miércoles, 18 de marzo de 2026

El paraíso socialista cubano: sin comida, sin luz, sin agua, sin gasolina y sin libertad

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En Cuba, el paraíso prometido por la revolución se ha convertido en una larga cola bajo el sol. Cola para el pan, para el pollo importado, para el transporte inexistente, para cualquier cosa que permita sobrevivir un día más. La utopía terminó reducida a logística de escasez. 

La electricidad llega —cuando llega— como un visitante caprichoso. Los apagones de diez o doce horas ya no escandalizan a nadie: forman parte del paisaje. Sin corriente no hay refrigeración, no hay agua (porque las bombas no funcionan), no hay comunicaciones estables ni actividad económica. El país se apaga literalmente cada noche, como si alguien bajara el interruptor de una nación entera.

El agua potable, por su parte, se ha vuelto un lujo intermitente. Barrios enteros pasan días —o semanas— dependiendo de cisternas o de cubos almacenados. La higiene se convierte en improvisación y la dignidad en resistencia silenciosa. 

La gasolina escasea hasta niveles que paralizan la vida cotidiana. Autobuses abarrotados, camiones adaptados como transporte humano, bicicletas rescatadas de otra época. Moverse es una odisea; trabajar, un privilegio logístico. 

El dinero tampoco cumple su función. Los salarios estatales equivalen a pocos dólares al mes, insuficientes incluso para cubrir alimentos básicos. La dualidad monetaria mutó en algo peor: una economía donde el efectivo casi no sirve y donde las tiendas abastecidas venden en divisas que la mayoría no posee. 

Y por encima de todo, la ausencia de libertad. Sin prensa independiente, sin elecciones competitivas, sin derecho efectivo a disentir. La pobreza material va acompañada de una pobreza cívica cuidadosamente administrada. Quien protesta arriesga detenciones, vigilancia o el exilio forzado. 

Paradójicamente, el sistema que prometía igualdad ha igualado por abajo: todos comparten la escasez, salvo la élite política y militar, que vive en una realidad paralela abastecida y protegida.

El resultado no es un accidente ni una racha de mala suerte. Es la consecuencia previsible de un modelo que concentra el poder económico y político en las mismas manos, elimina incentivos productivos y convierte la dependencia en herramienta de control social.

Así, el "hombre nuevo" terminó siendo el ciudadano resignado: experto en sobrevivir, desconfiado por necesidad y con la maleta siempre medio preparada. Porque en el paraíso socialista cubano, el sueño no es prosperar, sino marcharse.

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