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Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero. |
El origen que nunca fue un secreto
Antes de que existiera Podemos, antes incluso de que Iglesias se convirtiera en rostro televisivo habitual, ya existía una fascinación explícita por el modelo bolivariano. No era un interés académico neutral: era admiración política. Hugo Chávez, primero, y el chavismo después, fueron presentados como ejemplos de "democracia participativa", de "empoderamiento popular" y de ruptura con el "régimen del 78".
El problema no es que estudiaran Venezuela. El problema es que la defendieran cuando ya era evidente su deriva autoritaria. Cuando el chavismo cerraba medios, perseguía opositores, colonizaba tribunales y militarizaba la política, Iglesias y su entorno seguían hablando de "proceso popular", de "soberanía" y de "ataques del imperialismo".
No eran despistes. Eran convicciones.
El populismo como método
El ADN chavista no está solo en las simpatías internacionales, sino en la forma de hacer política. Iglesias importó un manual muy concreto: dividir la sociedad entre "pueblo" y "casta", deslegitimar a la prensa crítica, señalar a jueces y empresarios, y presentar cualquier límite institucional como una conspiración antidemocrática.
Ese esquema no nació en Vallecas ni en la Complutense. Viene de Caracas, de La Habana y de toda la tradición populista latinoamericana que entiende la democracia no como un sistema de contrapesos, sino como un plebiscito permanente al líder y a su relato.
Por eso Podemos nunca creyó de verdad en la separación de poderes, ni en la neutralidad de las instituciones, ni en la prensa libre cuando no era afín. Exactamente igual que el chavismo.
El mito del profesor honesto
Otro pilar del cuento fue la supuesta superioridad moral. Iglesias se presentó como el intelectual incorruptible frente a la "vieja política". Sin embargo, el tiempo fue desmontando la pose: financiación opaca, relaciones incómodas con regímenes autoritarios, contradicciones patrimoniales y un ejercicio del poder interno tan vertical como el que decían combatir.
El líder que hablaba de horizontalidad acabó controlando el partido con mano de hierro. El defensor de los humildes terminó viviendo como aquello que criticaba. Nada nuevo: el chavismo también empezó hablando de los pobres y terminó creando una nueva élite.
Venezuela como espejo incómodo
Hoy, cuando Venezuela es un país devastado, con millones de exiliados, una economía arruinada y un sistema político sin libertades reales, muchos intentan reescribir el pasado. Dicen que "no era eso", que "se torció", que "nadie podía saberlo". Es falso. Se sabía. Y se defendió igualmente.
Iglesias y los suyos no fueron simples observadores. Fueron propagandistas, justificadores y blanqueadores. Cuando tocaba condenar, miraron a otro lado. Cuando tocaba rectificar, redoblaron la apuesta.
Fin del relato
Desmontar el cuento de Pablo Iglesias no es un ejercicio de revancha, sino de higiene democrática. Porque mientras se siga presentando el chavismo como una "alternativa democrática fallida" y no como lo que es —un proyecto autoritario desde su origen—, el riesgo de repetir el experimento permanece.
Pablo Iglesias no fue un error del sistema. Fue la expresión española de una ideología conocida, probada y fracasada. Con otros acentos, otros símbolos y otro contexto, sí. Pero la misma lógica de fondo.
Ya es hora de decirlo claramente, sin eufemismos ni nostalgia: no eran regeneradores democráticos. Eran chavistas. Y punto.

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