lunes, 16 de febrero de 2026

PSOE o Sánchez. Cuando la identidad socialista depende de la supervivencia del líder.

La pregunta "PSOE o Sánchez" ya no es un simple juego dialéctico. Es, en realidad, el dilema silencioso que atraviesa hoy al Partido Socialista Obrero Español. Porque lo que está en discusión no es solo un liderazgo, sino la naturaleza misma del partido y su grado de autonomía frente a la figura de Pedro Sánchez.

Desde su regreso a la secretaría general en 2017, tras aquella derrota interna que lo expulsó momentáneamente del poder orgánico, Sánchez no solo recuperó el control del PSOE: lo redefinió. Su victoria frente al aparato tradicional no fue únicamente un triunfo personal; fue el inicio de una etapa marcada por la concentración del liderazgo, la reconfiguración de los equilibrios territoriales y la transformación del partido en una estructura mucho más vertical.

El PSOE ha sido históricamente una organización de fuertes corrientes internas, de barones territoriales con peso propio y de debates intensos que, para bien o para mal, formaban parte de su identidad. Desde la etapa de Felipe González hasta las tensiones más recientes con líderes autonómicos, el socialismo español convivió con el conflicto interno como parte de su ADN. Hoy, en cambio, la sensación predominante es otra: el margen para la discrepancia es estrecho y el liderazgo se ejerce sin contrapesos visibles.

La política del Gobierno y la estrategia del partido aparecen fusionadas en una misma narrativa personal. Cada decisión relevante —pactos parlamentarios, remodelaciones, posicionamientos estratégicos— se interpreta en clave sanchista. La identidad socialista se diluye en la lógica de la supervivencia del líder. No se discute si la medida es coherente con una tradición ideológica amplia; se discute si refuerza o debilita a Sánchez.

Ese proceso tiene ventajas evidentes. La centralización evita luchas intestinas, ofrece una imagen de cohesión y permite reaccionar con rapidez en escenarios políticos volátiles. Pero también entraña riesgos. Cuando un partido se confunde con su líder, su suerte queda ligada a la biografía política de una sola persona. Si el líder gana, el partido se fortalece. Si el líder se desgasta, el partido entero acusa el golpe.

La cuestión de fondo no es si el PSOE respalda a Sánchez; eso es evidente. La pregunta es si el PSOE conserva una identidad reconocible más allá de Sánchez. ¿Existe un proyecto que sobreviva al actual liderazgo? ¿Hay relevo natural, debate real, cultura interna autónoma? ¿O el partido ha transitado de ser una organización histórica con múltiples almas a convertirse en una plataforma cohesionada alrededor de un liderazgo carismático y resistente?

En el corto plazo, la ecuación parece clara: PSOE y Sánchez son lo mismo. En el medio y largo plazo, la historia política enseña que ningún liderazgo es eterno. Los partidos que subordinan completamente su identidad a una figura concreta suelen enfrentar, cuando llega el relevo, una crisis de redefinición profunda.

Por eso el dilema no es solo retórico. "PSOE o Sánchez" es, en realidad, una pregunta sobre el futuro del socialismo español. Y la respuesta dependerá de si el partido decide seguir siendo una organización con memoria, debate y estructura propia, o si acepta definitivamente que su destino está indisolublemente unido al de su actual líder.

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