"¿Por qué nos odian tanto?". La pregunta la formuló Patxi López en referencia al PSOE, como si el partido atravesara una inexplicable ola de animadversión irracional, casi patológica. Como si la crítica fuera fruto del capricho, la desinformación o la maldad ajena. Como si el problema estuviera fuera y no dentro.
La pregunta no es ingenua. Es estratégica. Y, sobre todo, profundamente cínica.
Porque cuando un dirigente político pregunta por qué "les odian", está evitando formular la cuestión correcta: ¿qué hemos hecho para que tantos españoles desconfíen de nosotros? Cambiar el sujeto altera por completo la responsabilidad. No se trata de examinar decisiones, pactos, cesiones o contradicciones. Se trata de victimizarse.
El PSOE no sufre una campaña de odio espontáneo. Sufre el desgaste lógico de sus propias decisiones. Pactos con quienes prometió no pactar. Concesiones que antes calificaba de inconstitucionales. Indultos que aseguró que no cabían en su marco político. Reformas exprés de instituciones cuando conviene. Discursos que cambian con la aritmética parlamentaria.
La memoria colectiva no es tan frágil como algunos creen.
Cuando se prometió que no habría amnistía y luego se defendió como un ejercicio de "convivencia", no fue la derecha quien inventó la contradicción. Cuando se habló de regeneración democrática mientras se blindaban cuotas partidistas en órganos institucionales, no fue la prensa crítica quien fabricó la incoherencia. Cuando se apeló a la ejemplaridad mientras se normalizaban alianzas con formaciones que cuestionan el marco constitucional, no fue el adversario quien creó el malestar.
El votante no "odia". Evalúa.
Pero convertir la crítica en odio tiene una ventaja política evidente: deslegitima al discrepante. Si el que cuestiona lo hace por odio, entonces no merece ser escuchado. Si la oposición no discrepa, sino que "odia", entonces cualquier respuesta está justificada en nombre de la resistencia moral.
Es una técnica vieja: polarizar para cohesionar.
Patxi López, que conoce bien la política institucional, sabe que la confianza pública no se erosiona por campañas de animadversión abstracta, sino por acumulación de decisiones discutibles. Sabe que el desgaste no es emocional, es político. Y sabe que la pregunta correcta incomoda más que la retórica victimista.
Porque quizá la cuestión no sea "por qué nos odian tanto", sino por qué cada vez más ciudadanos perciben que el PSOE gobierna pensando antes en su supervivencia que en su palabra dada.
La política no es terapia grupal ni relato sentimental. Es responsabilidad. Y cuando un partido sustituye la autocrítica por la queja, el análisis por el agravio y la coherencia por la conveniencia, no está siendo víctima de odio: está recogiendo las consecuencias de su propia estrategia.
Plantear la pregunta como si el problema fuera la hostilidad ajena es, en el fondo, asumir que los ciudadanos no recuerdan, no comparan y no razonan.
Y ahí está el verdadero error. No es que la gente odie más. Es que cree menos.

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