jueves, 12 de febrero de 2026

Yolanda Díaz: cuando el discurso se convierte en laberinto

En política, la forma es fondo. Y en el caso de Yolanda Díaz, su principal campo de batalla no siempre ha sido el Congreso ni la negociación laboral, sino el lenguaje. 

La vicepresidenta segunda ha construido su perfil sobre una comunicación que pretende ser empática, inclusiva y sofisticada, pero que con frecuencia termina resultando confusa, forzada o excesivamente abstracta.

Díaz no improvisa. Su oratoria está claramente pensada: tono pausado, cadencia envolvente, vocabulario emocional. Habla de "escuchar", de "ensanchar derechos", de "proteger a la gente trabajadora", de "democratizar la empresa". 

El problema no es la intención, sino la ejecución. En muchas ocasiones, sus intervenciones se deslizan hacia una acumulación de conceptos que parecen importantes pero que carecen de concreción operativa. La idea flota; la propuesta se diluye.

Uno de los rasgos más comentados de su discurso es el uso del lenguaje inclusivo. Expresiones como "autoridades y autoridadas" han generado debate sobre los límites entre convicción ideológica y eficacia comunicativa. El riesgo de este tipo de fórmulas es evidente: cuando la audiencia se centra en la forma, el contenido queda en segundo plano. En política, eso es un lujo peligroso.

A ello se suman frases que, por su densidad conceptual, resultan difíciles de descifrar. Díaz tiende a encadenar subordinadas, apelaciones éticas y términos técnicos en un mismo párrafo. El resultado puede sonar elevado, pero no siempre es claro. Y la claridad es una virtud política fundamental. Los grandes comunicadores —para bien o para mal— simplifican. Díaz, en cambio, a menudo complejiza.

También existe una tensión entre la expectativa generada y la viabilidad real de algunas propuestas. Cuando el discurso es ambicioso pero las concreciones legislativas son limitadas o difíciles de materializar, se produce una brecha entre relato y realidad. Esa brecha erosiona credibilidad. Y en un espacio político fragmentado como el de la izquierda alternativa, la credibilidad es capital escaso.

La comunicación política no es solo decir cosas; es lograr que se entiendan, se recuerden y se traduzcan en apoyo. En ese terreno, Díaz oscila entre la sofisticación y la opacidad. Entre la intención transformadora y la dificultad expresiva. El desafío para ella no es hablar más alto, sino hablar más claro.

Porque en política, cuando el mensaje no se entiende, otros lo reinterpretan. Y casi nunca a favor del emisor.

Patxi López nos toma por idiotas: ¿por qué nos odian tanto?

"¿Por qué nos odian tanto?". La pregunta la formuló Patxi López en referencia al PSOE, como si el partido atravesara una inexplicable ola de animadversión irracional, casi patológica. Como si la crítica fuera fruto del capricho, la desinformación o la maldad ajena. Como si el problema estuviera fuera y no dentro.

La pregunta no es ingenua. Es estratégica. Y, sobre todo, profundamente cínica.

Porque cuando un dirigente político pregunta por qué "les odian", está evitando formular la cuestión correcta: ¿qué hemos hecho para que tantos españoles desconfíen de nosotros? Cambiar el sujeto altera por completo la responsabilidad. No se trata de examinar decisiones, pactos, cesiones o contradicciones. Se trata de victimizarse.

El PSOE no sufre una campaña de odio espontáneo. Sufre el desgaste lógico de sus propias decisiones. Pactos con quienes prometió no pactar. Concesiones que antes calificaba de inconstitucionales. Indultos que aseguró que no cabían en su marco político. Reformas exprés de instituciones cuando conviene. Discursos que cambian con la aritmética parlamentaria.

La memoria colectiva no es tan frágil como algunos creen.

Cuando se prometió que no habría amnistía y luego se defendió como un ejercicio de "convivencia", no fue la derecha quien inventó la contradicción. Cuando se habló de regeneración democrática mientras se blindaban cuotas partidistas en órganos institucionales, no fue la prensa crítica quien fabricó la incoherencia. Cuando se apeló a la ejemplaridad mientras se normalizaban alianzas con formaciones que cuestionan el marco constitucional, no fue el adversario quien creó el malestar.

El votante no "odia". Evalúa.

Pero convertir la crítica en odio tiene una ventaja política evidente: deslegitima al discrepante. Si el que cuestiona lo hace por odio, entonces no merece ser escuchado. Si la oposición no discrepa, sino que "odia", entonces cualquier respuesta está justificada en nombre de la resistencia moral.

Es una técnica vieja: polarizar para cohesionar.

Patxi López, que conoce bien la política institucional, sabe que la confianza pública no se erosiona por campañas de animadversión abstracta, sino por acumulación de decisiones discutibles. Sabe que el desgaste no es emocional, es político. Y sabe que la pregunta correcta incomoda más que la retórica victimista.

Porque quizá la cuestión no sea "por qué nos odian tanto", sino por qué cada vez más ciudadanos perciben que el PSOE gobierna pensando antes en su supervivencia que en su palabra dada.

La política no es terapia grupal ni relato sentimental. Es responsabilidad. Y cuando un partido sustituye la autocrítica por la queja, el análisis por el agravio y la coherencia por la conveniencia, no está siendo víctima de odio: está recogiendo las consecuencias de su propia estrategia.

Plantear la pregunta como si el problema fuera la hostilidad ajena es, en el fondo, asumir que los ciudadanos no recuerdan, no comparan y no razonan.

Y ahí está el verdadero error. No es que la gente odie más. Es que cree menos. 

miércoles, 11 de febrero de 2026

Irene Montero: ¿cómo se convirtió en una mujer fanática e intolerante?

Irene Montero ha sido, sin duda, una de las dirigentes más controvertidas de la política española reciente. Para unos, símbolo de avance feminista y renovación generacional; para otros, exponente de sectarismo ideológico y de una nueva élite política que terminó reproduciendo los mismos vicios que decía combatir. La pregunta no es menor: ¿cómo se construyó esa imagen tan polarizada?

De la vida común a la primera línea política

Antes de su salto a la política institucional, Montero trabajó como cajera en un supermercado mientras cursaba estudios universitarios. Esa experiencia fue utilizada por su entorno político como símbolo de cercanía con la "gente corriente", un elemento central en la narrativa fundacional de Podemos. Vivía en Madrid en un contexto de precariedad compartida por muchos jóvenes de su generación, lo que encajaba con el discurso contra "la casta" y las élites tradicionales.

Su ascenso fue meteórico. De activista universitaria y colaboradora cercana de Pablo Iglesias, pasó en pocos años a portavoz parlamentaria y, posteriormente, a ministra de Igualdad. Este tipo de promoción acelerada, sin una larga trayectoria orgánica previa, generó tanto admiración como recelo. Para sus críticos, el poder le llegó demasiado pronto y sin los filtros que suelen templar el carácter político.

El discurso y la polarización

Montero adoptó un estilo comunicativo frontal, ideológicamente muy marcado y poco dado a la concesión retórica. En un contexto político ya tensionado, ese tono fue percibido por muchos como dogmático. Sus intervenciones sobre feminismo, identidad de género o inmigración no solo movilizaron a sus bases, sino que también consolidaron una imagen de intransigencia ante posiciones discrepantes.

En política, el estilo importa tanto como el fondo. Cuando el discurso se formula en términos de superioridad moral o de descalificación del adversario, la línea entre firmeza y fanatismo se vuelve difusa. Parte de la percepción pública de "intolerancia" proviene de esa forma de confrontación directa, especialmente amplificada en redes sociales y medios.

El "casoplón" de Galapagar y la narrativa de la coherencia

Uno de los episodios más dañinos para su credibilidad fue la compra del chalet en Galapagar junto a Pablo Iglesias. Más allá del derecho legítimo a mejorar las condiciones de vida personales, la operación chocó frontalmente con el discurso previo contra la "casta" y los privilegios. Aquella contradicción fue explotada por sus adversarios y dejó una marca simbólica difícil de borrar.

La crítica no fue tanto patrimonial como narrativa: cuando un proyecto político se construye sobre la denuncia moral de otros, cualquier incoherencia se magnifica. Desde entonces, la acusación de haberse integrado en aquello que se combatía se convirtió en un estribillo constante.

El poder y el aislamiento

El ejercicio del poder suele endurecer posiciones. Rodearse de un núcleo ideológicamente homogéneo puede reforzar la convicción de estar siempre en lo cierto. Algunos analistas han señalado que la evolución de Montero estuvo marcada por un progresivo encierro dentro de su círculo interno y por una nula permeabilidad a la crítica externa.

Cuando la política se convierte en identidad total, el margen para el matiz disminuye. Y cuando la crítica se interpreta siempre como ataque, el tono tiende a radicalizarse.

¿Fanatismo o coherencia ideológica?

Sus partidarios sostienen que ha mantenido una coherencia férrea en la defensa de sus postulados, incluso bajo presión. Sus detractores consideran que esa misma firmeza se transformó en rigidez excluyente.

Lo cierto es que Irene Montero encarna una generación política que llegó prometiendo romper el sistema y terminó atrapada por sus propias contradicciones, por la lógica del poder y por la polarización extrema del debate público español.

Más que una transformación personal aislada, su trayectoria refleja cómo la política contemporánea premia el choque, amplifica los extremos y convierte la convicción en espectáculo permanente. En ese terreno, la frontera entre liderazgo firme e intolerancia es cada vez más difusa.

El fracaso de Podemos: las contradicciones no perdonan. El karma tampoco.

Podemos nació como un terremoto político. En 2014, canalizó el malestar del 15-M, la indignación ante la crisis económica y el descrédito de las élites tradicionales. En pocos meses pasó de ser una incógnita mediática a convertirse en la tercera fuerza política del país. Parecía imparable. Hoy, apenas una década después, es un actor marginal, diluido en coaliciones ajenas y reducido a la irrelevancia parlamentaria. ¿Qué ocurrió?

El fracaso de Podemos no se explica por una sola causa, sino por una acumulación de errores estratégicos, tensiones internas y cambios de contexto que el partido no supo anticipar ni gestionar.

1. La institucionalización sin alma

Podemos nació como partido-movimiento, con una narrativa de ruptura, horizontalidad y regeneración democrática. Su fuerza provenía de la frescura y de una estética deliberadamente ajena a la política tradicional. Sin embargo, al dar el salto institucional, tuvo que adaptarse a las reglas del juego que había prometido transformar.

Ese tránsito resultó fallido. La entrada en las instituciones exigía disciplina, pragmatismo y negociación. Pero al mismo tiempo, su base reclamaba pureza ideológica y confrontación permanente. El equilibrio entre ambas dimensiones nunca se logró. En el proceso de profesionalización y burocratización, el partido perdió parte de la mística que lo hacía atractivo, sin conseguir convertirse plenamente en una organización sólida y estable.

2. La gestión del poder: del asalto a los cielos a la rutina ministerial

Cuando Podemos accedió al Gobierno en coalición, muchos de sus votantes interpretaron el hecho como una conquista histórica. Sin embargo, gobernar implica asumir límites, gestionar contradicciones y aceptar renuncias. La retórica del "asalto a los cielos" chocó con la realidad de los presupuestos, la política europea y los compromisos de estabilidad.

La gestión de ministerios clave mostró luces y sombras, pero el desgaste fue evidente. La presión mediática, los errores comunicativos y la dificultad para convertir su agenda en reformas estructurales consolidaron la percepción de que la transformación prometida se quedaba en gestos simbólicos o medidas parciales. Para una parte del electorado, Podemos dejó de ser la herramienta del cambio para convertirse en un socio más del sistema.

3. La fractura interna: personalismos y luchas de poder

Si hubo un punto de no retorno fue la fractura interna. Las tensiones entre corrientes no eran nuevas, pero se agudizaron tras las sucesivas derrotas electorales. La salida de dirigentes fundacionales, las disputas públicas y la incapacidad para integrar sensibilidades distintas generaron una imagen de división permanente.

La política convertida en pugna personal erosionó la credibilidad del proyecto colectivo. El partido que había prometido nuevas formas de hacer política reproducía los mismos vicios que criticaba: hiperliderazgo, purgas internas y escasa tolerancia a la discrepancia.

4. El cambio de ciclo político

Podemos surgió en un contexto muy concreto: crisis económica, austeridad, corrupción y descrédito institucional. Ese clima favorecía discursos de ruptura. Pero la política es dinámica. Con la recuperación económica parcial, la pandemia y la polarización ideológica, el eje del debate cambió.

La agenda identitaria sustituyó en parte a la agenda social, y el espacio político se fragmentó aún más. La aparición de nuevas plataformas a su izquierda y la reconfiguración del bloque progresista dejaron a Podemos desubicado. Llegó tarde a ese nuevo ciclo y no supo redefinir su papel con claridad.

5. Errores estratégicos y exceso de confrontación

Otro factor clave fue la estrategia comunicativa. La confrontación permanente, eficaz en la oposición, se volvió contraproducente en el gobierno. El tono beligerante reforzó la movilización de sus bases más fieles, pero dificultó la ampliación del electorado.

Además, la lectura excesivamente ideológica de la realidad social alejó a votantes moderados que en 2015 habían apostado por un cambio pragmático más que por una revolución cultural. Podemos no logró consolidar una mayoría transversal y quedó encerrado en un nicho.

6. Dependencia de liderazgos carismáticos

El proyecto estuvo fuertemente vinculado a figuras concretas. Esa personalización permitió un crecimiento rápido, pero también hizo al partido vulnerable. Cuando esos liderazgos se desgastaron o abandonaron la primera línea, no existía una estructura cohesionada capaz de sostener el impulso inicial.

Los partidos que perduran construyen cultura organizativa y cuadros intermedios. Podemos, en cambio, dependió en exceso de su núcleo fundador.

Su historia demuestra que irrumpir es más fácil que consolidar; que la indignación moviliza, pero no siempre gobierna; y que la política, al final, exige algo más que épica. Exige organización, cohesión y sentido de realidad. Sin esos elementos, incluso los proyectos que nacen con vocación de asaltar los cielos pueden terminar estrellándose contra el suelo.

martes, 10 de febrero de 2026

El "frente popular" de Rufián: un fracaso anunciado.

Cuando uno cree haberlo visto todo en la política española, aparece Gabriel Rufián, el payaso del congreso, para recordarnos que siempre se puede ir varios pasos hacia atrás. Su última ocurrencia —rescatar el concepto de "frente popular" como fórmula política— no es solo un desliz retórico ni una boutade para redes sociales: es una declaración ideológica que resume a la perfección el estado de descomposición del bloque que sostiene al Gobierno. 

Hablar de "frente popular" en la España de 2026 no es inocente. No es una metáfora simpática ni una referencia cultural neutra. Es un concepto cargado de historia, de sectarismo y de confrontación, asociado a la política de bloques, a la exclusión del adversario y a la idea de que solo una parte del país es legítima. Recuperarlo no es modernizar el debate: es embrutecerlo.

Rufián, que lleva diez años instalado en la provocación permanente, vuelve a ejercer de agitador verbal de un espacio político que ya no sabe cómo mantenerse unido. ERC, en caída libre electoral, necesita ruido para ocultar su irrelevancia creciente. Y nada genera más ruido que invocar fantasmas del pasado con un tono chulesco, como si la política fuera un hilo de X y no un ejercicio de responsabilidad pública.

Pero el problema va más allá de Rufián. Lo realmente inquietante es que su propuesta encaja como un guante en la lógica del sanchismo tardío: sumar cualquier cosa, a cualquier precio, con tal de conservar el poder. El "frente popular" no es una idea aislada, sino la verbalización brutal de lo que ya existe en la práctica: una coalición de intereses incompatibles, unida solo por el rechazo al adversario común y por el reparto de prebendas.

Nacionalistas, populistas, extrema izquierda, restos de una socialdemocracia sin rumbo… todos bajo el mismo paraguas, sin proyecto compartido, sin visión de país y sin más horizonte que resistir un poco más. No es un frente popular: es un frente del agotamiento.

La paradoja es que quienes presumen de progreso y modernidad recurren una y otra vez al lenguaje más viejo, más rancio y más divisivo de nuestra historia política. Mientras hablan de convivencia, reabren trincheras. Mientras invocan el diálogo, señalan al discrepante como enemigo. Y mientras dicen defender la democracia, la reducen a una aritmética parlamentaria sostenida por minorías cada vez más radicalizadas.

Rufián no propone nada nuevo. Solo pone nombre a una estrategia fracasada. Su "frente popular" no suma: resta. No ilusiona: asusta. Y no fortalece la democracia: la empobrece.

Porque cuando la política se convierte en un frente, el país deja de ser un proyecto común para transformarse en un campo de batalla. Y en ese terreno, como la historia ya demostró, nunca gana nadie. Solo se pierde tiempo, convivencia y futuro.

lunes, 9 de febrero de 2026

Sánchez está herido de muerte, pero el zombi sigue caminando. ¿Por qué no acaba de morir?

Pedro Sánchez está políticamente muerto. Lo saben sus adversarios, lo saben sus socios y, lo que es más significativo, lo sabe una parte creciente de su propio electorado. Sin embargo, ahí sigue: caminando, hablando desde la Moncloa como si nada hubiera pasado. Un zombi político que debería haber caído hace tiempo, pero que se resiste a hacerlo. La pregunta ya no es si está acabado, sino por qué no termina de caer.

La herida es evidente. Un Gobierno sostenido por una aritmética parlamentaria grotesca, dependiente de fuerzas que no creen en el proyecto común ni en el propio Estado; un presidente cercado por escándalos que afectan a su entorno más inmediato; una credibilidad internacional erosionada; y una sociedad cada vez más desconectada del relato triunfalista que se repite desde el poder. Sánchez gobierna sin pulso social, sin ilusión y sin horizonte. Eso, en política, suele ser sentencia de muerte.

Pero el zombi sigue caminando.

La primera razón es estructural. Sánchez no gobierna, resiste. No lidera un proyecto, administra una supervivencia. Ha convertido la política en una técnica de aguante, donde cada día que pasa sin elecciones es una victoria. El calendario es su mejor aliado. Mientras no haya urnas, no hay veredicto. Y mientras tanto, todo vale: cesiones, silencios, contradicciones, rectificaciones sin rubor. El objetivo no es gobernar bien, sino gobernar hoy.

La segunda razón es la anestesia institucional. El sistema español permite que un presidente profundamente debilitado continúe mientras conserve una mayoría parlamentaria mínima, aunque sea antinatural y precaria. No hay moción de censura viable, no hay disolución automática, no hay cortafuegos morales. El zombi no cae porque nadie tiene la fuerza suficiente para empujarlo definitivamente al suelo.

La tercera razón es el miedo. Miedo de los socios a unas elecciones que los barrerían. Miedo del propio PSOE a enfrentarse a las urnas tras años de desgaste, cesiones y cinismo. Miedo a que el relato se desplome en cuanto la campaña obligue a hablar claro. Sánchez no gobierna solo: gobierna una coalición del pánico, unida no por un proyecto compartido, sino por el miedo a perder el poder.

Y luego está el factor personal. Sánchez ha demostrado una capacidad extraordinaria para sobrevivir donde otros habrían dimitido. No por convicción, sino por impermeabilidad. No escucha, no rectifica, no asume responsabilidades. Avanza porque no reconoce límites. En política, la falta de escrúpulos no garantiza el éxito, pero sí alarga la agonía.

El problema no es solo que Sánchez siga ahí. El problema es el precio que se paga por cada día más de esta supervivencia artificial. Instituciones degradadas, polarización extrema, desconfianza ciudadana, cesiones que hipotecan el futuro y un clima político irrespirable. El zombi camina, sí, pero deja un rastro de deterioro a su paso.

Sánchez está herido de muerte. No hay recuperación posible, solo demora. La política española no vive una etapa de estabilidad, sino una prórroga. Y como ocurre siempre con los zombis, la pregunta no es cuándo caerá, sino cuánto daño hará antes de hacerlo.

El estancamiento ideológico y político de un PP cómodamente instalado en la alternancia

El Partido Popular no está en crisis. Está en algo peor: en una cómoda hibernación. No sufre derrotas traumáticas ni victorias transformadoras. Vive instalado en la alternancia como quien acepta un papel secundario pero estable en un escenario que se repite desde hace décadas. Gobernar cuando el PSOE se quema, esperar cuando el PSOE gobierna. Y volver. Sin proyecto, sin riesgo, sin ambición ideológica.

El PP ha renunciado hace tiempo a ser un partido con ideas claras. Su estrategia se resume en una consigna silenciosa pero eficaz: no molestar, no definirse demasiado, no incomodar a nadie. Administrar el descontento, no liderarlo. Capitalizar el desgaste del adversario, no ofrecer una alternativa reconocible. El resultado es un partido que aspira al poder sin saber muy bien para qué.

Esta renuncia se percibe en todo. En el discurso, cada vez más plano y tecnocrático. En la falta de una visión de país que vaya más allá de la "buena gestión". En la obsesión por parecer moderado incluso cuando la realidad exige firmeza. El PP ha convertido la ambigüedad en método y la tibieza en identidad. Y lo ha hecho convencido de que, tarde o temprano, el turno llegará solo.

Pero la alternancia sin ideología es una trampa. Porque cuando un partido se limita a esperar su momento, deja de disputar el sentido del debate público. Y ese espacio no queda vacío: lo ocupan otros. Mientras el PP mide cada palabra para no salirse del marco aceptable, otros actores políticos fijan los temas, marcan los límites y movilizan emociones. El PP reacciona; nunca propone. Corrige; nunca impulsa. Matiza; nunca lidera.

El problema no es únicamente electoral. Es político y cultural. Un partido que se resigna a gestionar lo existente acaba defendiendo el statu quo, incluso cuando ese statu quo es el que dice querer cambiar. Por eso el PP asume marcos ideológicos ajenos, evita batallas culturales y huye de cualquier debate que no pueda resolverse con una hoja de Excel. Ha confundido la prudencia con la ausencia de carácter.

Esta actitud tiene un coste creciente. Un electorado que busca convicción encuentra cálculo. Quien pide claridad recibe silencios estratégicos. Y quien espera una oposición firme frente a un gobierno cada vez más intervencionista y polarizador se topa con un partido que parece más preocupado por no asustar a ciertos editoriales que por representar a sus votantes.

El PP se ha convertido, así, en un partido de tránsito: útil para desalojar al PSOE, pero incapaz de ilusionar, transformar o marcar una dirección clara. Un partido que gobierna sin relato y hace oposición sin pulso. Que confía más en el desgaste ajeno que en la fuerza propia.

La gran pregunta no es si el PP volverá a gobernar. Probablemente lo hará. La pregunta es si, cuando lo haga, alguien notará la diferencia. Porque un partido instalado cómodamente en la alternancia puede ganar elecciones. Lo que no puede es liderar un país.

Vox y PP: el original y la copia. La copia siempre delata miedo. Y el miedo del PP es evidente.

La política, como el mercado, castiga sin piedad a quien llega tarde. Y en España el Partido Popular lleva años llegando tarde a todo: a las ideas, al discurso y, ahora, al electorado. Vox no solo ha marcado la agenda de la derecha, sino que ha colocado al PP en una posición humillante: la de imitador. Y la experiencia demuestra que el votante siempre acaba eligiendo al original antes que a la copia.

Durante años, el PP despreció a Vox con soberbia. Lo llamó partido testimonial, extrema derecha irrelevante, anomalía pasajera. Hoy repite sus mensajes casi palabra por palabra: inmigración descontrolada, seguridad, crítica al consenso progresista, rechazo a la ingeniería social, denuncia del adoctrinamiento. Pero lo hace mal, tarde y sin convicción. El resultado es obvio: cuando el PP intenta parecerse a Vox, deja de ser creíble como PP y jamás lo será como Vox.

La copia siempre delata miedo. Y el miedo del PP es evidente. Ha asumido que el marco cultural lo ha perdido y que Vox lo ha desplazado del centro de la conversación política. Ya no es el partido que fija límites ni el que decide qué se puede decir. Es el que reacciona, el que corrige discursos, el que rectifica según la encuesta del lunes. Vox, en cambio, no corrige: insiste. Y en política, la insistencia coherente pesa más que la moderación oportunista.

El votante no es ingenuo. Sabe distinguir entre quien defiende una posición porque cree en ella y quien la adopta por puro cálculo electoral. Cuando el PP endurece su discurso sobre inmigración, nadie olvida que gobernó sin tocar una sola de las políticas que ahora critica. Cuando habla de libertad, arrastra el lastre de complejos acumulados, cesiones culturales y silencios estratégicos. Vox no tiene ese pasado encima. Su discurso podrá gustar más o menos, pero es reconocible, estable y, sobre todo, auténtico.

Además, el PP sufre una contradicción insalvable: quiere atraer al votante de Vox sin perder al votante progresista moderado. Ese equilibrio imposible lo convierte en un partido ambiguo, temeroso y contradictorio. Vox, por el contrario, no aspira a gustar a todos. Aspira a convencer a los suyos. Y eso, en tiempos de polarización y hartazgo, es una ventaja competitiva enorme.

Por eso Vox no solo crece: sustituye. Allí donde el PP intenta parecer firme, Vox ya estaba. Allí donde el PP promete, Vox exige. Allí donde el PP duda, Vox avanza. No es una cuestión de estilos, sino de credibilidad. Y la credibilidad no se improvisa en campaña ni se copia en un mitin.

La historia política está llena de ejemplos: nadie recuerda a la imitación cuando el original sigue vivo. El PP puede seguir copiando gestos, palabras y poses, pero eso no hará sino acelerar su irrelevancia. Porque cuando un partido renuncia a ser lo que es para parecerse a otro, ya ha perdido la batalla.

Vox no barre al PP porque grite más fuerte, sino porque su discurso no suena prestado. En política, como en todo, el original siempre acaba imponiéndose a la copia. Y los españoles ya han empezado a notarlo.

El colapso de la izquierda: ¿dónde está la superioridad moral de la que tanto presumen?

Las elecciones en Aragón han dejado algo más que un reparto de escaños: han expuesto, sin maquillaje ni excusas, el colapso moral, intelectual y político de la izquierda española. Un derrumbe que no se explica solo por errores tácticos o liderazgos fallidos, sino por el agotamiento de un relato que durante años se presentó como incuestionable: el de la supuesta superioridad moral.

Durante décadas, la izquierda ha construido su hegemonía cultural no tanto desde la gestión eficaz como desde una posición de permanente juicio ético sobre el adversario. Quien no pensaba como ella era reaccionario, insensible, egoísta o directamente peligroso. 

Esa superioridad moral —repetida como un mantra— servía para justificar políticas fallidas, alianzas incómodas y un progresivo alejamiento de la realidad social. Aragón ha sido uno de los escenarios donde ese espejismo se ha roto con mayor crudeza.

Los resultados muestran una izquierda fragmentada, incapaz de movilizar a su electorado tradicional y desconectada de las preocupaciones reales de la ciudadanía. 

El discurso identitario, la política simbólica y la confrontación constante han sustituido al debate sobre empleo, servicios públicos, fiscalidad o mundo rural. Cuando el votante percibe que se le habla desde arriba, con condescendencia moral y sin soluciones prácticas, la respuesta suele ser el abandono o el castigo en las urnas.

Pero el mensaje de Aragón no es solo una enmienda a la izquierda. También revela el agotamiento del Partido Popular como alternativa ilusionante. El PP resiste más por inercia que por proyecto, más por rechazo al adversario que por adhesión entusiasta. 

Su incapacidad para articular un discurso propio deja un vacío que otros ocupan con mayor claridad ideológica. La alternancia sin renovación no entusiasma; simplemente administra el desgaste ajeno.

La llamada "superioridad moral" se desmorona cuando se contrasta con la realidad: cuando se gobierna mal, cuando se toleran incoherencias flagrantes o cuando se exige ejemplaridad solo a los demás. 

Aragón ha demostrado que los votantes ya no compran relatos morales prefabricados ni consignas importadas de los despachos madrileños. Quieren cercanía, coherencia y resultados.

El colapso de la izquierda no es coyuntural; es estructural. Y el cansancio con el PP tampoco es accidental; es consecuencia de años de oposición cómoda y propuestas tímidas. 

El tablero político se mueve porque la ciudadanía ha dejado de creer en quienes se arrogaban la virtud como patrimonio exclusivo. Cuando la moral se convierte en propaganda y no en conducta, acaba pasando lo inevitable: deja de convencer.

Aragón no ha sido una anomalía. Ha sido un aviso. 

domingo, 8 de febrero de 2026

Podemos, cero: la mejor noticia de las elecciones en Aragón. No es la derrota de un partido, sino de una forma de hacer política.

Hay derrotas que son algo más que un resultado electoral. Son un cierre de etapa. El cero de Podemos en Aragón no es solo una cifra: es la constatación de que un proyecto político nacido a golpe de consignas, hipérboles morales y promesas sin memoria ha agotado su crédito allí donde los votantes comparan discurso y gestión. Y Aragón, esta vez, ha comparado.

Podemos llegó proclamando una "nueva política" que acabaría con los vicios de la vieja. Diez años después, lo que queda es un balance de ruido, sectarismo y políticas públicas fallidas, incapaces de sostenerse sin el oxígeno permanente del conflicto. En Aragón, como en otros territorios, el votante ha hecho lo que suele hacer cuando se siente tratado como figurante: retirar el aplauso.

El cero no cae del cielo. Es el resultado de una trayectoria que confundió activismo con gobierno, eslóganes con reformas y pureza moral con eficacia. Mientras la comunidad debatía sobre servicios públicos, empleo, despoblación o infraestructuras, Podemos seguía atrapado en su liturgia identitaria, más pendiente de la trinchera cultural que de la gestión concreta. La política convertida en espectáculo acaba siendo irrelevante cuando llega el recuento.

También hay un factor de fondo: la fatiga. Fatiga de la exageración permanente, de la superioridad moral como sustituto del argumento, del insulto como método y de la excusa como programa. El votante aragonés —pragmático, poco dado a fuegos artificiales— ha mandado un mensaje claro: menos épica y más resultados.

El cero de Podemos es, además, una buena noticia para la salud del debate público. Significa que la política puede volver a discutir prioridades reales sin el chantaje emocional constante; que se puede disentir sin ser señalado; que gobernar exige algo más que proclamas. No es el triunfo de una ideología concreta, sino la derrota de una forma de hacer política.

Podemos quiso ser imprescindible. Aragón le ha respondido que era prescindible. Y cuando una fuerza que prometía asaltar los cielos no logra ni abrir la puerta de las instituciones, la conclusión es evidente: el experimento terminó.