jueves, 12 de febrero de 2026

Yolanda Díaz: cuando el discurso se convierte en laberinto

En política, la forma es fondo. Y en el caso de Yolanda Díaz, su principal campo de batalla no siempre ha sido el Congreso ni la negociación laboral, sino el lenguaje. 

La vicepresidenta segunda ha construido su perfil sobre una comunicación que pretende ser empática, inclusiva y sofisticada, pero que con frecuencia termina resultando confusa, forzada o excesivamente abstracta.

Díaz no improvisa. Su oratoria está claramente pensada: tono pausado, cadencia envolvente, vocabulario emocional. Habla de "escuchar", de "ensanchar derechos", de "proteger a la gente trabajadora", de "democratizar la empresa". 

El problema no es la intención, sino la ejecución. En muchas ocasiones, sus intervenciones se deslizan hacia una acumulación de conceptos que parecen importantes pero que carecen de concreción operativa. La idea flota; la propuesta se diluye.

Uno de los rasgos más comentados de su discurso es el uso del lenguaje inclusivo. Expresiones como "autoridades y autoridadas" han generado debate sobre los límites entre convicción ideológica y eficacia comunicativa. El riesgo de este tipo de fórmulas es evidente: cuando la audiencia se centra en la forma, el contenido queda en segundo plano. En política, eso es un lujo peligroso.

A ello se suman frases que, por su densidad conceptual, resultan difíciles de descifrar. Díaz tiende a encadenar subordinadas, apelaciones éticas y términos técnicos en un mismo párrafo. El resultado puede sonar elevado, pero no siempre es claro. Y la claridad es una virtud política fundamental. Los grandes comunicadores —para bien o para mal— simplifican. Díaz, en cambio, a menudo complejiza.

También existe una tensión entre la expectativa generada y la viabilidad real de algunas propuestas. Cuando el discurso es ambicioso pero las concreciones legislativas son limitadas o difíciles de materializar, se produce una brecha entre relato y realidad. Esa brecha erosiona credibilidad. Y en un espacio político fragmentado como el de la izquierda alternativa, la credibilidad es capital escaso.

La comunicación política no es solo decir cosas; es lograr que se entiendan, se recuerden y se traduzcan en apoyo. En ese terreno, Díaz oscila entre la sofisticación y la opacidad. Entre la intención transformadora y la dificultad expresiva. El desafío para ella no es hablar más alto, sino hablar más claro.

Porque en política, cuando el mensaje no se entiende, otros lo reinterpretan. Y casi nunca a favor del emisor.

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