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El error del PP es creer que el simple desgaste del adversario garantiza el crecimiento propio. No lo hace. Especialmente cuando el desgaste no es solo de un Gobierno, sino de una forma de gobernar, de un sistema que muchos ciudadanos perciben como cerrado sobre sí mismo, impermeable a la rendición de cuentas y ajeno a la calle.
Alberto Núñez Feijóo ha optado por una línea institucional, prudente y previsible. Es una estrategia comprensible para aspirar a la Moncloa, pero insuficiente para generar ilusión. El PP transmite solvencia, pero no urgencia; ofrece gestión, pero no cambio; promete estabilidad, pero no reparación.
En un contexto de crisis institucional —amnistía, cesiones al separatismo, colonización de organismos del Estado, degradación del debate público—, muchos ciudadanos no buscan un gestor más educado, sino a alguien que verbalice su indignación. Y ahí el PP falla: parece más preocupado por no incomodar que por liderar el descontento.
La moderación, cuando el votante percibe que se han cruzado líneas rojas, no se interpreta como sensatez, sino como tibieza.
Vox, en cambio, ha entendido algo esencial: hay una parte creciente del electorado que no quiere consensos, quiere consecuencias. No vota esperando políticas detalladas ni programas técnicos; vota para castigar, para gritar, para romper una dinámica que considera corrupta o agotada.
Vox no intenta caer bien. No busca aprobación mediática ni tranquilidad institucional. Su discurso es incómodo, a veces excesivo, pero emocionalmente eficaz. Donde el PP mide palabras, Vox dispara mensajes. Donde el PP matiza, Vox señala. Donde el PP se defiende, Vox ataca.
En tiempos de enfado social, la claridad —aunque sea brusca— cotiza mejor que la prudencia calculada.
Otro error estratégico del PP es pensar que el votante indignado se desplazará hacia el centro. La historia electoral demuestra lo contrario: cuando el malestar es profundo, el voto no se modera, se radicaliza. No necesariamente en términos ideológicos, sino emocionales.
El ciudadano que siente que el poder no paga costes, que las instituciones se protegen entre sí y que la ley se aplica de forma selectiva no busca equilibrio, busca ruptura. Y si no encuentra esa ruptura en el partido que aspira a gobernar, la buscará en quien se la prometa sin complejos.
Paradójicamente, cada vez que el PP insiste en marcar distancias con Vox para tranquilizar a determinados sectores, refuerza el marco mental de que Vox es el único que dice lo que otros callan. El mensaje implícito es devastador: el PP parece más preocupado por parecerse lo menos posible a Vox que por enfrentarse con firmeza al PSOE.
Ese complejo convierte a Vox en el “original” y al PP en la “copia prudente”. Y en política, cuando el enfado manda, el votante suele elegir el original.
Hoy el PP es percibido como una alternativa de gobierno, pero no como una alternativa de fondo. Muchos ciudadanos creen que un cambio de siglas no implicará un cambio real en las dinámicas de poder, en la relación con los nacionalismos o en la cultura política instalada.
Vox, en cambio, se presenta —con razón o exageración— como una fuerza de ruptura con el statu quo. Y en contextos de fatiga democrática, las fuerzas que prometen ruptura crecen más rápido que las que ofrecen una gestión más ordenada de lo existente.
El PP no crece porque espera. Vox crece porque empuja. El PP calcula. Vox provoca. El PP aspira a gobernar cuando el desgaste sea suficiente. Vox aspira a capitalizar el enfado aquí y ahora.
Mientras el Partido Popular no entienda que la indignación no se administra, se lidera, seguirá viendo cómo el voto más enfadado, más dolido y más desconectado del sistema no se va al centro, sino al margen que grita más alto.
Y en política, cuando muchos sienten que nadie les escucha, el que grita acaba imponiéndose.

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