Esta serie es una obra de ficción. Las respuestas atribuidas a Francisco Franco son recreaciones literarias basadas en su personalidad pública, sus discursos y el contexto histórico, y no corresponden a declaraciones reales.
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Yo: Mi general, en el capítulo anterior hablamos del crecimiento económico. Hoy me gustaría hablar de algo más importante: de las personas que cambiaron con ese crecimiento.
Yo pertenecí a una familia que vivió aquella transformación desde dentro. Mi padre llegó a tener una pequeña empresa de alquiler de automóviles sin conductor. Disponía de una treintena de vehículos, la mayoría Seat 600, además de algunos Seat 1500 y, más tarde, varios Seat 127. Aquellos coches no eran simplemente un negocio: eran el reflejo de una España que empezaba a moverse, literalmente, sobre cuatro ruedas.
Voy a ofrecer algunos datos. No para usted, que los conoce mejor que yo, sino para quienes niegan que aquel desarrollo existiera y para los españoles de buena voluntad que desean comprender una etapa decisiva de nuestra historia.
Durante las dos primeras décadas de la posguerra, España seguía siendo un país mayoritariamente rural, empobrecido y con escasa apertura al exterior. La situación comenzó a cambiar a partir de 1959 con el Plan de Estabilización y la creciente influencia de los ministros tecnócratas.
La apertura económica provocó un éxodo rural de enormes dimensiones. Millones de españoles abandonaron el campo para incorporarse a las fábricas y al sector servicios, impulsado por el turismo, el comercio, la banca y las nuevas actividades urbanas.
Antes de 1960, la mayor parte de la población activa trabajaba en la agricultura, a menudo en condiciones de subsistencia. Diez años después, los obreros industriales cualificados, los empleados administrativos, los funcionarios y los profesionales del sector servicios constituían ya el núcleo de la sociedad urbana. Sus salarios aumentaron progresivamente y, por primera vez para muchas familias, apareció la posibilidad del ahorro.
El nacimiento de la clase media no se reflejó únicamente en la renta, sino también en una forma completamente distinta de vivir.
El automóvil dejó de ser un privilegio reservado a unos pocos. El Seat 600 se convirtió en el gran símbolo de aquella España que descubría las excursiones dominicales y las vacaciones familiares. Una popular canción repetía: «Adelante, hombre del seiscientos; la carretera nacional es tuya». Medio siglo después, todavía existe una activa comunidad de aficionados dedicada a conservar estos vehículos, intercambiar piezas y mantener viva su memoria.
La llegada del frigorífico, la lavadora y la televisión transformó la vida doméstica. El salón pasó a ser el centro de la casa y muchas tareas que exigían horas de esfuerzo comenzaron a realizarse en minutos.
Al mismo tiempo, el acceso a la vivienda en propiedad se convirtió en una aspiración alcanzable para un número creciente de familias. La política de viviendas protegidas favoreció la formación de un amplio patrimonio familiar y consolidó una sociedad de propietarios.
Cuando comenzó la Transición, más de la mitad de los españoles podía considerarse integrante de la clase media o se identificaba con ella.
Aquella nueva clase media, con estabilidad económica, acceso creciente a la educación —las universidades comenzaron a llenarse de hijos de obreros como nunca antes— y el deseo de equipararse a las democracias europeas, constituyó uno de los pilares que hicieron posible una Transición ampliamente pacífica y basada en el consenso.
Resulta paradójico comprobar que, medio siglo después, algunos partidos y no pocos ciudadanos parecen añorar precisamente aquello que la mayoría de los españoles quiso dejar atrás: la polarización permanente y el enfrentamiento entre las dos Españas.
Franco: No me sorprende que haya querido dedicar un capítulo entero a la clase media. Las cifras del crecimiento económico son importantes, pero solo adquieren verdadero significado cuando cambian la vida de las personas.
Siempre he sostenido que un gobernante debe procurar que el mayor número posible de familias pueda vivir con dignidad, trabajar, ahorrar y mirar al futuro con confianza. Un país donde solo existen ricos y pobres es un país inestable. Entre ambos debe existir un amplio cuerpo social que actúe como elemento de equilibrio.
Algunos creen que la prosperidad consiste únicamente en aumentar la producción. Yo nunca lo entendí así. La prosperidad debía traducirse en hogares mejor equipados, en viviendas propias, en hijos con estudios y en familias capaces de permitirse unas vacaciones. Esos pequeños logros cotidianos son los que cambian verdaderamente una nación.
Por eso nunca desprecié el consumo popular. Al contrario. Cuando un obrero compra un automóvil, un frigorífico o un piso, no solo mejora su nivel de vida; también adquiere un interés directo en la estabilidad del país. Quien posee algo procura conservarlo. Esa es una verdad tan antigua como la propia política.
Recuerdo que algunos intelectuales criticaban aquella España del Seat 600, de los apartamentos en la playa y de la televisión en blanco y negro, como si todo aquello fuera una manifestación de vulgaridad. Yo pensaba justamente lo contrario. Era la prueba de que millones de españoles disfrutaban por primera vez de comodidades que antes estaban reservadas a una minoría.
Naturalmente, no todo fue perfecto. Persistieron desigualdades, hubo errores de planificación y muchas familias continuaron viviendo con dificultades. Nunca he sostenido que construyéramos una sociedad ideal. Lo que afirmo es que España dio, en apenas quince años, un salto económico y social que habría parecido imposible en la inmediata posguerra.
Hay un hecho que suele olvidarse. La Transición política no surgió sobre un país hambriento, sino sobre una sociedad mucho más próspera, más educada y más moderada que la de décadas anteriores. Sin esa amplia clase media, difícilmente habría sido posible un cambio político tan pacífico. Las instituciones pueden diseñarse sobre el papel, pero la estabilidad de una nación siempre descansa, en última instancia, sobre la fortaleza de sus familias.
Y permítame terminar con una reflexión. La prosperidad no elimina los conflictos, pero los hace menos peligrosos. Cuando los ciudadanos tienen trabajo, patrimonio, hijos estudiando y proyectos de futuro, suelen preferir los acuerdos a las revoluciones. Por eso me preocupa que algunos vuelvan a alimentar el lenguaje de las dos Españas. Quienes no vivieron aquella división la invocan con demasiada ligereza. Los que sí la vivimos sabemos que ningún beneficio político compensa el precio que España pagó por ella.
jueves, 16 de julio de 2026
Conversaciones con Franco – Capítulo 12 – La clase media se convierte en el grupo social mayoritario
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