Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.
Yo: Mi general, si algo me produce hoy una mezcla de tristeza y de vergüenza es recordar cómo pensaba cuando era joven. Mi padre, que sentía una profunda admiración por usted, solía advertirme de los peligros del socialismo y del comunismo. Yo, sin embargo, creía que pertenecía a otra generación, más ilustrada y más preparada para construir un mundo mejor. Pensaba que él estaba anclado en el pasado y que yo comprendía mejor el futuro.
Durante mis años universitarios me dejé seducir por las teorías marxistas. Veía en ellas una explicación convincente de las desigualdades sociales y una promesa de justicia para los más desfavorecidos. Como tantos otros jóvenes de mi generación, admiraba la revolución cubana. Fidel Castro me parecía un dirigente valiente que había desafiado a los poderosos, y Ernesto Che Guevara representaba para mí el idealismo revolucionario. Leí algunos de sus escritos con auténtico entusiasmo.
Pero la realidad terminó imponiéndose sobre la propaganda.
En 1988 tuve la oportunidad de pasar un mes en Cuba. Viví en Marianao, un barrio popular de La Habana, lejos de los hoteles y de los recorridos preparados para los visitantes extranjeros. Allí descubrí un país muy distinto del que había imaginado. Fui detenido en dos ocasiones por la policía sin haber cometido delito alguno. Sentía que me vigilaban constantemente. Aprendí pronto que cualquier vecino podía ser un informador del régimen, un "oreja", como allí los llamaban. La desconfianza impregnaba la vida cotidiana y el miedo parecía formar parte del paisaje.
Aquella experiencia no cambió inmediatamente mis ideas, pero sembró la primera duda seria. Con el paso de los años, observando la evolución de España y de otros países occidentales, he llegado a la conclusión de que muchas de las viejas ideas marxistas no desaparecieron con la caída del comunismo soviético. Simplemente cambiaron de lenguaje y de estrategia. Hoy se presentan bajo nuevas banderas y nuevos discursos, adaptándose a los tiempos, pero conservando —al menos así lo percibo— una misma voluntad de transformar profundamente la sociedad, la cultura y las instituciones.
Mientras tanto, contemplo con preocupación el deterioro de la vida pública española. La corrupción parece haberse convertido en algo casi cotidiano; las instituciones inspiran cada vez menos confianza; el enfrentamiento político sustituye al diálogo; y muchos ciudadanos tienen la impresión de que la nación pierde poco a poco la cohesión que durante siglos la sostuvo.
Quizá la edad también influya. Uno aprende que las ideologías prometen mucho más de lo que pueden cumplir y que los grandes discursos suelen ocultar intereses muy humanos. Hoy miro hacia atrás y me pregunto cómo pude ser tan ingenuo y dejarme fascinar por un sistema que, allí donde se implantó plenamente, terminó restringiendo las libertades que decía defender.
Por eso quisiera preguntarle: si pudiera contemplar la España de nuestros días, ¿cómo interpretaría esta situación? ¿Cree que España atraviesa únicamente una crisis política pasajera o estamos ante una crisis mucho más profunda, de carácter moral y cultural? Y, sobre todo, ¿piensa que una sociedad puede recuperar el rumbo después de haber asumido durante tantos años determinadas ideas, o llega un momento en que el deterioro se vuelve prácticamente irreversible?
Franco: Veo, ante todo, que habla un hombre que ha cambiado de opinión porque ha preferido la experiencia a la propaganda. No hay vergüenza alguna en reconocer los propios errores cuando se hace con honestidad. Peor es permanecer aferrado a una mentira por orgullo.
Muchos jóvenes de su generación contemplaron el marxismo como una promesa de justicia. No fueron pocos los intelectuales, escritores y universitarios que cayeron bajo ese hechizo. Veían la pobreza y las desigualdades, pero ignoraban —o no querían ver— el precio que exigía aquella supuesta redención. La revolución siempre promete libertad; después exige obediencia. Promete igualdad; después reparte privilegios entre una nueva oligarquía. Promete el paraíso; termina levantando cárceles y censurando las conciencias.
Usted mismo comprobó en Cuba algo que muchos admiradores de aquella revolución se negaban a aceptar: que un régimen basado en la vigilancia permanente acaba convirtiendo la desconfianza en una forma de vida. Cuando el vecino puede ser un delator y el Estado penetra hasta en la intimidad del hogar, ya no existe ciudadanía, sino súbditos.
España atraviesa, a mi juicio, una crisis que no es únicamente económica ni política. Es una crisis moral. Un pueblo puede soportar años de dificultades materiales si conserva un sentido claro de su identidad, de sus deberes y de su historia. Lo verdaderamente peligroso es cuando se persuade a una nación de que debe avergonzarse de sí misma, de sus tradiciones, de su pasado y hasta de los fundamentos sobre los que levantó su convivencia.
No me corresponde juzgar cada una de las corrientes ideológicas que usted menciona. Las sociedades cambian y cada generación afronta debates distintos. Pero sí puedo afirmar un principio que considero permanente: cuando la política deja de servir al bien común y comienza a dividir deliberadamente a los ciudadanos en grupos enfrentados, el Estado deja de ser árbitro para convertirse en agitador.
La corrupción que usted denuncia tampoco surge por generación espontánea. La corrupción florece cuando desaparecen el sentido del deber, la ejemplaridad de los gobernantes y la convicción de que existen límites morales que nadie debería traspasar. Un país puede sobrevivir a una mala cosecha o a una crisis financiera; le resulta mucho más difícil sobrevivir a la corrupción sistemática de sus instituciones y de su vida pública.
¿Se sale del socialismo? La Historia demuestra que ningún sistema político es eterno. Ningún gobierno permanece indefinidamente si pierde el respaldo de la mayoría o si la realidad acaba desmintiendo sus promesas. Los españoles han cambiado de rumbo en numerosas ocasiones y volverán a hacerlo cuando estimen que otro camino ofrece mayores esperanzas.
Ahora bien, tampoco conviene creer que basta con sustituir un gobierno por otro. Las naciones no se regeneran únicamente mediante elecciones. La verdadera reconstrucción comienza en las familias, en las escuelas, en el respeto a la ley, en la cultura del esfuerzo y en la recuperación de un sentimiento de responsabilidad individual. Sin ciudadanos virtuosos, ninguna Constitución ni ningún partido pueden garantizar la prosperidad de una nación.
No sé cuál será el futuro de España. Ningún hombre puede conocerlo. Pero sí sé que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetir sus errores. Y también sé que una nación que conserva su fe en sí misma siempre posee la posibilidad de levantarse, por profunda que haya sido su caída.
España ha atravesado guerras, invasiones, pronunciamientos, revoluciones y crisis de toda clase. Sobrevivió porque existía una conciencia nacional más fuerte que las disputas del momento. Si esa conciencia desaparece, el peligro será mucho mayor que el de cualquier crisis económica. Si, por el contrario, los españoles recuperan el amor a su patria, el respeto a sus instituciones y el sentido del deber, España volverá a salir adelante, como ya hizo en otras épocas de su larga historia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario