El Partido Popular no está en crisis. Está en algo peor: en una cómoda hibernación. No sufre derrotas traumáticas ni victorias transformadoras. Vive instalado en la alternancia como quien acepta un papel secundario pero estable en un escenario que se repite desde hace décadas. Gobernar cuando el PSOE se quema, esperar cuando el PSOE gobierna. Y volver. Sin proyecto, sin riesgo, sin ambición ideológica.
El PP ha renunciado hace tiempo a ser un partido con ideas claras. Su estrategia se resume en una consigna silenciosa pero eficaz: no molestar, no definirse demasiado, no incomodar a nadie. Administrar el descontento, no liderarlo. Capitalizar el desgaste del adversario, no ofrecer una alternativa reconocible. El resultado es un partido que aspira al poder sin saber muy bien para qué.
Esta renuncia se percibe en todo. En el discurso, cada vez más plano y tecnocrático. En la falta de una visión de país que vaya más allá de la "buena gestión". En la obsesión por parecer moderado incluso cuando la realidad exige firmeza. El PP ha convertido la ambigüedad en método y la tibieza en identidad. Y lo ha hecho convencido de que, tarde o temprano, el turno llegará solo.
Pero la alternancia sin ideología es una trampa. Porque cuando un partido se limita a esperar su momento, deja de disputar el sentido del debate público. Y ese espacio no queda vacío: lo ocupan otros. Mientras el PP mide cada palabra para no salirse del marco aceptable, otros actores políticos fijan los temas, marcan los límites y movilizan emociones. El PP reacciona; nunca propone. Corrige; nunca impulsa. Matiza; nunca lidera.
El problema no es únicamente electoral. Es político y cultural. Un partido que se resigna a gestionar lo existente acaba defendiendo el statu quo, incluso cuando ese statu quo es el que dice querer cambiar. Por eso el PP asume marcos ideológicos ajenos, evita batallas culturales y huye de cualquier debate que no pueda resolverse con una hoja de Excel. Ha confundido la prudencia con la ausencia de carácter.
Esta actitud tiene un coste creciente. Un electorado que busca convicción encuentra cálculo. Quien pide claridad recibe silencios estratégicos. Y quien espera una oposición firme frente a un gobierno cada vez más intervencionista y polarizador se topa con un partido que parece más preocupado por no asustar a ciertos editoriales que por representar a sus votantes.
El PP se ha convertido, así, en un partido de tránsito: útil para desalojar al PSOE, pero incapaz de ilusionar, transformar o marcar una dirección clara. Un partido que gobierna sin relato y hace oposición sin pulso. Que confía más en el desgaste ajeno que en la fuerza propia.
La gran pregunta no es si el PP volverá a gobernar. Probablemente lo hará. La pregunta es si, cuando lo haga, alguien notará la diferencia. Porque un partido instalado cómodamente en la alternancia puede ganar elecciones. Lo que no puede es liderar un país.

No hay comentarios:
Publicar un comentario