Desde la llegada de Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno en 2018, la inversión extranjera directa ha mostrado un comportamiento mucho más débil que en etapas anteriores. Según diversos análisis basados en los datos del Registro de Inversiones Exteriores de la Secretaría de Estado de Comercio, España ha dejado de captar alrededor de 26.400 millones de euros de capital internacional en los últimos siete años, lo que supone una reducción cercana al 50 % respecto a los niveles previos. .jpg)
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Conviene aclarar que la inversión extranjera fluctúa cada año por operaciones empresariales de gran tamaño. Sin embargo, cuando la tendencia se prolonga durante varios ejercicios, deja de ser una simple oscilación estadística para convertirse en un indicador económico relevante.
¿Por qué importa?
La inversión extranjera no consiste únicamente en movimientos financieros. Detrás de ella suelen encontrarse nuevas fábricas, centros logísticos, laboratorios de investigación, oficinas tecnológicas y miles de puestos de trabajo.
Cuando una multinacional decide instalarse en España, no solo aporta capital. También introduce tecnología, conocimiento, proveedores y oportunidades para empresas nacionales. Si ese dinero termina marchándose a otros países, España pierde competitividad y posibilidades de crecimiento.
Las razones que señalan los analistas
No existe una única explicación, pero numerosos informes empresariales y económicos apuntan a varios factores:
• La inseguridad regulatoria y los frecuentes cambios normativos.
• La elevada presión fiscal sobre empresas e inversores.
• La incertidumbre política derivada de la fragmentación parlamentaria.
• El aumento de los costes laborales y burocráticos.
• Un entorno internacional cada vez más competitivo, donde muchos países ofrecen mejores incentivos para atraer inversión.
Es evidente que algunos de estos factores también afectan a otros países europeos. Sin embargo, las empresas internacionales comparan continuamente dónde resulta más atractivo invertir.
Un dato que merece reflexión
Más allá del debate político, la cuestión esencial es sencilla: cuando disminuye la inversión extranjera, disminuyen también las oportunidades de crear riqueza y empleo.
Los inversores no votan en las elecciones españolas. Tampoco participan en los debates parlamentarios. Simplemente observan el panorama económico, comparan países y llevan su dinero allí donde consideran que existen más seguridad jurídica, estabilidad y perspectivas de rentabilidad.
Y esa es quizá la lección más importante. La confianza tarda muchos años en construirse, pero puede empezar a perderse mucho antes de que las estadísticas lo reflejen plenamente.
Juan Julio Alfaya
martes, 28 de julio de 2026
La inversión extranjera en España ha caído a la mitad con Sánchez de presidente
lunes, 27 de julio de 2026
Zapatero aterrado con la tasación de sus joyas: el valor podría dispararse hasta los diez millones de euros
La investigación sobre las joyas halladas en la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez Zapatero acaba de entrar en una nueva fase. Si la primera tasación, realizada por la histórica joyería Ansorena con la colaboración del Instituto Gemológico Español, situó el valor del conjunto en torno a 1,3 millones de euros, la Fiscalía Anticorrupción considera que esa cifra podría estar muy lejos del valor real de mercado..jpg)
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Por ese motivo ha solicitado al juez José Luis Calama un informe pericial ampliatorio que determine no solo la antigüedad de las piezas, sino también su auténtico precio en el mercado internacional. La razón es sencilla: la primera valoración se habría realizado tomando como referencia el valor de reposición de los metales y piedras preciosas, sin incorporar el trabajo de joyería, el diseño, la exclusividad de determinadas piezas ni el margen comercial habitual.
Si esa hipótesis se confirma, el incremento podría ser espectacular.
Diversos expertos del sector joyero ya habían advertido hace meses de que algunas de las piezas descritas en el inventario judicial pertenecen a una categoría extraordinariamente exclusiva. Solo un collar con catorce zafiros en talla pera podría alcanzar cifras millonarias si las gemas fueran de calidad excepcional. Según estas valoraciones, una colección semejante podría situarse muy por encima del millón inicialmente calculado y acercarse, en el escenario más favorable para las piezas, a varios millones de euros.
No resulta extraño, por tanto, que Zapatero haya cuestionado desde el primer momento la tasación oficial y anunciara que presentará una pericial alternativa. También ha insistido en que las joyas eran un "regalo de cortesía personal" recibido hace muchos años y que nunca tuvieron una finalidad patrimonial, una explicación que hasta ahora no ha ido acompañada de documentación que acredite su procedencia ni de una identificación del país o de las personas que realizaron esos obsequios.
El problema para el expresidente no reside únicamente en el valor económico.
Cuanto mayor sea la valoración definitiva, mayor será la importancia jurídica de acreditar el origen de las piezas, la fecha en que fueron recibidas y el tratamiento fiscal que debieron tener en su momento. Precisamente por ello la Fiscalía quiere conocer cuándo fueron fabricadas y cuál sería hoy su valor real de mercado, datos que podrían resultar determinantes para la investigación.
Desde el punto de vista político, el caso presenta además una evidente contradicción. Fue durante el Gobierno de Zapatero cuando se reforzó el Código de Buen Gobierno que establece que los altos cargos deben rechazar regalos que puedan comprometer su independencia o excedan los usos de cortesía institucional. La defensa basada precisamente en que las joyas fueron una "cortesía personal" ha abierto un intenso debate sobre la coherencia entre aquel código ético y la conducta que ahora describe el propio expresidente.
La Justicia será quien determine finalmente si existe o no responsabilidad penal o fiscal. Mientras tanto, la nueva tasación puede convertirse en una de las pruebas más relevantes de toda la investigación. Si el valor definitivo se aproxima a las estimaciones más elevadas manejadas por algunos especialistas, el debate dejará de girar únicamente sobre la existencia de unas joyas y pasará a centrarse en una pregunta mucho más incómoda: ¿cómo pudo permanecer durante tantos años sin una explicación convincente un patrimonio de semejante magnitud?
domingo, 26 de julio de 2026
El hundimiento de Zapatero siembra el desconcierto en el electorado socialista
Durante años, José Luis Rodríguez Zapatero fue uno de los grandes activos políticos del PSOE. Incluso después de abandonar La Moncloa, conservó una influencia notable dentro del partido, actuando como mediador internacional, consejero político y referente para amplios sectores del socialismo español. Esa imagen de dirigente respetado es la que hoy atraviesa su momento más delicado..jpg)
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Las investigaciones judiciales relacionadas con el rescate de Plus Ultra y las declaraciones del empresario Julio Martínez han situado al expresidente en el centro de una tormenta política que no deja de crecer. En los últimos días, Martínez ha ratificado ante el juez que Zapatero desempeñó un papel relevante en las gestiones del rescate, mientras el Gobierno y la dirección del PSOE mantienen públicamente su respaldo y apelan a la presunción de inocencia.
Conviene recordar un principio esencial de cualquier Estado de derecho: una imputación no equivale a una condena. Será la Justicia quien determine los hechos y las responsabilidades que puedan existir. Sin embargo, la política no funciona únicamente con sentencias judiciales. También depende de la confianza de los ciudadanos, y esa confianza puede deteriorarse mucho antes de que termine un procedimiento.
Ese es precisamente el problema que afronta hoy el PSOE.
Cada nueva información, cada comparecencia judicial y cada silencio alimentan una sensación de incertidumbre entre muchos votantes socialistas. No se trata únicamente de la posible responsabilidad penal de un expresidente. Lo que está en juego es la credibilidad de un proyecto político que ha presentado durante décadas la regeneración democrática como una de sus principales banderas.
El Gobierno ha optado por cerrar filas con Zapatero. La dirección socialista insiste en la presunción de inocencia y sostiene que el expresidente podrá demostrar que las acusaciones carecen de fundamento. Esa estrategia puede entenderse desde la lógica de la lealtad política, pero también entraña riesgos. Si la investigación judicial siguiera avanzando en una dirección desfavorable, el coste para el partido podría multiplicarse.
La historia política española demuestra que los grandes partidos suelen sufrir más por la percepción de que intentan proteger a los suyos que por los propios procedimientos judiciales. Cuando la ciudadanía percibe que las explicaciones llegan tarde, son incompletas o se sustituyen por consignas, aparece el desconcierto. Y el desconcierto suele ser el primer paso hacia la pérdida de confianza.
Muchos votantes socialistas no saben hoy qué pensar. Algunos continúan convencidos de la inocencia de Zapatero. Otros prefieren esperar a que hablen los tribunales. Y no faltan quienes empiezan a preguntarse si el partido está pagando un precio demasiado alto por identificar su defensa con la de un dirigente concreto.
Ese clima de incertidumbre resulta especialmente delicado para un electorado que tradicionalmente ha exigido altos estándares éticos a sus representantes. La izquierda española ha construido buena parte de su discurso sobre la ejemplaridad en la vida pública. Cuando uno de sus referentes históricos queda envuelto en un proceso judicial de tanta repercusión, la contradicción entre el discurso y la realidad se convierte en un problema político de primer orden.
La política democrática necesita algo más que legalidad. Necesita confianza. Y la confianza exige transparencia, explicaciones convincentes y la disposición a asumir responsabilidades cuando corresponda.
Quizá la mayor dificultad para el PSOE no sea la evolución del procedimiento judicial, sino la erosión silenciosa que producen las dudas. Porque las dudas no movilizan; desaniman. No fortalecen la fidelidad electoral; la debilitan. Y cuando un partido pierde la confianza de quienes siempre le apoyaron, recuperar ese vínculo resulta mucho más difícil que conservarlo.
La Justicia tendrá la última palabra sobre los hechos. Los ciudadanos, como siempre ocurre en democracia, tendrán la última palabra sobre las consecuencias políticas.
sábado, 25 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 15 – Fe católica de Franco y servicio a la República anticatólica
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales..jpg)
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Yo: Mi general, usted fue ascendido a general de brigada en febrero de 1926, con solo treinta y tres años, convirtiéndose en el general más joven de Europa tras su actuación en la Guerra del Rif. Cuando se proclamó la Segunda República, en abril de 1931, ya llevaba cinco años con ese empleo y era uno de los oficiales de mayor prestigio del Ejército español. En 1935 fue nombrado Jefe del Estado Mayor Central, el cargo militar más importante del país.
Sin embargo, muchos historiadores sostienen que durante aquellos años usted aceptó servir con absoluta normalidad a un régimen que impulsaba una política laicista y que mantenía una relación cada vez más hostil con la Iglesia. Paul Preston, por ejemplo, afirma que su catolicismo público solo adquirió verdadera intensidad durante la Guerra Civil, cuando el conflicto fue presentado como una cruzada religiosa. Stanley Payne, por el contrario, lo describe entonces como un militar pragmático, disciplinado y poco dado a exhibir sus convicciones religiosas.
Visto desde hoy, resulta inevitable preguntarse si existe una contradicción entre el Franco que sirvió lealmente a la República entre 1931 y 1936 y el Franco que, después del alzamiento, se presentó como defensor de la España católica.
¿Era usted ya un católico convencido que subordinó sus creencias al deber militar, o su fe fue evolucionando al ritmo de los acontecimientos?
Franco: Comprendo que esa duda pueda surgir, porque muchos confunden la discreción con la ausencia de convicciones. No todos los hombres viven la fe del mismo modo. Hay quienes la exhiben y quienes la guardan para su conciencia. Yo nunca fui hombre de exteriorizar sentimientos, ni religiosos ni de ninguna otra clase. Mi carácter era reservado, y así permaneció toda mi vida.
Cuando se proclamó la República, mi deber como militar no consistía en decidir qué forma de gobierno prefería España, sino en servir a la nación bajo la autoridad legalmente constituida. Los soldados no juran fidelidad a una ideología, sino a España. Mientras el Estado mantuvo una apariencia de legalidad y el Ejército conservó su función esencial, entendí que mi obligación era obedecer.
Otra cuestión muy distinta es que compartiera las políticas anticlericales que comenzaron a desarrollarse. Nunca las compartí. Me produjeron una profunda preocupación, como también me inquietaban el desorden creciente, la violencia política y el deterioro de la autoridad del Estado. Pero una cosa es discrepar y otra muy distinta levantarse en armas. Un militar responsable no recurre a la insurrección porque un gobierno apruebe leyes que considera equivocadas.
Se ha dicho que mi catolicismo nació durante la Guerra Civil. No es cierto. Lo que ocurrió fue que la persecución religiosa hizo visible una realidad que muchos prefirieron ignorar. Miles de sacerdotes, religiosos y seglares fueron asesinados únicamente por profesar su fe. Ante semejante tragedia, era imposible que la dimensión religiosa permaneciera en un segundo plano.
¿Influyó mi esposa en mi vida espiritual? Naturalmente. Carmen era una mujer profundamente creyente y su ejemplo reforzó muchas de mis convicciones. Pero atribuirle mi fe sería una simplificación. La religión formaba parte de mi educación, de mi familia y de la España en la que crecí.
Algunos historiadores me presentan como un calculador que utilizó la religión por conveniencia política. No me sorprende. Cada generación interpreta el pasado desde sus propias ideas. Sin embargo, quienes convivieron conmigo sabían que jamás fui un hombre dado a los gestos teatrales. Mi forma de vivir la religión fue siempre sobria y poco exhibicionista.
La verdadera cuestión no es si yo rezaba más o menos antes de 1936. La cuestión es otra: ¿qué debía hacer un militar cuando veía que el Estado dejaba de garantizar el orden, la seguridad y la libertad religiosa de millones de españoles? Esa fue la pregunta que terminó imponiéndose sobre todas las demás. Y esa pregunta, más que mi vida privada, es la que explica las decisiones que tomé a partir de julio de 1936.
viernes, 24 de julio de 2026
Zapatero: Las joyas que aparecieron en su caja fuerte se metieron solas, sin ayuda de nadie
José Luis Rodríguez Zapatero asegura que las joyas halladas en su caja fuerte «no tenían ni uso ni destino, ni afán patrimonial. Estaban ahí y nada más».
Jesusito de mi vida, eres niño como yo...
Es una explicación sorprendente. Solo le falta añadir que las joyas entraron ellas solas en la caja fuerte, sin ayuda de nadie. O que ya venían incluidas cuando compró la caja, como quien adquiere un electrodoméstico con accesorios de regalo.
Hay frases que, en lugar de aclarar los hechos, los vuelven aún más inverosímiles. Decir que unas joyas de gran valor «estaban ahí y nada más» equivale a convertir un objeto que exige un origen, un propietario y una finalidad en un simple elemento decorativo, como si hubiera aparecido por generación espontánea.
La política española lleva demasiado tiempo acostumbrándonos a explicaciones de este tipo. El dinero aparece sin dueño, los favores sin beneficiarios, las reuniones sin contenido y las joyas sin historia. Todo sucede, pero nadie sabe cómo ni por qué.
Quizá el verdadero problema no sea la explicación en sí, sino la confianza con la que se ofrece. Porque parece partir de una premisa inquietante: que los ciudadanos aceptarán cualquier relato, por absurdo que resulte, siempre que se pronuncie con suficiente solemnidad.
La realidad, sin embargo, tiene una mala costumbre: hacer preguntas. Y las preguntas siguen ahí, aunque algunos pretendan que las respuestas también «estaban ahí y nada más».
miércoles, 22 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 14 – La nostalgia del franquismo entre los jóvenes
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Franco |
Yo: Mi general, en España está ocurriendo algo que desconcierta a sociólogos, historiadores y analistas políticos. Cada vez son más los estudios que detectan entre una parte de la juventud una cierta nostalgia del franquismo o, al menos, una visión mucho menos crítica de aquella época. Resulta paradójico sentir nostalgia de un tiempo que nunca se ha vivido. La nostalgia suele pertenecer a la memoria; aquí, en cambio, parece pertenecer a la imaginación.
Yo viví una parte importante de su régimen y, sin embargo, no siento nostalgia de él. Tampoco creo que un fenómeno histórico de semejante magnitud pueda repetirse. Pero sí debo reconocer una cosa: la evolución de la izquierda española me ha obligado a revisar muchos de mis propios prejuicios. No me ha llevado a idealizar el franquismo, pero sí a preguntarme hasta qué punto el relato que durante décadas se ha construido sobre usted ha estado condicionado por la propaganda, el sectarismo o la necesidad política de convertirle en el símbolo absoluto de todos los males de España.
Sin embargo, aunque la inmensa mayoría de los jóvenes continúa respaldando el sistema democrático, las encuestas muestran un fenómeno inquietante: entre un 18 % y un 19 % de los jóvenes de entre 18 y 26 años califican los años de su régimen como "buenos" o "muy buenos", y alrededor de una cuarta parte de los hombres de la Generación Z considera que, en determinadas circunstancias, un gobierno autoritario podría ser preferible a una democracia.
Los especialistas suelen señalar tres causas principales.
La primera es la frustración económica. La dificultad para acceder a una vivienda, la precariedad laboral y la sensación de que el esfuerzo ya no garantiza un futuro hacen que muchos idealicen un pasado resumido en consignas como "había pleno empleo", "un obrero podía comprarse una casa" o "existía orden y seguridad". No buscan tanto volver al franquismo como escapar de un presente que les decepciona.
La segunda es el impacto de las redes sociales, donde el cuestionamiento del consenso democrático se presenta con frecuencia como un gesto de rebeldía frente a lo políticamente correcto. En ese universo digital, los matices desaparecen y las soluciones simples resultan mucho más seductoras que las explicaciones complejas.
La tercera es el preocupante desconocimiento de la historia reciente. Diversos estudios revelan que muchos estudiantes terminan la enseñanza secundaria con enormes lagunas sobre la España del siglo XX. Quien desconoce las restricciones de las libertades, la censura o los aspectos más duros de cualquier régimen político es mucho más vulnerable a los relatos idealizados que circulan por Internet.
En el fondo, este fenómeno parece decir más sobre el presente que sobre el pasado. Cuando casi siete de cada diez jóvenes manifiestan una profunda insatisfacción con el funcionamiento de la democracia, algunos terminan buscando respuestas en épocas que apenas conocen. El pasado deja entonces de ser historia para convertirse en refugio imaginario.
Mi padre salió de la pobreza y alcanzó una estabilidad económica que siempre atribuyó al orden que, según él, trajo su régimen tras el caos de la Segunda República. Yo pude estudiar en uno de los mejores colegios de mi ciudad, fui a la universidad, leí mucho pese a la censura, escribí bastante —aunque publiqué poco—, formé una familia, tuve una vivienda propia y disfruté del privilegio de criar a tres hijos a los que quiero profundamente, aunque hoy apenas me hagan caso.
Mi general, ¿cómo interpreta usted que tantos jóvenes, que nunca vivieron su régimen, parezcan contemplarlo con más curiosidad e incluso con menos rechazo que quienes sí lo conocieron? ¿Es un juicio sobre su gobierno o, sobre todo, una severa condena del fracaso de la España actual?
Franco: La historia tiene una costumbre que desespera a los ideólogos: termina desobedeciendo sus consignas. Cuando un régimen necesita recordar todos los días que fue el vencedor moral de la historia, es porque empieza a sospechar que ha dejado de convencer.
No creo que esos jóvenes sientan nostalgia de mi gobierno. Nadie puede añorar lo que no ha vivido. Lo que sienten es decepción con el presente. Y cuando el presente decepciona, el pasado comienza a contemplarse con otros ojos.
Durante décadas bastó con pronunciar mi nombre para cerrar cualquier debate. Era suficiente llamarle a uno franquista para descalificarlo sin necesidad de responder a sus argumentos. Mientras España prosperaba, ese método funcionó. Pero cuando los jóvenes descubren que, pese a tantos años de democracia, les cuesta independizarse, formar una familia o encontrar un horizonte estable, empiezan a hacer preguntas que antes nadie se atrevía a formular.
No buscan necesariamente la verdad sobre mi régimen. Buscan una explicación de por qué su vida parece más difícil que la de sus padres o sus abuelos.
Cometen, sin embargo, un error si creen que todos los problemas tienen soluciones autoritarias. Ningún gobierno, por fuerte que sea, puede sustituir el esfuerzo, la responsabilidad o el sentido moral de una nación. El orden sin justicia degenera; la libertad sin orden también.
Me habla usted de adoctrinamiento. Todo poder intenta escribir su propio relato. Eso ocurrió antes de mi gobierno, durante él y después de él. Lo verdaderamente importante no es qué versión enseñe el Estado, sino que existan ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Una sociedad que solo admite una interpretación del pasado acaba perdiendo también la libertad de interpretar el presente.
No me preocupa que la historia me absuelva ni que me condene. Eso pertenece a los historiadores. Me preocuparía mucho más que España perdiera la capacidad de debatir serenamente sobre su propia historia. Cuando una nación convierte el pasado en un dogma, deja de aprender de él.
Si algunos jóvenes me observan hoy con menos prejuicios que sus mayores, no es porque yo haya cambiado. Soy el mismo hombre que murió en 1975. Lo que ha cambiado es la España desde la que me contemplan. Y, a veces, un presente mal gobernado se convierte en el mejor propagandista de un pasado que creían definitivamente enterrado.
No obstante, les diría una cosa a esos jóvenes: no idealicen ninguna época, tampoco la mía. Todos los tiempos tienen sus luces y sus sombras. Gobernar consiste en elegir entre males imperfectos, no en construir paraísos. Si de verdad quieren servir a España, estudien la historia completa, sin mitos y sin odios. Solo así evitarán repetir los errores de quienes creyeron que la propaganda podía sustituir a la verdad.
martes, 21 de julio de 2026
Zapatero, además de delincuente, es un mal padre
Hay noticias que trascienden el ámbito judicial y penetran en un terreno mucho más íntimo: el de la responsabilidad moral. La última revelación de Julio Martínez, según la cual las hijas de José Luis Rodríguez Zapatero habrían seguido cobrando durante tres años a través de la empresa Whathefav sin prestar ya los servicios inicialmente contratados, no solo plantea interrogantes legales que deberán ser esclarecidos por los tribunales. Plantea, sobre todo, una pregunta humana: ¿qué padre coloca a sus hijas en una situación así? 
Un mal padre.
Un buen padre no utiliza a sus hijos como escudo, ni como intermediarios, ni como receptores de dinero cuya justificación pueda acabar siendo cuestionada.
Un buen padre procura que sus hijos construyan su prestigio con esfuerzo propio, que puedan mirar a los demás a los ojos sin depender del apellido que llevan ni de la influencia de quien se lo dio.
El mayor patrimonio que puede dejar un padre no es una cuenta corriente ni una empresa. Es un nombre limpio. Una reputación que no obligue a los hijos a pasar por juzgados ni a explicar ante nadie por qué cobraban o dejaban de cobrar. Ese patrimonio moral vale infinitamente más que cualquier transferencia bancaria.
Naturalmente, toda persona investigada tiene derecho a la presunción de inocencia, y serán los jueces quienes determinen qué ocurrió realmente y si existió o no responsabilidad penal. Pero la responsabilidad ética sigue otro camino. Hay conductas que, aun siendo legales, son profundamente equivocadas. Y si además terminan bajo el foco de una investigación judicial, el daño familiar resulta todavía mayor.
Siempre he pensado que la primera obligación de un padre consiste en proteger a sus hijos, incluso de uno mismo. Especialmente cuando se ocupa una posición de poder o de influencia. Porque el poder es pasajero; las consecuencias para la familia pueden durar toda la vida.
Cuando un hijo alcanza una meta gracias a su trabajo, el padre siente un orgullo legítimo. Cuando la sospecha es que el mérito ha sido sustituido por la cercanía al poder, ese orgullo se transforma en una pesada carga. Nadie merece heredar ese peso.
No conozco mayor acto de amor paterno que enseñar a un hijo a caminar solo, aunque tropiece. Lo contrario —abrirle puertas que nunca debieron abrirse o convertirlo en parte de un entramado que luego termina siendo investigado— no es un privilegio. Es una forma de hipotecar su futuro.
Los padres estamos para transmitir valores, no para comprometer el porvenir de nuestros hijos. Porque el dinero se gasta. La influencia desaparece. Pero la dignidad, cuando se pierde, cuesta generaciones recuperarla.
Zapatero, hundido: Julio Martínez Martínez ha decidido colaborar sin reservas con la Justicia
José Luis Rodríguez Zapatero atraviesa uno de los momentos más delicados de su trayectoria pública. Durante años ha negado cualquier participación impropia en los negocios y relaciones que distintos medios han vinculado a su entorno con el régimen venezolano. Sin embargo, el escenario ha cambiado de manera radical.
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Si las informaciones conocidas en los últimos días se confirman judicialmente, el auténtico terremoto no procede de la oposición política ni de las investigaciones periodísticas, sino de quien habría sido una de las personas de su máxima confianza: Julio Martínez Martínez, conocido como "Julito".
La decisión de colaborar con la Justicia supone un cambio de enorme trascendencia. Cuando alguien que ha estado dentro de un entramado decide hablar, el problema ya no consiste únicamente en la documentación que pueda existir, sino en la capacidad de explicar el contexto, las conversaciones, las decisiones y los nombres. Es entonces cuando los muros de contención empiezan a resquebrajarse.
Durante mucho tiempo, Zapatero ha cultivado una imagen de mediador internacional, especialmente en relación con Venezuela. Sus defensores presentan esa actividad como un ejercicio de diplomacia; sus críticos sostienen que fue mucho más que eso y que existieron intereses económicos y políticos difíciles de justificar. Será la Justicia quien deba determinar dónde termina la actividad política legítima y dónde comienza una eventual responsabilidad penal.
Lo verdaderamente significativo es que el supuesto cortafuegos construido para proteger determinadas actuaciones parece haber dejado de funcionar. Ninguna estrategia de comunicación puede resistir indefinidamente cuando quienes conocen los hechos desde dentro deciden contar su versión.
La política enseña una lección que rara vez falla: los grandes escándalos no suelen derrumbarse por las acusaciones externas, sino por las confesiones internas. Los adversarios pueden sospechar; quien estuvo sentado en la mesa puede explicar cómo se desarrollaron realmente los acontecimientos.
Si la colaboración anunciada aporta información sólida y verificable, Zapatero podría enfrentarse no solo a un enorme desgaste reputacional, sino a una revisión completa de uno de los capítulos más controvertidos de su trayectoria pública.
Hay momentos en que un imperio de silencios se derrumba con una sola declaración. Si ese momento ha llegado, no serán los discursos quienes determinen el desenlace, sino los hechos, las pruebas y las resoluciones judiciales.
Porque la verdad tiene una costumbre incómoda: puede demorarse durante años, pero cuando encuentra una voz dispuesta a contarla resulta extraordinariamente difícil volver a encerrarla.
lunes, 20 de julio de 2026
El presidente de Plus Ultra implica a Zapatero en las gestiones para el rescate de la aerolínea
Toda investigación judicial tiene un momento decisivo: aquel en el que dejan de hablar los adversarios políticos y empiezan a hablar quienes participaron directamente en los hechos. Eso es lo que parece estar ocurriendo en el caso del rescate de Plus Ultra..jpg)
Rodríguez Zapatero
Los escritos presentados ante el juez de la Audiencia Nacional José Luis Calama por dos altos directivos de la compañía constituyen un giro de enorme relevancia. Según esas declaraciones, José Luis Rodríguez Zapatero no habría sido un simple observador ajeno a la operación, sino una persona implicada en las gestiones que desembocaron en la concesión de los 53 millones de euros del Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas. Ambos directivos afirman que el expresidente se ofreció a ayudar, puso a un colaborador de su confianza al frente de las gestiones y que se abonaron comisiones equivalentes al 1 % del importe del rescate a sociedades vinculadas con ese intermediario.
Naturalmente, una declaración judicial no equivale a una condena. Corresponde a los jueces comprobar la veracidad de esas afirmaciones y determinar si existieron o no delitos. La presunción de inocencia sigue siendo un principio irrenunciable en un Estado de Derecho.
Sin embargo, tampoco puede ignorarse el alcance político de estas revelaciones. Cuando son los propios protagonistas quienes contradicen la versión mantenida durante años, el problema deja de ser exclusivamente judicial y pasa a ser también de credibilidad. La defensa pública de Zapatero se apoyaba en negar cualquier intervención relevante. Si quienes dirigían la empresa sostienen ahora exactamente lo contrario, esa defensa queda seriamente erosionada.
El caso resulta especialmente delicado porque el rescate de Plus Ultra fue, desde el principio, una de las decisiones más controvertidas adoptadas durante la pandemia. Muchos ciudadanos se preguntaron cómo una aerolínea con una presencia tan reducida en el mercado español podía ser considerada "estratégica" y recibir una ayuda millonaria mientras miles de pequeñas y medianas empresas desaparecían sin recibir un trato semejante. Aquellas dudas, lejos de disiparse, parecen haberse intensificado con las nuevas declaraciones.
Más allá del desenlace judicial, hay una cuestión de fondo que afecta a la salud institucional. Los expresidentes del Gobierno conservan una enorme capacidad de influencia. Esa influencia puede ponerse al servicio del interés general o convertirse en un instrumento para favorecer intereses particulares. Cuando se difumina la frontera entre ambas cosas, la confianza de los ciudadanos en las instituciones comienza a deteriorarse.
La justicia tiene ahora la palabra. Será ella quien determine si las acusaciones encuentran respaldo en pruebas suficientes. Pero, políticamente, el caso ha entrado en una nueva fase. Ya no son únicamente informes policiales o denuncias de la oposición. Son personas que participaron en la operación quienes sitúan a José Luis Rodríguez Zapatero en el centro de las gestiones.
El PSOE bueno nunca ha existido
Existe una leyenda muy útil para la izquierda española: la de un PSOE originariamente noble, democrático y conciliador que habría degenerado con el paso de los años. Es una leyenda cómoda porque permite separar un supuesto pasado ejemplar de un presente discutible. El problema es que la historia no la sostiene.
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El fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse, dejó muy claro desde el primer momento cuál era su concepción de la política. No entendía al adversario como alguien a quien convencer, sino como alguien a quien derrotar por cualquier medio. Su intervención en el Congreso el 7 de julio de 1910 constituye uno de los documentos más reveladores de la historia parlamentaria española. Refiriéndose a Antonio Maura, declaró que, si era necesario impedir su regreso al poder, «debemos llegar hasta el atentado personal». Aquellas palabras quedaron recogidas en el Diario de Sesiones y el presidente de la Cámara intentó, sin éxito, que las retirara. No lo hizo.
No era un desliz. Era una declaración de principios.
Cuando el fundador de un partido legitima públicamente la violencia contra un adversario político, deja de hablar como un parlamentario y comienza a hacerlo como un revolucionario. La democracia reconoce la legitimidad del adversario; la revolución solo reconoce la legitimidad de su derrota o de su eliminación.
Dos semanas después, Antonio Maura sufrió un atentado del que sobrevivió. Nadie puede afirmar que Pablo Iglesias ordenara aquel ataque. Sería una acusación que la historia no permite sostener. Pero tampoco puede ignorarse que quien había legitimado el "atentado personal" jamás rectificó sus palabras ni condenó el intento de asesinato.
Por eso sorprende escuchar, todavía hoy, que existió un "PSOE bueno". ¿En qué momento exactamente? ¿Cuando su fundador justificaba el asesinato político como último recurso? ¿Cuando concebía la lucha política como un enfrentamiento existencial entre enemigos irreconciliables?
Los partidos evolucionan. Cambian sus dirigentes, sus programas y hasta sus votantes. Pero también conservan una memoria moral. Los orígenes importan porque revelan la cultura política sobre la que fueron construidos. Y en el caso del PSOE, esa cultura nació impregnada de marxismo revolucionario, de lucha de clases y de una retórica que, cuando lo consideró necesario, cruzó la frontera que separa la confrontación política de la violencia.
No, el problema del PSOE no comenzó ayer. No empezó con Felipe González, ni con Zapatero, ni con Pedro Sánchez. El problema estaba escrito desde el prólogo. Su fundador ya había señalado el camino. Los demás, con mayor o menor intensidad, no hicieron más que recorrerlo.
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