martes, 27 de enero de 2026

Gabriel Rufián o el narcisismo escénico de un charnego convertido al nacionalismo excluyente

Hay políticos que hablan para convencer y otros que hablan para mirarse en el espejo. Gabriel Rufián pertenece, sin demasiadas dudas, a la segunda categoría. Su trayectoria pública es la de un personaje que ha hecho del Parlamento un escenario y del micrófono una extensión del ego. Todo en él —el gesto estudiado, la frase afilada, el sarcasmo milimetrado— responde a una lógica performativa: no se trata de debatir, sino de representar.

Rufián se presenta como el azote del "régimen", el enfant terrible que incomoda a la España "rancia". Pero ese papel, repetido hasta el hastío, ha terminado por revelar su vacío. Detrás del ingenio tuitero y del aplauso fácil hay un discurso pobre, maniqueo y profundamente oportunista. El diputado de ERC no construye argumentos: construye momentos. No busca acuerdos: busca clips. En una política ya saturada de ruido, Rufián ha elevado la autopromoción a método.

El dato biográfico —hijo de emigrantes andaluces, criado fuera del canon nacionalista catalán— podría haber sido la voz que recordara que Cataluña es plural, mestiza, contradictoria. Sin embargo, Rufián eligió el camino inverso: abrazar un nacionalismo excluyente con un celo casi converso, como si la sobreactuación identitaria fuera el peaje necesario para ser aceptado por la ortodoxia.

Ese "charnego convertido" no es una etiqueta despectiva por su origen, sino una descripción política de su mutación discursiva. Porque Rufián no cuestiona el esencialismo del nacionalismo; lo refuerza. No relativiza la épica; la exagera. No suaviza el relato; lo radicaliza. Y lo hace, además, desde una superioridad moral impostada, como si la pertenencia al independentismo lo hubiera investido de una lucidez ética inaccesible al resto.

El problema no es solo Rufián. Es el modelo que encarna. Un modelo de política convertida en show, donde el ingenio sustituye a la responsabilidad y la ironía tapa la falta de soluciones. Cuando todo se reduce a ridiculizar al adversario, el debate se infantiliza. Cuando el Parlamento se usa como plató, la democracia se degrada. Y cuando la identidad se convierte en arma arrojadiza, los ciudadanos pasan de ser sujetos a ser figurantes.

Rufián ha hecho carrera denunciando supuestos privilegios y corrupciones ajenas, mientras su propio espacio político ha sido decisivo para sostener a gobiernos a cambio de concesiones que erosionan la igualdad entre españoles. La paradoja es evidente: quien presume de antisistema se ha convertido en una pieza funcional del sistema que dice combatir. El rebelde de escaño fijo. El inconformista perfectamente integrado.

Su narcisismo escénico no es una excentricidad personal, sino un síntoma de época. La política del aplauso inmediato, del zasca viral, del titular diseñado para X (antes Twitter). Pero los países no se gobiernan a golpe de ocurrencia ni se cosen fracturas identitarias con sarcasmo. Se gobiernan con seriedad, con límites, con un mínimo de lealtad institucional.

Gabriel Rufián seguirá teniendo foco mientras el ruido cotice al alza. Pero conviene no confundir visibilidad con liderazgo ni mordacidad con profundidad. Detrás del personaje hay poco proyecto y demasiada pose. Y quizá esa sea su mayor aportación involuntaria: recordarnos que cuando la política se vuelve puro teatro, los ciudadanos acaban pagando la entrada… y también la factura, pues el charnego convertido gana 7.500 euros al mes por teatralizar la política. 

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