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Incluso conservando una parte sustancial de su electorado, la izquierda alternativa se hunde, los nacionalistas no compensan por sí solos ese retroceso y el bloque formado por PP y Vox aparece en numerosas encuestas por encima de la mayoría absoluta. La elección no está decidida —faltan semanas de campaña—, pero la aritmética que permitió a Sánchez gobernar en 2023 se ha deteriorado de forma evidente.
Los números explican mejor que cualquier discurso la dimensión del problema. El barómetro de Sigma Dos sitúa al PP en el 32,6% de los votos y 140 escaños; al PSOE, en el 25,6% y 103 diputados; y a Vox, en el 18,3% y 63 escaños. Sumar obtendría nueve diputados y Podemos apenas dos. La suma de PP y Vox alcanzaría, según esta estimación, los 203 escaños.
No es un resultado aislado. Las diferentes encuestas discrepan en las cifras concretas, pero coinciden en la tendencia general: el PP aparece como primera fuerza, Vox ha ganado un peso considerable y la izquierda situada a la izquierda del PSOE se encuentra mucho más debilitada que en las últimas elecciones generales.
Y esa combinación puede ser más importante que la evolución del propio PSOE.
Porque en un sistema parlamentario no basta con ser una fuerza relevante. Hay que reunir los escaños suficientes para construir una mayoría. Ese fue precisamente el mecanismo que permitió a Sánchez continuar en La Moncloa en 2023: el PSOE no ganó las elecciones, pero consiguió articular una mayoría parlamentaria con Sumar y con distintos partidos nacionalistas e independentistas.
Tres años después, esa arquitectura presenta grietas.
La izquierda alternativa ha perdido fuerza. Sumar y Podemos aparecen muy por debajo del peso que llegaron a alcanzar conjuntamente. Y cuanto más terreno discursivo ocupa el PSOE, menos espacio electoral queda para las formaciones que Sánchez necesita como aliados.
Ahí se encuentra una de las paradojas centrales de esta campaña. El PSOE puede intentar contener la fuga de votantes hacia su izquierda adoptando buena parte de sus banderas, pero si esa estrategia debilita demasiado a Sumar y Podemos, también reduce la capacidad del bloque progresista para sumar escaños.
Sánchez ha incorporado a su discurso cuestiones tradicionalmente asociadas a la izquierda alternativa: vivienda, políticas sociales, feminismo, ecologismo, inmigración o determinadas posiciones sobre política internacional. Esa estrategia puede servir para conservar parte del electorado progresista. Pero también plantea una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto puede el PSOE absorber el espacio de sus aliados sin terminar haciendo más difícil la propia mayoría que necesita para gobernar?
Los sondeos actuales no ofrecen una respuesta definitiva, pero sí muestran el riesgo.
Mientras la izquierda se fragmenta, el espacio de la derecha presenta una dinámica distinta. El PP mantiene el primer puesto en las encuestas y Vox aparece claramente por encima de su resultado de 2023. En varios estudios, la suma de ambas formaciones supera holgadamente los 176 escaños de la mayoría absoluta.
Eso tampoco significa que el resultado del 29 de noviembre esté escrito.
Las encuestas son fotografías tomadas en momentos concretos, no actas notariales del resultado electoral. Quedan semanas de campaña, debates, acontecimientos políticos y económicos y, sobre todo, una incógnita decisiva: la participación. Un movimiento de los indecisos o una movilización diferencial de los electorados puede modificar considerablemente la distribución final de escaños.
Pero sería igualmente erróneo utilizar esa incertidumbre para ignorar lo que dicen los datos.
El Gobierno llega a las urnas después de una legislatura marcada por una enorme dependencia parlamentaria. La necesidad permanente de negociar con sus socios ha condicionado buena parte de la acción legislativa y ha alimentado una de las principales críticas de la oposición: la acusación de que Sánchez ha tenido que realizar demasiadas concesiones para conservar la mayoría.
Sus defensores ofrecen la interpretación contraria: en un Parlamento fragmentado, negociar es la consecuencia natural de gobernar. Las dos lecturas forman parte del debate electoral. Lo que no admite discusión es que la legislatura ha estado determinada por esa aritmética.
A ello se suma el desgaste acumulado en cuestiones que afectan directamente a la vida cotidiana.
La vivienda es quizá el ejemplo más evidente. El acceso a un alquiler o a una vivienda en propiedad se ha convertido en uno de los principales problemas para una parte importante de la sociedad, especialmente entre los jóvenes. El Gobierno ha situado la vivienda entre sus prioridades, pero sus iniciativas han encontrado fuertes obstáculos parlamentarios y el problema continúa siendo políticamente explosivo.
La inmigración plantea otro desafío. Vox ha convertido el asunto en una de sus principales banderas electorales y ha obligado tanto al PP como al PSOE a fijar posiciones más definidas. El Gobierno ha endurecido algunos aspectos de su discurso, mientras mantiene diferencias importantes con la derecha en otros ámbitos. El resultado es que la inmigración se ha instalado definitivamente entre los grandes asuntos de la campaña.
Y hay un tercer elemento más difícil de medir, pero políticamente relevante: el cansancio con una legislatura que ha vivido prácticamente en campaña permanente.
Corrupción, negociaciones con los socios parlamentarios, conflictos institucionales, vivienda, inmigración, infraestructuras y debates culturales han ido acumulando presión sobre el Ejecutivo. Cada uno de esos asuntos tiene una lectura política distinta y no todos afectan de la misma manera al electorado. Pero juntos contribuyen a explicar por qué la campaña de Sánchez no puede limitarse a defender su gestión: necesita demostrar que todavía existe una mayoría social dispuesta a respaldar su proyecto.
Ese es probablemente el desafío fundamental.
El PSOE necesita conservar al votante progresista que teme un Gobierno de PP y Vox, pero también recuperar sectores moderados. Necesita defender una gestión que lleva años en el poder y, simultáneamente, presentarse como la opción capaz de impedir un cambio de Gobierno. Necesita mantener a sus socios potenciales y, al mismo tiempo, responder a quienes cuestionan precisamente la dependencia de esos socios.
La oposición, en cambio, dispone de un mensaje más sencillo: cambio.
El PP puede plantear las elecciones como una oportunidad para sustituir al Ejecutivo socialista y Vox aspira a consolidar el crecimiento que le atribuyen las encuestas. El PSOE tiene que explicar algo bastante más complejo: cómo reconstruir una mayoría parlamentaria cuando varios de los partidos que deberían acompañarlo aparecen electoralmente debilitados.
Por eso, la cuestión esencial del 29 de noviembre no es simplemente si el PSOE gana o pierde votos. Es si Sánchez conserva suficientes aliados potenciales para convertir sus votos en una mayoría parlamentaria.
Los sondeos no permiten anticipar el resultado y todavía pueden producirse movimientos importantes. Pero sí ofrecen una fotografía inequívoca de la dificultad del punto de partida: PP y Vox aparecen mucho más fuertes que en 2023, mientras la izquierda alternativa pierde peso.
La campaña acaba de empezar. La aritmética, en cambio, ya está hablando. Y hoy esa aritmética obliga a Sánchez a reconstruir una mayoría que, según las encuestas, parece bastante más difícil de reunir que hace tres años.

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