sábado, 7 de febrero de 2026

El Parlamento como circo mediático: cuando el argumento deja de importar


El Parlamento español atraviesa una degradación que ya no puede disimularse con eufemismos. Lo que debería ser el núcleo del debate democrático se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en un espectáculo de consignas, descalificaciones y frases huecas, diseñado no para legislar mejor, sino para sobrevivir en el ecosistema mediático.

Hoy el diputado que razona estorba. El que grita, triunfa.

Gabriel Rufián

Gabriel Rufián ha elevado la frase lapidaria a categoría parlamentaria. Intervenciones como «ustedes no tienen principios, tienen intereses» o «el Estado no tiene amigos, tiene miedo» funcionan como proyectiles mediáticos, pero se agotan en sí mismas.

Rufián no pretende desarrollar una tesis ni sostener una propuesta legislativa: su objetivo es dominar el relato en 30 segundos. El Congreso se convierte así en una fábrica de tuits con micrófono, donde el aplauso del propio bloque sustituye al debate real.

Irene Montero

Durante su etapa como ministra, Irene Montero ejemplificó otro vicio recurrente: la superioridad moral como sustituto del razonamiento. Frases como «quien no esté con esta ley está con los agresores» redujeron debates jurídicos complejos a un falso dilema emocional.

El resultado fue devastador: cualquier crítica técnica era automáticamente deslegitimada como inmoral. No se respondía al argumento; se descalificaba al interlocutor. El Parlamento dejó de deliberar para emitir juicios morales simplistas.

Santiago Abascal

Santiago Abascal ha optado directamente por el choque frontal. «Este Gobierno es una estafa», «ustedes son enemigos de España», «no representan a nadie». No son argumentos, son consignas diseñadas para reafirmar al votante propio.

El Parlamento, en este modelo, no es un lugar para convencer, sino para exhibir fuerza simbólica. El debate queda reducido a una guerra de identidades donde el contenido programático es irrelevante.

Pedro Sánchez

El caso de Pedro Sánchez es distinto, pero no menos problemático. Sus respuestas en las sesiones de control suelen ser ejemplos de retórica sin información. Ante preguntas concretas, responde con fórmulas genéricas como «este Gobierno protege a la mayoría social» o «España lidera el crecimiento en Europa».

Eludiendo sistemáticamente el detalle incómodo, Sánchez transforma el control parlamentario en un ejercicio de comunicación política unidireccional. Mucha forma, cero rendición de cuentas.

Óscar Puente

La entrada de perfiles como Óscar Puente ha normalizado un tono directamente agresivo. Insultos velados, sarcasmo personal y ataques ad hominem se celebran como "brillantez dialéctica". En realidad, son sustitutos baratos del argumento.

Cuando el insulto se convierte en mérito parlamentario, el mensaje es claro: pensar no compensa.

El rigor castigado

Mientras tanto, las intervenciones más sólidas —en presupuestos, deuda pública, política energética o relaciones exteriores— apenas reciben atención. Diputados que citan informes, datos del Banco de España o normativa europea hablan para el vacío.

No generan clips. No generan titulares. No generan trending topics. Por tanto, desaparecen.

El Parlamento como extensión de la campaña permanente

El problema de fondo es estructural: el Congreso ya no legisla; actúa. Cada intervención está pensada como contenido reutilizable. Cada discurso es una pieza de marketing. Cada réplica, un ensayo general para la siguiente entrevista.

El diputado deja de ser legislador para convertirse en influencer institucionalizado.

El precio: una democracia infantilizada

Esta deriva tiene consecuencias graves:

• Se infantiliza el debate público.
• Se castiga la complejidad.
• Se premia la polarización.
• Se erosiona la confianza en las instituciones.

Cuando todo se reduce a buenos y malos, a gritos y aplausos, la política deja de resolver problemas y se limita a explotarlos emocionalmente.

El Parlamento no está para entretener

No, el Parlamento no tiene que ser divertido. Tiene que ser útil. Tiene que incomodar, explicar, matizar y, sobre todo, pensar. Convertirlo en un plató permanente no lo acerca a la ciudadanía: lo degrada.

Porque cuando el impacto mediático sustituye definitivamente al argumento, el Parlamento sigue en pie… pero la democracia empieza a vaciarse por dentro.


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