sábado, 7 de febrero de 2026

El problema de Sánchez con las redes sociales. No las puede controlar.


Pedro Sánchez mantiene una relación cada vez más tensa con las redes sociales. Lo que en otros líderes políticos se ha convertido en una herramienta de comunicación directa con los ciudadanos, en el caso del presidente del Gobierno parece haberse transformado en un foco constante de incomodidad, desconfianza y conflicto.

El problema no es solo de estilo, sino de fondo. Las redes sociales rompen el control del relato, y eso es precisamente lo que más incomoda a Sánchez. Acostumbrado a una comunicación política muy medida, basada en comparecencias sin preguntas, entrevistas afines y mensajes cuidadosamente guionizados, el ecosistema digital introduce una variable imposible de domesticar: la crítica inmediata, viral y descentralizada.

En Twitter (X), Instagram, TikTok o YouTube no hay editores que filtren, ni tertulianos que amortigüen el golpe, ni marcos narrativos previamente pactados. Un vídeo antiguo, una contradicción evidente o una hemeroteca incómoda pueden reaparecer en cuestión de minutos y alcanzar a millones de personas sin intermediarios. Para un líder que ha cambiado de posición con frecuencia en asuntos clave —amnistía, pactos, política territorial, impuestos—, ese archivo colectivo permanente es un problema serio.

A ello se suma otro factor: el humor. Memes, parodias y sátiras circulan con enorme eficacia en redes sociales, erosionando la imagen solemne que el presidente intenta proyectar. Sánchez suele presentarse como un estadista serio, responsable y casi tecnocrático. Las redes, en cambio, lo convierten en personaje: exageran gestos, rescatan frases, ridiculizan contradicciones. Y contra el humor político, el poder tiene pocas defensas.

La reacción del Gobierno ha sido reveladora. En lugar de asumir que la crítica forma parte del juego democrático, el discurso oficial tiende a deslegitimarla. Se habla de "bulos", "desinformación", "discursos de odio", "máquina del fango" o "campañas coordinadas" con una ligereza preocupante. Conceptos reales y graves se utilizan de forma expansiva para englobar desde noticias falsas hasta simples opiniones incómodas o bromas virales. El resultado es una peligrosa confusión entre combatir la mentira y censurar la disidencia.

No es casual que desde el entorno gubernamental se haya impulsado un mayor control sobre el espacio digital, ya sea mediante regulaciones, observatorios, advertencias a plataformas o señalamientos públicos a usuarios críticos. El mensaje implícito es claro: el problema no es lo que se dice, sino que se diga sin permiso.

Paradójicamente, esta actitud suele tener el efecto contrario al deseado. Cada intento de desacreditar o limitar la crítica en redes refuerza la percepción de que Sánchez no tolera bien el cuestionamiento público. En un contexto de creciente desafección política, esa imagen alimenta aún más la distancia entre el Gobierno y una parte significativa de la ciudadanía, especialmente los más jóvenes, que viven y se informan principalmente en el entorno digital.

El problema de Sánchez con las redes sociales no es técnico ni generacional. Es cultural y político. Las redes no son incómodas porque mientan —aunque a veces lo hagan—, sino porque no obedecen. Y para un poder acostumbrado a controlar el relato, esa indisciplina permanente resulta insoportable.

En democracia, sin embargo, la incomodidad no es un defecto: es una señal de salud. El verdadero reto no es domesticar las redes, sino aprender a convivir con ellas sin miedo, sin censura y sin confundir crítica con ataque al sistema. De momento, Sánchez parece más inclinado a combatir el espejo que a corregir la imagen que refleja.

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