Podemos nació como un terremoto político. En 2014, canalizó el malestar del 15-M, la indignación ante la crisis económica y el descrédito de las élites tradicionales. En pocos meses pasó de ser una incógnita mediática a convertirse en la tercera fuerza política del país. Parecía imparable. Hoy, apenas una década después, es un actor marginal, diluido en coaliciones ajenas y reducido a la irrelevancia parlamentaria. ¿Qué ocurrió?
El fracaso de Podemos no se explica por una sola causa, sino por una acumulación de errores estratégicos, tensiones internas y cambios de contexto que el partido no supo anticipar ni gestionar.
1. La institucionalización sin alma
Podemos nació como partido-movimiento, con una narrativa de ruptura, horizontalidad y regeneración democrática. Su fuerza provenía de la frescura y de una estética deliberadamente ajena a la política tradicional. Sin embargo, al dar el salto institucional, tuvo que adaptarse a las reglas del juego que había prometido transformar.
Ese tránsito resultó fallido. La entrada en las instituciones exigía disciplina, pragmatismo y negociación. Pero al mismo tiempo, su base reclamaba pureza ideológica y confrontación permanente. El equilibrio entre ambas dimensiones nunca se logró. En el proceso de profesionalización y burocratización, el partido perdió parte de la mística que lo hacía atractivo, sin conseguir convertirse plenamente en una organización sólida y estable.
2. La gestión del poder: del asalto a los cielos a la rutina ministerial
Cuando Podemos accedió al Gobierno en coalición, muchos de sus votantes interpretaron el hecho como una conquista histórica. Sin embargo, gobernar implica asumir límites, gestionar contradicciones y aceptar renuncias. La retórica del "asalto a los cielos" chocó con la realidad de los presupuestos, la política europea y los compromisos de estabilidad.
La gestión de ministerios clave mostró luces y sombras, pero el desgaste fue evidente. La presión mediática, los errores comunicativos y la dificultad para convertir su agenda en reformas estructurales consolidaron la percepción de que la transformación prometida se quedaba en gestos simbólicos o medidas parciales. Para una parte del electorado, Podemos dejó de ser la herramienta del cambio para convertirse en un socio más del sistema.
3. La fractura interna: personalismos y luchas de poder
Si hubo un punto de no retorno fue la fractura interna. Las tensiones entre corrientes no eran nuevas, pero se agudizaron tras las sucesivas derrotas electorales. La salida de dirigentes fundacionales, las disputas públicas y la incapacidad para integrar sensibilidades distintas generaron una imagen de división permanente.
La política convertida en pugna personal erosionó la credibilidad del proyecto colectivo. El partido que había prometido nuevas formas de hacer política reproducía los mismos vicios que criticaba: hiperliderazgo, purgas internas y escasa tolerancia a la discrepancia.
4. El cambio de ciclo político
Podemos surgió en un contexto muy concreto: crisis económica, austeridad, corrupción y descrédito institucional. Ese clima favorecía discursos de ruptura. Pero la política es dinámica. Con la recuperación económica parcial, la pandemia y la polarización ideológica, el eje del debate cambió.
La agenda identitaria sustituyó en parte a la agenda social, y el espacio político se fragmentó aún más. La aparición de nuevas plataformas a su izquierda y la reconfiguración del bloque progresista dejaron a Podemos desubicado. Llegó tarde a ese nuevo ciclo y no supo redefinir su papel con claridad.
5. Errores estratégicos y exceso de confrontación
Otro factor clave fue la estrategia comunicativa. La confrontación permanente, eficaz en la oposición, se volvió contraproducente en el gobierno. El tono beligerante reforzó la movilización de sus bases más fieles, pero dificultó la ampliación del electorado.
Además, la lectura excesivamente ideológica de la realidad social alejó a votantes moderados que en 2015 habían apostado por un cambio pragmático más que por una revolución cultural. Podemos no logró consolidar una mayoría transversal y quedó encerrado en un nicho.
6. Dependencia de liderazgos carismáticos
El proyecto estuvo fuertemente vinculado a figuras concretas. Esa personalización permitió un crecimiento rápido, pero también hizo al partido vulnerable. Cuando esos liderazgos se desgastaron o abandonaron la primera línea, no existía una estructura cohesionada capaz de sostener el impulso inicial.
Los partidos que perduran construyen cultura organizativa y cuadros intermedios. Podemos, en cambio, dependió en exceso de su núcleo fundador.
Su historia demuestra que irrumpir es más fácil que consolidar; que la indignación moviliza, pero no siempre gobierna; y que la política, al final, exige algo más que épica. Exige organización, cohesión y sentido de realidad. Sin esos elementos, incluso los proyectos que nacen con vocación de asaltar los cielos pueden terminar estrellándose contra el suelo.

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