la rectitud de nuestros actos.

Cada vez que decidimos no exagerar, no engañar o no difundir un rumor que desconocemos si es cierto, estamos sembrando una pequeña luz en medio de la oscuridad. La verdad no se manifiesta únicamente en lo que decimos, sino, sobre todo, en la forma en que vivimos. La transparencia de la conducta y la coherencia entre las palabras y los hechos constituyen el testimonio más convincente. Las personas podrán discutir nuestras ideas, pero les resultará mucho más difícil negar una vida honrada.

La verdad no es un arma para condenar a los demás, sino un testimonio que libera a quien procura vivir conforme a ella. Hubo un tiempo en España en que bastaban la palabra dada y un apretón de manos para cerrar un acuerdo. No era porque no existieran los contratos escritos, sino porque la confianza precedía al papel, y el documento no hacía más que confirmar un compromiso que ya había nacido del honor.

Cuando las lágrimas inundaron mis ojos al escuchar por televisión el anuncio de su muerte, comprendí que, en el fondo, no lloraba únicamente por un hombre. Lloraba por el final de un tiempo que había marcado mi infancia y mi juventud, de una España que, con todas sus luces y sus sombras, había contribuido a formar mi manera de entender la vida.

Franco: Ha dicho usted una frase que merece ser meditada: «Vivir en la verdad.» Son muy pocos los que llegan al final de su vida con el valor suficiente para reconocer que estuvieron equivocados. La mayoría prefiere reescribir su pasado antes que examinar su conciencia. Usted ha escogido el camino más difícil.

También me habla de su padre. Escuchar a quienes nos precedieron no significa aceptar sin crítica todo cuanto vivieron, pero sí reconocer que la experiencia posee un valor que ninguna ideología puede sustituir. Cada generación cree inaugurar el mundo y, con frecuencia, desprecia las lecciones de quienes caminaron antes. Ese orgullo suele pagarse caro.

Respecto a España, no creo que la mentira haya nacido en estos tiempos. Siempre ha acompañado a la política, a la ambición y a las pasiones humanas. Lo que quizá distingue a nuestra época es que ya no siente la necesidad de disfrazarse. Antes el mentiroso procuraba aparentar honradez; ahora, en ocasiones, parece presumir de su mentira, confiando en que el ruido, la propaganda o el interés partidista terminarán imponiéndose sobre los hechos.

Pero no caiga usted en el desaliento. Ninguna nación puede sostenerse indefinidamente sobre la falsedad. La mentira puede conquistar gobiernos, periódicos o parlamentos; jamás conquista la realidad. Tarde o temprano, los hechos terminan reclamando sus derechos.

Ha recordado usted aquellos tiempos en que bastaba la palabra dada para sellar un compromiso. No era una perfección imposible ni una virtud exclusiva de España. Era, simplemente, una sociedad donde el honor todavía tenía un valor práctico. Cuando un pueblo deja de confiar en la palabra de sus semejantes, comienza a levantar montañas de documentos, reglamentos y burocracia. Cuanto menos vale la palabra, más crece el papel.

Y permítame detenerme en sus lágrimas. Ya le dije en otra ocasión que no las interpreté como una adhesión al franquismo. Tampoco ahora lo hago. Las lágrimas tienen una sabiduría que muchas veces ignora la razón. Usted lloró porque sintió que terminaba el mundo en el que había aprendido a vivir. Todos los hombres, al contemplar el derrumbe de la casa donde crecieron, experimentan una mezcla de tristeza, incertidumbre y desamparo, aunque esa casa estuviera llena de imperfecciones.

No aspire, por tanto, a convencer a todos de cuál es la verdad. Esa tarea corresponde, en último término, a Dios y a la historia. Aspire únicamente a no traicionar la verdad que su conciencia, honradamente formada, le permita reconocer. Quien vive así quizá no cambie el rumbo de una nación, pero conservará algo mucho más difícil de recuperar cuando se pierde: la paz consigo mismo.

La muerte civil de Zapatero

Rodríguez Zapatero

La política tiene un mecanismo implacable. Hay momentos en los que un dirigente deja de ser un activo para convertirse en un lastre. No porque haya desaparecido de la escena pública, sino porque cada una de sus intervenciones recuerda a los ciudadanos un pasado que muchos preferirían olvidar y un presente que inspira cada vez menos confianza. Es lo que, en sentido figurado, podría denominarse la muerte civil de un personaje político.

José Luis Rodríguez Zapatero atraviesa uno de esos momentos. Durante años ejerció como expresidente influyente, interlocutor internacional y consejero permanente del actual presidente del Gobierno. Su figura proyectaba la imagen de un veterano capaz de intervenir discretamente en asuntos delicados. Sin embargo, el desgaste acumulado y las controversias que rodean algunas de sus actuaciones han reducido considerablemente su capacidad para aportar prestigio al Partido Socialista.

El problema es que Zapatero ya no representa únicamente su propia trayectoria. Para una parte importante de la opinión pública simboliza una determinada forma de entender el poder, la política exterior y las relaciones entre el Gobierno y determinados intereses. Su nombre aparece asociado con frecuencia a debates que el PSOE difícilmente puede controlar y que desvían la atención de cualquier intento de reconstruir su imagen.

Pero si Zapatero constituye hoy un problema para el Partido Socialista, Pedro Sánchez representa un desafío todavía mayor. El presidente del Gobierno acumula un nivel de polarización pocas veces visto en la democracia española. Sus apoyos continúan siendo sólidos entre una parte del electorado, pero también crece el número de ciudadanos que consideran agotado su proyecto político.

La sucesión de polémicas, investigaciones judiciales que afectan a personas de su entorno, la tensión institucional permanente y la creciente desconfianza entre amplios sectores de la sociedad han erosionado notablemente la autoridad del Ejecutivo. Incluso quienes no comparten las críticas más severas reconocen que el clima político se ha deteriorado hasta extremos preocupantes.

Cuando un Gobierno dedica más energía a gestionar las crisis que a desarrollar un programa de reformas, es inevitable que surja una pregunta: ¿dispone todavía del respaldo político y moral suficiente para seguir gobernando?

En las democracias parlamentarias la respuesta a esa pregunta corresponde, en primer lugar, al Congreso de los Diputados. Mientras el Ejecutivo conserve la confianza de la Cámara, su continuidad es plenamente legítima desde el punto de vista constitucional. Sin embargo, existe también una legitimidad política que conviene cuidar. Cuando la distancia entre los gobernantes y una parte significativa de la ciudadanía se hace demasiado profunda, la convocatoria de elecciones deja de interpretarse como una derrota para convertirse en un ejercicio de responsabilidad democrática.

España atraviesa una etapa especialmente delicada. La economía afronta importantes desafíos; la confianza en las instituciones necesita ser reforzada y la crispación política alcanza niveles que dificultan cualquier consenso. En estas circunstancias, prolongar indefinidamente una legislatura marcada por la confrontación puede contribuir a aumentar el desgaste institucional.

Las urnas constituyen el mecanismo más limpio para resolver una crisis de confianza. Permiten que sean los ciudadanos quienes decidan si desean renovar el mandato del Gobierno, abrir una nueva etapa política o confirmar la continuidad del proyecto actual. En democracia no existe instrumento más legítimo.

Por ello, la convocatoria de elecciones generales podría interpretarse no como una cesión ante la presión política, sino como un acto de confianza en la soberanía popular. Si Pedro Sánchez considera que mantiene el respaldo mayoritario de los españoles, las urnas le ofrecerían la oportunidad de revalidarlo. Si, por el contrario, ese respaldo se hubiera debilitado, correspondería a los ciudadanos decidir el rumbo que desean para España.

Porque, al final, ningún dirigente político es imprescindible. Los gobiernos pasan, los partidos cambian y los líderes son sustituidos. Lo verdaderamente permanente es el derecho de los ciudadanos a elegir libremente quién debe gobernarlos. Cuando la confianza pública se resquebraja de forma persistente, devolver la palabra al pueblo no debilita la democracia: la fortalece.

jueves, 16 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 12 – La clase media se convierte en el grupo social mayoritario

La TV entra en las familias.

Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, en el capítulo anterior hablamos del crecimiento económico. Hoy me gustaría hablar de algo más importante: de las personas que cambiaron con ese crecimiento.

Yo pertenecí a una familia que vivió aquella transformación desde dentro. Mi padre llegó a tener una pequeña empresa de alquiler de automóviles sin conductor. Disponía de una treintena de vehículos, la mayoría Seat 600, además de algunos Seat 1500 y, más tarde, varios Seat 127. Aquellos coches no eran simplemente un negocio: eran el reflejo de una España que empezaba a moverse, literalmente, sobre cuatro ruedas.

Voy a ofrecer algunos datos. No para usted, que los conoce mejor que yo, sino para quienes niegan que aquel desarrollo existiera y para los españoles de buena voluntad que desean comprender una etapa decisiva de nuestra historia.

Durante las dos primeras décadas de la posguerra, España seguía siendo un país mayoritariamente rural, empobrecido y con escasa apertura al exterior. La situación comenzó a cambiar a partir de 1959 con el Plan de Estabilización y la creciente influencia de los ministros tecnócratas.

La apertura económica provocó un éxodo rural de enormes dimensiones. Millones de españoles abandonaron el campo para incorporarse a las fábricas y al sector servicios, impulsado por el turismo, el comercio, la banca y las nuevas actividades urbanas.

Antes de 1960, la mayor parte de la población activa trabajaba en la agricultura, a menudo en condiciones de subsistencia. Diez años después, los obreros industriales cualificados, los empleados administrativos, los funcionarios y los profesionales del sector servicios constituían ya el núcleo de la sociedad urbana. Sus salarios aumentaron progresivamente y, por primera vez para muchas familias, apareció la posibilidad del ahorro.

El nacimiento de la clase media no se reflejó únicamente en la renta, sino también en una forma completamente distinta de vivir.

El automóvil dejó de ser un privilegio reservado a unos pocos. El Seat 600 se convirtió en el gran símbolo de aquella España que descubría las excursiones dominicales y las vacaciones familiares. Una popular canción repetía: «Adelante, hombre del seiscientos; la carretera nacional es tuya». Medio siglo después, todavía existe una activa comunidad de aficionados dedicada a conservar estos vehículos, intercambiar piezas y mantener viva su memoria.

La llegada del frigorífico, la lavadora y la televisión transformó la vida doméstica. El salón pasó a ser el centro de la casa y muchas tareas que exigían horas de esfuerzo comenzaron a realizarse en minutos.

Al mismo tiempo, el acceso a la vivienda en propiedad se convirtió en una aspiración alcanzable para un número creciente de familias. La política de viviendas protegidas favoreció la formación de un amplio patrimonio familiar y consolidó una sociedad de propietarios.

Cuando comenzó la Transición, más de la mitad de los españoles podía considerarse integrante de la clase media o se identificaba con ella.

Aquella nueva clase media, con estabilidad económica, acceso creciente a la educación —las universidades comenzaron a llenarse de hijos de obreros como nunca antes— y el deseo de equipararse a las democracias europeas, constituyó uno de los pilares que hicieron posible una Transición ampliamente pacífica y basada en el consenso.

Resulta paradójico que, medio siglo después, algunos parezcan añorar precisamente aquello que la inmensa mayoría de los españoles quiso dejar atrás: una España dividida en dos mitades irreconciliables.

Franco: No me sorprende que haya querido dedicar un capítulo entero a la clase media. Las cifras del crecimiento económico son importantes, pero solo adquieren verdadero significado cuando cambian la vida de las personas.

Siempre he sostenido que un gobernante debe procurar que el mayor número posible de familias pueda vivir con dignidad, trabajar, ahorrar y mirar al futuro con confianza. Un país donde solo existen ricos y pobres es un país inestable. Entre ambos debe existir un amplio cuerpo social que actúe como elemento de equilibrio.

Algunos creen que la prosperidad consiste únicamente en aumentar la producción. Yo nunca lo entendí así. La prosperidad debía traducirse en hogares mejor equipados, en viviendas propias, en hijos con estudios y en familias capaces de permitirse unas vacaciones. Esos pequeños logros cotidianos son los que cambian verdaderamente una nación.

Por eso nunca desprecié el consumo popular. Al contrario. Cuando un obrero compra un automóvil, un frigorífico o un piso, no solo mejora su nivel de vida; también adquiere un interés directo en la estabilidad del país. Quien posee algo procura conservarlo. Esa es una verdad tan antigua como la propia política.

Recuerdo que algunos intelectuales criticaban aquella España del Seat 600, de los apartamentos en la playa y de la televisión en blanco y negro, como si todo aquello fuera una manifestación de vulgaridad. Yo pensaba justamente lo contrario. Era la prueba de que millones de españoles disfrutaban por primera vez de comodidades que antes estaban reservadas a una minoría.

Naturalmente, no todo fue perfecto. Persistieron desigualdades, hubo errores de planificación y muchas familias continuaron viviendo con dificultades. Nunca he sostenido que construyéramos una sociedad ideal. Lo que afirmo es que España dio, en apenas quince años, un salto económico y social que habría parecido imposible en la inmediata posguerra.

Hay un hecho que suele olvidarse. La Transición política no surgió sobre un país hambriento, sino sobre una sociedad mucho más próspera, más educada y más moderada que la de décadas anteriores. Sin esa amplia clase media, difícilmente habría sido posible un cambio político tan pacífico. Las instituciones pueden diseñarse sobre el papel, pero la estabilidad de una nación siempre descansa, en última instancia, sobre la fortaleza de sus familias.

Y permítame terminar con una reflexión. La prosperidad no elimina los conflictos, pero los hace menos peligrosos. Cuando los ciudadanos tienen trabajo, patrimonio, hijos estudiando y proyectos de futuro, suelen preferir los acuerdos a las revoluciones. Por eso me preocupa que algunos vuelvan a alimentar el lenguaje de las dos Españas. Quienes no vivieron aquella división la invocan con demasiada ligereza. Los que sí la vivimos sabemos que ningún beneficio político compensa el precio que España pagó por ella. 

Conversaciones con Franco – Capítulo 11 – El Plan de Estabilización de 1959

Seat 600

Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, al terminar la Guerra Civil España era un país devastado. A las heridas del conflicto se unían el aislamiento internacional, la escasez de divisas y una economía que parecía incapaz de despegar. A finales de los años cincuenta, la situación había llegado a un punto crítico y su Gobierno emprendió un cambio profundo de orientación económica. Con la incorporación de un grupo de ministros técnicos, conocidos popularmente como los tecnócratas del Opus Dei, se puso en marcha el Plan de Estabilización de 1959.

A partir de entonces comenzó una transformación que pocos discuten en cuanto a su intensidad, aunque sí en cuanto a sus causas y a sus protagonistas. España experimentó durante los años sesenta uno de los mayores ritmos de crecimiento económico del mundo, sólo superado por Japón. La producción industrial se multiplicó, la renta per cápita prácticamente se duplicó, el turismo se convirtió en una gran fuente de riqueza, la inversión extranjera aumentó de forma notable y las remesas enviadas por cientos de miles de españoles emigrados contribuyeron decisivamente al desarrollo del país.

Todavía hoy existe discusión sobre si España llegó a ocupar el octavo, noveno, décimo o duodécimo puesto entre las economías o las potencias industriales del mundo. Las cifras varían según las fuentes y los criterios empleados. Lo verdaderamente importante, sin embargo, no es un puesto concreto en una clasificación, sino el hecho, ampliamente documentado, de que España vivió un extraordinario proceso de modernización económica y social.

Naturalmente, aquel crecimiento no benefició por igual a todas las regiones y dejó problemas importantes sin resolver. Pero resulta difícil negar que, en apenas una década, el país había cambiado de una manera que parecía inimaginable pocos años antes.

Además de los datos económicos, conservo un recuerdo muy vivo de aquella transformación. Las carreteras comenzaron a llenarse de aquellos simpáticos Seat 600 que simbolizaban una nueva forma de vivir. Mi padre, que era un hombre emprendedor, fundó un negocio de alquiler de automóviles sin conductor y llegó a tener una flota de treinta coches. Para mi familia, el llamado milagro económico no fue una teoría ni una estadística: fue una realidad que vivimos día a día.

Por eso me gustaría preguntarle si considera que ese desarrollo fue el mayor logro de su régimen. Más allá del vencedor de la Guerra Civil y del jefe del Estado durante casi cuarenta años, muchos sostienen que usted fue también el principal impulsor de la transformación económica que convirtió a España en una nación moderna y que creó las condiciones materiales sobre las que, años después, pudo asentarse la Transición democrática.

Franco: Comprendo que muchos quieran reducir mi mandato a la Guerra Civil y a la represión de la inmediata posguerra. Es una simplificación muy útil para quienes desean juzgar cuarenta años de historia desde una sola fotografía. Pero gobernar un país no consiste únicamente en ganar una guerra; consiste, sobre todo, en reconstruirlo y asegurar su porvenir.

Cuando terminó la contienda recibimos una España arruinada. Había que levantar puentes, carreteras, fábricas, escuelas, viviendas y pantanos. Había que alimentar a una población empobrecida y mantener la independencia nacional en un mundo dividido por la Guerra Fría. Quienes hoy analizan aquellos años olvidan con demasiada facilidad el punto de partida.

Es cierto que durante un tiempo mantuvimos una política económica muy intervencionista. Creíamos que era la mejor forma de proteger la soberanía del país después de una guerra devastadora y en medio de un aislamiento internacional que no habíamos buscado. Con el paso de los años comprobamos que aquella política había llegado a sus límites y fue necesario rectificar.

Algunos presentan esa rectificación como una derrota ideológica. Yo la considero una obligación de gobierno. Un gobernante no debe permanecer prisionero de sus propias decisiones si las circunstancias cambian. Debe conservar los principios esenciales, pero adaptar los instrumentos.

Por eso confié en hombres técnicamente preparados, independientemente de su procedencia. Se les ha llamado los tecnócratas del Opus Dei, pero yo nunca los elegí por pertenecer a una organización religiosa. Los elegí porque creía que podían sacar adelante una economía que necesitaba abrirse al exterior sin renunciar a la estabilidad política.

Los resultados están ahí. España dejó de ser un país agrícola y atrasado para convertirse en una nación industrial. Millones de españoles encontraron empleo. Surgió una amplia clase media, crecieron las universidades, mejoraron las infraestructuras y miles de familias pudieron adquirir una vivienda, un automóvil o disfrutar de vacaciones, algo que para generaciones anteriores había sido impensable.

Naturalmente, no todo fue perfecto. Persistieron desigualdades territoriales y muchos españoles tuvieron que emigrar para buscar oportunidades. No ignoro esas realidades. Pero incluso esa emigración contribuyó al progreso del país mediante las remesas que enviaban y la experiencia profesional que muchos trajeron de regreso.

Algunos afirman hoy que el llamado milagro económico se produjo a pesar del régimen. Es una afirmación difícil de sostener. Ninguna transformación de semejante magnitud habría sido posible sin un Estado capaz de garantizar orden, continuidad y seguridad jurídica durante muchos años. Las inversiones no llegan donde reina la incertidumbre permanente.

No me preocupa demasiado si España fue la octava, la novena o la duodécima potencia industrial. Esas clasificaciones cambian según el criterio empleado. Lo verdaderamente importante es que una generación de españoles vio mejorar su nivel de vida como nunca antes había ocurrido en nuestra historia contemporánea.

Comprendo que existan críticas legítimas a mi régimen. Ningún gobierno está por encima del juicio de la Historia. Lo que considero injusto es negar unos hechos económicos que forman parte de esa misma Historia. Los documentos, las estadísticas, las fábricas construidas, las autopistas, los embalses, las universidades y los millones de vidas que cambiaron constituyen un testimonio mucho más sólido que los eslóganes políticos.

La Historia debe servir para comprender, no para borrar aquello que resulta incómodo. Sólo una nación capaz de reconocer sus luces y sus sombras puede reconciliarse plenamente consigo misma.

miércoles, 15 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 10 – El pecado imperdonable

La desnazificación en Alemania.

Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, usted es culpable de ganar la guerra. Ese fue, quizá, su mayor delito a los ojos de una parte de la sociedad española: haber derrotado militarmente al bando republicano.

Muchos historiadores responderían que esa afirmación simplifica demasiado la cuestión. Sostendrían que el rechazo hacia su figura no se debe únicamente a la victoria de 1939, sino a lo que vino después: una dura represión en la posguerra, miles de ejecuciones documentadas, casi cuarenta años sin elecciones libres, censura y un sistema político sin libertades.

Sin embargo, también es cierto que algunos autores han señalado una llamativa asimetría en el juicio histórico. Regímenes comunistas responsables de millones de víctimas, como la Unión Soviética, o la dictadura cubana, han recibido en determinados ambientes intelectuales una comprensión o una indulgencia que nunca se concedió al franquismo. Historiadores como Stéphane Courtois o Stanley Payne han reflexionado, desde perspectivas diferentes, sobre ese distinto rasero.

Por eso mi pregunta no pretende negar los aspectos más controvertidos de su régimen, sino comprender un fenómeno histórico. ¿Por qué cree usted que el franquismo no fue objeto de un juicio comparable al que el comunismo recibió tras la caída del bloque soviético, ni tampoco de un proceso semejante a la desnazificación alemana? ¿Considera que existe una asimetría en la memoria histórica del siglo XX?

Franco: Comprendo el sentido de su pregunta, pero permítame comenzar por una precisión. Ningún gobernante puede aspirar a ser juzgado únicamente por sus intenciones ni por las circunstancias que le rodearon. Al final, la historia termina examinando los hechos.

Dicho esto, creo que existe una diferencia evidente entre la memoria y la historia. La memoria suele ser selectiva; la historia, cuando es honrada, debería aspirar a comprender incluso aquello que le resulta incómodo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el nazismo quedó asociado a la derrota militar más absoluta y a unos crímenes cuya magnitud conmocionó al mundo. La Unión Soviética, en cambio, figuró entre los vencedores. Esa condición política influyó durante décadas en la percepción internacional de los distintos regímenes. La Guerra Fría convirtió muchas interpretaciones históricas en instrumentos ideológicos.

España quedó al margen de esa guerra mundial. Mi régimen no fue derrotado por un ejército extranjero ni sustituido por una ocupación aliada. Terminó por su propia evolución biológica y política. Esa diferencia explica que nunca existiera un proceso comparable a la desnazificación alemana.

En cuanto al comunismo, el juicio moral sobre sus crímenes llegó tarde y de manera desigual. Cuando se abrieron los archivos soviéticos, muchos hechos ya no podían discutirse, pero las simpatías ideológicas acumuladas durante décadas hicieron que algunos prefirieran mirar hacia otro lado. La historia también tiene sus modas.

Ahora bien, tampoco pretendo atribuir todas las críticas que recibe mi régimen a esa circunstancia. Sería una explicación demasiado cómoda. Goberné durante muchos años, restringí libertades y tomé decisiones que siguen siendo objeto de un legítimo debate histórico. Quien ejerce el poder durante tanto tiempo debe aceptar que su legado sea examinado con severidad.

Lo que sí pediría es una única cosa: que el mismo criterio moral se aplique a todos. Si las víctimas del nazismo merecen memoria, también la merecen las del comunismo. Si las limitaciones de mi régimen deben ser estudiadas sin complacencia, las de otros sistemas políticos deberían recibir un examen igualmente riguroso. La historia pierde credibilidad cuando pesa los sufrimientos con balanzas distintas.

No aspiro a una absolución. Ningún hombre debería esperarla de la historia. Me bastaría con un juicio que no comenzara por la sentencia antes de escuchar las pruebas.

martes, 14 de julio de 2026

Rajoy es un político desprovisto de ego. Su frase sobre el equipo francés no tiene la malicia que le dan algunos

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy nunca ha destacado por el culto a su propia imagen. Quienes han seguido su trayectoria política saben que, con sus virtudes y sus defectos, siempre ha transmitido una impresión poco frecuente en la política actual: la de un hombre más inclinado a la ironía que a la grandilocuencia, más cómodo con el humor involuntario que con el protagonismo personal.

En una época en la que muchos dirigentes parecen medir cada palabra para construir una marca personal, Rajoy ha dado la sensación contraria. No necesitaba parecer ingenioso ni resultar simpático. Hablaba con naturalidad, incluso a riesgo de ser criticado por ello.

Por eso resulta discutible la interpretación que algunos han hecho de su conocida frase sobre la selección francesa. Hay quienes han querido ver en ella una intención maliciosa o una crítica dirigida contra los jugadores de origen inmigrante. Sin embargo, una lectura desapasionada permite llegar a una conclusión diferente.

Rajoy no es un político dado a los dobles mensajes ni a las insinuaciones calculadas. Quienes le atribuyen una estrategia de ese tipo probablemente proyectan sobre él una forma de hacer política que nunca ha sido la suya. Su estilo ha sido, precisamente, el de expresar con espontaneidad pensamientos que otros habrían revestido de mayor prudencia.

En el debate público actual existe una creciente tendencia a interpretar cualquier comentario desde la sospecha. Se buscan intenciones ocultas, segundas lecturas o mensajes cifrados incluso cuando la explicación más sencilla suele ser la más verosímil. Esa dinámica empobrece el debate y favorece la polarización.

Es legítimo discrepar de Mariano Rajoy en muchas cuestiones políticas. Sus gobiernos y sus decisiones pueden ser objeto de crítica, como corresponde en una democracia. Pero una valoración justa exige distinguir entre los hechos y las interpretaciones.

No toda frase desafortunada nace de la mala fe. En ocasiones responde simplemente a la espontaneidad de quien no vive obsesionado por construir un relato sobre sí mismo. Y, en el caso de Rajoy, esa explicación parece mucho más coherente con el personaje que la de atribuirle una intención que nunca ha caracterizado su forma de actuar.

La política necesita más análisis sereno y menos juicios precipitados. Antes de convertir una declaración en motivo de escándalo conviene preguntarse quién la pronunció, cuál ha sido su trayectoria y si realmente existe fundamento para atribuirle una intención que no se desprende de sus palabras. En el caso de Mariano Rajoy, su personalidad pública invita a pensar que, más que malicia, hubo la misma espontaneidad que tantas veces ha definido su manera de expresarse.

lunes, 13 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 8

Milicianos exhiben el cadáver de un cura o una monja.

Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, el anticlericalismo español no nace con la Segunda República. Es una corriente con raíces profundas en el siglo XIX que la República heredó, intensificó en determinados aspectos e incorporó parcialmente a su proyecto político. Conviene hacer un breve repaso histórico, no por usted, sino por nuestros lectores.

España llegó a 1931 con un largo historial de tensiones entre el Estado liberal y la Iglesia. Las desamortizaciones, las quemas de conventos de 1834 y la Semana Trágica de Barcelona en 1909 habían dejado una profunda huella. Al mismo tiempo, una parte importante de la Iglesia había quedado identificada con el orden social conservador y con la Monarquía, lo que alimentó entre amplios sectores de la izquierda una creciente hostilidad hacia la institución eclesiástica.

Pocas semanas después de proclamarse la Segunda República, en mayo de 1931, una oleada de incendios destruyó conventos e iglesias en Madrid, Málaga, Sevilla y otras ciudades. El Gobierno republicano no promovió aquellos hechos, pero su reacción inicial fue considerada por muchos insuficiente para impedir la extensión de los ataques.

Posteriormente, la República emprendió una profunda política de secularización. El artículo 26 de la Constitución de 1931 fue, probablemente, el precepto más controvertido de todo el texto constitucional, al establecer severas limitaciones a la actividad de las órdenes religiosas y redefinir profundamente las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Para muchos católicos, aquellas medidas fueron interpretadas como una agresión a la libertad religiosa; para sus defensores, constituían un paso imprescindible hacia un Estado plenamente laico.

La Revolución de Asturias de 1934 añadió un nuevo elemento de violencia con el asesinato de varios miembros del clero. Sin embargo, el salto verdaderamente dramático llegó tras el alzamiento militar de julio de 1936. En amplias zonas bajo control republicano, el hundimiento efectivo de la autoridad del Estado permitió la actuación de milicias y comités revolucionarios que desencadenaron una persecución religiosa de enorme magnitud. Historiadores como Vicente Cárcel Ortí documentan el asesinato de cerca de siete mil miembros del clero, junto con la destrucción de miles de iglesias, conventos e imágenes religiosas.

Manuel Azaña defendió la política laicista como una exigencia de modernización del Estado. Su conocida afirmación de que «España ha dejado de ser católica» pretendía expresar una nueva concepción constitucional del Estado, aunque fue interpretada por muchos creyentes como el anuncio de una ruptura con la tradición histórica de España.

La extraordinaria violencia anticlerical de 1936 constituyó uno de los principales argumentos empleados por el bando sublevado para presentar la guerra como una defensa de la civilización cristiana frente a la revolución. Décadas después, la Iglesia ha reconocido como mártires a miles de aquellas víctimas mediante numerosos procesos de beatificación.

Usted, mi general, defendió siempre que el Alzamiento Nacional respondía a la necesidad de preservar la unidad de España y de impedir que nuestro país cayera bajo una revolución de inspiración comunista. Hoy, sin embargo, una parte importante del discurso político y cultural lo presenta únicamente como un dictador sanguinario cuya memoria debería ser borrada del espacio público.

¿Qué siente al comprobar que millones de españoles conocen su figura casi exclusivamente a través de ese relato?

Franco: No me sorprende. Todo vencedor de una guerra termina siendo juzgado por generaciones que no la vivieron. Lo que sí me entristece es que el juicio se haga prescindiendo del contexto.

Jamás negué que una guerra civil fuese una tragedia. Ningún hombre que haya recorrido los frentes, visitado hospitales o recibido diariamente listas de muertos puede alegrarse de la sangre derramada. La guerra es siempre el fracaso de la política y de la convivencia.

Ahora bien, tampoco acepto que se pretenda explicar aquellos años como si España hubiera sido una democracia estable destruida por la ambición de unos militares. Cuando la República perdió el monopolio de la fuerza y las calles comenzaron a ser dominadas por la violencia, muchos españoles dejaron de confiar en que el Estado pudiera garantizar sus vidas, sus familias o su libertad religiosa. Esa realidad no puede borrarse porque resulte incómoda.

Se habla mucho de las víctimas de un lado y demasiado poco de las del otro. Se recuerdan unos muertos mientras se silencian otros. Pero los muertos no tienen ideología; todos pertenecen ya a la Historia y todos merecen el mismo respeto.

Comprendo que haya españoles que condenen mi régimen. Están en su derecho. Lo que no considero legítimo es convertir esa condena en una falsificación sistemática del pasado. La Historia no puede escribirse seleccionando únicamente los hechos que favorecen una tesis política.

Tampoco me inquieta que retiren estatuas o cambien nombres de calles. El bronce envejece y la piedra termina por caer. Lo verdaderamente importante no es la memoria de un hombre, sino la memoria de una nación. Cuando un pueblo aprende a odiar una parte de su propia historia, acaba por no comprender la otra mitad.

No necesito que nadie me absuelva. Hace muchos años que comparecí ante el único tribunal cuyo juicio considero definitivo. Pero sí desearía que España recuperase la serenidad necesaria para estudiar su pasado sin odio, sin miedo y sin ánimo de venganza. Las naciones maduras no destruyen su Historia: la conocen, la discuten y aprenden de ella.

Quizá algún día los españoles descubran que la reconciliación no consiste en imponer un relato único, sino en aceptar que la verdad histórica es siempre más compleja que cualquier consigna. Ese día, habrán dado un paso mucho más importante que el de juzgar a Franco: habrán aprendido a comprenderse a sí mismos.

domingo, 12 de julio de 2026

La sumisión de la derecha nacionalista al sanchismo hunde al PNV y a Junts: 85.000 votos menos y dos diputados perdidos


Las últimas proyecciones demoscópicas reflejan una tendencia que comienza a consolidarse: los dos principales partidos nacionalistas de centro-derecha, el PNV y Junts, estarían pagando un elevado coste político por su apoyo parlamentario al Gobierno de Pedro Sánchez. Según diversas encuestas, ambas formaciones perderían conjuntamente alrededor de 85.000 votos y dos escaños respecto a sus resultados anteriores.

Más allá de las cifras concretas, el dato resulta significativo porque afecta a dos partidos cuya fortaleza tradicional ha descansado en la defensa de los intereses propios del País Vasco y de Cataluña, manteniendo una imagen de autonomía respecto a los grandes partidos nacionales.

El desgaste del PNV

El Partido Nacionalista Vasco atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Una parte de su electorado considera que su colaboración permanente con el Gobierno socialista ha diluido el perfil propio de la formación.

La competencia de EH Bildu, que continúa ampliando su espacio electoral, obliga además al PNV a moverse en un terreno especialmente complicado, donde cualquier percepción de excesiva cercanía al PSOE puede traducirse en pérdida de apoyos.

Junts tampoco escapa al desgaste

En Cataluña, Junts también afronta una situación compleja. Tras presentarse como el partido más firme en la defensa del independentismo, su apoyo parlamentario a Sánchez ha generado desconcierto entre parte de sus votantes.

Las continuas negociaciones con el Ejecutivo, junto con las cesiones mutuas necesarias para mantener la estabilidad parlamentaria, han alimentado la impresión de que el partido ha sustituido la confrontación política por una estrategia de influencia institucional cuyos resultados muchos electores consideran insuficientes.

El precio de sostener al Gobierno

La política de pactos tiene ventajas inmediatas para los partidos bisagra: capacidad de negociación, influencia legislativa y obtención de determinadas concesiones territoriales.

Sin embargo, también presenta riesgos evidentes. Cuando un partido es percibido por su propio electorado como un apoyo imprescindible para un gobierno impopular entre sus bases, puede acabar compartiendo parte del desgaste del Ejecutivo.

Es precisamente esa dinámica la que numerosos analistas señalan como una de las causas del retroceso que reflejan las encuestas para ambas formaciones.

Un equilibrio cada vez más difícil

Tanto el PNV como Junts intentan transmitir que sus acuerdos con el Gobierno responden exclusivamente a la defensa de los intereses de Euskadi y Cataluña. Sus críticos, por el contrario, sostienen que ambos partidos han terminado subordinando esa estrategia a la necesidad de garantizar la continuidad de Pedro Sánchez en La Moncloa.

Sea cual sea la interpretación, los sondeos apuntan a que una parte de sus antiguos votantes comienza a cuestionar esa política de alianzas.

Conclusión

Las encuestas no constituyen resultados definitivos, pero sí ofrecen una fotografía del estado de opinión en un momento determinado. Si la tendencia actual se confirma, tanto el PNV como Junts podrían comprobar que el papel de socios indispensables del Gobierno tiene un coste electoral creciente.

En política, sostener un Ejecutivo puede proporcionar influencia y capacidad de negociación, pero también implica asumir parte del desgaste que genera su gestión. Y eso parece ser, según los sondeos, lo que empieza a reflejar una parte del electorado nacionalista.

Conversaciones con Franco – Capítulo 7

José Calvo Sotelo
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, ¿qué hecho terminó de impulsarle a sumarse a la sublevación militar de 1936 contra la Segunda República?

Muchos historiadores señalan como momento decisivo el asesinato de José Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica y diputado de Renovación Española, ocurrido en la madrugada del 13 de julio de 1936.

Usted era conocido por su carácter extremadamente prudente. No acostumbraba a tomar decisiones precipitadas ni movido por impulsos. A diferencia de otros generales como Mola, Sanjurjo o Fanjul, que estaban comprometidos desde los primeros momentos, usted esperó hasta tener garantías razonables de que la operación podía tener posibilidades de éxito. Estaba en juego su carrera militar, su propia vida y, sobre todo, el destino de millones de españoles.

Como católico convencido, parece lógico pensar que las decisiones más trascendentales de su vida las meditaba profundamente y las ponía ante su conciencia y ante Dios antes de actuar.

La conspiración militar no nació en julio de 1936. Venía preparándose desde meses antes, dirigida principalmente por el general Emilio Mola desde abril de aquel año, con la participación de diversos sectores contrarios al rumbo político de la República: militares descontentos, monárquicos, carlistas y falangistas.

Sin embargo, usted mantuvo una actitud de espera. Dudaba. Observaba la evolución de los acontecimientos y no quiso comprometerse definitivamente hasta el último momento. Su actitud llegó a provocar impaciencia entre algunos conspiradores, especialmente en Mola, que necesitaba saber con qué apoyos contaba.

El asesinato de Calvo Sotelo, cometido pocos días después del asesinato del teniente Castillo, fue el hecho que aceleró los acontecimientos. No fue la causa inicial de la sublevación, pero sí el acontecimiento que terminó de convencer a muchos indecisos y que posteriormente fue utilizado por los sublevados como argumento de justificación ante la opinión pública.

Después de confirmar su participación, usted salió de Canarias en el avión Dragon Rapide, organizado por sectores monárquicos, y llegó al norte de África para ponerse al frente del Ejército de África, una fuerza militar considerada decisiva.

Pero su forma de actuar durante la guerra también ha sido objeto de debate. Se le ha acusado de ser excesivamente prudente y de sacrificar oportunidades militares por asegurar la victoria final.

El ejemplo más discutido fue la decisión de desviarse hacia Toledo en septiembre de 1936 para liberar el Alcázar, cuando las fuerzas nacionales avanzaban hacia Madrid y algunos consideraban que la capital podía caer.

Desde un punto de vista estrictamente militar, aquella decisión permitió al gobierno republicano ganar tiempo para organizar la defensa de Madrid. Pero para usted, según sus partidarios, había también un componente simbólico y moral: no abandonar a quienes resistían en una posición convertida en símbolo de sacrificio.

Tras el fracaso del intento de conquistar Madrid en noviembre de 1936, abandonó la idea de una victoria rápida y adoptó una estrategia de guerra prolongada, basada en el avance gradual, la acumulación de fuerzas y la reducción sistemática de la capacidad del enemigo.

Algunos historiadores han interpretado esa actitud como prudencia militar; otros, como exceso de cálculo político y personal.

Mi general, después de tantos años y contemplando la historia desde la distancia: ¿Cómo se ve usted a sí mismo? ¿Como un hombre prudente que evitó riesgos innecesarios, o como alguien que calculó cada paso pensando más en la victoria que en la rapidez para alcanzarla?

Franco: Cuando un hombre se encuentra ante decisiones que pueden cambiar el destino de una nación, no debe actuar dominado por la emoción ni por las presiones del momento. La prudencia no es cobardía; es la obligación de medir las consecuencias de los actos.

Yo era militar. Y un militar sabe que una batalla perdida no solo significa perder terreno: significa perder vidas humanas. Por eso nunca creí que una decisión importante pudiera tomarse solamente con entusiasmo o con deseos de victoria.

Antes de julio de 1936 observaba una situación que consideraba cada vez más grave. España estaba dividida, la autoridad del Estado se debilitaba y muchos españoles habían perdido la confianza en las instituciones. Pero una intervención militar era una decisión extrema. Quien levanta las armas contra un gobierno, aunque crea hacerlo por una causa superior, abre siempre una puerta de consecuencias imprevisibles.

Por eso dudé. No por falta de convicciones, sino porque comprendía la enorme responsabilidad que asumía.

El asesinato de Calvo Sotelo fue un hecho de una enorme gravedad. Para muchos militares confirmó que el camino de la legalidad había llegado a un punto de ruptura. Pero sería un error histórico decir que todo comenzó aquel día. La crisis española venía de mucho antes. El asesinato fue el último golpe que aceleró unos acontecimientos que ya estaban en marcha.

Respecto a mi forma de actuar durante la guerra, algunos me han llamado lento; otros, prudente. La historia juzgará esas decisiones con mayor serenidad que quienes las vivieron en medio de la lucha.

Un jefe militar no debe buscar únicamente la victoria más rápida, sino la victoria más segura. Las guerras no se ganan solo con audacia; también se ganan evitando errores irreparables.

La decisión de acudir a Toledo ha sido una de las más discutidas. Los militares valoran los mapas, las posiciones y los tiempos; pero los hombres también tienen principios, compromisos y símbolos. El Alcázar representaba una resistencia que tenía un significado moral para muchos combatientes. Yo consideré que su liberación era necesaria.

¿Fue la decisión más perfecta desde el punto de vista estrictamente militar? La historia puede discutirlo. Pero las decisiones de un gobernante o de un comandante no se toman siempre en condiciones ideales. Se toman con la información disponible y bajo una enorme presión.

Después de Madrid comprendí que la guerra no sería breve. España estaba ante un conflicto de gran profundidad, y una victoria rápida podía ser sustituida por una derrota si se actuaba sin suficiente preparación.

Me preguntan si fui calculador. Todo hombre que ocupa un puesto de responsabilidad debe calcular. El problema no está en calcular, sino en qué se calcula: si el beneficio personal o el bien que uno cree defender.

Yo nunca vi la guerra como una aventura personal. La vi como una tragedia nacional. Incluso quienes creen que una causa es justa deben recordar siempre que detrás de las decisiones políticas y militares hay hombres que sufren, familias que pierden seres queridos y una nación que queda marcada durante generaciones.

Si algo aprendí con los años es que el poder no proporciona felicidad. Proporciona una carga. Y cuanto mayor es el poder, mayor debe ser el sentido de responsabilidad ante la historia y ante Dios.