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Fases de un proceso largo y exigente
La degradación democrática no suele producirse de manera abrupta. Avanza poco a poco, al abrigo de leyes aparentemente legítimas, discursos moralizantes y una ocupación sistemática de las instituciones. Cuando el daño se hace visible para una mayoría social, ya no basta con cambiar un gobierno: hay que desandar un camino entero. Esa es hoy la situación de España tras años de socialismo convertido en régimen cultural, mediático e institucional.
La pregunta, por tanto, no es solo si España puede recuperar la normalidad democrática, sino cuánto tiempo tardará y qué condiciones son necesarias para lograrlo.
Un horizonte realista: entre una y dos décadas
La experiencia comparada muestra que, tras procesos de colonización institucional y deterioro del Estado de derecho, la recuperación plena rara vez baja de los 8–15 años, incluso en escenarios favorables. Pensar en una restauración inmediata es ingenuo; confiarlo todo a una legislatura es irresponsable. Las democracias erosionadas no se reparan a golpe de decreto ni con eslóganes regeneradores.
Primera fase: detener la degradación (1–2 años)
El primer paso no es reconstruir, sino dejar de destruir.
Esta fase exige:
• La salida del poder de quienes han utilizado el Estado como instrumento partidista.
• El fin del uso político del BOE, la Fiscalía, RTVE, el CIS o el Tribunal Constitucional.
• La paralización o derogación de las leyes ideológicas concebidas para dividir, controlar o intimidar.
Aquí se produce la primera frustración ciudadana: no hay grandes mejoras visibles. Simplemente, el país deja de empeorar. Pero sin esta etapa, todo lo demás es imposible.
Segunda fase: despolitización de las instituciones (2–4 años)
Esta es la fase decisiva y la más resistida.
El objetivo es devolver neutralidad y profesionalidad a las instituciones:
• Reformar los sistemas de nombramiento en la Justicia y los organismos reguladores.
• Blindar la independencia de los medios públicos.
• Restablecer la separación real de poderes frente a la ficción actual.
Aquí emergen con fuerza los intereses creados: redes clientelares, sindicatos politizados, aparatos mediáticos subvencionados y lobbies ideológicos. Es el momento en que el viejo régimen intenta sobrevivir bajo nuevas siglas.
Tercera fase: restaurar el pluralismo real (2–3 años)
Una democracia sana no teme la discrepancia. La España degradada, sí.
Esta fase busca:
• Poner fin al señalamiento moral del adversario.
• Recuperar un espacio público donde disentir no implique ser cancelado.
• Sustituir la propaganda por información, y la militancia por periodismo.
No es solo una tarea legal, sino cultural. El sectarismo no desaparece cuando se pierde el poder; deja sedimentos que tardan años en diluirse.
Cuarta fase: reconstrucción de la confianza cívica (3–6 años)
Es la etapa más lenta y menos vistosa, pero también la más profunda.
La normalidad democrática se consolida cuando:
• La ley vuelve a ser previsible.
• El mérito sustituye al amiguismo.
• El ciudadano deja de percibir al Estado como un aparato hostil o adoctrinador.
• La alternancia política no genera miedo existencial.
La confianza no se legisla: se gana con tiempo y coherencia.
Quinta fase: normalidad democrática consolidada
No llega de golpe ni se proclama solemnemente. Se reconoce por sus síntomas:
• Las instituciones resisten los cambios de gobierno.
• La libertad de expresión deja de ser defensiva.
• La ley no se adapta al gobernante de turno.
• El poder vuelve a sentirse limitado.
Cuando eso ocurre, la democracia deja de ser una trinchera y vuelve a ser un marco común.
El gran riesgo: la falsa normalidad
El mayor peligro no es fracasar en la recuperación, sino acostumbrarse a una democracia degradada:
• Elecciones sin verdadera separación de poderes.
• Libertades formales con castigo social.
• Oposición tolerada, pero no respetada.
Ese estado puede prolongarse durante décadas bajo una apariencia de normalidad institucional.
Conclusión
España puede recuperar la normalidad democrática, pero solo si asume una verdad incómoda: el problema no es solo un partido, sino una cultura política entera. Ganar elecciones es necesario, pero insuficiente. La reconstrucción exige paciencia, firmeza y memoria.
Las democracias no mueren de repente.
Tampoco resucitan por decreto.

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