martes, 27 de enero de 2026

La risa psicopática de Pedro Sánchez

Hay gestos que dicen más que un discurso entero. En política, donde todo está medido, ensayado y calculado, la risa nunca es inocente. Y la risa de Pedro Sánchez —esa sonrisa ladeada, a veces carcajada abierta, que aparece en los momentos más tensos del debate parlamentario— se ha convertido en un símbolo inquietante de la política española actual.

No es una risa de alegría. Tampoco de ironía elegante. Es una risa de desprecio, de superioridad moral, de quien no discute porque ya se sabe vencedor. Por eso muchos la han bautizado, quizá con exceso retórico, pero no sin intención, como una risa "satánica": no por lo demoníaco, sino por lo deshumanizado del gesto.

Sánchez ríe cuando la oposición denuncia cesiones a los independentistas. Ríe cuando se le recuerda que gobierna con quienes prometieron "hacer caer el régimen del 78". Ríe cuando se le habla de indultos, amnistías o pactos que ayer juraba imposibles. No rebate: sonríe. Y en esa sonrisa hay un mensaje político claro: no importa lo que digas, ya he ganado.

La risa, en este contexto, no es humor; es escenificación del poder. Es la risa del que no siente necesidad de justificarse porque ha sustituido la rendición de cuentas por el relato. Frente al argumento incómodo, Sánchez no responde con datos, sino con gesto. Frente a la crítica, no ofrece explicación, sino mueca.

Ese gesto se repite en el Congreso, pero también en ruedas de prensa y comparecencias internacionales. Es una risa que no busca complicidad, sino humillación. No invita a compartir nada; marca distancia. El que ríe así no dialoga: se coloca por encima.

En una democracia sana, el presidente del Gobierno debería mostrar gravedad ante los asuntos graves. No solemnidad impostada, sino conciencia del cargo. Reír cuando se habla de la fractura territorial, de la degradación institucional o de la desconfianza ciudadana no es seguridad: es cinismo.

La risa de Sánchez conecta directamente con la insultocracia. No hace falta insultar con palabras cuando se puede insultar con el gesto. La carcajada es el nuevo "facha", el nuevo "ultraderecha", el nuevo "no mereces respuesta". Es la deslegitimación sin frase, el desprecio sin argumentación.

Por eso molesta tanto. Porque no es espontánea. Es performativa. Es la risa del político que ha entendido que en la política actual no gana quien convence, sino quien resiste sin rubor. Quien aguanta, pacta lo que negó, rectifica sin pedir perdón y sonríe mientras lo hace.

Hay algo profundamente corrosivo en esa actitud. Transmite a la ciudadanía que la política ya no es un espacio moral, sino un tablero táctico donde todo vale si se sobrevive. La risa sustituye al pudor. La mueca reemplaza a la explicación.

No es casual que esa risa aparezca justo cuando se le acorrala con contradicciones. No es humor: es defensa psicológica convertida en arma política. Un modo de decir: vuestra indignación me resulta irrelevante.

Y ahí está el problema. Porque un presidente que ríe ante la crítica legítima termina riendo también ante el deterioro institucional. Cuando el poder pierde la capacidad de tomarse en serio a sí mismo, empieza a despreciar a quienes representa.

La risa satánica de Pedro Sánchez no es un tic personal. Es el gesto final de una forma de gobernar: sin explicaciones, sin disculpas y sin límites claros. Una risa que no busca convencer, sino desgastar. No dialogar, sino resistir.

Y cuando la política se ríe del ciudadano, el ciudadano acaba dejando de tomarse en serio a la política. Esa, quizá, sea la carcajada más peligrosa de todas.

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