En la mayoría de las democracias occidentales, el papel del ciudadano termina, en gran medida, el día de las elecciones. Se vota cada cuatro o cinco años, se elige a unos representantes y, a partir de ahí, el poder político queda en manos de parlamentos, partidos y gobiernos. La llamada "voluntad popular" se convierte entonces en una delegación casi absoluta.
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Pero existe un país europeo que funciona de manera distinta desde hace más de un siglo: Suiza.
La singularidad suiza no reside únicamente en sus bancos, su neutralidad histórica o su prosperidad económica. Su rasgo político más extraordinario es otro: la democracia directa. Un sistema en el que los ciudadanos no solo eligen representantes, sino que participan de forma habitual y vinculante en las grandes decisiones nacionales.
En Suiza, el pueblo no es un espectador de la política. Es un actor permanente.
Un modelo político excepcional
La democracia suiza combina instituciones representativas clásicas con mecanismos de participación popular extremadamente amplios. El Parlamento existe, el Gobierno existe y los partidos políticos tienen importancia, pero ninguna de esas estructuras posee un poder completamente autónomo frente a la ciudadanía.
Los suizos pueden aceptar o rechazar leyes aprobadas por el Parlamento mediante referéndum. También pueden impulsar cambios constitucionales reuniendo firmas suficientes para forzar una votación nacional.
Esto significa que decisiones fundamentales sobre inmigración, impuestos, gasto público, pensiones, infraestructuras, medio ambiente o relaciones internacionales terminan muchas veces directamente en manos de los ciudadanos.
Y no de forma simbólica. El resultado de esas votaciones es vinculante.
El referéndum como herramienta cotidiana
Mientras en muchos países europeos los referendos son acontecimientos excepcionales —y a veces incómodos para las élites políticas—, en Suiza forman parte de la normalidad institucional.
Los ciudadanos reciben regularmente documentación oficial en sus casas, estudian propuestas y acuden a votar varias veces al año. No es extraño que un suizo participe en tres o cuatro jornadas de votación anuales, cada una con múltiples cuestiones sometidas a consulta.
Existen dos grandes instrumentos
El primero es el referéndum facultativo. Si una parte de la ciudadanía considera inaceptable una ley aprobada por el Parlamento, puede reunir firmas para obligar a someterla al voto popular.
El segundo es la iniciativa popular. Mediante ella, los ciudadanos pueden proponer modificaciones constitucionales sin necesidad de que la clase política las impulse previamente.
En otras palabras: el pueblo puede frenar decisiones del poder… y también obligar al poder a debatir cuestiones que preferiría evitar.
Un límite permanente al poder político
La consecuencia más importante del sistema suizo no es únicamente participativa, sino cultural.
Los gobernantes saben que cualquier decisión puede ser cuestionada por la ciudadanía. Eso introduce un fuerte elemento de prudencia política y obliga a buscar consensos amplios.
En muchos sistemas parlamentarios modernos, los gobiernos pueden aprobar reformas enormes con mayorías relativamente estrechas. En Suiza, el margen para imponer agendas ideológicas es mucho menor, porque existe siempre la posibilidad de que los ciudadanos corrijan o bloqueen al poder.
Esa dinámica genera una relación distinta entre Estado y sociedad.
El ciudadano deja de ser un sujeto pasivo que protesta cada cierto tiempo para convertirse en un vigilante permanente de las instituciones.
Las críticas al modelo
Naturalmente, el sistema suizo también recibe críticas.
Sus detractores sostienen que no todos los ciudadanos tienen tiempo ni información suficiente para pronunciarse sobre asuntos complejos. Otros creen que determinadas campañas emocionales pueden simplificar debates técnicos o favorecer decisiones impulsivas.
También existe quien considera que la democracia directa ralentiza ciertas reformas y dificulta cambios rápidos.
Sin embargo, los defensores del modelo responden con una pregunta incómoda: ¿es preferible que esas decisiones complejas las tome una élite política cada vez más desconectada de la sociedad?
La experiencia suiza sugiere que los ciudadanos, cuando saben que su voto tiene consecuencias reales, desarrollan también una cultura política más madura y más responsable.
Una rareza en Europa
La democracia directa suiza no surgió de la noche a la mañana. Es el resultado de una larga tradición federal, localista y descentralizada. Los cantones conservaron durante siglos una fuerte autonomía y una profunda desconfianza hacia la concentración de poder.
Esa cultura política terminó construyendo un país donde el Estado no absorbe completamente a la sociedad, y donde el ciudadano conserva herramientas efectivas para intervenir en la vida pública.
En una época marcada por la desafección política, la caída de la confianza institucional y la sensación creciente de que muchas decisiones se toman lejos de la gente común, el caso suizo sigue despertando fascinación.
Porque plantea una cuestión esencial que muchas democracias modernas parecen haber olvidado: si la soberanía pertenece realmente al pueblo, ¿por qué el pueblo participa tan poco en las decisiones importantes?
Juan Julio Alfaya
miércoles, 6 de mayo de 2026
Suiza y la democracia directa: cuando los ciudadanos gobiernan de verdad
Ojo al mariconeo: Sánchez puede ganar de nuevo las elecciones
El debate sobre si Pedro Sánchez puede volver a ganar unas elecciones generales en España no es solo una cuestión de encuestas, sino de contexto político, fragmentación del voto y capacidad de resistencia. A lo largo de su trayectoria, Sánchez ha demostrado una notable habilidad para sobrevivir en escenarios adversos, algo que sus detractores califican de oportunismo y sus partidarios de pragmatismo político.
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En un país donde el sistema multipartidista obliga a pactos constantes, ganar no siempre significa obtener la mayoría de votos, sino saber sumar apoyos suficientes para gobernar. En ese terreno, Sánchez ha mostrado una ventaja clara: su disposición a negociar con fuerzas diversas, desde la izquierda alternativa hasta partidos nacionalistas y filoterroristas. Esta flexibilidad, aunque polémica, le ha permitido mantenerse en el poder incluso en momentos de debilidad electoral relativa.
Además, la fragmentación del bloque conservador puede jugar a su favor. Cuando el voto de la derecha se divide entre varias opciones, el Partido Socialista puede beneficiarse de una mayor cohesión interna y de una base electoral más estable. En ese escenario, incluso sin una victoria contundente, Sánchez podría volver a articular una mayoría parlamentaria.
Sin embargo, su continuidad no está garantizada. El desgaste del poder, las tensiones territoriales, la situación económica y el rechazo que genera en ciertos sectores del electorado son factores que pueden limitar sus opciones. También influye la percepción pública de sus alianzas, especialmente cuando implican concesiones que parte de la población considera excesivas.
Aun así, reducir sus posibilidades sería ignorar un patrón recurrente: Sánchez ha sabido convertir situaciones límite en oportunidades políticas. Si logra movilizar a su electorado, mantener la unidad dentro de su espacio ideológico y aprovechar la división de sus adversarios, no sería sorprendente verlo nuevamente en posición de disputar —e incluso ganar— unas elecciones generales.
En política, especialmente en España, la aritmética parlamentaria suele pesar tanto como los votos. Y en ese juego, Sánchez ha demostrado que sabe moverse con soltura.
La escalofriante fiscal Peramato. ¿Por qué le dicen escalofriante?
Hay palabras que se instalan en el debate público con la precisión de un bisturí. "Escalofriante" es la que ha comenzado a acompañar el nombre de Teresa Peramato, actual Fiscal General del Estado de España, nombrada en diciembre de 2025. No es un calificativo nacido del capricho, sino de una cadena de decisiones que revelan algo más profundo que la mera gestión institucional: un patrón.
Teresa Peramato
El tercer eslabón de una cadena
La degradación de la Fiscalía General se agudiza con cada nuevo titular. El recorrido es conocido: primero llegó Dolores Delgado, con sus comidas que algunos llamaron de la "cloaca"; luego Álvaro García Ortiz, quien pasaría a la historia como el primer Fiscal General condenado en España por revelar datos reservados para perjudicar a una rival política del presidente del Gobierno. Ahora, Teresa Peramato.
Su carrera incluye la presidencia de la Unión Progresista de Fiscales (UPF), de la que también provenían sus dos antecesores, y un largo historial de especialización en violencia sobre la mujer. Sin embargo, su nombramiento no está exento de controversia: su cercanía a figuras como Álvaro García Ortiz y Dolores Delgado ha generado recelos en parte del sector judicial.
El hacha en el bolso
Lo que ha disparado las alarmas no es su perfil profesional, sino sus primeros movimientos al frente de la institución. Peramato anunció que venía a "cerrar heridas", pero lo primero que hizo fue presentar un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional contra la sentencia que condenó a García Ortiz. Un gesto que sus detractores interpretaron no como voluntad de reconciliación, sino como declaración de guerra.
Después vinieron los nombramientos. La fiscal general decidió no renovar a Almudena Lastra como fiscal superior de Madrid —una de las fiscales que declaró como testigo en el juicio contra García Ortiz, aportando elementos que fueron valorados en la sentencia— y propuso a otra candidata para sustituirla, mientras ascendía a la cúpula a fiscales vinculados al anterior equipo de dirección.
El caso más llamativo: el ascenso de Pilar Rodríguez —la fiscal provincial que colaboró en la filtración de datos y que incluso abogaba por añadir "un poco de cianuro" a la nota de prensa— al Tribunal Supremo, adelantando a cinco compañeros mejor posicionados en el escalafón.
Y como si eso fuera poco, nombró a su señora —la esposa de García Ortiz— teniente fiscal de Galicia, pese a estar 800 puestos por debajo del primer aspirante al cargo.
La lealtad al poder ante todo
El patrón que describe la acusación es claro: se castiga la lealtad a la institución y se premia la lealtad al poder. Las asociaciones fiscales señalan que Peramato sigue dinamitando "el mérito y la capacidad" para dar cabida a sus afines ideológicos de la Unión Progresista de Fiscales que, con apenas 200 miembros —el 8% de la carrera—, ha ido copando los ascensos.
El ascenso de algunos de estos profesionales, sin experiencia previa en ciertas jurisdicciones como la Sección Social del Supremo, ha sido uno de los elementos que más han alimentado la polémica, al poner en duda criterios como la especialización y el escalafón.
La respuesta de los afines a Peramato no se ha hecho esperar. La Unión Progresista de Fiscales ha respaldado los nombramientos y ha advertido de que la "deslegitimación sistemática" sobre las decisiones de la institución "compromete" la independencia del Ministerio Fiscal. Sus críticos responden que quien compromete esa independencia es, precisamente, quien la subordina a la política.
¿Por qué "escalofriante"?
La respuesta es casi literaria: porque Peramato representa la continuidad sin pudor. No la ruptura con lo anterior, sino su profundización. Si García Ortiz fue el primer fiscal general condenado, Peramato es la fiscal general que recurre esa condena y premia a quienes participaron en los hechos. Es el sistema protegiéndose a sí mismo.
Lo escalofriante, en definitiva, no es un temperamento ni una personalidad. Es la lógica institucional que representa: la de una Fiscalía que, según sus críticos, ha dejado de ser el guardián de la legalidad para convertirse en un instrumento de poder. Y eso, independientemente del color político de quien lo juzgue, debería producir un escalofrío.
martes, 5 de mayo de 2026
El crimen de Esplugues y la doble vara de medir
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La comunidad china está conmocionada. |
Lo que siguió al crimen fue, en ciertos ámbitos, tan llamativo como el propio crimen: el Gobierno de Pedro Sánchez no emitió condena pública alguna. Ningún ministro. Ningún secretario de Estado. Ninguno de los socios de coalición. El silencio desde La Moncloa fue total y, para muchos ciudadanos, ensordecedor.
Los hechos y las versiones en disputa
Varios vecinos y testigos declararon a medios de comunicación —entre ellos el programa "En Boca de Todos" de Cuatro— que el agresor gritaba "Alá es grande" durante el ataque. Un vecino afirmó que el día anterior el mismo hombre había amenazado a una joven y a su padre, y que la Policía fue avisada en dos ocasiones sin que nadie acudiera al lugar. Los Mossos, por su parte, no han confirmado públicamente estos extremos y mantienen la investigación bajo secreto de sumario.
La policía catalana también descartó inicialmente que se tratara de violencia machista, señalando que el agresor eligió a sus víctimas de forma aparentemente indiscriminada. Sin embargo, eso no ha impedido que parte de la narrativa mediática intente encuadrar el suceso dentro de ese marco, el único que parece activar la maquinaria institucional de condena.
"Si es violencia machista, el Gobierno condena. Si el agresor gritaba Alá es grande: silencio."
La doble vara de medir que la ciudadanía percibe
El contraste es difícil de ignorar. Cuando un crimen puede ser catalogado como violencia de género, la respuesta institucional es inmediata: comunicados, ruedas de prensa, concentraciones convocadas, minutos de silencio. Existe toda una infraestructura simbólica y mediática dispuesta a activarse. El problema no es esa respuesta sino su ausencia cuando el crimen no encaja en el relato preferido del Gobierno.
No se trata de instrumentalizar un asesinato para una agenda política. Se trata de exigir coherencia: que toda vida perdida a manos de la violencia merezca la misma indignación pública, independientemente de quién sea el agresor o cuál sea su motivación. Una mujer asesinada es una mujer asesinada. Su origen, el del agresor, o el grito que acompañó el ataque no debería determinar si el presidente del Gobierno firma un tuit de condena.
La seguridad no es un tema de ultraderecha
El argumento más utilizado para no hablar de estos crímenes es que "dar visibilidad a este tipo de noticias beneficia a la ultraderecha". Es un argumento que, llevado a sus consecuencias lógicas, implica que la población debe ser protegida de cierta información para no votar "mal". Es paternalista, es antidemocrático y, sobre todo, es contraproducente: la gente percibe el silencio, lo interpreta correctamente como ocultamiento, y la desconfianza institucional crece.
Hablar de seguridad, de motivaciones yihadistas cuando existen indicios de ellas, de los fallos del sistema que permiten que agresores previamente denunciados sigan en la calle, no es xenofobia. Es periodismo. Es política responsable. Es el mínimo que una democracia le debe a sus ciudadanos.
Lo que se le debe a la víctima
Una mujer murió en la acera de una calle tranquila de Esplugues un sábado por la mañana. Su familia merece respeto. Los vecinos que viven con miedo merecen ser escuchados. Y la sociedad española merece que sus representantes políticos tengan el valor de condenar un asesinato sin calcular primero si hacerlo les conviene electoralmente.
El silencio no es neutralidad. Es una elección. Y en este caso, es una elección que habla más alto que cualquier declaración.
El Caso Llenas Aybar: "El crimen del siglo" en RD
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José Rafael Llenas Aybar |
El principal acusado fue Mario José Redondo Llenas, primo de la víctima, junto a Manuel Moliné Rodríguez. Ambos jóvenes pertenecían a familias acomodadas, lo que añadió un componente adicional de indignación social: el crimen no respondía a carencias materiales ni a un entorno marginal, sino a una violencia que parecía surgir desde lo más incomprensible de la condición humana. El plan, según se estableció en el proceso judicial, fue premeditado: secuestrar al niño para exigir un rescate. Sin embargo, el desenlace fue aún más cruel de lo imaginable.
El menor fue brutalmente asesinado, en un acto que evidenció niveles extremos de violencia. La autopsia reveló múltiples heridas, y el cuerpo fue posteriormente ocultado, lo que agravó la percepción de frialdad y cálculo en los responsables. Cuando el caso salió a la luz, la sociedad dominicana reaccionó con una mezcla de horror, rabia y una profunda sensación de vulnerabilidad: si algo así podía ocurrir dentro de círculos familiares y sociales considerados “seguros”, nadie estaba realmente protegido.
El juicio fue seguido con una atención mediática sin precedentes en el país. La cobertura constante convirtió el caso en un referente nacional, no solo por la atrocidad del crimen, sino también por las implicaciones legales y sociales que planteaba. Se debatieron temas como la responsabilidad penal de los menores, la influencia del entorno familiar, y la necesidad de reformas en el sistema judicial. Finalmente, Mario José Redondo Llenas fue condenado a la pena máxima contemplada en ese momento, mientras que Manuel Moliné Rodríguez recibió una condena menor.
Más allá de las sentencias, el Caso Llenas Aybar marcó un antes y un después en la República Dominicana. Generó cambios en la percepción de la criminalidad, impulsó debates sobre la educación en valores y la salud mental, y dejó una herida abierta en la sociedad. Para muchos, fue la pérdida de la inocencia colectiva: la evidencia de que el mal no siempre tiene un rostro lejano, sino que puede habitar en lo cercano, en lo cotidiano.
Hoy, al recordarlo, no se trata solo de revivir el horror, sino de reflexionar sobre las lecciones que dejó. El nombre de José Rafael Llenas Aybar permanece como símbolo de una tragedia que el país aún no olvida, y como recordatorio de la necesidad permanente de justicia, prevención y humanidad.
Más datos sobre un crimen que, pasados 30 años, sigue conmocionando a la sociedad dominicana
¿Quién era José Rafael?
José Rafael Llenas Aybar nació en una familia dominicana de clase media-alta. El caso alcanzó gran notoriedad pública debido a la naturaleza trágica del hecho y porque la víctima pertenecía a una familia con estrechos vínculos con magnates de los medios de comunicación.
¿Cómo ocurrió?
El 3 de mayo de 1996, el niño salió de su casa con Redondo Llenas, quien le pidió acompañarlo a una supuesta exhibición de motocicletas. Sin embargo, nunca lo llevó a ese lugar. En cambio, lo trasladó a la casa de Moliné Rodríguez, donde ambos continuaron con el plan. Durante el trayecto, el menor comenzó a ponerse nervioso. Los acusados decidieron amarrarlo de pies y manos y lo colocaron en el baúl de un vehículo. Luego, se dirigieron hacia una zona cercana al arroyo Lebrón, en el kilómetro 13 de la autopista Duarte.
Al día siguiente, campesinos encontraron el cuerpo sin vida del niño en el arroyo Lebrón. El cadáver estaba atado con cintas adhesivas y presentaba 34 heridas de arma blanca, incluyendo una en la yugular.
¿Por qué lo mataron?
Las investigaciones revelaron un plan de secuestro que buscaba exigir un rescate millonario, pero que terminó en un asesinato.
Sin embargo, los perfiles psicológicos de los asesinos añadieron otra dimensión al caso: se determinó que Mario José Redondo Llenas y Juan Manuel Moliné Rodríguez, influenciados por personalidades psicopáticas y narcisistas, también buscaban experimentar la "adrenalina" de cometer un asesinato "perfecto", actuando con una desconexión emocional total y tratando la vida del niño como un simple experimento o juego de poder.
¿Quiénes fueron los culpables?
El crimen fue planificado y ejecutado por su propio primo, Mario José Redondo Llenas, de 19 años, en complicidad con su amigo Juan Manuel Moliné Rodríguez, de 18 años. Ambos terminaron confesando su participación en el secuestro y asesinato. Las evaluaciones psicológicas determinaron que Redondo no presentaba trastornos psicóticos; por el contrario, poseía una capacidad intelectual elevada, pero mostraba una personalidad conflictiva, frialdad emocional y ausencia de arrepentimiento genuino, rasgos asociados a una personalidad antisocial.
¿Hubo otras personas involucradas?
Redondo Llenas sostuvo en los interrogatorios que actuó inducido por Luis Palmas y Martín Palmas Meccia, esposo e hijo, respectivamente, de Teresa Meccia, embajadora de Argentina en la República Dominicana en ese momento. El asesino afirmó que Luis Palmas lo indujo a formar parte de una presunta organización criminal que incluía tráfico de drogas, asesinatos y secuestros. Sin embargo, estas afirmaciones generaron debate público, pero no modificaron el curso del proceso ni las responsabilidades penales establecidas, ya que nunca pudieron ser comprobadas judicialmente.
La condena y la actualidad
El proceso judicial terminó con las condenas máximas: 30 años para Redondo Llenas y 20 años para Moliné Rodríguez. Este último salió en libertad en 2016. Y precisamente hoy, el 5 de mayo de 2026, Mario José Redondo Llenas saldrá en libertad tras cumplir su condena. Su salida reaviva el debate en la sociedad dominicana sobre justicia, reinserción y memoria histórica.
En resumen, el móvil principal fue un secuestro con fines de extorsión que degeneró en asesinato, cometido por su propio primo. La traición familiar y la brutalidad del crimen lo convirtieron en uno de los casos más impactantes de la historia dominicana.
lunes, 4 de mayo de 2026
La frontera decisiva entre democracia institucional y degradación partidista
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Cuando esa frontera se cruza, la política deja de ser una herramienta de representación para convertirse en una maquinaria de erosión del Estado. Y ese deterioro rara vez ocurre de forma abrupta. Comienza con insinuaciones, con campañas de descrédito, con el uso del poder para debilitar contrapesos incómodos, hasta que lo excepcional se normaliza.
La democracia institucional no consiste únicamente en votar cada cierto número de años. Su esencia reside en un entramado de reglas, equilibrios y límites que garantizan que ningún gobierno, por poderoso o popular que sea, pueda confundir mayoría con impunidad. La separación de poderes, la independencia judicial, la libertad de prensa y el respeto a la oposición no son obstáculos para gobernar: son precisamente las garantías de que gobernar no derive en abuso.
Por eso resulta preocupante cuando desde el poder se desacredita sistemáticamente a jueces, tribunales, medios o cualquier órgano de fiscalización bajo la lógica de que toda crítica es una conspiración. Ese discurso, frecuente en liderazgos populistas de distinto signo, persigue una peligrosa simplificación: presentar al gobernante como encarnación del pueblo y a las instituciones como enemigos del cambio. En ese punto, la democracia empieza a mutar hacia una lógica plebiscitaria donde la voluntad del líder pretende situarse por encima de las normas.
La degradación partidista aparece cuando el partido deja de concebir el Estado como una estructura común al servicio de todos y pasa a verlo como patrimonio propio. Colonizar instituciones, premiar la lealtad sobre el mérito, manipular organismos de control o convertir la administración en aparato de propaganda son síntomas claros de esa deriva. El problema no es solo ético; es estructural. Porque una vez debilitadas las instituciones, el daño trasciende a un gobierno concreto y compromete la estabilidad futura del país.
La historia contemporánea ofrece múltiples ejemplos de cómo democracias formales pueden vaciarse desde dentro. No siempre se necesita un golpe de Estado; basta con la captura progresiva de las garantías institucionales.
El autoritarismo del siglo XXI suele vestir traje electoral, conservar urnas y utilizar mayorías para justificar la demolición de límites.
En este contexto, la responsabilidad ciudadana se vuelve crucial. Defender la democracia no significa defender a un partido, sino proteger las reglas que permiten la alternancia, la crítica y la legalidad. Una ciudadanía madura entiende que las instituciones deben resistir tanto a sus adversarios como a sus propios aliados. El verdadero demócrata no exige independencia judicial solo cuando está en la oposición, ni libertad de prensa solo cuando le beneficia.
La frontera decisiva, en última instancia, no está entre izquierda y derecha, ni entre progresismo y conservadurismo. Está entre quienes aceptan que el poder debe someterse a normas y quienes creen que las normas deben someterse al poder.
Cuando la política sacrifica instituciones para obtener ventajas partidistas inmediatas, puede ganar elecciones, pero pierde República. Y cuando una nación pierde el respeto por sus contrapesos, no tarda en descubrir que reconstruirlos es mucho más difícil que destruirlos.
La democracia, en su versión más sólida, no se mide por la fuerza de sus gobernantes, sino por la fortaleza de sus límites. Ahí reside la frontera esencial entre civilización política y decadencia institucional.
domingo, 3 de mayo de 2026
Venezuela sin Maduro, el mismo perro con diferente collar
Maduro cayó, pero el sistema no. Y esa es, precisamente, la gran paradoja venezolana: desapareció el rostro más tóxico del chavismo, pero no necesariamente su maquinaria. Tras la captura de Nicolás Maduro en enero, Washington no apostó por una ruptura democrática inmediata, sino por una transición administrada desde dentro del propio aparato de poder, con Delcy Rodríguez al frente y bajo supervisión geopolítica estadounidense. El resultado es una Venezuela "post-Maduro" donde cambian nombres, se suavizan formas y se reabre el negocio petrolero, pero donde las estructuras esenciales del control político siguen en pie.
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¿A qué juega Donald Trump?
La respuesta parece menos ideológica que estratégica. Trump no actuó como libertador democrático, sino como operador de poder. Su prioridad no fue coronar a María Corina Machado —la figura con mayor legitimidad simbólica y electoral del antichavismo—, sino garantizar tres objetivos más inmediatos para Washington: estabilidad, control del petróleo y contención del narcotráfico. Según múltiples reportes, Trump y su círculo concluyeron que respaldar a Machado implicaba un riesgo de vacío institucional, fractura militar y una transición demasiado incierta. En cambio, mantener sectores del chavismo reciclado ofrecía una gobernabilidad más predecible.
No es una traición personal a Machado; es "política realista" en estado puro
Trump parece haber leído Venezuela como otros presidentes estadounidenses leyeron Medio Oriente: mejor un poder autoritario manejable que una democracia caótica cuyos resultados no puedas controlar. Desde esa lógica, Machado representa legitimidad popular, sí, pero también imprevisibilidad. Su discurso de desmantelamiento profundo del chavismo podría alterar pactos militares, redes económicas y compromisos energéticos que Washington hoy considera más útiles estabilizados que demolidos.
Por eso la margina: no porque carezca de capital político —de hecho sigue siendo la referencia moral de buena parte de la oposición—, sino porque su proyecto puede resultar demasiado transformador para una Casa Blanca obsesionada con resultados rápidos y costos bajos. Incluso Trump ha llegado a cuestionar públicamente su viabilidad interna, sugiriendo que no cuenta con suficiente apoyo o respeto para gobernar.
La tragedia para muchos venezolanos es evidente: después de décadas de chavismo, el riesgo no es solo la continuidad del régimen, sino su mutación. Un chavismo sin Maduro, más pragmático, menos estridente y aceptable para intereses internacionales, podría sobrevivir mucho más tiempo que el propio Maduro.
Washington puede haber desmontado al caudillo, pero no necesariamente al sistema
Y ahí radica el dilema de María Corina. Su figura encarna la ruptura ética con el chavismo, pero la política internacional rara vez recompensa purezas morales; premia estabilidad funcional. Trump parece apostar a una "pacificación controlada" antes que a una democratización plena.
La pregunta de fondo ya no es si Venezuela salió de Maduro. La verdadera pregunta es si salió del chavismo… o si simplemente entró en su versión corregida para consumo internacional.
sábado, 2 de mayo de 2026
Caos revolucionario y terror franquista
La Guerra Civil española y la dictadura que la sucedió siguen siendo, décadas después, un territorio moralmente inflamable. En torno a ellas persiste una tentación constante: simplificar. Para unos, el franquismo fue una respuesta necesaria al caos revolucionario. Para otros, toda violencia en la zona republicana queda eclipsada por la magnitud del terror franquista. Ambas posturas mutilan la verdad histórica, porque convierten la memoria en instrumento de propaganda.
Azaña, Franco y militares
La violencia revolucionaria: caos, ideología y descomposición del Estado
Cuando el golpe militar de julio de 1936 fracasa parcialmente y España queda partida en dos, en la retaguardia republicana se desata una violencia revolucionaria heterogénea, especialmente intensa durante los primeros meses. No fue un sistema único, sino una amalgama de venganzas locales, anticlericalismo extremo, ajuste de cuentas sociales y represión política impulsada por milicias, comités y organizaciones revolucionarias.
Anarquistas, comunistas, socialistas radicalizados y sectores incontrolados participaron en una represión que tuvo como víctimas a sacerdotes, propietarios, conservadores, monárquicos, falangistas, militares sospechosos y, en ocasiones, simples vecinos denunciados por rencillas personales.
Las cifras varían según los estudios, pero se estima que en la zona republicana fueron asesinadas entre 38.000 y 55.000 personas. Entre ellas, cerca de 6.800 miembros del clero, uno de los episodios de persecución religiosa más intensos de la Europa contemporánea. Las matanzas de Paracuellos del Jarama simbolizan ese terror: miles de presos fueron ejecutados extrajudicialmente bajo una lógica de guerra y purga.
Aquella violencia fue brutal, pero más caótica que centralizada, particularmente en su fase inicial. El Gobierno republicano, profundamente debilitado, osciló entre la impotencia, la tolerancia implícita y los tardíos intentos de reconducirla.
El franquismo: la violencia como sistema de Estado
La represión franquista fue de otra naturaleza. No se trató únicamente de violencia de guerra, sino de un proyecto político de exterminio, depuración y dominación prolongada. Desde el inicio de la sublevación, el terror en la zona nacional fue concebido como herramienta estratégica. El general Mola habló explícitamente de sembrar el terror para paralizar toda resistencia.
Las ejecuciones, los paseos nocturnos, las fosas comunes, los consejos de guerra sumarísimos, los campos de concentración, los trabajos forzados, el expolio económico y la depuración profesional conformaron una maquinaria institucionalizada. La violencia no se detuvo en 1939 con la victoria, sino que se prolongó durante años como fundamento del nuevo régimen.
Los historiadores estiman que la represión franquista causó entre 130.000 y más de 150.000 muertos, incluyendo asesinatos durante la guerra, ejecuciones de posguerra y desapariciones. A ello se suman cientos de miles de presos, exiliados y represaliados.
La diferencia fundamental no es solo cuantitativa, sino estructural: mientras la violencia revolucionaria fue en gran parte fragmentaria y espontánea, la franquista fue jurídica, administrativa y sistemática.
Similitudes: el desprecio por la vida del adversario
Ambos bandos compartieron un rasgo terrible: la deshumanización del enemigo. En ambos territorios se mató por ideas, por identidad social o religiosa, por sospecha. Hubo checas y sacas; hubo paseos y cunetas. La lógica fue análoga: eliminar al otro como amenaza existencial.
Los dos universos justificaron moralmente el crimen bajo grandes palabras —revolución, patria, justicia social, cruzada, orden—. Toda guerra civil convierte al vecino en símbolo, y cuando eso ocurre, matar deja de parecer asesinato para convertirse en «necesidad histórica».
Diferencias esenciales: escala, duración y legitimación
Equiparar ambas violencias como si fueran reflejos exactos sería, sin embargo, históricamente falso. La violencia republicana, aunque espantosa, fue más intensa durante el colapso inicial y tendió a atenuarse conforme el Estado republicano recuperó cierto control. La franquista, en cambio, fue parte constitutiva del régimen y se prolongó institucionalmente durante décadas.
Una fue, en gran medida, consecuencia del hundimiento del monopolio estatal de la fuerza y de una revolución social convulsa. La otra fue un programa de poder construido desde arriba, con plena vocación de permanencia.
La batalla de la memoria
El problema contemporáneo no es solo recordar, sino cómo hacerlo. La derecha autoritaria ha tendido a exagerar la violencia revolucionaria para justificar retrospectivamente el golpe y la dictadura. Parte de la izquierda ha minimizado ciertos crímenes republicanos para preservar una superioridad moral que no resiste el escrutinio. Ninguna memoria selectiva honra a las víctimas, porque las víctimas no dejan de serlo por el color de la bandera que las asesinó.
Conclusión
La historia exige una honestidad incómoda: reconocer que hubo barbarie en ambos lados, pero también distinguir entre la violencia desatada en el fragor de una guerra y la violencia convertida en arquitectura estatal. No se trata de repartir culpas con una calculadora moral, sino de comprender grados, contextos y responsabilidades.
El franquismo fue una dictadura cimentada sobre el terror organizado y prolongado. La violencia revolucionaria fue real, feroz y criminal, pero distinta en naturaleza y en estructura. Negar cualquiera de las dos brutalidades degrada la verdad. Equipararlas sin matices, también.
España no necesita una memoria que absuelva ni una que condene por bloques. Necesita una memoria adulta: aquella capaz de mirar las cunetas, las iglesias quemadas, las fosas y las cárceles sin convertir el dolor en coartada ideológica. Porque cuando la historia se usa para justificar, deja de ser historia y se convierte en trinchera.
viernes, 1 de mayo de 2026
Pedro Sánchez, nacido para seducir, no para gobernar
Pedro Sánchez parece concebido para una época en la que la política se parece más a una campaña publicitaria permanente que a un ejercicio de gobierno sólido. Su figura encarna como pocas la primacía de la estética sobre la sustancia, del relato sobre la gestión, de la seducción personal sobre la construcción institucional. 
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No es casualidad que su trayectoria haya estado marcada por una habilidad extraordinaria para sobrevivir, reinventarse y proyectar una imagen de liderazgo incluso en medio de contradicciones evidentes. Sánchez domina el arte de parecer inevitable, aunque muchas veces no logre parecer confiable.
Desde su llegada a la política nacional, el presidente español ha mostrado un talento singular para conectar con las emociones superficiales del momento. Su discurso suele adaptarse con rapidez a las corrientes dominantes, moldeándose según la sensibilidad de cada coyuntura.
Feminismo, europeísmo, progresismo, resistencia frente a la ultraderecha: Pedro Sánchez ha sabido vestir cada bandera con notable eficacia comunicativa. El problema no reside necesariamente en defender esas causas, sino en la percepción creciente de que su adhesión responde más a una estrategia de supervivencia que a una convicción profunda.
Gobernar, sin embargo, exige algo más que resistencia y capacidad escénica. Requiere dirección, coherencia, previsibilidad y una cierta disposición a asumir costes políticos en nombre del interés general. Ahí es donde la figura de Sánchez genera mayores dudas.
Su mandato ha estado definido por alianzas cambiantes, concesiones tácticas y una sensación persistente de improvisación calculada. Ha demostrado ser brillante en el corto plazo, especialmente para desactivar crisis inmediatas o preservar su posición, pero menos convincente en la tarea de ofrecer un proyecto nacional reconocible que trascienda la mera permanencia en el poder.
Su política de pactos ilustra bien esa lógica. Sánchez ha convertido la flexibilidad en método, incluso cuando ello implica desdecirse de afirmaciones previas o normalizar acuerdos que antes rechazaba con contundencia. Para sus partidarios, esto representa pragmatismo. Para sus críticos, oportunismo. Pero incluso dejando a un lado juicios ideológicos, queda una impresión difícil de disipar: la de un dirigente más concentrado en administrar mayorías frágiles que en consolidar una visión de Estado.
En este sentido, Pedro Sánchez parece hijo perfecto de una democracia cada vez más mediatizada, donde el carisma visual, la narrativa emocional y la gestión de la imagen pesan tanto o más que la capacidad de gobierno.
Su fortaleza es innegable: sabe seducir. Seduce a votantes, a aliados circunstanciales, a sectores internacionales y a buena parte del ecosistema mediático. Su presencia transmite modernidad, autocontrol y sofisticación. Pero gobernar no consiste únicamente en proyectar esas virtudes; implica tomar decisiones que construyan estabilidad, incluso cuando dejan de ser seductoras.
La gran paradoja de Sánchez es que su principal talento —la seducción política— puede ser también su mayor límite. Porque seducir exige adaptarse constantemente al deseo ajeno, mientras gobernar exige, en ocasiones, contrariarlo. Seducir busca aprobación; gobernar requiere autoridad. Seducir puede ganar elecciones; gobernar define legados.
Quizá por eso Pedro Sánchez proyecta con frecuencia la imagen de un líder extraordinariamente eficaz para conquistar el poder, pero menos convincente para dotarlo de una arquitectura duradera.
Su carrera demuestra una capacidad poco común para ascender, resistir y prevalecer. Pero la historia política no suele recordar solo a quienes supieron mantenerse, sino a quienes supieron transformar.
Pedro Sánchez, en definitiva, parece diseñado para fascinar en la superficie cambiante de la política contemporánea. El interrogante más profundo sigue siendo si esa capacidad para seducir basta cuando lo que se demanda no es solo conquistar el presente, sino mejorar el futuro.
Delcy premia a Zapatero con la Embajada en Madrid para Timoteo Zambrano
La maniobra no sorprende, pero sí retrata con precisión quirúrgica la naturaleza del poder chavista: premiar la lealtad útil, incluso cuando esta se ejerce desde fuera de sus propias filas. La decisión de Delcy Rodríguez de situar en Madrid a Timoteo Zambrano, figura asociada a una oposición dócil y acomodaticia, no puede leerse únicamente como un movimiento diplomático. Es, sobre todo, una operación política de largo alcance, con destinatario implícito: José Luis Rodríguez Zapatero.
El hermano de Delcy Rodríguez y Zapatero.
Madrid no es una plaza cualquiera. España ha sido durante años escenario esencial de la batalla por el relato venezolano en Europa, refugio de exiliados, altavoz de denuncias democráticas y, al mismo tiempo, terreno fértil para las ambiguas mediaciones de Zapatero. Bajo la coartada del diálogo, el expresidente español ha cultivado una relación con el régimen bolivariano que sus críticos consideran menos una labor diplomática que una constante blanqueadora de una estructura autoritaria.
El eventual ascenso de Zambrano en la representación venezolana encaja en esa lógica: consolidar una red de interlocutores aceptables para Europa, moderados en apariencia, funcionales en la práctica. Zambrano representa esa oposición administrada que no amenaza el núcleo del poder, pero sí contribuye a proyectar una imagen de pluralidad negociada. Y eso, para el chavismo, vale oro.
Delcy Rodríguez, pieza central de la arquitectura del régimen, no concede espacios por azar. Cada nombramiento responde a una estrategia de preservación. Si Caracas refuerza Madrid con perfiles vinculados al zapaterismo político, el mensaje resulta transparente: se recompensa a quienes han contribuido a erosionar la presión internacional real sobre el sistema chavista.
No se trata solo de Venezuela. También interpela a España. Porque mientras una parte del exilio venezolano denuncia persecución, represión y fraude, otra observa cómo figuras de la política española han preferido el papel de mediadores permanentes antes que el de defensores inequívocos de la democracia liberal.
La embajada, así, deja de ser una simple delegación exterior para convertirse en símbolo. El símbolo de una diplomacia concebida no al servicio del Estado, sino de la supervivencia del poder. Y en ese tablero, Zapatero aparece —quiera o no— como uno de los actores cuya utilidad sigue siendo reconocida en Caracas. En política internacional, los favores rara vez se pagan con gratitud; suelen abonarse con influencia.


