viernes, 27 de marzo de 2026

¿Es posible medir el sufrimiento insoportable?

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La ley habla de "sufrimiento grave, crónico e imposibilitante" o "padecimiento intolerable", pero esas palabras —aparentemente precisas— esconden una realidad resbaladiza. ¿Cómo se mide algo que no tiene termómetro, ni análisis de sangre, ni escala universal? El dolor físico puede aproximarse; el sufrimiento, no.

La medicina dispone de instrumentos para valorar el dolor: escalas del 1 al 10, cuestionarios clínicos, indicadores funcionales. Sirven para orientar tratamientos, pero dependen de lo que el paciente dice sentir. Dos personas con la misma lesión pueden describir experiencias radicalmente distintas. El dolor es biológico; el sufrimiento es biográfico.

Y ahí está la clave. El sufrimiento insoportable no es solo cuánto duele, sino qué significa ese dolor para quien lo padece. No es lo mismo un dolor intenso con esperanza de cura que el mismo dolor unido a la certeza de un deterioro irreversible. Tampoco es igual sufrir rodeado de afecto que hacerlo en soledad. La dimensión existencial pesa tanto como la física.

Las legislaciones que contemplan la eutanasia suelen exigir evaluaciones médicas y, en muchos casos, psicológicas. Se intenta descartar depresiones tratables, presiones externas o decisiones precipitadas. Pero incluso con todos los protocolos, la conclusión final descansa inevitablemente en la palabra del paciente. Nadie puede sentir por otro.

Esto inquieta a quienes temen abusos o errores irreversibles. Si el criterio último es subjetivo, ¿cómo evitar que lo insoportable de hoy sea lo soportable de mañana? La experiencia clínica muestra que algunas personas cambian de opinión cuando el dolor se controla mejor o cuando reciben apoyo emocional. Otras, en cambio, mantienen con serenidad su decisión hasta el final.

También hay sufrimientos que no aparecen en ninguna prueba diagnóstica: la pérdida total de autonomía, la dependencia absoluta, la desaparición de aquello que daba sentido a la vida. Para algunos, no poder comunicarse, reconocer a los seres queridos o decidir sobre el propio cuerpo resulta más devastador que el dolor físico.

El sufrimiento insoportable no es una magnitud objetiva como la fiebre o la presión arterial, sino una experiencia personal límite. La medicina puede evaluar, la ley puede regular, la ética puede orientar, pero ninguna puede cuantificar plenamente lo que ocurre en la intimidad de una conciencia.

Tal vez la pregunta no sea cuánto se sufre, sino quién decide cuando ese sufrimiento ha cruzado la frontera de lo tolerable. Si lo decide solo el individuo, surge el riesgo de subjetivismo extremo; si lo decide exclusivamente el sistema, aparece la deshumanización. Entre ambos polos se mueve uno de los debates más delicados de nuestro tiempo.

En última instancia, el sufrimiento insoportable no se mide: se reconoce. Y ese reconocimiento exige prudencia, compasión y una humildad radical ante el misterio de la experiencia humana.

Porque hay realidades —el amor, la fe, el miedo, la esperanza— que tampoco se pueden medir, pero determinan por completo una vida. El sufrimiento extremo pertenece a esa misma categoría: invisible para los instrumentos, evidente para quien lo vive.

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