lunes, 6 de julio de 2026

El derrumbe anímico de Zapatero obliga a Moncloa a estrechar el control sobre sus movimientos. ¿Se puede suicidar?

La situación personal y política de José Luis Rodríguez Zapatero habría provocado una creciente preocupación en su entorno más próximo, hasta el punto de que desde Moncloa se mantiene un seguimiento constante de sus actividades y de su estado de ánimo, según informaciones publicadas en distintos medios. La atención sobre el expresidente socialista se produce en un momento especialmente delicado, marcado por las investigaciones judiciales que le afectan y por el desgaste público derivado de su aparición en el centro de diversas controversias.


El antiguo jefe del Ejecutivo, que durante años proyectó una imagen de intensa actividad pública, conferencias, viajes y presencia internacional, habría reducido notablemente su exposición. Uno de los cambios más llamativos señalados es el abandono de una de sus rutinas habituales: salir a correr. Un gesto cotidiano que, más allá de lo deportivo, simbolizaba una imagen de normalidad y disciplina personal.

La escolta policial asignada por el Ministerio del Interior de España mantiene, como ocurre con los servicios de protección a personalidades relevantes, información sobre sus desplazamientos y movimientos diarios. Según las informaciones difundidas, esos datos estarían siendo observados con especial atención por su entorno político ante la preocupación por su situación anímica y por las consecuencias que puedan derivarse del escenario judicial abierto.

La situación supone un contraste con la etapa posterior a su salida de la Presidencia del Gobierno, cuando Zapatero mantuvo una intensa agenda internacional y una notable presencia en asuntos políticos de América Latina, especialmente en países gobernados por dirigentes de izquierda. Durante años fue presentado por sus defensores como un referente del diálogo y la mediación internacional, mientras que sus críticos cuestionaron algunas de sus relaciones políticas y actuaciones posteriores a su mandato.

Ahora, el expresidente afronta una etapa mucho más complicada. La sombra de las investigaciones y la presión mediática han alterado la imagen pública de un político acostumbrado durante mucho tiempo a ocupar un papel protagonista. La pérdida de protagonismo, la reducción de apariciones públicas y el supuesto cambio de hábitos reflejan un momento de repliegue personal.

En el ámbito socialista, cualquier movimiento relacionado con una figura histórica como Zapatero tiene una dimensión política. Aunque ya no ocupa cargos institucionales, su influencia dentro del partido y sus conexiones internacionales han hecho que su situación sea seguida con atención. Para algunos sectores, su figura sigue siendo un activo político; para otros, se ha convertido en un elemento incómodo que puede añadir presión al Gobierno de Pedro Sánchez.

El episodio revela una paradoja: un dirigente que durante años defendió la capacidad de la política para resistir las crisis se encuentra ahora en una posición de máxima vulnerabilidad pública. El desgaste personal y político parece haber impuesto un silencio y una prudencia que contrastan con la intensa actividad que caracterizó su etapa posterior a la Moncloa.

domingo, 5 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 2


Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.


Yo: Mi general, si algo me produce hoy una mezcla de tristeza y de vergüenza es recordar cómo pensaba cuando era joven. Mi padre, que sentía una profunda admiración por usted, solía advertirme de los peligros del socialismo y del comunismo. Yo, sin embargo, creía que pertenecía a otra generación, más ilustrada y más preparada para construir un mundo mejor. Pensaba que él estaba anclado en el pasado y que yo comprendía mejor el futuro.

Durante mis años universitarios me dejé seducir por las teorías marxistas. Veía en ellas una explicación convincente de las desigualdades sociales y una promesa de justicia para los más desfavorecidos. Como tantos otros jóvenes de mi generación, admiraba la revolución cubana. Fidel Castro me parecía un dirigente valiente que había desafiado a los poderosos, y Ernesto Che Guevara representaba para mí el idealismo revolucionario. Leí algunos de sus escritos con auténtico entusiasmo.

Pero la realidad terminó imponiéndose sobre la propaganda.

En 1988 tuve la oportunidad de pasar un mes en Cuba. Viví en Marianao, un barrio popular de La Habana, lejos de los hoteles y de los recorridos preparados para los visitantes extranjeros. Allí descubrí un país muy distinto del que había imaginado. Fui detenido en dos ocasiones por la policía sin haber cometido delito alguno. Sentía que me vigilaban constantemente. Aprendí pronto que cualquier vecino podía ser un informador del régimen, un "oreja", como allí los llamaban. La desconfianza impregnaba la vida cotidiana y el miedo parecía formar parte del paisaje.

Aquella experiencia no cambió inmediatamente mis ideas, pero sembró la primera duda seria. Con el paso de los años, observando la evolución de España y de otros países occidentales, he llegado a la conclusión de que muchas de las viejas ideas marxistas no desaparecieron con la caída del comunismo soviético. Simplemente cambiaron de lenguaje y de estrategia. Hoy se presentan bajo nuevas banderas y nuevos discursos, adaptándose a los tiempos, pero conservando —al menos así lo percibo— una misma voluntad de transformar profundamente la sociedad, la cultura y las instituciones.

Mientras tanto, contemplo con preocupación el deterioro de la vida pública española. La corrupción parece haberse convertido en algo casi cotidiano; las instituciones inspiran cada vez menos confianza; el enfrentamiento político sustituye al diálogo; y muchos ciudadanos tienen la impresión de que la nación pierde poco a poco la cohesión que durante siglos la sostuvo.

Quizá la edad también influya. Uno aprende que las ideologías prometen mucho más de lo que pueden cumplir y que los grandes discursos suelen ocultar intereses muy humanos. Hoy miro hacia atrás y me pregunto cómo pude ser tan ingenuo y dejarme fascinar por un sistema que, allí donde se implantó plenamente, terminó restringiendo las libertades que decía defender.

Por eso quisiera preguntarle: si pudiera contemplar la España de nuestros días, ¿cómo interpretaría esta situación? ¿Cree que España atraviesa únicamente una crisis política pasajera o estamos ante una crisis mucho más profunda, de carácter moral y cultural? Y, sobre todo, ¿piensa que una sociedad puede recuperar el rumbo después de haber asumido durante tantos años determinadas ideas, o llega un momento en que el deterioro se vuelve prácticamente irreversible?

Franco: Veo, ante todo, que habla un hombre que ha cambiado de opinión porque ha preferido la experiencia a la propaganda. No hay vergüenza alguna en reconocer los propios errores cuando se hace con honestidad. Peor es permanecer aferrado a una mentira por orgullo.

Muchos jóvenes de su generación contemplaron el marxismo como una promesa de justicia. No fueron pocos los intelectuales, escritores y universitarios que cayeron bajo ese hechizo. Veían la pobreza y las desigualdades, pero ignoraban —o no querían ver— el precio que exigía aquella supuesta redención. La revolución siempre promete libertad; después exige obediencia. Promete igualdad; después reparte privilegios entre una nueva oligarquía. Promete el paraíso; termina levantando cárceles y censurando las conciencias.

Usted mismo comprobó en Cuba algo que muchos admiradores de aquella revolución se negaban a aceptar: que un régimen basado en la vigilancia permanente acaba convirtiendo la desconfianza en una forma de vida. Cuando el vecino puede ser un delator y el Estado penetra hasta en la intimidad del hogar, ya no existe ciudadanía, sino súbditos.

España atraviesa, a mi juicio, una crisis que no es únicamente económica ni política. Es una crisis moral. Un pueblo puede soportar años de dificultades materiales si conserva un sentido claro de su identidad, de sus deberes y de su historia. Lo verdaderamente peligroso es cuando se persuade a una nación de que debe avergonzarse de sí misma, de sus tradiciones, de su pasado y hasta de los fundamentos sobre los que levantó su convivencia.

No me corresponde juzgar cada una de las corrientes ideológicas que usted menciona. Las sociedades cambian y cada generación afronta debates distintos. Pero sí puedo afirmar un principio que considero permanente: cuando la política deja de servir al bien común y comienza a dividir deliberadamente a los ciudadanos en grupos enfrentados, el Estado deja de ser árbitro para convertirse en agitador.

La corrupción que usted denuncia tampoco surge por generación espontánea. La corrupción florece cuando desaparecen el sentido del deber, la ejemplaridad de los gobernantes y la convicción de que existen límites morales que nadie debería traspasar. Un país puede sobrevivir a una mala cosecha o a una crisis financiera; le resulta mucho más difícil sobrevivir a la corrupción sistemática de sus instituciones y de su vida pública.

¿Se sale del socialismo? La Historia demuestra que ningún sistema político es eterno. Ningún gobierno permanece indefinidamente si pierde el respaldo de la mayoría o si la realidad acaba desmintiendo sus promesas. Los españoles han cambiado de rumbo en numerosas ocasiones y volverán a hacerlo cuando estimen que otro camino ofrece mayores esperanzas.

Ahora bien, tampoco conviene creer que basta con sustituir un gobierno por otro. Las naciones no se regeneran únicamente mediante elecciones. La verdadera reconstrucción comienza en las familias, en las escuelas, en el respeto a la ley, en la cultura del esfuerzo y en la recuperación de un sentimiento de responsabilidad individual. Sin ciudadanos virtuosos, ninguna Constitución ni ningún partido pueden garantizar la prosperidad de una nación.

No sé cuál será el futuro de España. Ningún hombre puede conocerlo. Pero sí sé que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetir sus errores. Y también sé que una nación que conserva su fe en sí misma siempre posee la posibilidad de levantarse, por profunda que haya sido su caída.

España ha atravesado guerras, invasiones, pronunciamientos, revoluciones y crisis de toda clase. Sobrevivió porque existía una conciencia nacional más fuerte que las disputas del momento. Si esa conciencia desaparece, el peligro será mucho mayor que el de cualquier crisis económica. Si, por el contrario, los españoles recuperan el amor a su patria, el respeto a sus instituciones y el sentido del deber, España volverá a salir adelante, como ya hizo en otras épocas de su larga historia.

El marxismo y los intelectuales. El caso de Gabriel García Márquez

Fidel Castro y Gabriel García Márquez

La relación entre el marxismo y los intelectuales ha sido uno de los fenómenos más estudiados del siglo XX. Muchos escritores, filósofos y artistas vieron en el marxismo no solo una teoría económica, sino una promesa de justicia social, igualdad y emancipación de los pueblos pobres. Sin embargo, esa fascinación produjo con frecuencia una contradicción: algunos intelectuales mantuvieron su apoyo a regímenes que limitaban gravemente las libertades políticas y civiles.

Uno de los casos más conocidos es el de Gabriel García Márquez. Resulta llamativo que un escritor cuya obra está llena de personajes complejos, imaginación desbordante y defensa de la dignidad humana mantuviera durante décadas una estrecha amistad con Fidel Castro, a pesar de la existencia de presos políticos, censura y restricciones a la libertad de expresión en Cuba.

Las razones de esa relación fueron múltiples.

En primer lugar, García Márquez pertenecía a una generación latinoamericana profundamente marcada por las desigualdades sociales. En la década de 1950 gran parte de América Latina sufría pobreza extrema, oligarquías muy poderosas, frecuentes golpes militares y una fuerte influencia de Estados Unidos en la política regional. La revolución cubana de 1959 apareció para muchos jóvenes intelectuales como la demostración de que era posible romper ese círculo histórico.

En segundo lugar, García Márquez nunca fue un marxista dogmático al estilo soviético. Sus simpatías eran más bien antiimperialistas y favorables a las reformas sociales. Admiraba especialmente que la revolución hubiera impulsado la alfabetización, la sanidad pública y determinados programas educativos. Consideraba que esos logros compensaban, o al menos explicaban parcialmente, las limitaciones políticas del régimen, una valoración que ha sido muy discutida.

Otro elemento decisivo fue la relación personal con Fidel Castro. Ambos compartían largas conversaciones sobre historia, literatura, ciencia y política. Castro era un lector voraz y sentía verdadera admiración por la obra de García Márquez. El escritor, por su parte, quedó impresionado por la memoria, la inteligencia y la capacidad de trabajo del dirigente cubano. La amistad trascendió la política y adquirió un componente humano que se mantuvo durante más de treinta años.

Muchos críticos sostienen que esa amistad llevó al Nobel colombiano a guardar silencio sobre aspectos especialmente controvertidos del régimen cubano. Intelectuales como Mario Vargas Llosa, Octavio Paz o Jorge Edwards le reprocharon precisamente esa falta de crítica pública. Desde esa perspectiva, consideraban que un intelectual debía defender los derechos humanos con independencia del signo ideológico del gobierno.

Los defensores de García Márquez responden que utilizó su influencia para conseguir discretamente la liberación de numerosos presos políticos y facilitar la salida de algunos disidentes de Cuba. Él prefería la diplomacia silenciosa antes que la denuncia pública, convencido de que así obtenía resultados más eficaces. Aunque existen testimonios que respaldan esa mediación, ello no eliminó las críticas sobre su escasa condena pública de la represión.

¿Puede calificarse su amistad con Fidel Castro de inquebrantable? En términos generales, sí. Desde comienzos de la década de 1970 hasta la muerte de García Márquez en 2014 nunca hubo una ruptura pública entre ambos. Ni la caída del bloque soviético, ni las crisis económicas cubanas, ni las críticas internacionales consiguieron quebrar una relación que parecía sustentarse tanto en la afinidad política como en una auténtica amistad personal.

El caso de García Márquez ilustra un fenómeno más amplio: la tendencia de algunos intelectuales a juzgar con diferente severidad a los regímenes según coincidieran o no con sus ideales políticos. Ese fenómeno no fue exclusivo de la izquierda; también existieron intelectuales que justificaron dictaduras de signo contrario. La historia demuestra que la brillantez literaria o filosófica no inmuniza frente a los sesgos ideológicos ni garantiza un juicio equilibrado sobre el poder.

En definitiva, la fascinación de Gabriel García Márquez por la revolución cubana respondió a una combinación de convicciones políticas, admiración por ciertos logros sociales, un fuerte sentimiento antiimperialista y una relación personal excepcional con Fidel Castro. Esa combinación explica por qué mantuvo una lealtad que muchos consideraron admirable y otros interpretaron como una grave contradicción entre el compromiso intelectual y la defensa universal de las libertades.

Somos miles de millones a los que no nos interesa el fútbol, aunque Google nos lo meta a la fuerza

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En el imaginario colectivo parece que el fútbol es una religión global incuestionable. Estadios llenos, retransmisiones millonarias, estrellas mediáticas y una industria que mueve cifras gigantescas. Sin embargo, existe una realidad menos visible pero igualmente relevante: la mayoría de la población mundial no muestra un interés real por el fútbol o lo sigue de forma ocasional, no central en su vida.

La clave está en diferenciar entre popularidad global y afición activa. El fútbol es, efectivamente, el deporte más popular del mundo, con alrededor de 3.500 millones de seguidores estimados en alguna forma de interés o contacto según compilaciones globales de hábitos deportivos. Pero ese dato, a menudo citado, incluye desde aficionados intensos hasta personas que simplemente han visto un partido alguna vez en su vida.

Cuando se analizan encuestas más finas sobre interés activo, el panorama cambia. En países donde el fútbol es hegemónico mediáticamente, como Estados Unidos, más de dos tercios de la población declara que no seguirá competiciones como el Mundial. Es decir: incluso en el contexto de su máximo evento global, el rechazo o la indiferencia supera ampliamente al seguimiento.

Este patrón se repite en múltiples mercados: el interés por el fútbol crece en determinadas regiones, especialmente entre jóvenes y comunidades inmigrantes, pero no es mayoritario ni uniforme. En algunos estudios recientes, incluso en países con tradición futbolística consolidada, una parte significativa de la población declara un interés bajo o nulo frente a grandes competiciones internacionales.

La percepción de que "todo el mundo vive el fútbol" se explica más por visibilidad que por proporción real. El fútbol domina los medios, la publicidad y la conversación pública, pero eso no significa que represente la atención de la mayoría de los individuos del planeta en su vida cotidiana. La diferencia entre presencia cultural y preferencia personal es enorme.

Si bajamos al terreno de la vida diaria, la realidad es más plural: hay miles de millones de personas cuya atención está en la música, la familia, el trabajo, la tecnología, la política, la religión, el arte o simplemente en no consumir deporte profesional. No forman un bloque visible, no salen en estadios ni en celebraciones masivas, pero constituyen una mayoría silenciosa difícil de ignorar.

El fútbol, por tanto, no es tanto una pasión universal como una industria global altamente concentrada en audiencias intensas pero desigualmente distribuidas. Un fenómeno potente, sí, pero no omnipresente.

Quizá la verdadera idea a revisar no sea el fútbol en sí, sino la creencia de que la humanidad entera gira en torno a él. Porque fuera del ruido mediático, hay un mundo mucho más amplio —y mucho más diverso— que simplemente no lo vive como centro de su atención.

Conversaciones con Franco - Capítulo 1

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Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, es para mí un verdadero honor poder conversar con usted.

Antes de comenzar, me gustaría que estableciéramos unas sencillas normas sobre la forma en que vamos a dirigirnos el uno al otro. Estoy convencido de que usted no era la persona rígida y adusta que muchos han querido presentar. Hay un detalle que siempre me ha parecido muy revelador: he leído que, cuando se reunía con sus amigos más íntimos, solía pedirles que le contaran «el último chiste de Franco». Ese rasgo, por sí solo, dice mucho de una persona.

Y es que, con todos mis respetos, creo que a un español sin sentido del humor le falta algo esencial. Tal vez no seamos tan expansivos y festivos como nuestros hermanos hispanoamericanos, pero tampoco tan severos y metódicos como los alemanes. El humor forma parte de nuestra manera de entender la vida, incluso en los momentos más difíciles.

Por eso quisiera hacerle una propuesta.

¿Le parece bien que encabece siempre mis preguntas con un respetuoso «mi general» y que nos tratemos de usted? Le confieso que llamarle «excelencia» me resultaría excesivamente protocolario y poco acorde con los tiempos en que vivimos. En cambio, «mi general» me parece una fórmula respetuosa, cercana y, sobre todo, natural.

Si a usted le parece bien, ese será el tratamiento que emplearé a lo largo de todas nuestras conversaciones.

Franco: Le agradezco sus palabras. Son respetuosas, pero no ceremoniosas, y esa diferencia tiene su importancia. El respeto facilita el diálogo; el exceso de protocolo, en cambio, suele levantar una barrera entre las personas. Creo que ambos preferimos lo primero.

Puede llamarme «mi general». Durante buena parte de mi vida fue el tratamiento habitual, y no encuentro inconveniente alguno en que continúe empleándolo. Comprendo, además, que lo hace por cortesía y no por obligación. Eso le da un valor muy distinto.

También me parece adecuado que nos tratemos de usted. El tuteo puede expresar cercanía, pero no necesariamente respeto. He conocido hombres que insultaban tuteando y otros que discrepaban profundamente tratándose de usted con la mayor corrección. Las formas, cuando nacen de la buena educación, nunca estorban.

Ha mencionado un asunto que me ha hecho recordar muchas reuniones privadas: los chistes sobre Franco.

Es verdad que, en más de una ocasión, pregunté cuál era el último que circulaba. Algunos eran mediocres; otros estaban llenos de ingenio. Siempre he pensado que un país donde nadie se atreve a hacer un chiste sobre quien gobierna es un país que vive con miedo. Y un gobernante incapaz de sonreír ante una broma sobre sí mismo termina creyéndose más importante de lo que realmente es.

No confunda esto con la frivolidad. Jamás fui un hombre dado a las bromas continuas. Mi carácter era reservado y mi vida estuvo marcada demasiado pronto por la disciplina militar y por la guerra. Quien ha pasado muchos años entre cuarteles y campos de batalla aprende que cada decisión puede costar vidas humanas. Esa experiencia deja una huella permanente y hace que uno mida las palabras con cuidado.

Pero una cosa es la seriedad y otra muy distinta la falta de sentido del humor. A veces se ha confundido deliberadamente mi expresión seria con una ausencia total de humanidad. La realidad, como ocurre casi siempre, era bastante más compleja.

Me ha gustado también su reflexión sobre los españoles. Nuestro pueblo posee una cualidad singular: sabe reír incluso cuando las circunstancias invitan al desaliento. El humor español no siempre nace de la alegría; con frecuencia nace de la necesidad de soportar la adversidad. Quizá por eso nuestros mejores humoristas han sabido retratar las miserias humanas con tanta profundidad.

Ahora bien, permítame establecer yo también una norma para estas conversaciones.

No espere de mí respuestas destinadas a satisfacer las opiniones de nuestra época. Sería una impostura. Yo responderé como el hombre que fui, con las convicciones que tuve y con los conocimientos de que disponía entonces. Algunas de mis respuestas podrán parecerle razonables; otras le sorprenderán, e incluso habrá quienes las rechacen por completo. Es lógico. Cada generación contempla la Historia con ojos distintos.

No pretendo que el lector me absuelva ni que me condene. Mi intención será mucho más modesta: explicar. Explicar cómo veía España, qué problemas creía que tenía delante y por qué adopté unas decisiones y no otras. Después, cada lector será libre de juzgarme.

Le diré algo más.

No tema formular preguntas difíciles. Las preguntas complacientes rara vez descubren nada. Son las incómodas las que obligan a reflexionar, a matizar y, en ocasiones, a reconocer que la realidad fue bastante más compleja de lo que suele presentarse.

Le responderé siempre con la mayor sinceridad de que sea capaz. No porque espere convencerle, sino porque una conversación solo merece ese nombre cuando ambas partes hablan con franqueza.

Así pues, mi general ya está dicho; el tratamiento de usted queda acordado; y las reglas de nuestro diálogo han quedado establecidas.

Ahora sí.

Pregunte cuanto desee. No habrá cuestiones prohibidas. Solo le pediré una cosa: que busque siempre la verdad con el mismo empeño con que otros buscan confirmar sus propias ideas.

Yo: Mi general, hasta los veinte años yo no era ni franquista ni antifranquista. Sencillamente, no entendía nada de política. Mi difunto padre, en cambio, era franquista de corazón, aunque nunca de camisa. Solía decirme una frase que jamás he olvidado: «Camisa, la de uno; remendada, si hace falta, pero siempre limpita».

Con el paso de los años he comprendido que aquella sentencia encerraba mucho más que una ocurrencia. Mi padre desconfiaba de los uniformes políticos y de quienes necesitaban exhibir constantemente su adhesión a una causa.

A usted le tocó gobernar rodeado de camisas, de sotanas y de corrientes muy distintas dentro del propio catolicismo, además de otros grupos e intereses que pretendían influir en el rumbo de España.

Hoy, en cambio, vivimos inmersos en otro tipo de uniformidad. Estamos rodeados de ideologías, consignas, modas y expresiones que cambian con una rapidez vertiginosa y que, le confieso, muchas veces me desconciertan.

Por eso quisiera hacerle una primera pregunta de fondo.

¿Hasta qué punto cree usted que un gobernante debe apoyarse en las ideologías y en los grupos que lo sostienen, y hasta qué punto debe mantener la independencia necesaria para gobernar pensando únicamente en el interés de la nación?

Franco: Su padre era, por lo que me cuenta, un hombre de sentido común. Y el sentido común, aunque no figure en los programas políticos, suele ser una virtud mucho más escasa de lo que parece.

Esa frase que le repetía —«Camisa, la de uno; remendada, si hace falta, pero siempre limpita»— encierra una filosofía de vida. Viene a decir que la dignidad de un hombre no depende del uniforme que vista, sino de su conducta. Le confesaré que siempre he desconfiado de quienes hacen demasiado alarde de sus credenciales políticas. A menudo, cuanto más ruido hace una persona proclamando su fidelidad, menos firme suele ser cuando llegan las dificultades.

Usted ha mencionado las camisas y las sotanas. Ambas tuvieron su importancia en la España que me tocó gobernar, aunque quizá desde fuera se imagine una realidad mucho más uniforme de lo que fue.

La Falange tenía su manera de entender España. Los tradicionalistas tenían otra. Los monárquicos defendían planteamientos distintos. Los militares tampoco pensábamos todos igual. Y dentro de la propia Iglesia existían sensibilidades muy diversas. Quien crea que todos caminaban al mismo paso y en la misma dirección desconoce por completo aquella época.

Gobernar consistía, muchas veces, en evitar que unos intentaran imponerse completamente sobre los otros.

Un gobernante debe escuchar a todos los grupos que contribuyen a sostener un país. Sería una imprudencia ignorarlos. Pero escuchar no significa obedecer. El día en que quien gobierna deja de servir al conjunto de la nación para convertirse en portavoz de una sola facción, deja de ser gobernante y pasa a ser jefe de partido.

Yo nunca quise ser un jefe de partido.

Comprendo que haya quienes discutan esa afirmación, pero permítame explicarla. Los partidos, por su propia naturaleza, representan una parte de la sociedad. El Estado, en cambio, debe representar a todos, incluso a quienes discrepan de él. Esa diferencia me pareció siempre fundamental.

Naturalmente, un gobernante nunca es completamente independiente. Todos dependemos de las circunstancias, de las personas que nos rodean y de las limitaciones del momento histórico. La independencia absoluta no existe. Lo importante es conservar suficiente libertad de criterio para que las decisiones no las dicten quienes más gritan ni quienes poseen mayor capacidad de presión.

Ha dicho usted que hoy vive desconcertado por la cantidad de ideologías, consignas y modas que aparecen y desaparecen con extraordinaria rapidez.

No me sorprende.

Cada época tiene sus propias palabras de moda. En unos tiempos se hablaba sin cesar de revolución, de lucha de clases o de imperialismo. En otros, de progreso, de globalización, de memoria, de identidad o de cualquier otro concepto elevado casi a la categoría de dogma. Cambian las palabras, pero el mecanismo suele ser el mismo: muchas personas terminan aceptando determinadas ideas no porque las hayan reflexionado, sino porque temen quedarse solas si discrepan.

Eso es lo que siempre me ha preocupado de las ideologías cuando dejan de ser un instrumento para comprender la realidad y se convierten en una obligación moral. En ese momento ya no invitan a pensar; exigen obedecer.

España ha padecido demasiadas veces esa enfermedad.

Unos pretendían dividir a los españoles entre buenos y malos según su clase social. Otros, según sus creencias religiosas. Más tarde aparecieron nuevas divisiones basadas en la lengua, en el territorio o en la identidad. Siempre cambia el criterio, pero el resultado es parecido: se invita a los ciudadanos a verse antes como miembros de un grupo que como compatriotas.

Y una nación no puede sostenerse mucho tiempo si cada grupo comienza a considerarse más importante que el conjunto.

Por eso responderé con sencillez a su pregunta.

Las ideologías pueden orientar; nunca deberían encadenar. Los grupos sociales pueden aconsejar; nunca deberían gobernar desde la sombra. Y quien ocupa la responsabilidad de dirigir un país tiene la obligación de escuchar a todos, pero el deber de decidir por sí mismo.

Si pierde esa libertad, deja de gobernar para la nación y empieza a gobernar para quienes le sostienen en el poder.

Y ese es un camino peligroso, porque los intereses de un grupo casi nunca coinciden por completo con los intereses permanentes de un país.

Créame: las modas pasan, las consignas cambian y las ideologías evolucionan. Lo que permanece es la nación. Un gobernante prudente no debería olvidarlo nunca.