El Viernes Santo es el día más solemne y sobrecogedor de la Semana Santa. En él se conmemora la pasión, muerte y crucifixión de Jesucristo, un acontecimiento que constituye el núcleo del mensaje cristiano sobre el sacrificio, la redención y el amor llevado hasta sus últimas consecuencias.
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Interrogatorios
Desde una perspectiva histórica, el Viernes Santo recoge los hechos que siguen al arresto de Jesús en la noche del Jueves Santo. Tras ser detenido, es sometido a distintos interrogatorios por parte de las autoridades religiosas judías y posteriormente llevado ante el gobernador romano Poncio Pilato. Aunque este no encuentra en él una culpa merecedora de muerte, cede a la presión popular y autoriza su condena.
Flagelación y coronación de espinas
Uno de los momentos más significativos es la flagelación y la posterior coronación de espinas, actos que simbolizan la humillación y el sufrimiento físico infligido a Jesús. A continuación, es obligado a cargar con la cruz hasta el lugar de su ejecución, el Gólgota, también llamado "lugar de la calavera".
La crucifixión
La crucifixión constituye el centro del Viernes Santo. Jesús es clavado en la cruz, donde permanece durante varias horas hasta su muerte. Según los relatos evangélicos, en ese tiempo pronuncia palabras que han sido objeto de profunda reflexión a lo largo de la historia, como el perdón a sus verdugos o su expresión de abandono. Finalmente, muere, marcando un momento de silencio y recogimiento que la tradición cristiana considera de enorme trascendencia espiritual.
Descenso de la cruz y sepultura
Tras su muerte, su cuerpo es descendido de la cruz y colocado en un sepulcro. Este hecho da paso a un día de espera y luto, el Sábado Santo, antes de la celebración de la resurrección.
Desde un enfoque pedagógico, el Viernes Santo invita a reflexionar sobre cuestiones universales: el sufrimiento humano, la injusticia, el perdón y la capacidad de amar incluso en circunstancias extremas. La figura de Jesús en la cruz se presenta como un símbolo de entrega total y de resistencia moral frente al dolor y la adversidad.
Celebración de la Pasión del Señor
En la tradición cristiana, este día no se celebra misa. En su lugar, tiene lugar la Celebración de la Pasión del Señor, centrada en la lectura del relato de la pasión, la adoración de la cruz y la comunión. El tono es austero y sobrio, reflejando el carácter de duelo y contemplación propio de la jornada.
En definitiva, el Viernes Santo no solo recuerda un hecho histórico, sino que propone una reflexión profunda sobre el sentido del sacrificio y el valor del amor llevado hasta el extremo.
Juan Julio Alfaya
viernes, 3 de abril de 2026
Viernes Santo: el día más sobrecogedor
jueves, 2 de abril de 2026
Jueves Santo: qué pasó y qué se recuerda
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Jesús ora en el Huerto de Getsemaní |
La Última Cena
Desde una perspectiva histórica y religiosa, el acontecimiento principal es la Última Cena, una comida celebrada por Jesús junto a sus discípulos en el contexto de la Pascua judía. Durante este encuentro, Jesús realiza un gesto decisivo: toma el pan y el vino y los ofrece como su cuerpo y su sangre. Con este acto instituye la Eucaristía, que desde entonces se convierte en el centro de la vida litúrgica cristiana. No se trata solo de un rito, sino de una enseñanza sobre la entrega, el sacrificio y la comunión.
El lavatorio de los pies
En el mismo contexto tiene lugar otro episodio cargado de simbolismo: el lavatorio de los pies. En una sociedad donde esta tarea correspondía a los sirvientes, Jesús invierte los roles y lava los pies de sus discípulos. Con ello transmite una lección clara: la verdadera autoridad se ejerce sirviendo. Este gesto constituye una enseñanza práctica sobre la humildad, el liderazgo y el amor al prójimo, valores que trascienden el ámbito religioso y tienen aplicación universal.
La oración en el Huerto de Getsemaní
Tras la cena, Jesús se dirige al Huerto de Getsemaní, donde vive uno de los momentos más humanos y conmovedores de su vida: la angustia ante el sufrimiento que sabe que se aproxima. Este episodio muestra la dimensión humana de Cristo, enfrentado al dolor, la incertidumbre y el miedo, pero también su fidelidad a una misión que acepta libremente.
La traición de Judas Iscariote
La noche culmina con la traición de Judas Iscariote, uno de sus propios discípulos, que lo entrega a las autoridades. Este hecho introduce una reflexión profunda sobre la fragilidad humana, la libertad y las consecuencias de las decisiones personales. Acto seguido, Jesús es arrestado, dando comienzo al proceso que desembocará en su crucifixión el Viernes Santo.
Desde un punto de vista pedagógico, el Jueves Santo no es solo la memoria de unos hechos pasados, sino una síntesis de enseñanzas fundamentales: la importancia del servicio frente al poder, el valor de la entrega personal, la vivencia del amor como donación y la aceptación consciente del sufrimiento cuando forma parte de un propósito mayor.
Misa de la Cena del Señor
Por ello, en la tradición cristiana, este día se celebra con la Misa de la Cena del Señor, que recrea simbólicamente estos acontecimientos y permite a los fieles no solo recordarlos, sino comprenderlos y aplicarlos a su vida cotidiana. En definitiva, el Jueves Santo invita a reflexionar sobre cómo vivir de manera más auténtica, solidaria y coherente con los valores que Jesús enseñó.
Vivir como si Dios no existiera no te hace más feliz
Europa, tantas veces presentada como el laboratorio más avanzado de la secularización, comienza a ofrecer signos inesperados de repliegue espiritual. Lejos de confirmar el relato de una sociedad definitivamente desligada de la fe, los datos recientes apuntan a una realidad más compleja: una búsqueda renovada de sentido, especialmente entre los más jóvenes.
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En Francia, durante 2025 se registraron más de 10.000 bautismos de adultos, lo que supone un incremento del 45% respecto al año anterior. El dato resulta aún más significativo si se observa su composición: el 42% de los catecúmenos tiene entre 18 y 25 años. No se trata, por tanto, de un fenómeno residual ni generacionalmente agotado, sino de una inquietud viva en quienes han crecido en contextos profundamente secularizados.
La tendencia no es exclusiva del país galo. En Bélgica se ha confirmado un aumento del 30% en solicitudes de bautismo adulto para 2026, mientras que en Países Bajos el crecimiento rozó el 40% en 2024. En España, casos concretos como el de Zaragoza —con un incremento del 164%— reflejan que este despertar no es un fenómeno aislado ni meramente anecdótico.
¿Qué explica este giro? Los propios datos ofrecen pistas reveladoras. El 82% de quienes se bautizan en la edad adulta tiene entre 18 y 40 años, y un 40% reconoce haber llegado a la fe tras atravesar una crisis personal o existencial. En muchos casos, no es la tradición la que empuja, sino la necesidad: la búsqueda de un sentido que ni el bienestar material ni la autonomía individual han logrado satisfacer plenamente.
Incluso acontecimientos simbólicos han desempeñado un papel inesperado. El incendio de Catedral de Notre-Dame en 2019, más allá de su impacto patrimonial, actuó como detonante espiritual para muchos. La imagen de una Europa que veía arder uno de sus símbolos más reconocibles removió conciencias y despertó preguntas que parecían dormidas.
Durante décadas, se ha sostenido que la emancipación de lo religioso conduciría a sociedades más libres y, en consecuencia, más felices. Sin embargo, la experiencia contemporánea sugiere que la eliminación de la dimensión trascendente no ha resuelto las grandes inquietudes humanas: el sufrimiento, la muerte, el sentido de la vida o la necesidad de pertenencia.
Vivir como si Dios no existiera puede ofrecer, en apariencia, una libertad sin límites. Pero también deja al individuo solo frente a preguntas que no admiten respuestas fáciles. Y cuando llegan las crisis —personales, sociales o culturales— esa ausencia se hace más evidente.
Europa no está volviendo masivamente a la fe, pero sí está dejando de darla por definitivamente superada. En ese matiz, aparentemente pequeño, se esconde un cambio profundo: el reconocimiento de que el progreso material no basta y de que, tal vez, la felicidad no se construye ignorando la dimensión espiritual, sino integrándola.
miércoles, 1 de abril de 2026
Jésica Rodríguez: "Mandé el CV a Ábalos, hice una entrevista breve y nunca fui a trabajar".
La política española vuelve a enfrentarse a uno de esos episodios que, sin necesidad de grandes artificios, erosionan la confianza pública. La declaración de Jésica Rodríguez, quien ha reconocido que envió su currículum a José Luis Ábalos, realizó una breve entrevista y, sin embargo, nunca llegó a incorporarse a su puesto de trabajo, abre interrogantes incómodos sobre los mecanismos de contratación en la esfera pública.
José Luis Ábalos y Jésica Rodríguez
«Mandé el CV a Ábalos, hice una entrevista breve y nunca fui a trabajar».
La frase, tan simple como contundente, resume un caso que apunta directamente a una práctica que los ciudadanos perciben como demasiado habitual: la opacidad en los procesos de selección y la sospecha de que algunos empleos dependen más de contactos que de méritos.
El relato de Rodríguez no es el de un acceso irregular consolidado —no llegó siquiera a desempeñar función alguna—, pero sí el de un procedimiento difícil de encajar en los estándares exigibles a la administración. ¿Cómo es posible que una candidatura llegue a ese punto sin que exista, posteriormente, ni rastro de actividad laboral?
El contexto en el que se produce esta revelación no es menor. La figura de Ábalos, ya de por sí rodeada en los últimos tiempos de polémicas, vuelve a situarse en el centro del debate público. Aunque no exista, por el momento, prueba concluyente de irregularidad penal, el episodio alimenta una percepción política que resulta especialmente dañina: la de una gestión donde las fronteras entre lo público y lo personal se difuminan peligrosamente.
Más allá de las responsabilidades individuales, el caso refleja un problema estructural. En España, los sistemas de acceso a determinados puestos vinculados a la administración —especialmente aquellos de carácter eventual o de confianza— continúan siendo terreno fértil para la discrecionalidad. Y donde hay discrecionalidad sin control suficiente, surge inevitablemente la sospecha.
La reacción política no se ha hecho esperar, aunque, como suele ocurrir, se ha dividido en líneas previsibles. Mientras la oposición exige explicaciones detalladas, desde el entorno del exministro se minimiza el asunto, encuadrándolo en una anécdota sin mayor recorrido. Sin embargo, lo que para unos es irrelevante, para muchos ciudadanos constituye un síntoma de un problema más profundo.
Porque el verdadero daño no reside únicamente en los hechos concretos, sino en la reiteración de un patrón. Cada episodio similar refuerza la idea de que el acceso al empleo público —o vinculado a él— no siempre responde a criterios de igualdad, mérito y capacidad. Y esa percepción, aunque a veces no esté plenamente justificada, termina siendo tan corrosiva como una irregularidad probada.
En tiempos de desafección política, declaraciones como la de Jésica Rodríguez actúan como catalizadores del malestar social. No hacen falta grandes escándalos para deteriorar la confianza; basta con pequeñas grietas que, acumuladas, acaban resquebrajando el edificio institucional.
La cuestión, por tanto, no es solo qué ocurrió en este caso concreto, sino qué mecanismos existen —o deberían existir— para evitar que situaciones así puedan repetirse. Transparencia, controles efectivos y rendición de cuentas no son eslóganes, sino condiciones indispensables para preservar la credibilidad de lo público. Pues esa credibilidad, una vez perdida, no se recupera con facilidad.
martes, 31 de marzo de 2026
Inmigración: un permiso de residencia expedido por España habilita exclusivamente para vivir y trabajar en España
La política migratoria vuelve a situarse en el centro del debate europeo, no tanto por su dimensión humanitaria —siempre presente— como por sus implicaciones prácticas en el delicado equilibrio entre Estados miembros. 
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España, uno de los principales puntos de entrada al continente, afronta una realidad que trasciende sus propias fronteras: los inmigrantes regularizados en su territorio no adquieren, por ese solo hecho, carta blanca para establecerse en cualquier país de la Unión Europea.
Conviene recordar un principio básico, a menudo ignorado en el debate público: un permiso de residencia expedido por España habilita exclusivamente para vivir y trabajar en España. No se trata de un pasaporte europeo ni de una autorización generalizada para circular y asentarse libremente en otros Estados miembros. La libre circulación dentro del espacio Schengen no equivale, en modo alguno, a la libertad de establecimiento.
Así, cuando un inmigrante regularizado en España decide trasladarse, por ejemplo, a Francia, Alemania u otro país comunitario con la intención de fijar allí su residencia, se activa un mecanismo jurídico claro: podrá ser devuelto a territorio español. No se trata de una sanción arbitraria, sino de la aplicación de normas comunes destinadas a evitar desequilibrios entre socios europeos.
El trasfondo de esta cuestión es tan evidente como incómodo. Cada Estado miembro es soberano para conceder permisos de residencia conforme a sus propias políticas, pero esa soberanía no puede ejercerse ignorando sus efectos colaterales.
Si un país regulariza de manera masiva sin mecanismos de control eficaces, el impacto no se limita a su territorio; puede proyectarse sobre el conjunto de la Unión.
De ahí que Bruselas insista, cada vez con mayor claridad, en la necesidad de corresponsabilidad. No basta con gestionar la inmigración de puertas adentro: es imprescindible hacerlo teniendo en cuenta las consecuencias para los vecinos. La Unión Europea, en este sentido, no es solo un espacio de derechos compartidos, sino también de obligaciones recíprocas.
España se encuentra en una posición particularmente delicada. Como frontera sur de Europa, soporta una presión migratoria constante que exige respuestas ágiles y, en muchos casos, generosas. Pero esa generosidad debe ir acompañada de rigor. Regularizar implica integrar, y también asumir la responsabilidad sobre quienes reciben ese estatus legal.
Europa no es un mosaico de políticas inconexas, sino un entramado donde las decisiones nacionales tienen repercusión continental. Permitir que un permiso de residencia se convierta, de facto, en una vía indirecta para establecerse en cualquier punto de la Unión supondría abrir una grieta en el sistema común.
En última instancia, el reto no reside únicamente en controlar los flujos migratorios, sino en armonizar criterios sin renunciar a la soberanía de los Estados. Un equilibrio complejo, sí, pero imprescindible para preservar tanto la cohesión interna como la credibilidad del proyecto europeo.
Porque, en materia migratoria, lo que está en juego no es solo la gestión de fronteras, sino la propia arquitectura de la Unión. Y esa, conviene no olvidarlo, se sostiene sobre un principio tan sencillo como exigente: la responsabilidad compartida.
De Maquiavelo a Pedro Sánchez: poder, pragmatismo y relato
Pocas figuras han sido tan invocadas —y tan malinterpretadas— como Nicolás Maquiavelo. Convertido en sinónimo de cinismo político, su obra —particularmente El príncipe— ha servido durante siglos como manual de cabecera, o de acusación, para quienes ejercen el poder sin complejos. En la España contemporánea, no son pocos los que han querido ver en Pedro Sánchez una encarnación moderna de ese maquiavelismo pragmático. Pero, ¿hasta qué punto es justa la comparación?
Nicolás Maquiavelo y Pedro Sánchez
El poder como fin y como medio
Maquiavelo escribió en un contexto de inestabilidad crónica, con ciudades-estado italianas en permanente conflicto. Su obsesión era clara: la conservación del poder como condición indispensable para garantizar el orden. El gobernante debía ser, ante todo, eficaz. Si para ello debía recurrir al engaño o a la dureza, no solo era lícito, sino necesario.
Sánchez, en un entorno democrático consolidado, opera bajo reglas muy distintas. Sin embargo, sus críticos señalan que comparte con el florentino una notable flexibilidad estratégica. Desde la moción de censura que lo llevó al poder hasta sus pactos parlamentarios con fuerzas ideológicamente dispares, el presidente ha demostrado una capacidad camaleónica que, para unos, es pura supervivencia política; para otros, una falta de principios.
Virtù y fortuna en clave contemporánea
Maquiavelo hablaba de la virtù como la habilidad del líder para moldear la realidad a su favor, y de la fortuna como el conjunto de circunstancias que escapan a su control. El buen gobernante debía dominar la primera y saber aprovechar la segunda.
En este sentido, Sánchez ha sabido capitalizar momentos de debilidad ajena —la fragmentación de la derecha, las crisis internas de sus adversarios— y convertirlos en oportunidades. Su resistencia política, tantas veces dada por amortizada, parece responder a esa combinación de cálculo y oportunidad que tanto admiraba el pensador italiano.
La moral, ¿un obstáculo o un instrumento?
Una de las mayores controversias en torno a Maquiavelo es su aparente desprecio por la moral tradicional en política. El fin —la estabilidad del Estado— justificaba los medios. Esta idea, simplificada hasta el extremo, ha alimentado la imagen de un pensamiento amoral.
En el caso de Sánchez, el debate se traslada al terreno del relato. El presidente no ha renunciado al lenguaje moral; al contrario, lo utiliza con frecuencia. La diferencia radica en que sus decisiones políticas —especialmente en materia de alianzas— han sido vistas por algunos como contradictorias con ese discurso. Aquí emerge una divergencia clave: mientras Maquiavelo separa con crudeza moral y política, Sánchez parece intentar reconciliarlas, aunque no siempre con éxito.
El papel del pueblo
Para Maquiavelo, el pueblo era un actor fundamental, pero no necesariamente virtuoso. Su apoyo era imprescindible, aunque volátil. De ahí la importancia de controlar la percepción y evitar el odio.
En una democracia mediática como la actual, Sánchez ha hecho del control del relato una de sus principales armas. La comunicación política, la gestión de la imagen y la construcción de marcos interpretativos son hoy el equivalente moderno de aquellas recomendaciones maquiavélicas sobre la apariencia del poder.
Similitudes y distancias
La comparación entre Maquiavelo y Sánchez es, en última instancia, más literaria que exacta. Ambos comparten una visión pragmática del poder, una notable capacidad de adaptación y una atención constante al equilibrio de fuerzas. Pero difieren en lo esencial: uno teorizaba sobre el poder en un mundo sin contrapesos democráticos; el otro lo ejerce bajo el escrutinio permanente de instituciones, medios y ciudadanos.
Quizá la lección más vigente de Maquiavelo no sea la caricatura del político sin escrúpulos, sino su advertencia sobre la naturaleza cambiante del poder. En ese terreno, Sánchez ha demostrado moverse con soltura. La pregunta, como siempre, no es solo cómo se llega al poder, sino qué se hace con él y a qué precio.
lunes, 30 de marzo de 2026
Crímenes y errores de la izquierda: el fin no justifica los medios
La historia política del último siglo ofrece un catálogo suficientemente elocuente como para desconfiar de cualquier proyecto que, en nombre de la redención colectiva, pretenda erigirse en verdad absoluta. 
Antonio Caño fue director de El País
La izquierda —al menos en sus versiones más dogmáticas— ha incurrido demasiadas veces en ese pecado original: la convicción de que el fin justifica los medios. Y cuando ese fin es una sociedad perfecta, los medios suelen ser, por desgracia, cualquier cosa.
El siglo XX dejó ejemplos difíciles de ignorar. La Unión Soviética de Joseph Stalin convirtió la promesa de igualdad en una maquinaria de terror, con purgas, campos de trabajo y millones de víctimas. En China, Mao Zedong impulsó el Gran Salto Adelante, una ingeniería social que desembocó en una de las mayores hambrunas de la historia. Y en Camboya, Pol Pot llevó la lógica revolucionaria hasta el delirio genocida.
No son anomalías aisladas, como a menudo se pretende. Son la consecuencia de un mismo patrón: la concentración de poder en manos de una élite que se arroga la representación del pueblo y elimina cualquier disidencia en nombre de ese mismo pueblo. La libertad, en ese esquema, deja de ser un derecho para convertirse en un obstáculo.
Pero no hace falta llegar a los extremos totalitarios para identificar errores de fondo. Allí donde la izquierda ha gobernado con vocación intervencionista, la tentación de sustituir al mercado por el decreto ha generado con frecuencia economías rígidas, burocracias hipertrofiadas y una alarmante desconexión entre esfuerzo y recompensa. La igualdad impuesta desde arriba, lejos de elevar a todos, ha tendido a igualar por abajo.
A ello se suma un elemento menos tangible, pero no menos decisivo: el utopismo. La idea de que el ser humano puede ser moldeado hasta ajustarse a un ideal preconcebido ha chocado, una y otra vez, con la realidad de la naturaleza humana. El resultado no ha sido la sociedad perfecta, sino el desencanto o, en el peor de los casos, la coerción.
Ahora bien, sería intelectualmente deshonesto ignorar que bajo el amplio paraguas de la izquierda han florecido también modelos muy distintos. La socialdemocracia europea, especialmente en países como Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia, ha demostrado que es posible combinar economía de mercado con un sólido Estado del bienestar sin sacrificar las libertades individuales.
La cuestión, por tanto, no es tanto la etiqueta como sus límites. Cuando la izquierda renuncia al pluralismo, al equilibrio de poderes y a la economía abierta, su deriva tiende a ser totalitaria. Cuando acepta esas reglas, se convierte en un actor más dentro de la democracia liberal.
Quizá ahí resida la clave. No en declarar inviable a la izquierda en bloque, sino en reconocer que sus versiones más radicales han fracasado con estrépito precisamente allí donde se sintieron más seguras de sí mismas.
Elecciones en Andalucía: Montero llevaría al PSOE a su peor resultado histórico
La sombra del declive se cierne sobre el socialismo andaluz. Si hoy se celebraran elecciones autonómicas, la candidata del PSOE, María Jesús Montero, firmaría el peor resultado de la historia del partido en la comunidad que durante décadas fue su bastión más sólido.
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Los sondeos más recientes dibujan un panorama desolador para los socialistas: pérdida de voto estructural, incapacidad para movilizar a su electorado tradicional y una transferencia constante de apoyos hacia otras opciones o, directamente, hacia la abstención. Andalucía, donde el PSOE gobernó de forma ininterrumpida durante casi 40 años, se ha convertido en el símbolo más evidente de su desgaste territorial.
Mientras tanto, el Partido Popular de Juan Manuel Moreno Bonilla consolidaría su hegemonía con una cómoda mayoría, afianzando una tendencia que ya quedó patente en los comicios de 2022. Lejos de tratarse de un fenómeno coyuntural, los analistas apuntan a un cambio profundo en el mapa político andaluz, donde el centro-derecha ha logrado ocupar espacios tradicionalmente vinculados al socialismo.
La figura de Montero, estrechamente ligada al Gobierno de Pedro Sánchez, tampoco parece ayudar a revertir la tendencia. Su perfil nacional, más identificado con la gestión en Madrid que con la realidad andaluza, genera dudas incluso dentro del propio electorado progresista. A ello se suma la percepción de que el PSOE carece de un proyecto claro para la comunidad, más allá de la oposición frontal al Ejecutivo autonómico.
Por otro lado, Vox mantendría una presencia relevante, aunque lejos de sus expectativas iniciales, mientras que el espacio a la izquierda del PSOE continúa fragmentado, incapaz de articular una alternativa sólida que permita recomponer el bloque progresista.
El mensaje que emana de las encuestas es inequívoco: los ciudadanos demandan estabilidad, gestión y soluciones concretas frente al ruido político. En ese terreno, el PSOE andaluz sigue sin encontrar su lugar.
Si se confirman estas previsiones, el resultado no solo supondría un revés electoral, sino un golpe simbólico de gran calado. Andalucía dejaría de ser definitivamente el corazón electoral del socialismo español, marcando un antes y un después en la historia del partido.
domingo, 29 de marzo de 2026
Falleció Fernando Franco, cronista de la vida social, cultural y humana de la ciudad de Vigo
La ciudad que narró durante décadas pierde hoy una de sus voces más reconocibles. El periodista Fernando Franco ha fallecido en Salamanca a los 75 años, tras una larga lucha contra una grave enfermedad, dejando tras de sí un legado inseparable de la memoria reciente de Vigo.
Fernando Franco en el Monte del Castro
Nacido en 1951 en el corazón del Casco Vello, Franco hizo de la palabra escrita una forma de retratar el pulso diario de su ciudad. Su nombre quedó indisolublemente ligado al Faro de Vigo, cabecera en la que desarrolló prácticamente toda su trayectoria profesional y desde la que se convirtió en cronista privilegiado de la vida social, cultural y humana de la urbe gallega.
Fue a partir de los años ochenta cuando su firma comenzó a adquirir un peso singular. Sus columnas, a medio camino entre la observación costumbrista y la crónica urbana, lograron conectar con varias generaciones de lectores que encontraban en ellas un espejo fiel —y a menudo irónico— de la vida cotidiana viguesa.
Franco no solo informaba: interpretaba. Supo captar como pocos el carácter de una ciudad en constante transformación, dando voz a sus calles, a sus gentes y a sus pequeñas historias, esas que rara vez ocupan titulares pero que construyen la identidad de un lugar.
Con su desaparición, Vigo pierde algo más que a un periodista: pierde a uno de sus narradores más íntimos. Su legado, sin embargo, permanecerá en hemerotecas y en la memoria de quienes, durante años, encontraron en sus textos una forma de reconocerse.
Vox pierde medio millón de votos mientras el PP consolida su ascenso y el PSOE recorta distancias
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Según el sondeo, Vox habría dejado por el camino cerca de medio millón de votos respecto a anteriores estimaciones, una caída significativa que rompe la tendencia de crecimiento que la formación venía mostrando en los últimos meses. En política, los tiempos importan, pero también los gestos. Y todo parece indicar que la percepción de bloqueo en las negociaciones autonómicas, especialmente en Extremadura y Aragón, ha tenido un coste tangible.
Una parte del electorado de Vox esperaba ver traducido su voto en influencia directa, en gobiernos o en acuerdos eficaces.
No se trata únicamente de aritmética parlamentaria, sino de expectativas frustradas. Una parte del electorado de Vox esperaba ver traducido su voto en influencia directa, en gobiernos o en acuerdos eficaces. Sin embargo, los desencuentros y la falta de entendimiento con el Partido Popular han proyectado una imagen de rigidez que no siempre casa bien con las demandas de una ciudadanía que, cada vez más, prioriza resultados sobre discursos.
A ello se suman las turbulencias internas que atraviesa la formación. Las tensiones orgánicas, habituales en partidos en crecimiento, adquieren otra dimensión cuando coinciden con momentos clave de negociación política. El votante, en ese contexto, tiende a penalizar la incertidumbre.
El mensaje es claro: gobernar exige ceder, y una parte del electorado parece premiar esa disposición.
Frente a esta caída, el Partido Popular capitaliza parte del desgaste de su socio potencial. La formación liderada por Génova refuerza su posición como principal alternativa de gobierno, beneficiándose de un trasvase de votantes que, sin abandonar el espacio ideológico de la derecha, optan por una opción percibida como más pragmática. El mensaje es claro: gobernar exige ceder, y una parte del electorado parece premiar esa disposición.
Por su parte, el PSOE logra contener la sangría y recortar distancias. Sin grandes alardes, pero con una estrategia de resistencia, los socialistas recuperan terreno en un momento en el que la fragmentación del bloque contrario les ofrece oxígeno político. No es un auge espectacular, pero sí suficiente para alterar la dinámica de bloques.
Los ciudadanos parecen demandar menos confrontación estéril y más capacidad de acuerdo.
La encuesta apunta, en definitiva, a un cambio de tono en el electorado. Los ciudadanos parecen demandar menos confrontación estéril y más capacidad de acuerdo. En un país acostumbrado a la polarización, esta tendencia, si se consolida, podría marcar el rumbo de los próximos ciclos electorales.
Porque, al final, la política no solo se mide en votos, sino en la capacidad de convertirlos en decisiones. Y ahí es donde, hoy por hoy, algunos partidos empiezan a pagar el precio de sus propias estrategias.

