viernes, 28 de agosto de 2026

Sánchez ya no es intocable

Recuerda: nadie es intocable.

Durante años, Pedro Sánchez consiguió convertir una de sus mayores debilidades en una fortaleza: sobrevivir políticamente a casi todo. Crisis internas, derrotas electorales, polémicas judiciales, cambios de alianzas y decisiones que parecían destinadas a provocar su caída terminaron reforzando, paradójicamente, su control sobre el PSOE. Pero algo parece estar cambiando. Sánchez ya no es completamente intocable.

La señal más significativa no procede de la oposición, sino de su propio Gobierno. El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha abierto públicamente la conversación sobre la sucesión. Preguntado por el futuro del liderazgo socialista, no descartó presentarse algún día para sustituir a Sánchez y situó el relevo en un horizonte posterior a la próxima legislatura.

Puede parecer una declaración inocente. No lo es. En política, hablar de la sucesión de un dirigente que todavía está en el poder significa admitir que existe un escenario posterior a él. Y que un ministro en ejercicio se permita hacerlo revela que el tabú empieza a romperse.

Puente ha intentado posteriormente rebajar el alcance de sus palabras, pero el daño político ya estaba hecho. En Moncloa existe malestar porque sus declaraciones han colocado en la agenda un debate que el entorno presidencial considera inoportuno. 

El problema para Sánchez es que la conversación coincide con un momento especialmente delicado. La crisis de Ceuta ha expuesto diferencias dentro del Gobierno, particularmente alrededor de la actuación de los servicios de inteligencia y de la respuesta de Interior y Defensa. Las discrepancias entre Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska han obligado a Félix Bolaños a fijar públicamente la posición oficial del Ejecutivo.

No se trata solamente de una discusión administrativa. Las crisis graves tienen una característica política: obligan a repartir responsabilidades. Y cuando la responsabilidad empieza a circular entre ministros, el presidente deja de ser el único centro de gravedad del Ejecutivo.

La situación se complica porque la crisis de Ceuta ha adquirido una dimensión nacional. La entrada irregular de decenas de miles de personas y la permanencia de miles de ellas en una situación extremadamente precaria han provocado críticas por la gestión gubernamental y han obligado a Sánchez a convocar al Consejo de Seguridad Nacional semanas después del estallido de la crisis. 

Mientras tanto, el PSOE afronta un problema todavía más profundo: qué ocurrirá después de Sánchez. Las derrotas electorales acumuladas y los problemas internos han alimentado desde hace meses conversaciones sobre el futuro del partido. La cuestión ya no es únicamente si Sánchez puede resistir, sino cuánto tiempo puede seguir siendo el único dirigente capaz de mantener unida a la organización.

La paradoja es evidente. Sánchez continúa controlando el PSOE y sus ministros siguen proclamando públicamente su confianza en él. Elma Saiz, por ejemplo, ha defendido recientemente que Sánchez es el «mejor líder» del partido y ha rechazado que existan dudas sobre su liderazgo. 

Pero precisamente esa necesidad de desmentir que exista una crisis demuestra que el asunto está sobre la mesa.

Un líder verdaderamente indiscutido no necesita que sus ministros expliquen constantemente que continúa siendo indiscutido.

Sánchez todavía conserva poder, recursos institucionales y capacidad de resistencia. Sería prematuro hablar de una sucesión inmediata. Pero algo importante ha cambiado: la hipótesis de un PSOE sin Sánchez ha dejado de ser políticamente impensable.

Y cuando los propios ministros empiezan a mirar más allá del presidente, aunque sea con prudencia y calculadora ambigüedad, el poder comienza a tener fecha de caducidad.

La cuestión ya no es si Sánchez puede sobrevivir a otra crisis. Probablemente pueda. La verdadera cuestión es si, después de tantos años de supervivencia, el PSOE empieza finalmente a imaginar su vida sin él.

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