domingo, 22 de febrero de 2026

Islamoizquierdismo: unidos en el odio a Occidente

Esto es en Francia, donde el problema ya no tiene remedio

Hay palabras que incomodan porque describen algo que muchos prefieren fingir que no existe. "Islamoizquierdismo" es una de ellas. No es un concepto académico, es verdad. Es algo más molesto: una descripción política de una convergencia real entre sectores de la izquierda occidental y movimientos islamistas que comparten un mismo enemigo: la civilización liberal.

No hablamos del islam como fe personal de millones de creyentes. Hablamos del islamismo político: la pretensión de subordinar la ley civil a una norma religiosa. Y ahí empiezan las coincidencias inquietantes.

El punto de encuentro: el odio a Occidente

La izquierda posmoderna ha convertido a Occidente en el culpable universal: colonialismo, capitalismo, patriarcado, cristianismo, familia tradicional. Todo debe ser deconstruido.

El islamismo, por su parte, considera decadente y corrupto el modelo liberal occidental: libertad sexual, igualdad jurídica entre hombre y mujer, separación entre religión y Estado.

Ambos coinciden en algo esencial: el sistema liberal es el problema.

Mientras tanto, los valores que hicieron posible la democracia —libertad individual, igualdad ante la ley, soberanía popular— quedan atrapados entre dos fuegos.

Democracia y religión política

La prueba es sencilla: donde el islamismo ha alcanzado el poder político, la democracia no ha salido reforzada. Basta mirar a Irán, donde el voto está subordinado a la autoridad religiosa; o a Arabia Saudí, donde la ley emana de una interpretación estricta de la sharía.

¿Significa eso que todos los musulmanes rechazan la democracia? Evidentemente no. Pero sí demuestra que cuando la religión se convierte en proyecto estatal totalizante, la libertad retrocede. Y eso vale para cualquier confesión.

El doble rasero progresista

Aquí aparece la incoherencia.

El progresismo occidental dedica enormes energías a deconstruir la masculinidad, cuestionar la familia tradicional y redefinir la sexualidad… pero solo dentro de su propia cultura. Cuando prácticas conservadoras similares se producen en comunidades islámicas, el discurso se suaviza. ¿Por qué?

Porque criticar al islamismo se percibe como "islamofobia", mientras que criticar al cristianismo se considera emancipador. El resultado es un relativismo selectivo: los valores liberales son universales para los occidentales, pero opcionales para los demás.

Esa condescendencia no protege a las mujeres musulmanas ni a los disidentes dentro de esas comunidades; los deja solos frente al conservadurismo religioso.

La demolición cultural

La izquierda radical sostiene que la familia tradicional es una estructura opresiva. El islamismo defiende una familia jerárquica donde la autoridad masculina es central. No coinciden en la teoría, pero ambos cuestionan el modelo liberal basado en individuos autónomos y derechos iguales.

Uno erosiona desde la hiperindividualización; el otro desde el comunitarismo religioso. El resultado puede ser el mismo: debilitamiento del marco liberal clásico.

Principios que no son negociables

Se puede discrepar del término "islamoizquierdismo". Lo que no se puede negar es que existen alianzas tácticas, silencios estratégicos y discursos compartidos cuando el adversario común es Occidente liberal.

Defender la democracia implica algo incómodo: aplicar el mismo criterio a todos. Si la igualdad entre hombres y mujeres es un principio no negociable, lo es en Madrid, en París y también en cualquier barrio europeo donde se invoque la religión para limitarla.

La cuestión no es atacar una fe. Es afirmar que ninguna ideología puede situarse por encima de la libertad de conciencia y los derechos humanos.

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