domingo, 18 de enero de 2026

Los jóvenes abandonan la izquierda y se van en masa a Vox

Durante décadas, la izquierda se arrogó una especie de derecho natural sobre el voto joven. Era casi un axioma político: quien tiene veinte años es rebelde, inconformista y, por tanto, de izquierdas. Hoy ese dogma se desmorona. Cada encuesta, cada proceso electoral y cada conversación fuera de la burbuja universitaria confirma una realidad incómoda para la izquierda española: los jóvenes se están marchando, y no precisamente hacia la abstención, sino hacia Vox.

La pregunta no es por qué los jóvenes "se han vuelto de derechas", como repiten algunos dirigentes progresistas con gesto de superioridad moral. La pregunta correcta es qué ha hecho la izquierda para perderlos.

La izquierda que sermonea ya no seduce

El primer error ha sido el moralismo constante. La izquierda actual no propone: alecciona. No convence: señala. No debate: cancela. El joven que discrepa ya no es un adversario político, sino un "facha", un "privilegiado" o un "ignorante que vota contra sus intereses". Esa actitud puede funcionar en redes sociales y en facultades ideologizadas, pero fracasa estrepitosamente en la vida real.

La generación que creció escuchando discursos sobre diversidad, igualdad y derechos se encuentra ahora con una izquierda que no tolera la disidencia. Y cuando la libertad de pensamiento desaparece, muchos jóvenes prefieren refugiarse en opciones que, con mayor o menor acierto, prometen decir lo que piensan sin pedir perdón.

Vivienda, empleo y futuro: el gran abandono

El segundo factor es aún más decisivo: la izquierda ha fallado en lo esencial. Los jóvenes no pueden emanciparse, encadenan contratos precarios, pagan alquileres imposibles y ven cómo el ascensor social está averiado. Tras años de gobiernos progresistas, la situación no solo no ha mejorado, sino que en muchos casos ha empeorado.

¿La respuesta? Más lenguaje inclusivo, más batallas simbólicas y más leyes identitarias. Para un joven que no puede independizarse ni formar un proyecto vital, esas prioridades suenan a burla.

Vox ha sabido conectar con ese malestar canalizando la rabia y el hartazgo. La izquierda, en cambio, ha convertido la frustración juvenil en un problema de "concienciación", como si el problema fuera que los jóvenes no entienden suficientemente bien el mundo.

Feminismo selectivo y causas lejanas

Otro elemento clave es el feminismo institucional, cada vez más percibido como excluyente y punitivo. Muchos jóvenes —hombres y mujeres— no se reconocen en un discurso que divide a la sociedad en colectivos enfrentados, que presume de defender a las mujeres mientras ignora a las que no encajan en su relato y que parece más interesado en imponer dogmas que en garantizar igualdad real ante la ley.

A ello se suma la obsesión de la izquierda por conflictos lejanos y causas internacionales selectivas, mientras mira hacia otro lado ante dictaduras amigas o violaciones de derechos humanos incómodas. El joven que observa esa incoherencia no se radicaliza: se desencanta.

Vox como síntoma, no como causa

Vox no es el origen del problema, sino el síntoma. El auge de Vox entre jóvenes no se explica solo por TikTok, algoritmos o mensajes provocadores. Se explica porque alguien ha dejado un espacio vacío: el de la rebeldía, la crítica al sistema y la oposición al pensamiento único. Un espacio que antes ocupaba la izquierda y que hoy ha abandonado. No es un giro ideológico masivo, sino un voto de castigo a una izquierda que ya no representa esperanza, sino cansancio.

El fracaso de una generación política

La izquierda no está perdiendo a los jóvenes porque estos se hayan vuelto conservadores, sino porque ha dejado de hablar su idioma. Les promete derechos, pero les quita futuro. Les habla de justicia social, pero practica el sectarismo. Les vende progreso, pero ofrece precariedad.

Hasta que no haga una autocrítica real —y no un nuevo ejercicio de culpabilización del votante— la fuga juvenil continuará. Y entonces ya no servirá culpar a la ultraderecha, a los medios o a las redes sociales. La responsabilidad será exclusivamente suya.

Porque cuando una generación entera deja de creerte, el problema no es la generación. El problema eres tú.

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