domingo, 25 de enero de 2026

Adamuz no fue inevitable

El ministro agresivo y negligente

Hay tragedias que duelen dos veces. Primero, por el golpe seco de la muerte; después, por la obscena facilidad con la que el poder intenta convertir lo evitable en fatalidad, lo corregible en destino. Adamuz pertenece a esta segunda categoría: la de los sucesos que no fueron un accidente, sino el resultado lógico de una cadena de negligencias, silencios y decisiones políticas equivocadas.

Desde el primer momento, el relato oficial se activó con una precisión casi mecánica. "Investigación en curso", "circunstancias excepcionales", "no se podía prever". El lenguaje administrativo volvió a cumplir su función favorita: anestesiar la responsabilidad. Cuando se repiten suficientes veces ciertas palabras, el desastre deja de parecer una consecuencia de malas decisiones humanas y pasa a percibirse como un capricho del azar.

Pero Adamuz no fue el azar.

Naturalizar lo ocurrido es el último eslabón de un proceso perverso. Antes hubo avisos ignorados, infraestructuras envejecidas, mantenimiento diferido y una gestión política más preocupada por el relato que por la seguridad. Nada de eso aparece en los comunicados asépticos. Nada de eso se menciona cuando se apela a la "inevitabilidad".

La naturalización de la tragedia es una forma de violencia institucional. Porque no solo priva a las víctimas de justicia, sino que prepara el terreno para la siguiente. Si lo ocurrido era inevitable, nadie tiene que dimitir. Si nadie dimite, nada cambia. Y si nada cambia, Adamuz deja de ser una excepción para convertirse en precedente.

Hay, además, una doble moral difícil de ignorar. Cuando el desastre ocurre bajo gobiernos ajenos, la izquierda política y mediática habla sin pudor de culpables, recortes, irresponsabilidad criminal. Cuando gobiernan los suyos, el discurso muta: prudencia, respeto al dolor, no politizar. El mismo hecho, dos varas de medir. El mismo muerto, distinto uso.

Adamuz no necesita homenajes vacíos ni minutos de silencio coreografiados. Necesita preguntas incómodas y respuestas claras. Necesita saber quién decidió no invertir, quién miró a otro lado, quién firmó informes tranquilizadores sabiendo que la realidad era otra. Y, sobre todo, necesita que dejemos de aceptar como normal lo que nunca debió ocurrir.

Porque lo verdaderamente peligroso no es el accidente en sí, sino la pedagogía posterior del poder: esa que nos entrena para asumir que la incompetencia es parte del paisaje, que el fallo estructural es "lo que hay" y que exigir responsabilidades es de mal gusto.

Adamuz no fue inevitable. Inevitable es solo la muerte cuando ya se ha producido. Todo lo demás —el abandono, la negligencia, el silencio— fue una elección. Y las elecciones, en democracia, deberían tener consecuencias.

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