Irene Montero ha sido, sin duda, una de las dirigentes más controvertidas de la política española reciente. Para unos, símbolo de avance feminista y renovación generacional; para otros, exponente de sectarismo ideológico y de una nueva élite política que terminó reproduciendo los mismos vicios que decía combatir. La pregunta no es menor: ¿cómo se construyó esa imagen tan polarizada?
De la vida común a la primera línea política
Antes de su salto a la política institucional, Montero trabajó como cajera en un supermercado mientras cursaba estudios universitarios. Esa experiencia fue utilizada por su entorno político como símbolo de cercanía con la "gente corriente", un elemento central en la narrativa fundacional de Podemos. Vivía en Madrid en un contexto de precariedad compartida por muchos jóvenes de su generación, lo que encajaba con el discurso contra "la casta" y las élites tradicionales.
Su ascenso fue meteórico. De activista universitaria y colaboradora cercana de Pablo Iglesias, pasó en pocos años a portavoz parlamentaria y, posteriormente, a ministra de Igualdad. Este tipo de promoción acelerada, sin una larga trayectoria orgánica previa, generó tanto admiración como recelo. Para sus críticos, el poder le llegó demasiado pronto y sin los filtros que suelen templar el carácter político.
El discurso y la polarización
Montero adoptó un estilo comunicativo frontal, ideológicamente muy marcado y poco dado a la concesión retórica. En un contexto político ya tensionado, ese tono fue percibido por muchos como dogmático. Sus intervenciones sobre feminismo, identidad de género o inmigración no solo movilizaron a sus bases, sino que también consolidaron una imagen de intransigencia ante posiciones discrepantes.
En política, el estilo importa tanto como el fondo. Cuando el discurso se formula en términos de superioridad moral o de descalificación del adversario, la línea entre firmeza y fanatismo se vuelve difusa. Parte de la percepción pública de "intolerancia" proviene de esa forma de confrontación directa, especialmente amplificada en redes sociales y medios.
El "casoplón" de Galapagar y la narrativa de la coherencia
Uno de los episodios más dañinos para su credibilidad fue la compra del chalet en Galapagar junto a Pablo Iglesias. Más allá del derecho legítimo a mejorar las condiciones de vida personales, la operación chocó frontalmente con el discurso previo contra la "casta" y los privilegios. Aquella contradicción fue explotada por sus adversarios y dejó una marca simbólica difícil de borrar.
La crítica no fue tanto patrimonial como narrativa: cuando un proyecto político se construye sobre la denuncia moral de otros, cualquier incoherencia se magnifica. Desde entonces, la acusación de haberse integrado en aquello que se combatía se convirtió en un estribillo constante.
El poder y el aislamiento
El ejercicio del poder suele endurecer posiciones. Rodearse de un núcleo ideológicamente homogéneo puede reforzar la convicción de estar siempre en lo cierto. Algunos analistas han señalado que la evolución de Montero estuvo marcada por un progresivo encierro dentro de su círculo interno y por una nula permeabilidad a la crítica externa.
Cuando la política se convierte en identidad total, el margen para el matiz disminuye. Y cuando la crítica se interpreta siempre como ataque, el tono tiende a radicalizarse.
¿Fanatismo o coherencia ideológica?
Sus partidarios sostienen que ha mantenido una coherencia férrea en la defensa de sus postulados, incluso bajo presión. Sus detractores consideran que esa misma firmeza se transformó en rigidez excluyente.
Lo cierto es que Irene Montero encarna una generación política que llegó prometiendo romper el sistema y terminó atrapada por sus propias contradicciones, por la lógica del poder y por la polarización extrema del debate público español.
Más que una transformación personal aislada, su trayectoria refleja cómo la política contemporánea premia el choque, amplifica los extremos y convierte la convicción en espectáculo permanente. En ese terreno, la frontera entre liderazgo firme e intolerancia es cada vez más difusa.

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