sábado, 28 de marzo de 2026

Cuidados paliativos en España: el derecho que depende del código postal

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En España se da una paradoja difícil de justificar en un Estado que presume de sistema sanitario universal: el acceso a unos cuidados paliativos dignos, integrales y equitativos no está garantizado por una ley estatal común. A estas alturas, y pese a los reiterados anuncios políticos, sigue sin existir una norma de alcance nacional que regule de forma homogénea la atención al final de la vida.

El acceso a unos cuidados paliativos dignos, integrales y equitativos no está garantizado por una ley estatal común.

El vacío legal no es menor. Los cuidados paliativos no son un lujo ni una opción ideológica, sino una necesidad clínica y humana. Hablamos de aliviar el sufrimiento —físico, psicológico y espiritual— de quienes padecen enfermedades avanzadas o incurables. Hablamos, en definitiva, de dignidad. Sin embargo, en España esa dignidad depende en buena medida del lugar de residencia.

Durante años, distintos gobiernos han prometido una ley estatal que nunca termina de materializarse. El resultado es un mosaico normativo en el que cada comunidad autónoma ha legislado por su cuenta. Algunas han desarrollado marcos avanzados, con derechos bien definidos y redes asistenciales más estructuradas; otras, en cambio, presentan carencias evidentes. Esta desigualdad territorial se traduce en algo tan concreto como que no todos los pacientes tienen el mismo acceso a unidades especializadas, atención domiciliaria o acompañamiento adecuado.

La consecuencia es clara: hay ciudadanos de primera y de segunda también en el trance final de la vida.

La consecuencia es clara: hay ciudadanos de primera y de segunda también en el trance final de la vida. No por la calidad de los profesionales —incuestionable en todo el país—, sino por la falta de una estrategia común, financiación suficiente y voluntad política sostenida en el tiempo.

Conviene recordar que los cuidados paliativos no compiten con otros debates, como el de la eutanasia, sino que los preceden y los condicionan. Sin una red sólida de atención paliativa, cualquier discusión sobre el final de la vida queda inevitablemente incompleta. No se puede hablar de libertad real de elección si antes no se garantiza que nadie sufra innecesariamente por falta de recursos.

España cuenta con excelentes profesionales y experiencias de referencia, pero también con déficits estructurales: escasez de unidades específicas, desigual implantación en el medio rural, falta de formación especializada y, sobre todo, ausencia de una ley estatal que establezca mínimos obligatorios y homogéneos.

No se trata de recentralizar competencias, sino de fijar un suelo común de derechos. Igual que ocurre en otros ámbitos sanitarios, una ley nacional de cuidados paliativos debería garantizar estándares básicos en todo el territorio, respetando al mismo tiempo la capacidad de gestión autonómica. Es una cuestión de equidad y de justicia.

Porque al final, más allá de ideologías y disputas partidistas, hay una verdad incómoda: todos vamos a necesitar, antes o después, cuidados paliativos. Y cuando llegue ese momento, lo último que debería importar es en qué comunidad autónoma estamos empadronados.

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