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Militantes del Frente Popular |
La investigación más conocida en este sentido es la realizada por los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, "Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular". Tras estudiar durante años las actas electorales y otras fuentes primarias, ambos sostienen que las elecciones no fueron un simple «pucherazo» nacional, pero sí estuvieron acompañadas de fraudes localizados y de una presión política y callejera que terminó alterando el resultado parlamentario.
El problema no estuvo necesariamente en el acto de votar del 16 de febrero, sino, sobre todo, en lo que ocurrió después. El recuento se desarrolló en un clima de enorme tensión. Entre el 16 y el 19 de febrero se produjeron disturbios y presiones políticas que contribuyeron a la dimisión del presidente del Gobierno, Manuel Portela Valladares. Manuel Azaña pasó entonces a encabezar un nuevo Gobierno cuando el proceso electoral todavía no había concluido.
Según Álvarez Tardío y Villa, en determinadas circunscripciones aparecieron actas modificadas, recuentos cuestionables, escrutinios realizados sin todas las garantías y resultados que no coincidían con los datos inicialmente conocidos. Señalan especialmente los casos de La Coruña, Cáceres, Jaén, Valencia, Málaga y Santa Cruz de Tenerife. Su conclusión es que alrededor de medio centenar de escaños pudieron quedar afectados por irregularidades.
La importancia de esta cuestión es enorme. El Frente Popular obtuvo finalmente una mayoría parlamentaria suficiente para gobernar. Pero los investigadores sostienen que, antes de las modificaciones posteriores al recuento, las estimaciones disponibles situaban sus escaños en torno a 216-217, frente a los 240 que acabaría obteniendo. De confirmarse esa reconstrucción, las irregularidades no habrían creado la victoria electoral desde cero, pero sí habrían sido decisivas para transformar una victoria relativa en una mayoría absoluta.
Ahora bien, conviene evitar otra simplificación. No existe consenso historiográfico en que las elecciones fueran globalmente un fraude que invalidara la victoria del Frente Popular. Investigaciones más recientes, como la del historiador Carmelo Romero, sostienen que el Frente Popular sí ganó las elecciones y que, aunque existieron irregularidades y violencia, no puede hablarse de un fraude sistémico capaz de anular el resultado.
Por tanto, la cuestión histórica no debería plantearse como una elección entre dos consignas: «el Frente Popular ganó limpiamente» o «todo fue un pucherazo». La documentación disponible apunta a una realidad bastante más incómoda: unas elecciones celebradas en un ambiente de extraordinaria violencia y polarización, seguidas de un proceso de escrutinio en el que se produjeron irregularidades importantes y todavía discutidas por los historiadores.
Lo que sí parece difícil de sostener hoy es la imagen de unas elecciones absolutamente normales y transparentes. Pero tampoco sería históricamente riguroso convertir las irregularidades documentadas en una explicación total de la victoria del Frente Popular.
La verdadera lección de febrero de 1936 quizá sea otra: cuando las instituciones electorales pierden credibilidad, cuando la violencia sustituye al debate y cuando los vencedores y perdedores dejan de aceptar las reglas comunes, la democracia queda herida de muerte. Cinco meses después, España entraría en la tragedia de la Guerra Civil.
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