jueves, 27 de agosto de 2026

Trump está fallando en Venezuela

Miento, luego existo.

Donald Trump puede presentar la captura de Nicolás Maduro como una de las grandes operaciones de su política exterior. Y, desde el punto de vista militar, resulta difícil discutir que fue un golpe extraordinario: el 3 de enero de 2026 fuerzas estadounidenses capturaron al dictador venezolano y lo trasladaron a Estados Unidos para ser procesado. La propia Casa Blanca considera la operación uno de los mayores éxitos de la presidencia Trump.

Pero una cosa es ganar una operación militar y otra muy distinta ganar la paz. Y es precisamente en esta segunda fase donde la estrategia de Trump empieza a mostrar grietas.

El problema fundamental es que Washington derribó el principal obstáculo personal del régimen, pero no ha conseguido desmontar todavía el sistema político construido durante el chavismo. 

Delcy Rodríguez gobierna como presidenta interina bajo una enorme presión estadounidense, mientras la oposición venezolana intenta recuperar protagonismo y abrir el camino hacia unas elecciones verdaderamente democráticas. El Consejo de Relaciones Exteriores describe la situación como una transición todavía profundamente condicionada por Washington.

Trump prometió resultados rápidos. Sin embargo, ocho meses después de la captura de Maduro, Venezuela continúa necesitando una solución política de fondo. 

Las negociaciones entre el Gobierno interino y la oposición avanzan con dificultad y han generado frustración entre los propios venezolanos. Chatham House advierte de que los primeros contactos han ofrecido señales preocupantes y reclama una presión estadounidense efectiva para conseguir avances reales.

Hay además una contradicción que amenaza con convertirse en el gran problema de la política venezolana de Trump: Washington quiere reconstruir Venezuela, pero al mismo tiempo mantiene un control extraordinariamente estrecho sobre sus recursos. La Casa Blanca decidió colocar los ingresos petroleros venezolanos bajo mecanismos de supervisión estadounidense, justificándolo como una herramienta para garantizar la estabilidad política y económica del país.

El petróleo es, naturalmente, la clave. 

Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo, pero su industria ha sufrido décadas de abandono, corrupción, falta de inversiones y deterioro de las infraestructuras. Trump anunció que las empresas estadounidenses reconstruirían rápidamente la industria petrolera. Sin embargo, el ritmo está siendo mucho más lento de lo anunciado. Axios señalaba en agosto que los acuerdos petroleros avanzaban con lentitud, mientras que nuevas operaciones siguen tropezando con problemas legales, financieros y administrativos.

El reciente contrato de SLB con PDVSA para recuperar y modernizar los datos de los campos petroleros ilustra perfectamente la situación: incluso una empresa estadounidense de primer nivel se enfrenta a un sector devastado, sistemas obsoletos y obstáculos derivados de las propias sanciones estadounidenses.

La pregunta, por tanto, no es si Trump consiguió derrotar a Maduro. Lo consiguió. La pregunta es qué ha construido después de esa victoria.

Si Venezuela no alcanza pronto una transición democrática creíble, si la economía no despega y si la reconstrucción petrolera continúa retrasándose, Trump correrá el riesgo de haber cambiado un régimen autoritario por una situación de tutela estadounidense indefinida. Y eso sería especialmente incómodo para un presidente que hizo de «America First» y de la defensa de la soberanía nacional una de sus principales banderas.

Trump ganó la batalla contra Maduro. Pero todavía no ha ganado Venezuela. Y cuanto más tiempo pase sin una salida política clara, más evidente será que la operación militar, por espectacular que fuese, no constituye por sí sola una estrategia de éxito.A

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