miércoles, 14 de enero de 2026

Mujeres asesinadas en Irán. El feminismo selectivo de Podemos

Las mujeres siguen muriendo en Irán por el simple hecho de ser mujeres. Mueren por no cubrirse el cabello "correctamente", por protestar, por desobedecer a un régimen teocrático que ha hecho del control del cuerpo femenino una cuestión de Estado. Mueren en cárceles, en comisarías, en la calle, bajo la violencia directa de la policía moral o tras juicios sin garantías. 

Y, sin embargo, mientras estas muertes se acumulan, una parte del feminismo occidental —y muy especialmente el que representa Podemos en España— guarda un silencio tan atronador como incómodo.

Desde la muerte de Mahsa Amini en 2022, símbolo mundial de la brutalidad del régimen iraní, las protestas encabezadas por mujeres han sido respondidas con represión, tortura y ejecuciones. Informes de Naciones Unidas y de organizaciones de derechos humanos documentan asesinatos, desapariciones forzadas y condenas a muerte tras procesos judiciales simulados. No se trata de casos aislados ni de "excesos": es un sistema que castiga la libertad femenina como si fuera un delito capital.

Ante esta realidad cabría esperar una reacción contundente de quienes se autoproclaman defensores universales de los derechos de las mujeres. Pero no ha sido así. 

Podemos, partido que ha hecho del feminismo uno de sus principales estandartes políticos, ha demostrado una vez más que su compromiso no es con las mujeres en abstracto, sino con un feminismo ideológico, selectivo y profundamente condicionado por afinidades políticas.

Cuando el agresor es "Occidente", el feminismo de Podemos no conoce matices. Las condenas son inmediatas, el lenguaje es inflamado y la movilización mediática es constante. Pero cuando el verdugo es un régimen islamista, antioccidental y supuestamente "antiimperialista", el entusiasmo desaparece. Entonces llegan los silencios, las declaraciones tibias o, directamente, la ausencia total de pronunciamiento. Como si denunciar a Irán incomodara demasiado a un relato geopolítico que divide el mundo entre malos conocidos y dictaduras "comprensibles".

Este doble rasero no es casual. Forma parte de una visión del mundo en la que los derechos humanos dejan de ser universales para convertirse en instrumentos políticos. Las mujeres iraníes no encajan bien en el discurso de Podemos porque obligan a reconocer una verdad incómoda: que algunas de las peores opresiones contra las mujeres no provienen del "patriarcado occidental", sino de regímenes autoritarios que combinan religión, violencia y poder absoluto.

El problema no es solo el silencio. Es la hipocresía. Podemos se presenta como el partido que "cree a las mujeres", pero solo parece creerlas cuando su testimonio sirve para reforzar su marco ideológico. Las iraníes que denuncian violaciones, torturas y asesinatos a manos del Estado no reciben el mismo eco ni la misma solidaridad que otras causas más rentables políticamente. Su sufrimiento no genera hashtags, ni manifestaciones multitudinarias, ni discursos encendidos en el Congreso.

Esta selectividad vacía de contenido el propio concepto de feminismo. Si el feminismo no sirve para denunciar a un régimen que ejecuta mujeres por no llevar velo, ¿para qué sirve entonces? ¿Qué credibilidad tiene un movimiento que se dice global, pero mira hacia otro lado cuando las víctimas no encajan en su esquema amigo-enemigo?

El silencio de Podemos contrasta, además, con el coraje de las propias mujeres iraníes, que saben perfectamente a qué se enfrentan y aun así salen a la calle, se quitan el velo y gritan "mujer, vida, libertad". Ellas no piden comprensión cultural ni relativismo político. Piden apoyo, visibilidad y presión internacional. Piden que no se negocie su muerte en nombre de equilibrios ideológicos.

No se trata de exigir a Podemos que salve Irán. Se trata de algo mucho más básico: coherencia moral. O el feminismo es universal o no es feminismo, es propaganda. O se denuncia toda violencia contra las mujeres, venga de donde venga, o se admite abiertamente que hay mujeres de primera y de segunda, según quien las oprima.

Las mujeres asesinadas en Irán no necesitan un feminismo cómodo ni selectivo. Necesitan uno valiente, capaz de señalar sin miedo a los verdugos, aunque estos no encajen en el relato habitual. Cada silencio, cada ambigüedad, cada mirada hacia otro lado es una forma más de abandono. Y también una forma de complicidad.

El feminismo que calla ante Irán no es un feminismo traicionado por la realidad, sino un feminismo desnudo, expuesto tal como es: ideológico antes que humano, partidista antes que ético. Y eso, para quienes dicen luchar por la igualdad y la justicia, debería ser motivo de profunda vergüenza.

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