Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales..jpg)
---
Yo: Mi general, en España está ocurriendo algo que desconcierta a sociólogos, historiadores y analistas políticos. Cada vez son más los estudios que detectan entre una parte de la juventud una cierta nostalgia del franquismo o, al menos, una visión mucho menos crítica de aquella época. Resulta paradójico sentir nostalgia de un tiempo que nunca se ha vivido. La nostalgia suele pertenecer a la memoria; aquí, en cambio, parece pertenecer a la imaginación.
Yo viví una parte importante de su régimen y, sin embargo, no siento nostalgia de él. Tampoco creo que un fenómeno histórico de semejante magnitud pueda repetirse. Pero sí debo reconocer una cosa: la evolución de la izquierda española me ha obligado a revisar muchos de mis propios prejuicios. No me ha llevado a idealizar el franquismo, pero sí a preguntarme hasta qué punto el relato que durante décadas se ha construido sobre usted ha estado condicionado por la propaganda, el sectarismo o la necesidad política de convertirle en el símbolo absoluto de todos los males de España.
Sin embargo, aunque la inmensa mayoría de los jóvenes continúa respaldando el sistema democrático, las encuestas muestran un fenómeno inquietante: entre un 18 % y un 19 % de los jóvenes de entre 18 y 26 años califican los años de su régimen como "buenos" o "muy buenos", y alrededor de una cuarta parte de los hombres de la Generación Z considera que, en determinadas circunstancias, un gobierno autoritario podría ser preferible a una democracia.
Los especialistas suelen señalar tres causas principales.
La primera es la frustración económica. La dificultad para acceder a una vivienda, la precariedad laboral y la sensación de que el esfuerzo ya no garantiza un futuro hacen que muchos idealicen un pasado resumido en consignas como "había pleno empleo", "un obrero podía comprarse una casa" o "existía orden y seguridad". No buscan tanto volver al franquismo como escapar de un presente que les decepciona.
La segunda es el impacto de las redes sociales, donde el cuestionamiento del consenso democrático se presenta con frecuencia como un gesto de rebeldía frente a lo políticamente correcto. En ese universo digital, los matices desaparecen y las soluciones simples resultan mucho más seductoras que las explicaciones complejas.
La tercera es el preocupante desconocimiento de la historia reciente. Diversos estudios revelan que muchos estudiantes terminan la enseñanza secundaria con enormes lagunas sobre la España del siglo XX. Quien desconoce las restricciones de las libertades, la censura o los aspectos más duros de cualquier régimen político es mucho más vulnerable a los relatos idealizados que circulan por Internet.
En el fondo, este fenómeno parece decir más sobre el presente que sobre el pasado. Cuando casi siete de cada diez jóvenes manifiestan una profunda insatisfacción con el funcionamiento de la democracia, algunos terminan buscando respuestas en épocas que apenas conocen. El pasado deja entonces de ser historia para convertirse en refugio imaginario.
Mi padre salió de la pobreza y alcanzó una estabilidad económica que siempre atribuyó al orden que, según él, trajo su régimen tras el caos de la Segunda República. Yo pude estudiar en uno de los mejores colegios de mi ciudad, fui a la universidad, leí mucho pese a la censura, escribí bastante —aunque publiqué poco—, formé una familia, tuve una vivienda propia y disfruté del privilegio de criar a tres hijos a los que quiero profundamente, aunque hoy apenas me hagan caso.
Mi general, ¿cómo interpreta usted que tantos jóvenes, que nunca vivieron su régimen, parezcan contemplarlo con más curiosidad e incluso con menos rechazo que quienes sí lo conocieron? ¿Es un juicio sobre su gobierno o, sobre todo, una severa condena del fracaso de la España actual?
Franco: La historia tiene una costumbre que desespera a los ideólogos: termina desobedeciendo sus consignas. Cuando un régimen necesita recordar todos los días que fue el vencedor moral de la historia, es porque empieza a sospechar que ha dejado de convencer.
No creo que esos jóvenes sientan nostalgia de mi gobierno. Nadie puede añorar lo que no ha vivido. Lo que sienten es decepción con el presente. Y cuando el presente decepciona, el pasado comienza a contemplarse con otros ojos.
Durante décadas bastó con pronunciar mi nombre para cerrar cualquier debate. Era suficiente llamarle a uno franquista para descalificarlo sin necesidad de responder a sus argumentos. Mientras España prosperaba, ese método funcionó. Pero cuando los jóvenes descubren que, pese a tantos años de democracia, les cuesta independizarse, formar una familia o encontrar un horizonte estable, empiezan a hacer preguntas que antes nadie se atrevía a formular.
No buscan necesariamente la verdad sobre mi régimen. Buscan una explicación de por qué su vida parece más difícil que la de sus padres o sus abuelos.
Cometen, sin embargo, un error si creen que todos los problemas tienen soluciones autoritarias. Ningún gobierno, por fuerte que sea, puede sustituir el esfuerzo, la responsabilidad o el sentido moral de una nación. El orden sin justicia degenera; la libertad sin orden también.
Me habla usted de adoctrinamiento. Todo poder intenta escribir su propio relato. Eso ocurrió antes de mi gobierno, durante él y después de él. Lo verdaderamente importante no es qué versión enseñe el Estado, sino que existan ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Una sociedad que solo admite una interpretación del pasado acaba perdiendo también la libertad de interpretar el presente.
No me preocupa que la historia me absuelva ni que me condene. Eso pertenece a los historiadores. Me preocuparía mucho más que España perdiera la capacidad de debatir serenamente sobre su propia historia. Cuando una nación convierte el pasado en un dogma, deja de aprender de él.
Si algunos jóvenes me observan hoy con menos prejuicios que sus mayores, no es porque yo haya cambiado. Soy el mismo hombre que murió en 1975. Lo que ha cambiado es la España desde la que me contemplan. Y, a veces, un presente mal gobernado se convierte en el mejor propagandista de un pasado que creían definitivamente enterrado.
No obstante, les diría una cosa a esos jóvenes: no idealicen ninguna época, tampoco la mía. Todos los tiempos tienen sus luces y sus sombras. Gobernar consiste en elegir entre males imperfectos, no en construir paraísos. Si de verdad quieren servir a España, estudien la historia completa, sin mitos y sin odios. Solo así evitarán repetir los errores de quienes creyeron que la propaganda podía sustituir a la verdad.
Juan Julio Alfaya
miércoles, 22 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 14 – La nostalgia del franquismo entre los jóvenes
martes, 21 de julio de 2026
Zapatero, además de delincuente, es un mal padre
Hay noticias que trascienden el ámbito judicial y penetran en un terreno mucho más íntimo: el de la responsabilidad moral. La última revelación de Julio Martínez, según la cual las hijas de José Luis Rodríguez Zapatero habrían seguido cobrando durante tres años a través de la empresa Whathefav sin prestar ya los servicios inicialmente contratados, no solo plantea interrogantes legales que deberán ser esclarecidos por los tribunales. Plantea, sobre todo, una pregunta humana: ¿qué padre coloca a sus hijas en una situación así? 
Un mal padre.
Un buen padre no utiliza a sus hijos como escudo, ni como intermediarios, ni como receptores de dinero cuya justificación pueda acabar siendo cuestionada.
Un buen padre procura que sus hijos construyan su prestigio con esfuerzo propio, que puedan mirar a los demás a los ojos sin depender del apellido que llevan ni de la influencia de quien se lo dio.
El mayor patrimonio que puede dejar un padre no es una cuenta corriente ni una empresa. Es un nombre limpio. Una reputación que no obligue a los hijos a pasar por juzgados ni a explicar ante nadie por qué cobraban o dejaban de cobrar. Ese patrimonio moral vale infinitamente más que cualquier transferencia bancaria.
Naturalmente, toda persona investigada tiene derecho a la presunción de inocencia, y serán los jueces quienes determinen qué ocurrió realmente y si existió o no responsabilidad penal. Pero la responsabilidad ética sigue otro camino. Hay conductas que, aun siendo legales, son profundamente equivocadas. Y si además terminan bajo el foco de una investigación judicial, el daño familiar resulta todavía mayor.
Siempre he pensado que la primera obligación de un padre consiste en proteger a sus hijos, incluso de uno mismo. Especialmente cuando se ocupa una posición de poder o de influencia. Porque el poder es pasajero; las consecuencias para la familia pueden durar toda la vida.
Cuando un hijo alcanza una meta gracias a su trabajo, el padre siente un orgullo legítimo. Cuando la sospecha es que el mérito ha sido sustituido por la cercanía al poder, ese orgullo se transforma en una pesada carga. Nadie merece heredar ese peso.
No conozco mayor acto de amor paterno que enseñar a un hijo a caminar solo, aunque tropiece. Lo contrario —abrirle puertas que nunca debieron abrirse o convertirlo en parte de un entramado que luego termina siendo investigado— no es un privilegio. Es una forma de hipotecar su futuro.
Los padres estamos para transmitir valores, no para comprometer el porvenir de nuestros hijos. Porque el dinero se gasta. La influencia desaparece. Pero la dignidad, cuando se pierde, cuesta generaciones recuperarla.
Zapatero, hundido: Julio Martínez Martínez ha decidido colaborar sin reservas con la Justicia
José Luis Rodríguez Zapatero atraviesa uno de los momentos más delicados de su trayectoria pública. Durante años ha negado cualquier participación impropia en los negocios y relaciones que distintos medios han vinculado a su entorno con el régimen venezolano. Sin embargo, el escenario ha cambiado de manera radical.
---
Si las informaciones conocidas en los últimos días se confirman judicialmente, el auténtico terremoto no procede de la oposición política ni de las investigaciones periodísticas, sino de quien habría sido una de las personas de su máxima confianza: Julio Martínez Martínez, conocido como "Julito".
La decisión de colaborar con la Justicia supone un cambio de enorme trascendencia. Cuando alguien que ha estado dentro de un entramado decide hablar, el problema ya no consiste únicamente en la documentación que pueda existir, sino en la capacidad de explicar el contexto, las conversaciones, las decisiones y los nombres. Es entonces cuando los muros de contención empiezan a resquebrajarse.
Durante mucho tiempo, Zapatero ha cultivado una imagen de mediador internacional, especialmente en relación con Venezuela. Sus defensores presentan esa actividad como un ejercicio de diplomacia; sus críticos sostienen que fue mucho más que eso y que existieron intereses económicos y políticos difíciles de justificar. Será la Justicia quien deba determinar dónde termina la actividad política legítima y dónde comienza una eventual responsabilidad penal.
Lo verdaderamente significativo es que el supuesto cortafuegos construido para proteger determinadas actuaciones parece haber dejado de funcionar. Ninguna estrategia de comunicación puede resistir indefinidamente cuando quienes conocen los hechos desde dentro deciden contar su versión.
La política enseña una lección que rara vez falla: los grandes escándalos no suelen derrumbarse por las acusaciones externas, sino por las confesiones internas. Los adversarios pueden sospechar; quien estuvo sentado en la mesa puede explicar cómo se desarrollaron realmente los acontecimientos.
Si la colaboración anunciada aporta información sólida y verificable, Zapatero podría enfrentarse no solo a un enorme desgaste reputacional, sino a una revisión completa de uno de los capítulos más controvertidos de su trayectoria pública.
Hay momentos en que un imperio de silencios se derrumba con una sola declaración. Si ese momento ha llegado, no serán los discursos quienes determinen el desenlace, sino los hechos, las pruebas y las resoluciones judiciales.
Porque la verdad tiene una costumbre incómoda: puede demorarse durante años, pero cuando encuentra una voz dispuesta a contarla resulta extraordinariamente difícil volver a encerrarla.
lunes, 20 de julio de 2026
El presidente de Plus Ultra implica a Zapatero en las gestiones para el rescate de la aerolínea
Toda investigación judicial tiene un momento decisivo: aquel en el que dejan de hablar los adversarios políticos y empiezan a hablar quienes participaron directamente en los hechos. Eso es lo que parece estar ocurriendo en el caso del rescate de Plus Ultra..jpg)
Rodríguez Zapatero
Los escritos presentados ante el juez de la Audiencia Nacional José Luis Calama por dos altos directivos de la compañía constituyen un giro de enorme relevancia. Según esas declaraciones, José Luis Rodríguez Zapatero no habría sido un simple observador ajeno a la operación, sino una persona implicada en las gestiones que desembocaron en la concesión de los 53 millones de euros del Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas. Ambos directivos afirman que el expresidente se ofreció a ayudar, puso a un colaborador de su confianza al frente de las gestiones y que se abonaron comisiones equivalentes al 1 % del importe del rescate a sociedades vinculadas con ese intermediario.
Naturalmente, una declaración judicial no equivale a una condena. Corresponde a los jueces comprobar la veracidad de esas afirmaciones y determinar si existieron o no delitos. La presunción de inocencia sigue siendo un principio irrenunciable en un Estado de Derecho.
Sin embargo, tampoco puede ignorarse el alcance político de estas revelaciones. Cuando son los propios protagonistas quienes contradicen la versión mantenida durante años, el problema deja de ser exclusivamente judicial y pasa a ser también de credibilidad. La defensa pública de Zapatero se apoyaba en negar cualquier intervención relevante. Si quienes dirigían la empresa sostienen ahora exactamente lo contrario, esa defensa queda seriamente erosionada.
El caso resulta especialmente delicado porque el rescate de Plus Ultra fue, desde el principio, una de las decisiones más controvertidas adoptadas durante la pandemia. Muchos ciudadanos se preguntaron cómo una aerolínea con una presencia tan reducida en el mercado español podía ser considerada "estratégica" y recibir una ayuda millonaria mientras miles de pequeñas y medianas empresas desaparecían sin recibir un trato semejante. Aquellas dudas, lejos de disiparse, parecen haberse intensificado con las nuevas declaraciones.
Más allá del desenlace judicial, hay una cuestión de fondo que afecta a la salud institucional. Los expresidentes del Gobierno conservan una enorme capacidad de influencia. Esa influencia puede ponerse al servicio del interés general o convertirse en un instrumento para favorecer intereses particulares. Cuando se difumina la frontera entre ambas cosas, la confianza de los ciudadanos en las instituciones comienza a deteriorarse.
La justicia tiene ahora la palabra. Será ella quien determine si las acusaciones encuentran respaldo en pruebas suficientes. Pero, políticamente, el caso ha entrado en una nueva fase. Ya no son únicamente informes policiales o denuncias de la oposición. Son personas que participaron en la operación quienes sitúan a José Luis Rodríguez Zapatero en el centro de las gestiones.
El PSOE bueno nunca ha existido
Existe una leyenda muy útil para la izquierda española: la de un PSOE originariamente noble, democrático y conciliador que habría degenerado con el paso de los años. Es una leyenda cómoda porque permite separar un supuesto pasado ejemplar de un presente discutible. El problema es que la historia no la sostiene.
---
El fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse, dejó muy claro desde el primer momento cuál era su concepción de la política. No entendía al adversario como alguien a quien convencer, sino como alguien a quien derrotar por cualquier medio. Su intervención en el Congreso el 7 de julio de 1910 constituye uno de los documentos más reveladores de la historia parlamentaria española. Refiriéndose a Antonio Maura, declaró que, si era necesario impedir su regreso al poder, «debemos llegar hasta el atentado personal». Aquellas palabras quedaron recogidas en el Diario de Sesiones y el presidente de la Cámara intentó, sin éxito, que las retirara. No lo hizo.
No era un desliz. Era una declaración de principios.
Cuando el fundador de un partido legitima públicamente la violencia contra un adversario político, deja de hablar como un parlamentario y comienza a hacerlo como un revolucionario. La democracia reconoce la legitimidad del adversario; la revolución solo reconoce la legitimidad de su derrota o de su eliminación.
Dos semanas después, Antonio Maura sufrió un atentado del que sobrevivió. Nadie puede afirmar que Pablo Iglesias ordenara aquel ataque. Sería una acusación que la historia no permite sostener. Pero tampoco puede ignorarse que quien había legitimado el "atentado personal" jamás rectificó sus palabras ni condenó el intento de asesinato.
Por eso sorprende escuchar, todavía hoy, que existió un "PSOE bueno". ¿En qué momento exactamente? ¿Cuando su fundador justificaba el asesinato político como último recurso? ¿Cuando concebía la lucha política como un enfrentamiento existencial entre enemigos irreconciliables?
Los partidos evolucionan. Cambian sus dirigentes, sus programas y hasta sus votantes. Pero también conservan una memoria moral. Los orígenes importan porque revelan la cultura política sobre la que fueron construidos. Y en el caso del PSOE, esa cultura nació impregnada de marxismo revolucionario, de lucha de clases y de una retórica que, cuando lo consideró necesario, cruzó la frontera que separa la confrontación política de la violencia.
No, el problema del PSOE no comenzó ayer. No empezó con Felipe González, ni con Zapatero, ni con Pedro Sánchez. El problema estaba escrito desde el prólogo. Su fundador ya había señalado el camino. Los demás, con mayor o menor intensidad, no hicieron más que recorrerlo.
domingo, 19 de julio de 2026
Cómo mueren las democracias
![]() |
--- |
El proceso suele comenzar con el debilitamiento de los contrapesos institucionales. El poder ejecutivo deja de considerar a los demás poderes del Estado como garantes de la libertad y empieza a verlos como obstáculos. Los jueces independientes se convierten en enemigos, la prensa crítica en adversaria política y la oposición en un estorbo que debe ser neutralizado, no convencido.
Después llega el control del relato. Quien domina el lenguaje acaba condicionando la percepción de la realidad. Las palabras cambian de significado. La propaganda sustituye al debate. La mentira repetida hasta el cansancio aspira a convertirse en verdad oficial. Los ciudadanos dejan de discutir sobre los hechos para discutir sobre versiones interesadas de los hechos.
Otro síntoma preocupante es la colonización de las instituciones. Los nombramientos dejan de obedecer al mérito para responder a la lealtad política. Las administraciones públicas pierden autonomía y pasan a depender cada vez más del partido gobernante. Cuando el Estado deja de servir a todos para servir a unos pocos, la democracia comienza a deteriorarse.
También resulta decisivo el desprecio por las reglas del juego. Las leyes ya no se consideran un límite para el poder, sino un instrumento al servicio del poder. Se modifican cuando estorban, se interpretan de manera interesada o simplemente se incumplen cuando resulta conveniente. La legalidad deja de ser un principio y se convierte en una herramienta.
En ese contexto, la polarización extrema desempeña un papel esencial. Una sociedad dividida en bloques irreconciliables facilita que muchos ciudadanos justifiquen cualquier abuso con tal de que beneficie a los suyos. El adversario deja de ser un rival legítimo para convertirse en un enemigo al que todo vale derrotar.
Pero ninguna democracia muere únicamente por culpa de quienes gobiernan. También muere cuando los ciudadanos renuncian a ejercer su responsabilidad. Cuando la indiferencia sustituye a la vigilancia. Cuando la comodidad pesa más que la libertad. Cuando se acepta que los principios son negociables si el resultado favorece nuestras preferencias políticas.
La historia demuestra que recuperar una democracia deteriorada resulta mucho más difícil que conservar una sana. Las libertades perdidas rara vez regresan con facilidad. Por eso, la mejor defensa de una democracia no consiste en confiar ciegamente en los gobernantes, sino en fortalecer unas instituciones independientes, exigir transparencia, respetar el Estado de derecho y cultivar una ciudadanía crítica.
Las democracias no suelen morir de un infarto. Mueren de una enfermedad degenerativa. Cada pequeño abuso parece soportable; cada excepción parece justificada; cada cesión parece provisional. Hasta que un día los ciudadanos descubren que aquello que daban por seguro —su libertad— ya no depende de ellos, sino de la voluntad del poder.
Y entonces comprenden que las democracias no desaparecen cuando dejan de celebrarse elecciones. Desaparecen cuando las elecciones dejan de ser suficientes para garantizar la libertad.
La izquierda que desapareció de mi memoria
Pedro Sánchez y su padrino político, José Luis Rodríguez Zapatero, han conseguido algo que nunca imaginé: borrar de mi memoria cualquier resto de simpatía hacia la izquierda. Por ello, paradójicamente, casi tendría que darles las gracias.
---
Nunca he votado al PSOE. Nunca. Ni siquiera en los años de mayor entusiasmo socialista. Mi imagen de aquellos primeros socialistas de la Transición era la de muchos advenedizos que comenzaron a aparecer en las manifestaciones cuando Franco ya había muerto y la Policía Armada, los conocidos "grises", tenía órdenes de contenerse. Ya no había porrazos ni aquellas pelotas de goma que dolían una barbaridad. El riesgo había desaparecido y, con él, surgieron muchos héroes tardíos.
En 1982, cuando Felipe González obtuvo una histórica mayoría absoluta, yo vivía en Granada. Recuerdo perfectamente el ambiente de aquellos años. Se hablaba sin rubor de la cultura del pelotazo, del dinero fácil y del ascenso meteórico de una nueva clase de triunfadores. Si por la calle te cruzabas con un hombre joven, impecablemente trajeado, con un maletín que parecía rebosar de documentos y dinero, casi instintivamente pensabas: "Ese debe de ser socialista". Era un estereotipo, sin duda, pero reflejaba el clima que muchos percibíamos entonces.
Granada tenía además una alcaldesa socialista cuya actitud hacia el cristianismo me produjo siempre un profundo rechazo. No era únicamente una cuestión política; era la sensación de que determinadas convicciones religiosas eran contempladas con desprecio, como si pertenecer a ellas fuera un signo de atraso.
En muchos pueblos ocurría algo parecido con las listas del paro. Quien controlaba su elaboración controlaba buena parte de las lealtades políticas. Para demasiadas personas, aquel poder administrativo terminaba siendo el principal argumento para votar al PSOE. No afirmo que fuera la única razón de todos los votantes, pero sí fue una realidad que vi de cerca y que me impresionó profundamente.
Con el paso de los años, lejos de mejorar esa percepción, la evolución del socialismo español la ha ido agravando. La deriva moral y política que, a mi juicio, representan Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez ha terminado por hacer desaparecer cualquier posibilidad de identificación con una izquierda que, en otros tiempos, al menos pretendía defender determinados ideales.
No escribo estas líneas para convencer a nadie. Son simplemente el testimonio de una memoria personal. Cada generación conserva sus propios recuerdos y cada ciudadano extrae de ellos sus propias conclusiones. Estas son las mías.
La memoria no suele borrar los nombres; borra las ilusiones. Y la mía hace ya muchos años que dejó de asociar la palabra «izquierda» con esperanza para asociarla con desencanto.
sábado, 18 de julio de 2026
Una fotografía contra el tiempo

Leo Messi y Lamine Yamal
He visto una fotografía que millones de aficionados al fútbol contemplan con emoción. En ella aparece un joven Lionel Messi, de cabello largo, bañando a un bebé llamado Lamine Yamal durante una campaña benéfica de UNICEF. Diecinueve años después, aquel niño es una de las grandes figuras del fútbol mundial.
Leo Messi, Sheila, la mamá, y el bebé Yamal
No me interesa el fútbol. Nunca me interesó.
Mi padre me llevó una vez al estadio de Balaídos para ver al Celta de Vigo. Yo tenía cuatro años. Aquella fue mi primera y última visita a un campo de fútbol. No hubo ninguna decepción ni ningún disgusto. Sencillamente comprendí que aquel fervor colectivo me era ajeno.
Con el tiempo descubrí que mi distancia no era respecto al fútbol, sino respecto a las multitudes.
Nunca me sentí cómodo entre miles de personas movidas por una misma emoción. Me ocurre en los estadios, en las procesiones religiosas y en las manifestaciones políticas. Cuando la multitud habla con una sola voz, el individuo suele guardar silencio. Siempre he preferido la conversación al coro, la biblioteca a la plaza, el paseo solitario al desfile.
En eso me siento cercano a Jorge Luis Borges. Él desconfiaba de las multitudes porque intuía que el hombre corre el riesgo de dejar de ser él mismo cuando se confunde con la masa. La inteligencia necesita silencio; el entusiasmo colectivo suele necesitar ruido.
Y, sin embargo, esa fotografía me ha conmovido.
No por el fútbol, sino por el tiempo.
El tiempo posee un extraño sentido del humor. Hace que un muchacho desconocido sostenga entre sus brazos a un bebé anónimo y, muchos años después, convierte aquella escena doméstica en un documento histórico. El fotógrafo ignoraba lo que estaba fotografiando. Messi lo ignoraba. La madre del niño también. Solo el tiempo conocía el argumento completo.
Borges escribió que el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos. Quizá por eso ciertas fotografías parecen transformarse con los años. La imagen permanece inmóvil, pero nosotros ya no somos los mismos que la contemplamos. Es el tiempo quien la reescribe.
Tal vez esa sea la verdadera razón por la que millones de personas comparten hoy esa fotografía. Creen celebrar un encuentro entre dos futbolistas extraordinarios, pero, sin saberlo, celebran otra cosa: el misterio de las casualidades que solo adquieren sentido cuando han transcurrido muchos años.
Yo seguiré sin entrar en un estadio. A mi edad, tampoco siento curiosidad por hacerlo. Pero agradezco que, de vez en cuando, una simple fotografía nos recuerde que el tiempo escribe novelas mucho mejores que los novelistas y que el azar, ese discreto colaborador de la Providencia —o, para quien no crea en ella, de la pura casualidad—, posee una imaginación inagotable.
viernes, 17 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 13 – Vivir en la verdad
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias inspiradas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.
---
Yo: Mi general, quisiera compartir con usted uno de los principios que han guiado mi vida y que, con el paso de los años, me llevaron a reconocer que muchas de mis ideas y opiniones estaban profundamente equivocadas. Comprendí demasiado tarde que había cometido un grave error al no dialogar serenamente con mi padre cuando me hablaba de su experiencia durante la Segunda República, de las dificultades que encontró para ganarse honradamente el sustento y de cómo tuvo que sobrevivir en un ambiente de creciente polarización y odio.
Lo que más me duele ahora, al final de mi vida, es comprobar que en España la mentira parece haberse instalado en el tejido social, político y cultural con una naturalidad que resulta desconcertante. No me refiero únicamente a los pequeños engaños cotidianos, sino a una forma de actuar que, en demasiadas ocasiones, se practica sin pudor e incluso se exhibe como si no tuviera consecuencias.
La mentira ha terminado por convertirse en una costumbre. Cada vez cuesta más encontrar un terreno firme sobre el que sostenerse. Lo que antes eran convicciones nacidas de la experiencia y del esfuerzo por conocer la realidad, hoy se presenta con frecuencia como simples opiniones intercambiables. Es como si el suelo mismo se resquebrajara bajo nuestros pies. La confianza se erosiona, el lenguaje pierde su significado y la esperanza se debilita.
Sin embargo, la verdad no depende de las mayorías ni de las encuestas. Vivir en la verdad, cuando la mentira parece rodearlo todo, comienza siempre por lo más cercano. No podemos gobernar la lengua de los políticos ni impedir la manipulación de quienes ostentan el poder, pero sí podemos vigilar nuestras propias palabras, custodiar el corazón y mantener la rectitud de nuestros actos.
Cada vez que decidimos no exagerar, no engañar o no difundir un rumor que desconocemos si es cierto, estamos sembrando una pequeña luz en medio de la oscuridad. La verdad no se manifiesta únicamente en lo que decimos, sino, sobre todo, en la forma en que vivimos. La transparencia de la conducta y la coherencia entre las palabras y los hechos constituyen el testimonio más convincente. Las personas podrán discutir nuestras ideas, pero les resultará mucho más difícil negar una vida honrada.
La verdad no es un arma para condenar a los demás, sino un testimonio que libera a quien procura vivir conforme a ella. Hubo un tiempo en España en que bastaban la palabra dada y un apretón de manos para cerrar un acuerdo. No era porque no existieran los contratos escritos, sino porque la confianza precedía al papel, y el documento no hacía más que confirmar un compromiso que ya había nacido del honor.
Cuando las lágrimas inundaron mis ojos al escuchar por televisión el anuncio de su muerte, comprendí que, en el fondo, no lloraba únicamente por un hombre. Lloraba por el final de un tiempo que había marcado mi infancia y mi juventud, de una España que, con todas sus luces y sus sombras, había contribuido a formar mi manera de entender la vida.
Franco: Ha dicho usted una frase que merece ser meditada: «Vivir en la verdad.» Son muy pocos los que llegan al final de su vida con el valor suficiente para reconocer que estuvieron equivocados. La mayoría prefiere reescribir su pasado antes que examinar su conciencia. Usted ha escogido el camino más difícil.
También me habla de su padre. Escuchar a quienes nos precedieron no significa aceptar sin crítica todo cuanto vivieron, pero sí reconocer que la experiencia posee un valor que ninguna ideología puede sustituir. Cada generación cree inaugurar el mundo y, con frecuencia, desprecia las lecciones de quienes caminaron antes. Ese orgullo suele pagarse caro.
Respecto a España, no creo que la mentira haya nacido en estos tiempos. Siempre ha acompañado a la política, a la ambición y a las pasiones humanas. Lo que quizá distingue a nuestra época es que ya no siente la necesidad de disfrazarse. Antes el mentiroso procuraba aparentar honradez; ahora, en ocasiones, parece presumir de su mentira, confiando en que el ruido, la propaganda o el interés partidista terminarán imponiéndose sobre los hechos.
Pero no caiga usted en el desaliento. Ninguna nación puede sostenerse indefinidamente sobre la falsedad. La mentira puede conquistar gobiernos, periódicos o parlamentos; jamás conquista la realidad. Tarde o temprano, los hechos terminan reclamando sus derechos.
Ha recordado usted aquellos tiempos en que bastaba la palabra dada para sellar un compromiso. No era una perfección imposible ni una virtud exclusiva de España. Era, simplemente, una sociedad donde el honor todavía tenía un valor práctico. Cuando un pueblo deja de confiar en la palabra de sus semejantes, comienza a levantar montañas de documentos, reglamentos y burocracia. Cuanto menos vale la palabra, más crece el papel.
Y permítame detenerme en sus lágrimas. Ya le dije en otra ocasión que no las interpreté como una adhesión al franquismo. Tampoco ahora lo hago. Las lágrimas tienen una sabiduría que muchas veces ignora la razón. Usted lloró porque sintió que terminaba el mundo en el que había aprendido a vivir. Todos los hombres, al contemplar el derrumbe de la casa donde crecieron, experimentan una mezcla de tristeza, incertidumbre y desamparo, aunque esa casa estuviera llena de imperfecciones.
No aspire, por tanto, a convencer a todos de cuál es la verdad. Esa tarea corresponde, en último término, a Dios y a la historia. Aspire únicamente a no traicionar la verdad que su conciencia, honradamente formada, le permita reconocer. Quien vive así quizá no cambie el rumbo de una nación, pero conservará algo mucho más difícil de recuperar cuando se pierde: la paz consigo mismo.
La muerte civil de Zapatero
La política tiene un mecanismo implacable. Hay momentos en los que un dirigente deja de ser un activo para convertirse en un lastre. No porque haya desaparecido de la escena pública, sino porque cada una de sus intervenciones recuerda a los ciudadanos un pasado que muchos preferirían olvidar y un presente que inspira cada vez menos confianza. Es lo que, en sentido figurado, podría denominarse la muerte civil de un personaje político.
Rodríguez Zapatero
José Luis Rodríguez Zapatero atraviesa uno de esos momentos. Durante años ejerció como expresidente influyente, interlocutor internacional y consejero permanente del actual presidente del Gobierno. Su figura proyectaba la imagen de un veterano capaz de intervenir discretamente en asuntos delicados. Sin embargo, el desgaste acumulado y las controversias que rodean algunas de sus actuaciones han reducido considerablemente su capacidad para aportar prestigio al Partido Socialista.
El problema es que Zapatero ya no representa únicamente su propia trayectoria. Para una parte importante de la opinión pública simboliza una determinada forma de entender el poder, la política exterior y las relaciones entre el Gobierno y determinados intereses. Su nombre aparece asociado con frecuencia a debates que el PSOE difícilmente puede controlar y que desvían la atención de cualquier intento de reconstruir su imagen.
Pero si Zapatero constituye hoy un problema para el Partido Socialista, Pedro Sánchez representa un desafío todavía mayor. El presidente del Gobierno acumula un nivel de polarización pocas veces visto en la democracia española. Sus apoyos continúan siendo sólidos entre una parte del electorado, pero también crece el número de ciudadanos que consideran agotado su proyecto político.
La sucesión de polémicas, investigaciones judiciales que afectan a personas de su entorno, la tensión institucional permanente y la creciente desconfianza entre amplios sectores de la sociedad han erosionado notablemente la autoridad del Ejecutivo. Incluso quienes no comparten las críticas más severas reconocen que el clima político se ha deteriorado hasta extremos preocupantes.
Cuando un Gobierno dedica más energía a gestionar las crisis que a desarrollar un programa de reformas, es inevitable que surja una pregunta: ¿dispone todavía del respaldo político y moral suficiente para seguir gobernando?
En las democracias parlamentarias la respuesta a esa pregunta corresponde, en primer lugar, al Congreso de los Diputados. Mientras el Ejecutivo conserve la confianza de la Cámara, su continuidad es plenamente legítima desde el punto de vista constitucional. Sin embargo, existe también una legitimidad política que conviene cuidar. Cuando la distancia entre los gobernantes y una parte significativa de la ciudadanía se hace demasiado profunda, la convocatoria de elecciones deja de interpretarse como una derrota para convertirse en un ejercicio de responsabilidad democrática.
España atraviesa una etapa especialmente delicada. La economía afronta importantes desafíos; la confianza en las instituciones necesita ser reforzada y la crispación política alcanza niveles que dificultan cualquier consenso. En estas circunstancias, prolongar indefinidamente una legislatura marcada por la confrontación puede contribuir a aumentar el desgaste institucional.
Las urnas constituyen el mecanismo más limpio para resolver una crisis de confianza. Permiten que sean los ciudadanos quienes decidan si desean renovar el mandato del Gobierno, abrir una nueva etapa política o confirmar la continuidad del proyecto actual. En democracia no existe instrumento más legítimo.
Por ello, la convocatoria de elecciones generales podría interpretarse no como una cesión ante la presión política, sino como un acto de confianza en la soberanía popular. Si Pedro Sánchez considera que mantiene el respaldo mayoritario de los españoles, las urnas le ofrecerían la oportunidad de revalidarlo. Si, por el contrario, ese respaldo se hubiera debilitado, correspondería a los ciudadanos decidir el rumbo que desean para España.
Porque, al final, ningún dirigente político es imprescindible. Los gobiernos pasan, los partidos cambian y los líderes son sustituidos. Lo verdaderamente permanente es el derecho de los ciudadanos a elegir libremente quién debe gobernarlos. Cuando la confianza pública se resquebraja de forma persistente, devolver la palabra al pueblo no debilita la democracia: la fortalece.
