martes, 24 de marzo de 2026

Joaquín Sabina se rebela contra la izquierda

Joaquín Sabina

Joaquín Sabina, símbolo durante décadas de una izquierda bohemia, irreverente y sentimental, ha decidido alzar la voz contra aquello que en otro tiempo defendió con entusiasmo juvenil. Su reciente desencanto no es menor: apunta directamente a los fracasos históricos del comunismo y a la deriva autoritaria de varios regímenes latinoamericanos.

Sabina, que en su juventud simpatizó con la revolución de Fidel Castro en Cuba, reconoce hoy sin ambages que aquella ilusión terminó en decepción. No es un caso aislado, pero sí especialmente significativo por venir de una figura cultural que durante años fue referencia moral para buena parte del progresismo español. Su apoyo actual a los manifestantes y exiliados cubanos supone, en la práctica, un desmarque claro del relato romántico que durante décadas envolvió al castrismo.

Más contundente aún ha sido con el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua, al que acusa de haber traicionado la causa revolucionaria para convertirse en una autocracia familiar. La frase "la traición de Ortega" no es retórica: refleja el sentir de muchos antiguos simpatizantes sandinistas que observan cómo un movimiento nacido contra una dictadura terminó reproduciendo sus peores vicios.

Lo verdaderamente relevante de sus declaraciones no es la crítica —cada vez más común— sino el sujeto que la formula. Sabina no habla desde la derecha ni desde el anticomunismo tradicional, sino desde la biografía de quien creyó. Su afirmación de que "los que hemos sido de izquierdas tenemos la responsabilidad de decir la verdad" introduce un elemento incómodo en el debate público: la autocrítica interna.

Durante décadas, una parte de la izquierda occidental toleró —cuando no justificó— los abusos de ciertos regímenes por considerarlos baluartes contra el imperialismo o el capitalismo. La caída de ese velo no solo responde a la evidencia histórica, sino también a la imposibilidad de seguir ignorando la represión, la pobreza estructural y el exilio masivo que caracterizan a esos sistemas.

Las reacciones en redes sociales muestran la polarización habitual: aplausos de quienes celebran su "despertar" y reproches de quienes lo acusan de haberse vuelto conservador. Sin embargo, reducir su postura a un cambio ideológico simplista sería ignorar el trasfondo generacional. Sabina pertenece a una promoción que vivió la Guerra Fría desde el imaginario romántico de la revolución; hoy contempla sus resultados con la crudeza del tiempo transcurrido.

No es la primera vez que expresa dudas. Ya en 2022 lamentó la deriva de la izquierda latinoamericana, anticipando un desencanto que ahora verbaliza con mayor dureza. La diferencia es que hoy el contexto —crisis económica, migraciones masivas y protestas sociales— hace que esas palabras resuenen con más fuerza.

En el fondo, su rebelión no es contra la izquierda como ideal, sino contra lo que considera su degradación práctica. Y ahí radica la paradoja: al denunciar los "desastres" cometidos en nombre de la justicia social, Sabina no abandona necesariamente sus valores originales, sino que los confronta con la realidad.

Que una figura cultural de su talla rompa públicamente con viejos mitos no cambiará por sí sola el rumbo político de América Latina ni el debate ideológico europeo. Pero sí evidencia algo más profundo: incluso los símbolos pueden cansarse de las consignas cuando la historia se empeña en desmentirlas.

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