Durante más de seis décadas, el régimen cubano ha defendido una idea fuerza: la igualdad. Igualdad en el acceso a la educación, a la sanidad, al empleo. Igualdad frente a los "excesos" del capitalismo. Sin embargo, en la Cuba de hoy, esa promesa ha mutado en otra realidad mucho más cruda: igualdad en la escasez para la mayoría y privilegios bien blindados para una minoría vinculada al poder.
La isla atraviesa una de las peores crisis económicas desde el llamado "Período Especial" de los años noventa. La inflación devora salarios que ya eran exiguos. Los apagones se prolongan durante horas —a veces días— en amplias zonas del país. La emigración masiva se ha convertido en válvula de escape: cientos de miles de cubanos han abandonado la isla en los últimos años, dejando atrás familias fragmentadas y barrios cada vez más envejecidos.
Salarios simbólicos y mercados inaccesibles
El salario medio estatal apenas alcanza para cubrir una fracción de la cesta básica. Muchos productos esenciales solo pueden adquirirse en tiendas que operan en moneda libremente convertible (MLC), es decir, en divisas extranjeras. Para quien no recibe remesas del exterior, esas tiendas son vitrinas inalcanzables.
La "libreta" de racionamiento —símbolo histórico del sistema— garantiza cada vez menos productos y en menor cantidad. La consecuencia es evidente: colas interminables para conseguir pollo, arroz o aceite. Y cuando aparecen, los precios en el mercado informal se disparan.
En paralelo, el Estado mantiene un férreo control sobre la iniciativa privada, permitiendo pequeños negocios (mipymes) pero bajo una regulación cambiante y asfixiante. El resultado es un sector productivo débil, dependiente de importaciones y sin capacidad para dinamizar la economía.
La "casta" que no hace colas
Mientras la mayoría sobrevive entre apagones y carencias, la élite política y militar vinculada al Partido Comunista disfruta de condiciones radicalmente distintas. La estructura empresarial controlada por las Fuerzas Armadas —conglomerados turísticos, comerciales y logísticos— concentra buena parte de las divisas que entran al país.
El liderazgo formal recae en figuras como Miguel Díaz-Canel, pero el poder real continúa profundamente ligado al aparato histórico construido por Raúl Castro tras la retirada de Fidel Castro. Aunque el discurso oficial apela al sacrificio colectivo frente al embargo estadounidense, la percepción popular es otra: quienes gobiernan no viven como quienes son gobernados.
Las zonas turísticas, destinadas a captar divisas, muestran una Cuba muy distinta a la de los barrios residenciales. Hoteles abastecidos, electricidad estable y servicios cuidados contrastan con hospitales con falta de insumos y viviendas deterioradas.
El relato del bloqueo y la realidad interna
El embargo de Estados Unidos —vigente desde los años sesenta— es un factor real que condiciona el desarrollo económico cubano. Limita inversiones, transacciones financieras y acceso a determinados mercados. Sin embargo, incluso economistas críticos con Washington señalan que las distorsiones estructurales del modelo centralizado, la ineficiencia productiva y la ausencia de reformas profundas también explican el estancamiento.
El Gobierno ha anunciado planes de "actualización" y medidas parciales de apertura, pero estas avanzan con lentitud y bajo control político estricto. La dualidad monetaria se reformó, pero generó una espiral inflacionaria que erosionó aún más el poder adquisitivo.
Igualdad en la miseria
La narrativa revolucionaria prometía una sociedad sin grandes diferencias sociales. En la práctica, la brecha no desapareció: cambió de forma. Ya no se trata de empresarios privados frente a obreros, sino de ciudadanos de a pie frente a una casta político-militar con acceso a divisas, bienes importados y privilegios administrativos.
En la Cuba actual, la igualdad parece operar sobre todo en la precariedad. El médico, el ingeniero y el jubilado comparten la misma dificultad para llenar la despensa. El joven profesional no proyecta su futuro en la isla, sino en la ruta migratoria.
El régimen insiste en que la resistencia es cuestión de dignidad nacional. Pero cada apagón, cada estante vacío y cada despedida en el aeropuerto erosionan esa épica.
Cuba no se encuentra oficialmente en bancarrota, pero social y económicamente vive una asfixia que muchos ciudadanos describen con una palabra que ya no se susurra, sino que se dice en voz alta: colapso. Y mientras la mayoría ajusta su vida a la escasez, la pregunta que resuena en la calle no es ideológica, sino práctica: ¿igualdad para quién?


No hay comentarios:
Publicar un comentario