Gabriel Rufián lanzó su propuesta con una mezcla de audacia y realismo cínico: admitió que podía tener "0% de apoyo político" pero aspiraba a lograr "apoyo popular". La idea era reordenar el espacio a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), construir una alternativa más combativa y, en el mejor de los casos, forzar movimientos estratégicos en el tablero progresista.
Soledad
De momento, nada de eso ha ocurrido.
La propuesta ha generado debate y cierta expectación mediática. Ha habido entrevistas, titulares y ruido en redes. Pero cuando se mira el terreno concreto —apoyos formales, adhesiones públicas, compromisos programáticos— el balance es prácticamente nulo. Ningún partido relevante ha dado el paso de respaldarla de forma clara.
La izquierda estatal prefiere mantener sus alianzas actuales o explorar sus propios caminos. Sumar sigue orbitando alrededor del Gobierno; Podemos continúa defendiendo su identidad diferenciada; las formaciones territoriales no parecen dispuestas a diluirse en un nuevo experimento.
Y el independentismo catalán, incluido el propio espacio de Esquerra Republicana de Catalunya, mantiene sus proyectos estratégicos propios, con prioridades que no pasan por reordenar la izquierda española sino por redefinir su posición en Cataluña.
Rufián planteó la jugada como un intento de sacudir inercias: si el PSOE ocupa el centro de gravedad institucional, alguien debe disputar el flanco izquierdo con ambición y sin complejos. El problema es que ese espacio ya está fragmentado, saturado de siglas y marcado por heridas recientes. Cada actor calcula que tiene más que perder que ganar integrándose en una iniciativa ajena.
Además, el cálculo del "apoyo popular" tampoco parece estar cristalizando. Las redes pueden amplificar simpatías puntuales, pero sin estructura territorial, sin cuadros intermedios y sin alianzas, la simpatía no se convierte en fuerza política efectiva. La política española ha demostrado en los últimos años que la visibilidad mediática no sustituye la aritmética parlamentaria.
El resultado provisional es claro: un movimiento audaz, pero sin traducción real. Más gesto que estructura. Más declaración de intenciones que proyecto operativo.
Rufián acertó en una cosa: anticipó la posibilidad de quedarse solo. Lo que quizá no esperaba es que esa soledad no fuera solo parlamentaria, sino también estratégica. Por ahora, su plan no capta a casi nadie. Y en política, las ideas que no se convierten en alianzas suelen quedarse en titulares.
viernes, 20 de febrero de 2026
Gabriel Rufián y el plan que no acepta casi nadie
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