En la mitología romántica del escritor, la noche aparece como territorio fértil: silencio, concentración, una suerte de tregua frente al ruido del mundo. Pero para algunos autores, la vigilia no fue una elección estética, sino una condena persistente. El insomnio —ese enemigo invisible que disuelve la frontera entre el pensamiento y la obsesión— dejó huella en páginas memorables de la literatura.
Franz Kafka
El caso paradigmático es el de Franz Kafka. Funcionario de día, escritor de noche, Kafka convirtió sus horas de insomnio en un laboratorio de angustia. Dormía poco, mal, y a deshoras. Su correspondencia revela una lucha constante contra la imposibilidad de conciliar el sueño, como si la vigilia fuese el precio de su lucidez. No es casual que en "La metamorfosis" o "El proceso" la realidad aparezca deformada, opresiva, casi onírica: son textos nacidos en la frontera incierta entre el cansancio y la hiperconciencia.
También Marcel Proust hizo del insomnio un método involuntario. Recluido en una habitación forrada de corcho para aislarse del ruido, escribía de noche, impulsado tanto por su frágil salud como por su incapacidad para dormir. En "En busca del tiempo perdido", el recuerdo se convierte en materia literaria precisamente porque el descanso no llega: la memoria ocupa el lugar del sueño.
Más extremo fue el caso de Emil Cioran, quien no solo padeció insomnio crónico, sino que lo convirtió en eje de su pensamiento. En "En las cimas de la desesperación", escrito en una racha de noches en vela, el autor describe la lucidez como una enfermedad. Para Cioran, no dormir no era una anécdota, sino una forma radical de existencia: "el insomnio es una lucidez vertiginosa que puede convertir el paraíso en un lugar de tortura".
En la tradición anglosajona, Virginia Woolf sufrió alteraciones del sueño ligadas a sus crisis nerviosas. Sus diarios registran noches interminables, marcadas por una actividad mental incesante. En "La señora Dalloway" o "Al faro", el flujo de conciencia parece imitar ese estado de vigilia prolongada, donde el pensamiento no encuentra reposo.
Y no puede olvidarse a Fiódor Dostoievski, aquejado de insomnio intermitente agravado por la epilepsia y las deudas. Escribía bajo presión, de noche, en un estado cercano a la extenuación. En "Crimen y castigo" o "Los hermanos Karamázov", la tensión psicológica y moral parece alimentarse de esa falta de descanso, como si el sueño ausente intensificara el conflicto interior.
El insomnio, lejos de ser un simple trastorno, aparece en estos autores como una condición límite: una puerta abierta a la creatividad, sí, pero también al desgaste y a la desesperación. La literatura gana páginas memorables; el escritor, en cambio, paga el precio en horas robadas al descanso. Porque si la noche inspira, también devora.
Juan Julio Alfaya
jueves, 23 de abril de 2026
El insomnio dejó huella en páginas memorables de la literatura
miércoles, 22 de abril de 2026
Los españoles primero: ¿a quién debe servir prioritariamente el sistema que sostienen, con su esfuerzo, los ciudadanos?
Hay frases que incomodan no por su contenido, sino por lo que revelan del momento que vivimos. "Los españoles primero" es una de ellas. Se la tacha con ligereza de excluyente, cuando en realidad apunta a una pregunta elemental en cualquier Estado social: ¿a quién debe servir prioritariamente el sistema que sostienen, con su esfuerzo, los ciudadanos?
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España no es una abstracción. Es una comunidad política articulada en torno a derechos y deberes compartidos. Durante décadas, la clase media trabajadora —la que madruga, cotiza y paga impuestos sin atajos— ha sido el pilar de ese contrato. Sin embargo, la percepción creciente es que ese equilibrio se ha erosionado: servicios más tensionados, ayudas más dispersas, burocracias más opacas y una sensación, difícil de negar, de que el retorno de lo aportado es cada vez menor y de peor calidad.
Defender la prioridad de los españoles en el acceso a determinados recursos no es negar la dignidad de nadie. Es reconocer una realidad básica: los sistemas de bienestar tienen límites. La sanidad, la educación, las becas, la vivienda o las ayudas sociales no son infinitas. Cuando la demanda supera a la oferta, el criterio de asignación se convierte en una cuestión política de primer orden. Y ahí es donde surge la legítima expectativa de quienes sostienen el sistema de que su contribución tenga un reconocimiento preferente.
No se trata de levantar muros ni de alimentar agravios, sino de ordenar prioridades con transparencia. La prioridad nacional no es un portazo, sino un marco de reglas claras: primero, asegurar que los ciudadanos que han contribuido de forma sostenida tengan garantizado el acceso a servicios de calidad; segundo, integrar a quienes llegan con obligaciones y derechos definidos, evitando agravios comparativos; tercero, blindar la sostenibilidad del sistema para que no dependa de parches coyunturales.
Porque el problema no es solo de justicia distributiva; es también de cohesión social. Cuando una parte significativa de la población percibe que el sistema no responde, la confianza se resquebraja. Y sin confianza, no hay Estado del bienestar que resista. La igualdad ante la ley y la equidad en el reparto de recursos no pueden convertirse en consignas vacías mientras se multiplican los cuellos de botella y las listas de espera.
Recuperar la dignidad de la clase media trabajadora exige algo más que discursos. Implica priorizar la eficiencia del gasto, combatir el fraude, simplificar la burocracia y medir con rigor el impacto de cada política pública. Implica, también, decir con claridad que el esfuerzo cuenta y que el cumplimiento de las normas tiene consecuencias positivas. No como un privilegio, sino como una garantía de justicia.
España ha sido históricamente un país abierto y solidario. Lo seguirá siendo si preserva el equilibrio entre apertura y responsabilidad. La solidaridad sin orden se convierte en arbitrariedad; el orden sin solidaridad, en dureza estéril. Entre ambos extremos, la prioridad nacional aparece como un principio de sentido común: proteger primero a quienes sostienen el sistema para poder seguir ayudando a los demás.
En tiempos de incertidumbre, conviene volver a lo esencial. Un Estado que cuida a los suyos con eficacia no excluye: se fortalece. Y al fortalecerse, está en mejores condiciones de integrar, de ofrecer oportunidades y de mantener la cohesión que hace posible la convivencia. "Los españoles primero", en ese marco, no es una consigna de cierre, sino una invitación a reconstruir un contrato social que hoy demasiados sienten resquebrajado.
La pedagogía de la liberación frente a la trampa del poder
Por algo sigue incomodando Paulo Freire. Su obra Pedagogía del oprimido no es un tratado amable ni una receta pedagógica neutra: es, ante todo, una denuncia moral y una propuesta política. Freire no escribe desde la torre de marfil, sino desde la convicción de que toda educación es, inevitablemente, un acto de poder. Y por eso mismo, una oportunidad de liberación o un instrumento de dominio.
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En el centro de su pensamiento se encuentra la contradicción entre opresores y oprimidos. No es una abstracción ideológica, sino una realidad tangible que atraviesa sociedades enteras. El opresor, advierte Freire, no solo domina mediante estructuras económicas o políticas, sino que inocula una visión del mundo que justifica su superioridad. El poder no se limita a someter; también persuade, modela conciencias, establece lo que parece natural e inevitable. De ahí que la opresión más eficaz sea la que no se percibe como tal.
Pero la clave de su análisis no reside únicamente en el opresor. Freire dirige su mirada, con igual crudeza, hacia el oprimido. Porque la opresión no solo se sufre: también se interioriza. El oprimido, en muchos casos, aspira a convertirse en opresor, reproduce los esquemas de dominación y asume como propios los valores de quien le somete. Es la tragedia silenciosa de la alienación: luchar por cambiar de lugar en la jerarquía, sin cuestionar la jerarquía misma.
De ahí que la superación de esta contradicción no pueda reducirse a una mera inversión de papeles. No se trata de que los oprimidos ocupen el lugar de los opresores, sino de transformar radicalmente la relación. Freire propone una pedagogía de la conciencia crítica, una educación que despierte, que interrogue, que rompa la pasividad. Solo así puede surgir un sujeto capaz de actuar sobre su realidad y no limitarse a padecerla.
En este punto emerge una de sus afirmaciones más citadas —y, a menudo, más malinterpretadas—: «Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión». No hay redención individual ni mesianismos providenciales. La libertad no se concede ni se conquista en soledad; se construye colectivamente, en diálogo, en reconocimiento mutuo. Es una tarea compartida que exige responsabilidad y compromiso.
Sin embargo, la propuesta freiriana encierra también un riesgo que conviene no ignorar. Cuando toda realidad se interpreta en clave de opresión, existe la tentación de simplificar el mundo en bandos irreconciliables. Y en ese terreno, la pedagogía puede deslizarse hacia el adoctrinamiento, sustituyendo una forma de dominación por otra más sutil. La educación, para ser verdaderamente liberadora, debe preservar un espacio para la duda, la discrepancia y la libertad individual.
Freire sigue siendo actual porque obliga a plantear preguntas incómodas: ¿educamos para pensar o para obedecer? ¿formamos ciudadanos libres o replicamos esquemas de poder? En tiempos donde el lenguaje de la emancipación convive con nuevas formas de control, su advertencia resuena con fuerza.
La contradicción entre opresores y oprimidos no desaparece por decreto. Solo puede superarse cuando quienes la habitan son capaces de reconocerse como sujetos de su propia historia. Y eso —como bien sabía Freire— no se enseña desde arriba: se construye, necesariamente, en común.
martes, 21 de abril de 2026
Apoteosis venezolana en Madrid
Madrid vivió este fin de semana una de esas jornadas que trascienden lo político para instalarse en el terreno de lo simbólico. La visita de María Corina Machado a la capital española se convirtió en una demostración de fuerza cívica, en un clamor colectivo por la libertad que desbordó calles, plazas y previsiones.
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La dirigente venezolana, convertida en referencia indiscutible de la oposición al régimen de Nicolás Maduro, fue recibida con honores por distintas autoridades españolas. En un gesto que no pasó desapercibido, representantes institucionales y figuras políticas de primer nivel quisieron escenificar su respaldo a la causa democrática venezolana, subrayando la estrecha relación histórica, cultural y humana entre ambos países.
Pero fue en la calle donde se produjo la verdadera apoteosis. Miles de venezolanos residentes en España —muchos de ellos exiliados forzosos— tomaron el centro de Madrid para exigir el fin de la dictadura y reclamar elecciones libres en su país. Banderas tricolores, consignas de libertad y lágrimas contenidas marcaron una movilización cargada de emoción, pero también de determinación.
"¡Venezuela será libre!", coreaban al unísono familias enteras, jóvenes y mayores, en una imagen que evocaba tanto el dolor del destierro como la esperanza de un regreso. La presencia de Machado actuó como catalizador de un sentimiento largamente acumulado: la necesidad de ser escuchados, de no resignarse, de mantener viva la llama de la democracia frente a la represión.
España, que alberga a una de las mayores comunidades venezolanas en Europa, se convirtió así en altavoz de una causa que trasciende fronteras. La visita de Machado no fue solo un acto político, sino un recordatorio de que la lucha por la libertad sigue teniendo eco en el corazón de Europa.
"No estoy loco, estoy cansado": un campeón cubano responde tras su protesta en La Habana
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Javier Martín Gutiérrez |
El campeón cubano de artes marciales mixtas Javier Martín Gutiérrez, conocido como Spiderman, ha alzado la voz tras varios días de protesta pacífica en La Habana. "No estoy loco, estoy cansado", declaró este domingo en respuesta a quienes han tratado de desacreditar su acción tildándolo de desequilibrado o drogadicto.
Gutiérrez, titular de la Cuban Fighting League (CFL) en la categoría de 135 libras, permaneció durante cuatro jornadas en solitario como gesto de denuncia ante la situación que atraviesa Cuba. Su protesta, lejos de ser un acto aislado, se enmarca en un clima creciente de malestar social que se extiende por toda la isla.
Según datos recientes, el 96,91% de la población carece de acceso adecuado a servicios básicos, una cifra que refleja con crudeza el deterioro de las condiciones de vida.
La escasez de alimentos, la inflación descontrolada y los continuos apagones han agravado una crisis que muchos ciudadanos ya comparan —y en ocasiones consideran peor— que el llamado Período Especial de los años noventa.
En este contexto, la figura de "Spiderman" ha adquirido un carácter simbólico. No solo por su condición de deportista de élite, sino por su decisión de exponerse públicamente en un país donde la protesta sigue teniendo un alto coste personal. Su mensaje, breve pero contundente, resume el sentir de una parte creciente de la sociedad cubana: no se trata de locura, sino de agotamiento.
Mientras tanto, las autoridades no han emitido una respuesta clara sobre este episodio, en un momento en el que las tensiones internas continúan en aumento y la incertidumbre se instala como una constante en la vida cotidiana de millones de cubanos.
lunes, 20 de abril de 2026
Los apoyos internacionales del chavismo
El chavismo no se explica solo desde Caracas. Desde su irrupción con Hugo Chávez y su prolongación bajo Nicolás Maduro, el régimen bolivariano ha tejido una red de respaldos exteriores que, aunque menguante, sigue siendo clave para su supervivencia política y económica.
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En sus años de expansión, el chavismo encontró en América Latina un terreno fértil. Gobiernos ideológicamente afines se alinearon bajo la bandera del llamado socialismo del siglo XXI. Cuba se convirtió en el aliado imprescindible: petróleo venezolano a cambio de inteligencia, médicos y asesoramiento político. A su estela, Bolivia de Evo Morales, Nicaragua de Daniel Ortega y el Ecuador de Rafael Correa reforzaron un eje político articulado en torno a la ALBA, concebida como alternativa a la influencia de Washington en la región.
Sin embargo, el declive económico venezolano y los cambios de ciclo político en el continente fueron erosionando ese bloque. Donde antes hubo entusiasmo ideológico, hoy predomina el silencio o la distancia calculada. El chavismo, lejos de desaparecer, ha mutado: de proyecto expansivo a régimen que resiste.
En ese tránsito, el sostén exterior ha virado hacia potencias extrarregionales. Rusia ha ofrecido respaldo militar y diplomático; China, financiación multimillonaria garantizada con petróleo; Irán, cooperación energética en medio de sanciones; y Turquía, nuevas vías comerciales en sectores sensibles como el oro. No se trata tanto de afinidad ideológica como de intereses convergentes: abrir grietas en el orden internacional dominado por Occidente y aprovechar los recursos venezolanos.
A ello se suma una red difusa de simpatías políticas en Europa y otros espacios, donde ciertos sectores han visto en el chavismo —al menos en su fase inicial— un experimento de resistencia frente al liberalismo económico. Hoy, esas voces son más cautas, pero siguen denunciando las sanciones internacionales como factor agravante de la crisis venezolana.
El resultado es un equilibrio precario. El chavismo ya no lidera un bloque regional ni exporta revolución, pero tampoco está aislado. Sobrevive gracias a alianzas pragmáticas, a menudo incómodas, que le permiten sortear el cerco internacional y prolongar su permanencia en el poder.
Porque, en política internacional, los principios cuentan; pero los intereses deciden.
Adiós, Yolanda
La vicepresidenta segunda del Gobierno y líder de Sumar, Yolanda Díaz, ha decidido no continuar como diputada una vez finalice la actual legislatura, según fuentes de su entorno político. La dirigente gallega, una de las figuras más influyentes del espacio a la izquierda del PSOE en los últimos años, pondrá así fin a su etapa en el Congreso de los Diputados tras un ciclo marcado por la fragmentación de su proyecto y el desgaste institucional.
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La decisión, que se venía madurando desde hace meses, responde tanto a razones personales como políticas. Díaz, que irrumpió con fuerza como ministra de Trabajo durante la pandemia y logró capitalizar el impulso de su gestión, ha visto cómo su liderazgo se erosionaba progresivamente ante las tensiones internas de Sumar y la pérdida de apoyo electoral.
En su entorno reconocen que la vicepresidenta es consciente de la dificultad de recomponer el espacio político que aspiraba a aglutinar bajo una misma plataforma a las distintas sensibilidades de la izquierda alternativa. Las discrepancias con antiguos aliados, sumadas a los resultados en las últimas citas electorales, han acelerado un repliegue que ahora se traduce en una retirada ordenada de la primera línea parlamentaria.
No obstante, Díaz no abandona la política por completo. Fuentes próximas apuntan a que mantendrá un papel activo en el ámbito orgánico y en la reflexión estratégica del proyecto progresista, aunque lejos del foco mediático y de la presión diaria de la Cámara Baja.
Su salida abre, además, un nuevo escenario en Sumar, donde se intensifica el debate sobre el relevo generacional y la redefinición de su rumbo. Sin una figura de consenso clara, el espacio encara una etapa de incertidumbre en la que se dirime su propia supervivencia.
Con este movimiento, Yolanda Díaz cierra una etapa que comenzó con expectativas de renovación y termina con un balance más complejo, marcado por logros en la gestión pero también por las dificultades inherentes a liderar un espacio político fragmentado. El final de la legislatura será, así, también el epílogo de una de las trayectorias más singulares de la política reciente española.
domingo, 19 de abril de 2026
Desplazar el foco
Pedro Sánchez vuelve a recurrir a un viejo recurso de la política contemporánea: desplazar el foco. En medio de las crecientes informaciones sobre presuntos casos de corrupción que afectan a su entorno político, el presidente del Gobierno ha optado por elevar el tono en materia migratoria, situando este asunto en el centro del debate público.
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No es una estrategia nueva. A lo largo de la historia reciente, gobiernos de distinto signo han utilizado cuestiones sensibles para cohesionar a su electorado o desviar la atención de crisis internas. En este caso, Pedro Sánchez parece apostar por una narrativa que le permita presentarse como garante del orden y la estabilidad frente a un fenómeno complejo que preocupa a buena parte de la ciudadanía.
El problema es que este giro no se produce en el vacío. Coincide con un momento delicado para el Ejecutivo, marcado por investigaciones judiciales, filtraciones comprometedoras y un desgaste político evidente. La oposición no ha tardado en señalar lo que considera una maniobra de distracción, acusando al Gobierno de instrumentalizar un asunto de enorme sensibilidad social.
La inmigración, sin embargo, merece algo más que ser utilizada como cortina de humo. España, como frontera sur de Europa, enfrenta retos estructurales que exigen políticas serias, sostenidas y alejadas del oportunismo. Convertir este fenómeno en arma arrojadiza no solo empobrece el debate, sino que dificulta la búsqueda de soluciones reales.
Al final, la cuestión de fondo sigue intacta: si hay o no responsabilidades políticas derivadas de los casos de corrupción que salpican al entorno del poder. Por mucho que se agite una bandera u otra, los hechos terminan imponiéndose. Y la ciudadanía, cada vez más atenta, distingue entre gestión y estrategia.
El terror rojo en el hospital de enfermos mentales de Ciempozuelos (1936)
En la España convulsa de 1936, donde el odio ideológico se impuso con frecuencia a la razón, pocos episodios resultan tan sobrecogedores como el vivido en el hospital psiquiátrico de Ciempozuelos. Aquel recinto, dedicado a la atención de los enfermos mentales más desamparados, se convirtió en escenario de uno de los capítulos más oscuros de la persecución religiosa durante la Guerra Civil.
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La institución estaba regida por los Hermanos de San Juan de Dios, una orden hospitalaria con larga tradición en el cuidado de los marginados. Tras los estragos de la Desamortización española, que desmanteló buena parte del entramado asistencial de la Iglesia, la congregación fue refundada con renovado impulso en el siglo XIX. Su figura clave fue Benito Menni, quien llegó a Madrid en 1870 desde Barcelona acompañado de apenas cuatro hermanos. No eran hombres de letras ni de prestigio social: eran, en su mayoría, humildes zapateros, sostenidos por una fe firme y una vocación de servicio inquebrantable.
En Ciempozuelos levantaron mucho más que un hospital. Construyeron una pequeña ciudad sanitaria de unas 60 hectáreas, con talleres, explotaciones agrícolas y recursos terapéuticos avanzados para la época. Allí se atendía a más de 1.100 pacientes con un equipo de 16 médicos, en una labor que hoy llamaríamos integral: cuerpo, mente y dignidad.
Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil Española alteró radicalmente aquel equilibrio. En los primeros compases del conflicto, el hospital quedó en zona republicana, y pronto se vio envuelto en un clima de creciente hostilidad hacia todo lo religioso. Los hermanos, identificados no como sanitarios sino como representantes de la Iglesia, pasaron a ser objetivo de sospecha y, finalmente, de violencia.
A pesar del peligro, muchos de ellos se negaron a abandonar a los enfermos. Permanecieron en sus puestos, atendiendo a pacientes que, en muchos casos, no podían valerse por sí mismos ni comprender el caos que los rodeaba. Aquella fidelidad tendría un precio altísimo.
Las milicias irrumpieron en el recinto. Hubo detenciones, humillaciones y asesinatos. Algunos religiosos fueron sacados del hospital y ejecutados sin juicio; otros murieron dentro del propio complejo. El terror no solo afectó a la comunidad religiosa: el funcionamiento del centro quedó gravemente alterado, con consecuencias dramáticas para los enfermos, privados de cuidados en medio de la violencia.
Este episodio se inscribe en el marco más amplio de la persecución religiosa en la zona republicana, donde miles de sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados por su fe. Pero lo ocurrido en Ciempozuelos añade un matiz especialmente trágico: no se trataba de hombres dedicados a la predicación o la política, sino a la atención de quienes la sociedad había relegado al olvido.
Con el paso del tiempo, la memoria de aquellos hechos ha quedado difuminada entre interpretaciones enfrentadas de la Guerra Civil. Sin embargo, la historia del hospital de Ciempozuelos permanece como recordatorio de hasta qué punto la violencia ideológica puede arrasar incluso los espacios consagrados al cuidado y la compasión.
sábado, 18 de abril de 2026
Miles de venezolanos aclaman a María Corina Machado en la Puerta del Sol
La Puerta del Sol volvió a ser, por unas horas, algo más que el kilómetro cero de España: fue el epicentro emocional de una nación herida que no se resigna. Miles de venezolanos —y no pocos españoles— se congregaron para aclamar a María Corina Machado, convertida hoy en símbolo de resistencia frente a un régimen que ha hecho de la arbitrariedad su norma y de la pobreza su legado.
Miles de venezolanos en la Puerta del Sol.
No era un acto cualquiera. Había en el ambiente una mezcla de nostalgia, dignidad y determinación. La diáspora venezolana, dispersa por medio mundo, encontró en Madrid un punto de encuentro y, sobre todo, una voz. La de una mujer que ha decidido plantar cara sin ambages al poder establecido en Caracas.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quiso subrayar el significado político y moral del momento al afirmar que se trataba del día “más feliz” desde que accedió al cargo. No era una frase menor ni fruto del entusiasmo pasajero. Era, en realidad, la constatación de que la causa de la libertad —cuando es auténtica— trasciende fronteras y colores políticos.
Machado no es solo una líder opositora. Para muchos venezolanos es la encarnación de una esperanza que se resiste a morir. En un país donde las instituciones han sido desmanteladas pieza a pieza, su figura emerge como alternativa real, aunque incómoda para quienes prefieren contemporizar con el poder antes que enfrentarlo.
En España, el acto también dejó al descubierto una fractura ideológica evidente. Mientras unos ven en Machado la legitimidad democrática que el chavismo ha erosionado durante años, otros optan por el silencio o por equilibrios difíciles de sostener. No es un debate nuevo, pero sí cada vez más nítido.
Conviene, sin embargo, no caer en simplificaciones fáciles. La política internacional rara vez admite blancos y negros absolutos. Pero tampoco puede ignorarse que hay momentos en los que la neutralidad se convierte, de facto, en una forma de complicidad.
Lo vivido en la Puerta del Sol fue, en esencia, un recordatorio: las naciones no solo se construyen con instituciones, sino con ciudadanos dispuestos a defenderlas. Y ayer, en Madrid, miles de venezolanos demostraron que, pese a la distancia, su país sigue muy vivo.
