martes, 25 de agosto de 2026

¿Es tan malo Occidente como lo pintan las izquierdas?

¿Somos tan malos como nos pintan?

Existe una corriente de pensamiento que parece considerar que Occidente debe pedir perdón por casi todo: por su historia, por su economía, por su cultura, por sus instituciones y hasta por los valores que han permitido a millones de personas vivir con una libertad desconocida durante siglos. Según esta visión, nuestra civilización sería esencialmente culpable y tendría poco de lo que sentirse orgullosa.

Pero conviene separar la crítica legítima de la caricatura.

Occidente tiene un pasado lleno de sombras. Hubo guerras de conquista, esclavitud, colonialismo, discriminación, explotación y terribles abusos de poder. Negarlo sería absurdo. Pero tampoco es razonable juzgar una civilización exclusivamente por sus errores, ignorando las instituciones que ella misma desarrolló para combatirlos.

La democracia liberal, la separación de poderes, el Estado de derecho, la libertad de expresión, la libertad religiosa, los derechos individuales y la igualdad ante la ley forman parte esencial del legado político occidental. No son conquistas perfectas ni definitivas, pero han cambiado radicalmente la condición humana.

Los datos ayudan a poner las cosas en perspectiva. Hace apenas dos siglos, la inmensa mayoría de la población mundial era analfabeta. Hoy, más de cuatro de cada cinco personas saben leer y escribir. Our World in Data señala que la alfabetización universal fue una de las grandes aspiraciones surgidas de la Ilustración y que su expansión se aceleró extraordinariamente durante los siglos XIX y XX. 

Algo semejante ocurrió con la esperanza de vida. En 1900, la media mundial rondaba los 32 años; en 2021 había superado los 70. La medicina, las vacunas, los antibióticos, el saneamiento, el agua potable, la nutrición y la mejora de las condiciones materiales explican buena parte de esta transformación.

¿Todo ello fue exclusivamente obra de Occidente? Naturalmente, no. La civilización humana es fruto de aportaciones de muchas culturas. Pero sería igualmente injusto negar el papel decisivo que tuvieron la ciencia moderna, la Ilustración, la revolución industrial y las instituciones políticas occidentales en esta extraordinaria transformación.

Y hay otro dato que merece atención: la democracia. Hace doscientos años prácticamente ningún país podía considerarse una democracia moderna. Hoy, aproximadamente la mitad de los países del mundo pueden recibir esa consideración, aunque con enormes diferencias de calidad.

Eso no significa que Occidente pueda dormirse en los laureles. Al contrario. Freedom House advierte de que la libertad mundial disminuyó por vigésimo año consecutivo en 2025: 54 países empeoraron en derechos políticos y libertades civiles, mientras solo 35 mejoraron. La amenaza no procede únicamente de una ideología concreta. El autoritarismo, el populismo, la polarización, la corrupción y la concentración excesiva del poder pueden aparecer en cualquier extremo del espectro político.

Por eso Occidente no necesita una campaña de autodesprecio, sino una renovación de su confianza en aquello que merece ser defendido.

No tenemos que avergonzarnos de haber heredado una civilización imperfecta. Tenemos que conocer sus errores, reparar sus injusticias y conservar sus aciertos. La libertad no nació perfecta; fue construyéndose lentamente, muchas veces contra quienes pretendían imponer una verdad única.

Occidente no es el paraíso. Nunca lo ha sido. Pero tampoco es el infierno que algunos describen.

Y quizá la mejor manera de demostrarlo sea recordar una cosa sencilla: quien puede criticar libremente a Occidente, denunciar sus defectos, protestar contra sus gobiernos y exigir cambios está disfrutando precisamente de una de las libertades que esa civilización ha contribuido decisivamente a construir.

No hay razón para avergonzarse de ello.

Hay, más bien, razones para defenderlo.

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