Por algo sigue incomodando Paulo Freire. Su obra Pedagogía del oprimido no es un tratado amable ni una receta pedagógica neutra: es, ante todo, una denuncia moral y una propuesta política. Freire no escribe desde la torre de marfil, sino desde la convicción de que toda educación es, inevitablemente, un acto de poder. Y por eso mismo, una oportunidad de liberación o un instrumento de dominio.
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En el centro de su pensamiento se encuentra la contradicción entre opresores y oprimidos. No es una abstracción ideológica, sino una realidad tangible que atraviesa sociedades enteras. El opresor, advierte Freire, no solo domina mediante estructuras económicas o políticas, sino que inocula una visión del mundo que justifica su superioridad. El poder no se limita a someter; también persuade, modela conciencias, establece lo que parece natural e inevitable. De ahí que la opresión más eficaz sea la que no se percibe como tal.
Pero la clave de su análisis no reside únicamente en el opresor. Freire dirige su mirada, con igual crudeza, hacia el oprimido. Porque la opresión no solo se sufre: también se interioriza. El oprimido, en muchos casos, aspira a convertirse en opresor, reproduce los esquemas de dominación y asume como propios los valores de quien le somete. Es la tragedia silenciosa de la alienación: luchar por cambiar de lugar en la jerarquía, sin cuestionar la jerarquía misma.
De ahí que la superación de esta contradicción no pueda reducirse a una mera inversión de papeles. No se trata de que los oprimidos ocupen el lugar de los opresores, sino de transformar radicalmente la relación. Freire propone una pedagogía de la conciencia crítica, una educación que despierte, que interrogue, que rompa la pasividad. Solo así puede surgir un sujeto capaz de actuar sobre su realidad y no limitarse a padecerla.
En este punto emerge una de sus afirmaciones más citadas —y, a menudo, más malinterpretadas—: «Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión». No hay redención individual ni mesianismos providenciales. La libertad no se concede ni se conquista en soledad; se construye colectivamente, en diálogo, en reconocimiento mutuo. Es una tarea compartida que exige responsabilidad y compromiso.
Sin embargo, la propuesta freiriana encierra también un riesgo que conviene no ignorar. Cuando toda realidad se interpreta en clave de opresión, existe la tentación de simplificar el mundo en bandos irreconciliables. Y en ese terreno, la pedagogía puede deslizarse hacia el adoctrinamiento, sustituyendo una forma de dominación por otra más sutil. La educación, para ser verdaderamente liberadora, debe preservar un espacio para la duda, la discrepancia y la libertad individual.
Freire sigue siendo actual porque obliga a plantear preguntas incómodas: ¿educamos para pensar o para obedecer? ¿formamos ciudadanos libres o replicamos esquemas de poder? En tiempos donde el lenguaje de la emancipación convive con nuevas formas de control, su advertencia resuena con fuerza.
La contradicción entre opresores y oprimidos no desaparece por decreto. Solo puede superarse cuando quienes la habitan son capaces de reconocerse como sujetos de su propia historia. Y eso —como bien sabía Freire— no se enseña desde arriba: se construye, necesariamente, en común.
Juan Julio Alfaya
miércoles, 22 de abril de 2026
La pedagogía de la liberación frente a la trampa del poder
martes, 21 de abril de 2026
Apoteosis venezolana en Madrid
Madrid vivió este fin de semana una de esas jornadas que trascienden lo político para instalarse en el terreno de lo simbólico. La visita de María Corina Machado a la capital española se convirtió en una demostración de fuerza cívica, en un clamor colectivo por la libertad que desbordó calles, plazas y previsiones.
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La dirigente venezolana, convertida en referencia indiscutible de la oposición al régimen de Nicolás Maduro, fue recibida con honores por distintas autoridades españolas. En un gesto que no pasó desapercibido, representantes institucionales y figuras políticas de primer nivel quisieron escenificar su respaldo a la causa democrática venezolana, subrayando la estrecha relación histórica, cultural y humana entre ambos países.
Pero fue en la calle donde se produjo la verdadera apoteosis. Miles de venezolanos residentes en España —muchos de ellos exiliados forzosos— tomaron el centro de Madrid para exigir el fin de la dictadura y reclamar elecciones libres en su país. Banderas tricolores, consignas de libertad y lágrimas contenidas marcaron una movilización cargada de emoción, pero también de determinación.
"¡Venezuela será libre!", coreaban al unísono familias enteras, jóvenes y mayores, en una imagen que evocaba tanto el dolor del destierro como la esperanza de un regreso. La presencia de Machado actuó como catalizador de un sentimiento largamente acumulado: la necesidad de ser escuchados, de no resignarse, de mantener viva la llama de la democracia frente a la represión.
España, que alberga a una de las mayores comunidades venezolanas en Europa, se convirtió así en altavoz de una causa que trasciende fronteras. La visita de Machado no fue solo un acto político, sino un recordatorio de que la lucha por la libertad sigue teniendo eco en el corazón de Europa.
"No estoy loco, estoy cansado": un campeón cubano responde tras su protesta en La Habana
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Javier Martín Gutiérrez |
El campeón cubano de artes marciales mixtas Javier Martín Gutiérrez, conocido como Spiderman, ha alzado la voz tras varios días de protesta pacífica en La Habana. "No estoy loco, estoy cansado", declaró este domingo en respuesta a quienes han tratado de desacreditar su acción tildándolo de desequilibrado o drogadicto.
Gutiérrez, titular de la Cuban Fighting League (CFL) en la categoría de 135 libras, permaneció durante cuatro jornadas en solitario como gesto de denuncia ante la situación que atraviesa Cuba. Su protesta, lejos de ser un acto aislado, se enmarca en un clima creciente de malestar social que se extiende por toda la isla.
Según datos recientes, el 96,91% de la población carece de acceso adecuado a servicios básicos, una cifra que refleja con crudeza el deterioro de las condiciones de vida.
La escasez de alimentos, la inflación descontrolada y los continuos apagones han agravado una crisis que muchos ciudadanos ya comparan —y en ocasiones consideran peor— que el llamado Período Especial de los años noventa.
En este contexto, la figura de "Spiderman" ha adquirido un carácter simbólico. No solo por su condición de deportista de élite, sino por su decisión de exponerse públicamente en un país donde la protesta sigue teniendo un alto coste personal. Su mensaje, breve pero contundente, resume el sentir de una parte creciente de la sociedad cubana: no se trata de locura, sino de agotamiento.
Mientras tanto, las autoridades no han emitido una respuesta clara sobre este episodio, en un momento en el que las tensiones internas continúan en aumento y la incertidumbre se instala como una constante en la vida cotidiana de millones de cubanos.
lunes, 20 de abril de 2026
Los apoyos internacionales del chavismo
El chavismo no se explica solo desde Caracas. Desde su irrupción con Hugo Chávez y su prolongación bajo Nicolás Maduro, el régimen bolivariano ha tejido una red de respaldos exteriores que, aunque menguante, sigue siendo clave para su supervivencia política y económica.
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En sus años de expansión, el chavismo encontró en América Latina un terreno fértil. Gobiernos ideológicamente afines se alinearon bajo la bandera del llamado socialismo del siglo XXI. Cuba se convirtió en el aliado imprescindible: petróleo venezolano a cambio de inteligencia, médicos y asesoramiento político. A su estela, Bolivia de Evo Morales, Nicaragua de Daniel Ortega y el Ecuador de Rafael Correa reforzaron un eje político articulado en torno a la ALBA, concebida como alternativa a la influencia de Washington en la región.
Sin embargo, el declive económico venezolano y los cambios de ciclo político en el continente fueron erosionando ese bloque. Donde antes hubo entusiasmo ideológico, hoy predomina el silencio o la distancia calculada. El chavismo, lejos de desaparecer, ha mutado: de proyecto expansivo a régimen que resiste.
En ese tránsito, el sostén exterior ha virado hacia potencias extrarregionales. Rusia ha ofrecido respaldo militar y diplomático; China, financiación multimillonaria garantizada con petróleo; Irán, cooperación energética en medio de sanciones; y Turquía, nuevas vías comerciales en sectores sensibles como el oro. No se trata tanto de afinidad ideológica como de intereses convergentes: abrir grietas en el orden internacional dominado por Occidente y aprovechar los recursos venezolanos.
A ello se suma una red difusa de simpatías políticas en Europa y otros espacios, donde ciertos sectores han visto en el chavismo —al menos en su fase inicial— un experimento de resistencia frente al liberalismo económico. Hoy, esas voces son más cautas, pero siguen denunciando las sanciones internacionales como factor agravante de la crisis venezolana.
El resultado es un equilibrio precario. El chavismo ya no lidera un bloque regional ni exporta revolución, pero tampoco está aislado. Sobrevive gracias a alianzas pragmáticas, a menudo incómodas, que le permiten sortear el cerco internacional y prolongar su permanencia en el poder.
Porque, en política internacional, los principios cuentan; pero los intereses deciden.
Adiós, Yolanda
La vicepresidenta segunda del Gobierno y líder de Sumar, Yolanda Díaz, ha decidido no continuar como diputada una vez finalice la actual legislatura, según fuentes de su entorno político. La dirigente gallega, una de las figuras más influyentes del espacio a la izquierda del PSOE en los últimos años, pondrá así fin a su etapa en el Congreso de los Diputados tras un ciclo marcado por la fragmentación de su proyecto y el desgaste institucional.
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La decisión, que se venía madurando desde hace meses, responde tanto a razones personales como políticas. Díaz, que irrumpió con fuerza como ministra de Trabajo durante la pandemia y logró capitalizar el impulso de su gestión, ha visto cómo su liderazgo se erosionaba progresivamente ante las tensiones internas de Sumar y la pérdida de apoyo electoral.
En su entorno reconocen que la vicepresidenta es consciente de la dificultad de recomponer el espacio político que aspiraba a aglutinar bajo una misma plataforma a las distintas sensibilidades de la izquierda alternativa. Las discrepancias con antiguos aliados, sumadas a los resultados en las últimas citas electorales, han acelerado un repliegue que ahora se traduce en una retirada ordenada de la primera línea parlamentaria.
No obstante, Díaz no abandona la política por completo. Fuentes próximas apuntan a que mantendrá un papel activo en el ámbito orgánico y en la reflexión estratégica del proyecto progresista, aunque lejos del foco mediático y de la presión diaria de la Cámara Baja.
Su salida abre, además, un nuevo escenario en Sumar, donde se intensifica el debate sobre el relevo generacional y la redefinición de su rumbo. Sin una figura de consenso clara, el espacio encara una etapa de incertidumbre en la que se dirime su propia supervivencia.
Con este movimiento, Yolanda Díaz cierra una etapa que comenzó con expectativas de renovación y termina con un balance más complejo, marcado por logros en la gestión pero también por las dificultades inherentes a liderar un espacio político fragmentado. El final de la legislatura será, así, también el epílogo de una de las trayectorias más singulares de la política reciente española.
domingo, 19 de abril de 2026
Desplazar el foco
Pedro Sánchez vuelve a recurrir a un viejo recurso de la política contemporánea: desplazar el foco. En medio de las crecientes informaciones sobre presuntos casos de corrupción que afectan a su entorno político, el presidente del Gobierno ha optado por elevar el tono en materia migratoria, situando este asunto en el centro del debate público.
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No es una estrategia nueva. A lo largo de la historia reciente, gobiernos de distinto signo han utilizado cuestiones sensibles para cohesionar a su electorado o desviar la atención de crisis internas. En este caso, Pedro Sánchez parece apostar por una narrativa que le permita presentarse como garante del orden y la estabilidad frente a un fenómeno complejo que preocupa a buena parte de la ciudadanía.
El problema es que este giro no se produce en el vacío. Coincide con un momento delicado para el Ejecutivo, marcado por investigaciones judiciales, filtraciones comprometedoras y un desgaste político evidente. La oposición no ha tardado en señalar lo que considera una maniobra de distracción, acusando al Gobierno de instrumentalizar un asunto de enorme sensibilidad social.
La inmigración, sin embargo, merece algo más que ser utilizada como cortina de humo. España, como frontera sur de Europa, enfrenta retos estructurales que exigen políticas serias, sostenidas y alejadas del oportunismo. Convertir este fenómeno en arma arrojadiza no solo empobrece el debate, sino que dificulta la búsqueda de soluciones reales.
Al final, la cuestión de fondo sigue intacta: si hay o no responsabilidades políticas derivadas de los casos de corrupción que salpican al entorno del poder. Por mucho que se agite una bandera u otra, los hechos terminan imponiéndose. Y la ciudadanía, cada vez más atenta, distingue entre gestión y estrategia.
El terror rojo en el hospital de enfermos mentales de Ciempozuelos (1936)
En la España convulsa de 1936, donde el odio ideológico se impuso con frecuencia a la razón, pocos episodios resultan tan sobrecogedores como el vivido en el hospital psiquiátrico de Ciempozuelos. Aquel recinto, dedicado a la atención de los enfermos mentales más desamparados, se convirtió en escenario de uno de los capítulos más oscuros de la persecución religiosa durante la Guerra Civil.
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La institución estaba regida por los Hermanos de San Juan de Dios, una orden hospitalaria con larga tradición en el cuidado de los marginados. Tras los estragos de la Desamortización española, que desmanteló buena parte del entramado asistencial de la Iglesia, la congregación fue refundada con renovado impulso en el siglo XIX. Su figura clave fue Benito Menni, quien llegó a Madrid en 1870 desde Barcelona acompañado de apenas cuatro hermanos. No eran hombres de letras ni de prestigio social: eran, en su mayoría, humildes zapateros, sostenidos por una fe firme y una vocación de servicio inquebrantable.
En Ciempozuelos levantaron mucho más que un hospital. Construyeron una pequeña ciudad sanitaria de unas 60 hectáreas, con talleres, explotaciones agrícolas y recursos terapéuticos avanzados para la época. Allí se atendía a más de 1.100 pacientes con un equipo de 16 médicos, en una labor que hoy llamaríamos integral: cuerpo, mente y dignidad.
Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil Española alteró radicalmente aquel equilibrio. En los primeros compases del conflicto, el hospital quedó en zona republicana, y pronto se vio envuelto en un clima de creciente hostilidad hacia todo lo religioso. Los hermanos, identificados no como sanitarios sino como representantes de la Iglesia, pasaron a ser objetivo de sospecha y, finalmente, de violencia.
A pesar del peligro, muchos de ellos se negaron a abandonar a los enfermos. Permanecieron en sus puestos, atendiendo a pacientes que, en muchos casos, no podían valerse por sí mismos ni comprender el caos que los rodeaba. Aquella fidelidad tendría un precio altísimo.
Las milicias irrumpieron en el recinto. Hubo detenciones, humillaciones y asesinatos. Algunos religiosos fueron sacados del hospital y ejecutados sin juicio; otros murieron dentro del propio complejo. El terror no solo afectó a la comunidad religiosa: el funcionamiento del centro quedó gravemente alterado, con consecuencias dramáticas para los enfermos, privados de cuidados en medio de la violencia.
Este episodio se inscribe en el marco más amplio de la persecución religiosa en la zona republicana, donde miles de sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados por su fe. Pero lo ocurrido en Ciempozuelos añade un matiz especialmente trágico: no se trataba de hombres dedicados a la predicación o la política, sino a la atención de quienes la sociedad había relegado al olvido.
Con el paso del tiempo, la memoria de aquellos hechos ha quedado difuminada entre interpretaciones enfrentadas de la Guerra Civil. Sin embargo, la historia del hospital de Ciempozuelos permanece como recordatorio de hasta qué punto la violencia ideológica puede arrasar incluso los espacios consagrados al cuidado y la compasión.
sábado, 18 de abril de 2026
Miles de venezolanos aclaman a María Corina Machado en la Puerta del Sol
La Puerta del Sol volvió a ser, por unas horas, algo más que el kilómetro cero de España: fue el epicentro emocional de una nación herida que no se resigna. Miles de venezolanos —y no pocos españoles— se congregaron para aclamar a María Corina Machado, convertida hoy en símbolo de resistencia frente a un régimen que ha hecho de la arbitrariedad su norma y de la pobreza su legado.
Miles de venezolanos en la Puerta del Sol.
No era un acto cualquiera. Había en el ambiente una mezcla de nostalgia, dignidad y determinación. La diáspora venezolana, dispersa por medio mundo, encontró en Madrid un punto de encuentro y, sobre todo, una voz. La de una mujer que ha decidido plantar cara sin ambages al poder establecido en Caracas.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quiso subrayar el significado político y moral del momento al afirmar que se trataba del día “más feliz” desde que accedió al cargo. No era una frase menor ni fruto del entusiasmo pasajero. Era, en realidad, la constatación de que la causa de la libertad —cuando es auténtica— trasciende fronteras y colores políticos.
Machado no es solo una líder opositora. Para muchos venezolanos es la encarnación de una esperanza que se resiste a morir. En un país donde las instituciones han sido desmanteladas pieza a pieza, su figura emerge como alternativa real, aunque incómoda para quienes prefieren contemporizar con el poder antes que enfrentarlo.
En España, el acto también dejó al descubierto una fractura ideológica evidente. Mientras unos ven en Machado la legitimidad democrática que el chavismo ha erosionado durante años, otros optan por el silencio o por equilibrios difíciles de sostener. No es un debate nuevo, pero sí cada vez más nítido.
Conviene, sin embargo, no caer en simplificaciones fáciles. La política internacional rara vez admite blancos y negros absolutos. Pero tampoco puede ignorarse que hay momentos en los que la neutralidad se convierte, de facto, en una forma de complicidad.
Lo vivido en la Puerta del Sol fue, en esencia, un recordatorio: las naciones no solo se construyen con instituciones, sino con ciudadanos dispuestos a defenderlas. Y ayer, en Madrid, miles de venezolanos demostraron que, pese a la distancia, su país sigue muy vivo.
Alemania vigila los aviones procedentes de España para evitar la entrada de inmigrantes ilegales
Alemania ha decidido volver a mirar hacia el sur de Europa, y en concreto hacia España, ante el temor de que el espacio Schengen se convierta en una autopista sin control para la inmigración irregular. La medida, descrita como "discreta", no deja de ser significativa: controles selectivos en pasajeros procedentes de aeropuertos españoles, especialmente desde Madrid y Barcelona, a su llegada a territorio alemán.
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El trasfondo de esta decisión hay que situarlo en el funcionamiento del Espacio Schengen, que permite viajar sin controles fronterizos entre la mayoría de países de la Unión Europea. Este sistema, diseñado para facilitar la movilidad, depende en gran medida de la confianza mutua entre Estados: si uno falla en el control de sus fronteras exteriores, el resto puede verse afectado.
Y ahí es donde entra España. La presión migratoria sobre sus costas y fronteras —especialmente en Canarias y el sur peninsular— lleva años siendo elevada. Pero el detonante reciente parece estar en el anuncio del Gobierno de España de una posible regularización masiva que podría beneficiar a cientos de miles de inmigrantes en situación irregular. En países como Alemania, esta medida se interpreta con recelo: temen un "efecto llamada" o un desplazamiento posterior de esas personas hacia el norte de Europa.
Las autoridades alemanas no han anunciado formalmente un endurecimiento general de fronteras, pero sí han intensificado la vigilancia en aeropuertos, con controles adicionales de identidad y documentación en vuelos procedentes de España. Es una práctica que, aunque choca con el espíritu de Schengen, está contemplada en situaciones excepcionales y de forma temporal.
El mensaje implícito es claro: Berlín no quiere repetir episodios pasados como la crisis migratoria de 2015, que marcó profundamente la política interna alemana. Desde entonces, la inmigración se ha convertido en un asunto especialmente sensible, con un impacto directo en el debate político y en el auge de partidos críticos con las políticas de acogida.
Este movimiento también pone de relieve una tensión creciente dentro de la Unión Europea: la dificultad de armonizar políticas migratorias comunes. Mientras países de primera entrada como España o Italia reclaman solidaridad y mecanismos de reparto, otros como Alemania refuerzan controles para evitar convertirse en destino final de flujos no regulados.
En definitiva, más que un simple control aeroportuario, lo que se está escenificando es una grieta en la confianza entre socios europeos. Una grieta que, si se agranda, podría cuestionar uno de los pilares más visibles del proyecto comunitario: la libre circulación.
María Corina Machado en España: sin reuniones con el Rey ni con Sánchez
La visita de María Corina Machado a España se mueve entre la cautela diplomática y el cálculo político. La dirigente liberal ha optado por un perfil bajo en su agenda institucional: no habrá encuentro ni con Felipe VI ni con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
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La decisión no responde a un desaire, sino a una estrategia medida. En el entorno de Machado se asume que una fotografía oficial con Sánchez podría ser interpretada negativamente por Donald Trump y su círculo político, cuyo respaldo considera clave en el pulso internacional contra el régimen de Nicolás Maduro.
El movimiento revela hasta qué punto la oposición venezolana no solo libra su batalla en Caracas, sino también en el tablero internacional. Washington sigue siendo un actor determinante, y cualquier gesto que pueda percibirse como cercanía con gobiernos europeos de signo distinto —o considerados ambiguos frente a Maduro— se mide al milímetro.
En paralelo, la ausencia de un encuentro con el Rey evita elevar el tono institucional de la visita, manteniéndola en un plano más político que de Estado. No es un detalle menor: una audiencia en la Zarzuela habría supuesto un espaldarazo simbólico de primer nivel, pero también habría obligado a una mayor definición por parte del Gobierno español.
Así, Machado elige un equilibrio delicado: presencia en España, pero sin imágenes que puedan comprometer apoyos clave. En política internacional, a veces una foto pesa más que un discurso.
