Hay momentos en la política en los que una crisis deja de ser simplemente una crisis y empieza a convertirse en una imagen. La de Pedro Sánchez este verano es la de un Gobierno que hace agua por varios frentes y que transmite, por primera vez con especial claridad, la sensación de estar entrando en su tramo final..jpg)
La banda está borracha.
La crisis de Ceuta ha actuado como un acelerador. La entrada masiva de inmigrantes puso al Ejecutivo ante una situación extraordinariamente delicada y obligó a desplegar recursos, ministros y medidas de emergencia. El Gobierno ha anunciado espacios temporales para acoger a 1.500 migrantes y ha planteado traslados de menores a la Península, mientras desde Ceuta se reclama una respuesta más contundente.
Pero el problema político de Sánchez no está solamente en Ceuta. Está en la percepción de que su Gobierno ha perdido capacidad para imponer el relato de los acontecimientos. Durante años, Sánchez ha demostrado una notable habilidad para resistir las crisis, cambiar de posición cuando ha sido necesario y reconstruir mayorías parlamentarias. Ahora esa capacidad parece mucho más limitada.
Los sondeos publicados durante la crisis fronteriza ofrecen una fotografía especialmente incómoda para el PSOE. Algunas encuestas sitúan a los socialistas alrededor de los 100-103 escaños, muy lejos de los resultados necesarios para reeditar por sí solos el actual entramado de apoyos parlamentarios. En uno de los sondeos conocidos recientemente, PP y Vox alcanzarían conjuntamente los 210 diputados.
Conviene no confundir una encuesta con unas elecciones, pero las tendencias tienen importancia porque revelan algo más profundo: el desgaste de un Gobierno que empieza a tener dificultades para convencer incluso a parte de su propio electorado.
Y a ello se añade la fragilidad parlamentaria. Sánchez necesita mantener unidos a socios muy diferentes entre sí, mientras la aprobación de los próximos Presupuestos aparece como uno de los grandes obstáculos de la legislatura. La posibilidad de que el Ejecutivo tenga que afrontar un adelanto electoral si no logra garantizar su continuidad presupuestaria ha alimentado la sensación de cuenta atrás.
Todo ello configura una escena distinta de la que Sánchez había acostumbrado a ofrecer. Ya no aparece como el político capaz de sobrevivir a cualquier tormenta, sino como un presidente obligado a apagar incendios sucesivos.
Eso es precisamente lo que significa un fin de ciclo: no necesariamente que el Gobierno vaya a caer mañana, sino que empieza a desaparecer la sensación de invulnerabilidad que lo acompañó durante años.
Sánchez todavía puede resistir. La legislatura, formalmente, puede prolongarse hasta 2027. Pero resistir no es lo mismo que avanzar. Y un Gobierno que dedica cada vez más energías a sobrevivir transmite inevitablemente una impresión de agotamiento.
La política tiene también una dimensión psicológica. Cuando ciudadanos, adversarios y hasta los propios aliados empiezan a percibir que un poder se debilita, el debilitamiento se convierte en un factor político por sí mismo.
Sánchez ha hecho agua. Quizá todavía pueda achicar el barco. Pero la cuestión decisiva ya no es si puede seguir gobernando, sino durante cuánto tiempo podrá convencer a España de que sigue teniendo el control del relato.
lunes, 24 de agosto de 2026
Sánchez ha hecho agua: la imagen de un fin de ciclo
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