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Lo que se sabe —y lo que no—
En las primeras horas tras el siniestro, las informaciones oficiales apuntaron a una colisión/alcance entre convoyes en un tramo de la red convencional. Como ocurre siempre en estos casos, se activaron los protocolos de seguridad, se suspendió la circulación y se abrió una investigación técnica para determinar las causas exactas.
Las causas definitivas solo pueden establecerlas los informes técnicos de Adif, de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios y, en su caso, de la autoridad judicial. Cualquier afirmación categórica antes de esos dictámenes sería precipitada.
Sin embargo, hay elementos que explican por qué el foco mediático y político se ha desplazado rápidamente hacia el mantenimiento de las vías.
El mantenimiento, el gran ausente del debate público
España presume —con razón— de una de las mayores redes de alta velocidad del mundo. Pero ese éxito ha tenido un coste: la red convencional, por la que circulan trenes regionales, mercancías y cercanías, lleva años denunciando un déficit crónico de inversión en mantenimiento.
Sindicatos ferroviarios, asociaciones de maquinistas y expertos en transporte vienen advirtiendo de:
• Desgaste de carriles y traviesas en tramos antiguos.
• Problemas en la señalización y en los sistemas de seguridad cuando no se actualizan o revisan con la frecuencia adecuada.
• Falta de personal especializado para inspecciones periódicas, consecuencia de jubilaciones no reemplazadas.
Cuando ocurre un accidente como el de Adamuz, estas advertencias dejan de ser abstractas y adquieren rostro y consecuencias reales.
¿Un fallo humano o un sistema tensionado?
En muchos siniestros ferroviarios se acaba señalando a un error humano como causa inmediata. Pero la experiencia demuestra que, detrás de ese error, suele haber un sistema tensionado: infraestructuras envejecidas, procedimientos complejos, presión operativa y recursos limitados.
Por eso, incluso si la investigación concluyera que hubo un fallo operativo concreto, la pregunta de fondo seguiría siendo la misma: ¿se puede exigir excelencia constante cuando el mantenimiento preventivo no recibe la prioridad presupuestaria necesaria?
El mantenimiento tiene un problema político evidente: no se ve. No inaugura líneas nuevas, no da titulares espectaculares ni fotos con cintas cortadas. Pero es, literalmente, lo que evita que los trenes choquen.
El accidente de Adamuz debería servir para replantear prioridades:
• Menos anuncios grandilocuentes.
• Más inversión sostenida en conservación, inspección y modernización de la red existente.
• Transparencia en los informes técnicos y en el estado real de las infraestructuras.
Una lección que no debería olvidarse
Cada accidente ferroviario en España parece seguir el mismo guion: conmoción, promesas, investigaciones… y, pasado un tiempo, silencio. El riesgo es que Adamuz acabe siendo otro nombre más en la lista, sin que se aborde el problema de fondo.
Porque la seguridad ferroviaria no depende solo de la tecnología punta o de la pericia de los profesionales —que la tienen—, sino de algo más básico y menos glamuroso: vías bien mantenidas, revisadas a tiempo y tratadas como una prioridad nacional.
Ignorar eso no es una negligencia técnica. Es una irresponsabilidad política.

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