domingo, 8 de febrero de 2026

Podemos, cero: la mejor noticia de las elecciones en Aragón. No es la derrota de un partido, sino de una forma de hacer política.

Hay derrotas que son algo más que un resultado electoral. Son un cierre de etapa. El cero de Podemos en Aragón no es solo una cifra: es la constatación de que un proyecto político nacido a golpe de consignas, hipérboles morales y promesas sin memoria ha agotado su crédito allí donde los votantes comparan discurso y gestión. Y Aragón, esta vez, ha comparado.

Podemos llegó proclamando una "nueva política" que acabaría con los vicios de la vieja. Diez años después, lo que queda es un balance de ruido, sectarismo y políticas públicas fallidas, incapaces de sostenerse sin el oxígeno permanente del conflicto. En Aragón, como en otros territorios, el votante ha hecho lo que suele hacer cuando se siente tratado como figurante: retirar el aplauso.

El cero no cae del cielo. Es el resultado de una trayectoria que confundió activismo con gobierno, eslóganes con reformas y pureza moral con eficacia. Mientras la comunidad debatía sobre servicios públicos, empleo, despoblación o infraestructuras, Podemos seguía atrapado en su liturgia identitaria, más pendiente de la trinchera cultural que de la gestión concreta. La política convertida en espectáculo acaba siendo irrelevante cuando llega el recuento.

También hay un factor de fondo: la fatiga. Fatiga de la exageración permanente, de la superioridad moral como sustituto del argumento, del insulto como método y de la excusa como programa. El votante aragonés —pragmático, poco dado a fuegos artificiales— ha mandado un mensaje claro: menos épica y más resultados.

El cero de Podemos es, además, una buena noticia para la salud del debate público. Significa que la política puede volver a discutir prioridades reales sin el chantaje emocional constante; que se puede disentir sin ser señalado; que gobernar exige algo más que proclamas. No es el triunfo de una ideología concreta, sino la derrota de una forma de hacer política.

Podemos quiso ser imprescindible. Aragón le ha respondido que era prescindible. Y cuando una fuerza que prometía asaltar los cielos no logra ni abrir la puerta de las instituciones, la conclusión es evidente: el experimento terminó. 

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