La combinación de circunscripciones provinciales y método D’Hondt tiende, elección tras elección, a concentrar el poder en dos grandes bloques. Podrá haber irrupciones, sacudidas, ciclos de entusiasmo y castigo, pero al final el tablero se recompone alrededor de dos polos dominantes. Y quien no entienda esa lógica, acaba pagando el precio.
Ahí están los precedentes: Ciudadanos y Podemos.
Ciudadanos pasó de ser llave de gobierno y promesa de regeneración a desaparecer prácticamente del mapa institucional. Podemos, que llegó a soñar con el "sorpasso", terminó diluido en una coalición y fracturado internamente hasta perder su centralidad. Ambos cometieron errores propios, sin duda. Pero también chocaron con una realidad estructural: en España, el espacio para terceros actores es estrecho y volátil.
Para Vox el riesgo es evidente. Hoy puede resultar más cómodo mantener un discurso de oposición firme, marcar perfil, señalar contradicciones ajenas y evitar el desgaste de la gestión.
Ver los toros desde la barrera permite preservar la pureza ideológica y esquivar las renuncias que impone el poder. Pero esa comodidad tiene fecha de caducidad.
Un partido que aspira a condicionar el rumbo del país no puede instalarse permanentemente en la denuncia. En algún momento, gobernar deja de ser una opción táctica y se convierte en una exigencia estratégica. Porque el votante, tarde o temprano, formula la pregunta incómoda: "¿Para qué te hemos votado?". Si la respuesta es solo altavoz y no acción, la frustración acaba traduciéndose en fuga.
El sistema electoral no premia la testimonialidad sostenida. Premia la utilidad. Y en un entorno donde el voto útil reaparece con fuerza en cuanto se percibe riesgo o incertidumbre, los electores tienden a reagruparse en torno a quien consideran con capacidad real de gobernar. La experiencia demuestra que cuando el clima político se polariza, el espacio intermedio o periférico se estrecha.
El desafío para Vox no es únicamente crecer, sino consolidarse como fuerza con vocación de gobierno. Eso implica asumir contradicciones, gestionar presupuestos, negociar, ceder y rendir cuentas. Implica pasar del eslogan a la administración cotidiana, del mitin al BOE. Y ahí es donde muchos proyectos se desgastan.
Evitar el destino de Ciudadanos y la irrelevancia progresiva de Podemos exige algo más que firmeza discursiva. Exige estrategia a largo plazo y conciencia de que el sistema, casi siempre, empuja hacia dos grandes alternativas. Quien no quiera ser absorbido, debe demostrar que no solo sabe protestar, sino también gobernar.
Porque en política, como en la plaza, el público puede aplaudir desde la grada… pero el respeto verdadero se gana bajando al ruedo.

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