La política, como el mercado, castiga sin piedad a quien llega tarde. Y en España el Partido Popular lleva años llegando tarde a todo: a las ideas, al discurso y, ahora, al electorado. Vox no solo ha marcado la agenda de la derecha, sino que ha colocado al PP en una posición humillante: la de imitador. Y la experiencia demuestra que el votante siempre acaba eligiendo al original antes que a la copia.
Durante años, el PP despreció a Vox con soberbia. Lo llamó partido testimonial, extrema derecha irrelevante, anomalía pasajera. Hoy repite sus mensajes casi palabra por palabra: inmigración descontrolada, seguridad, crítica al consenso progresista, rechazo a la ingeniería social, denuncia del adoctrinamiento. Pero lo hace mal, tarde y sin convicción. El resultado es obvio: cuando el PP intenta parecerse a Vox, deja de ser creíble como PP y jamás lo será como Vox.
La copia siempre delata miedo. Y el miedo del PP es evidente. Ha asumido que el marco cultural lo ha perdido y que Vox lo ha desplazado del centro de la conversación política. Ya no es el partido que fija límites ni el que decide qué se puede decir. Es el que reacciona, el que corrige discursos, el que rectifica según la encuesta del lunes. Vox, en cambio, no corrige: insiste. Y en política, la insistencia coherente pesa más que la moderación oportunista.
El votante no es ingenuo. Sabe distinguir entre quien defiende una posición porque cree en ella y quien la adopta por puro cálculo electoral. Cuando el PP endurece su discurso sobre inmigración, nadie olvida que gobernó sin tocar una sola de las políticas que ahora critica. Cuando habla de libertad, arrastra el lastre de complejos acumulados, cesiones culturales y silencios estratégicos. Vox no tiene ese pasado encima. Su discurso podrá gustar más o menos, pero es reconocible, estable y, sobre todo, auténtico.
Además, el PP sufre una contradicción insalvable: quiere atraer al votante de Vox sin perder al votante progresista moderado. Ese equilibrio imposible lo convierte en un partido ambiguo, temeroso y contradictorio. Vox, por el contrario, no aspira a gustar a todos. Aspira a convencer a los suyos. Y eso, en tiempos de polarización y hartazgo, es una ventaja competitiva enorme.
Por eso Vox no solo crece: sustituye. Allí donde el PP intenta parecer firme, Vox ya estaba. Allí donde el PP promete, Vox exige. Allí donde el PP duda, Vox avanza. No es una cuestión de estilos, sino de credibilidad. Y la credibilidad no se improvisa en campaña ni se copia en un mitin.
La historia política está llena de ejemplos: nadie recuerda a la imitación cuando el original sigue vivo. El PP puede seguir copiando gestos, palabras y poses, pero eso no hará sino acelerar su irrelevancia. Porque cuando un partido renuncia a ser lo que es para parecerse a otro, ya ha perdido la batalla.
Vox no barre al PP porque grite más fuerte, sino porque su discurso no suena prestado. En política, como en todo, el original siempre acaba imponiéndose a la copia. Y los españoles ya han empezado a notarlo.

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