viernes, 10 de julio de 2026

Conversaciones con Franco – Capítulo 6

Benito Mussolini
Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.

Yo: Mi general, sus enemigos califican de fascista el régimen que usted presidió desde el final de la Guerra Civil hasta su muerte, en 1975. Los historiadores que sostienen esa tesis recuerdan que el franquismo nació de una sublevación militar apoyada por la Italia fascista y la Alemania nazi, y que Falange Española proporcionó buena parte del aparato simbólico e ideológico del nuevo Estado, especialmente entre 1936 y 1945.

Sin embargo, otros especialistas distinguen entre el fascismo clásico y el régimen que usted construyó. Juan Linz, uno de los politólogos más influyentes del siglo XX, propuso definir el franquismo como un régimen autoritario y no totalitario. Según él, carecía de una ideología totalizante coherente, de una movilización permanente de las masas y de un partido único con capacidad para imponerse al Estado. Lo describía como un sistema de pluralismo limitado, sustentado más en determinadas mentalidades que en una doctrina revolucionaria.

Stanley Payne, uno de los mayores especialistas en fascismo comparado, sostiene que el franquismo fue un régimen autoritario, católico y conservador que utilizó a Falange como una de las familias políticas del Estado, junto al Ejército, la Iglesia, los monárquicos y, más tarde, los tecnócratas del Opus Dei. Según Payne, usted nunca permitió que Falange monopolizara el poder, porque su prioridad era preservar el orden y la estabilidad del Estado, no impulsar una revolución fascista.

La mayor parte de la historiografía actual coincide en que el franquismo tuvo un componente fascista real durante sus primeros años, especialmente entre 1936 y 1945, pero también reconoce que evolucionó hacia un sistema diferente. Muchos historiadores prefieren hablar de un régimen autoritario con elementos fascistas o de un régimen fascistizado, antes que definir sus casi cuarenta años de existencia como un fascismo en sentido estricto.

Las diferencias con Italia y Alemania parecen evidentes. En ambos países el partido era el auténtico centro del poder: el Estado terminó subordinado al Partido Nacional Fascista de Mussolini o al NSDAP de Hitler. En España ocurrió justamente lo contrario. FET y de las JONS, creada por el Decreto de Unificación de 1937, nació subordinada al Estado y a su autoridad personal. Usted era Jefe del Estado por su condición de Generalísimo vencedor de la guerra, no por encabezar un partido revolucionario que hubiera conquistado el poder.

También resulta significativo que, tras la derrota del Eje, el régimen español fuera capaz de transformarse para sobrevivir. Pasó de una etapa claramente influida por el contexto fascista europeo a un nacional-catolicismo de fuerte carácter anticomunista y, posteriormente, a un modelo desarrollista impulsado por los tecnócratas. Esa capacidad de adaptación difícilmente encaja con el modelo clásico de los regímenes totalitarios.

Aun así, casi medio siglo después de su muerte, su figura continúa ocupando un lugar central en el debate político español. Unos siguen viéndolo como el origen de todos los males de España; otros consideran que su recuerdo se utiliza con frecuencia como arma arrojadiza para desviar la atención de los problemas del presente. El franquismo continúa siendo objeto de controversia, tanto en el ámbito histórico como en el político.

Sin ignorar los errores, abusos e injusticias que pudieron cometerse desde el poder, muchos españoles recuerdan también aquellos años como un largo periodo de orden, estabilidad y crecimiento económico, sustentado en la importancia concedida al trabajo, a la familia y a la tradición cristiana.

Mi general, después de tantas décadas de debate, ¿considera usted que el franquismo fue realmente un régimen fascista o cree que esa etiqueta responde más a una simplificación ideológica que a un análisis histórico riguroso?

Franco: Cuando una palabra deja de utilizarse para describir la realidad y pasa a emplearse como arma política, pierde casi todo su valor. Eso es lo que, a mi juicio, ha sucedido con el término «fascista». Durante décadas se ha convertido en un insulto de uso común para descalificar al adversario sin necesidad de examinar los hechos.

¿Existieron influencias fascistas en la España de los años treinta? Naturalmente. Sería absurdo negarlo. También las hubo de otras corrientes. Europa entera vivía una profunda crisis y casi todos los países buscaban modelos capaces de responder al comunismo, a la inestabilidad y al descrédito de las democracias parlamentarias de la época.

Pero una cosa son las influencias y otra la naturaleza de un régimen.

Nunca concebí España como un laboratorio de experimentos ideológicos. Mi deber era gobernar un país devastado por una guerra entre españoles. Había ciudades destruidas, campos arruinados, familias rotas y cientos de miles de personas marcadas por el dolor. En aquellas circunstancias, mi prioridad no era construir un Estado doctrinal, sino impedir que España volviera a desangrarse.

El fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán aspiraban a crear un hombre nuevo mediante la movilización permanente de las masas y la subordinación absoluta del individuo al partido. Yo nunca entendí el Estado de esa manera. El Movimiento fue un instrumento del Estado; el Estado nunca estuvo al servicio del Movimiento.

Algunos falangistas habrían deseado una revolución nacional-sindicalista mucho más profunda. Otros, desde posiciones monárquicas, habrían preferido una restauración inmediata de la Corona. Los tradicionalistas defendían sus propias aspiraciones y los católicos las suyas. Mi obligación consistía precisamente en impedir que cualquiera de esas familias impusiera su proyecto exclusivo sobre las demás.

Gobernar no consiste en satisfacer a los más exaltados, sino en mantener un equilibrio que preserve la unidad nacional.

Con el paso de los años fueron cambiando los ministros, las prioridades económicas e incluso el lenguaje político. Permanecieron, sin embargo, los objetivos esenciales: la unidad de España, el mantenimiento del orden, el desarrollo económico y la defensa de una determinada concepción cristiana de la sociedad. Quien observe esa evolución comprenderá fácilmente que el régimen fue adaptándose a las circunstancias porque no estaba prisionero de una doctrina rígida.

No pretendo convencer a quienes ya han dictado sentencia. Cada generación interpreta el pasado desde sus propias convicciones, y es natural que así sea. Lo único que pediría es que la Historia se escriba con documentos y no con consignas.

Acepto que se estudien mis errores. Ningún gobernante está libre de ellos. También acepto que se juzguen con severidad las decisiones que pudieron causar sufrimiento. Lo que considero impropio de un historiador es sustituir el análisis por una etiqueta.

Si alguien desea comprender aquellos cuarenta años, que examine cómo era España en 1939 y cómo era en 1975. Que compare el nivel de vida, la esperanza de vida, la alfabetización, las infraestructuras, la industrialización o el acceso de millones de familias a una vivienda. Después, que valore igualmente las restricciones de las libertades políticas, la censura y la ausencia de pluralismo. Sólo contemplando el conjunto podrá formarse un juicio razonable.

La Historia rara vez es blanca o negra. Casi siempre está escrita con muchos tonos de gris. Quien reduce un periodo tan complejo a una sola palabra, sea para condenarlo o para glorificarlo, probablemente ha dejado de buscar la verdad para empezar a defender una causa.

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