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Trabajaron honradamente para construir las primeras casas. |
Los primeros habitantes de Bonavista. |
Las persianas bajadas de las mercerías, las panaderías tradicionales y los bares familiares cuentan una historia silenciosa. En su lugar proliferan locutorios, carnicerías halal, bazares y peluquerías regentadas por inmigrantes musulmanes. El cambio comercial, en sí mismo, no tendría por qué ser problemático. Las ciudades siempre han mutado. Pero cuando esa transformación viene acompañada de un aumento percibido de inseguridad, de guetos culturales y de la retirada de los vecinos autóctonos del espacio público, la convivencia deja de ser una palabra amable para convertirse en una tensión cotidiana.
Los testimonios de los residentes de toda la vida dibujan un panorama inquietante. Robos nocturnos, trapicheos a plena luz del día, peleas esporádicas, ocupaciones ilegales y una policía que —según denuncian— llega tarde o simplemente no llega. "Mi abuela ya no puede salir ni de día", resume una vecina. No es una frase grandilocuente; es la constatación de un miedo doméstico, íntimo, devastador. Cuando los mayores, que fueron el alma de los barrios, se encierran en casa, algo esencial se ha roto.
A este deterioro material se suma otro, menos visible pero igualmente corrosivo: la fragmentación social. En Bonavista, como en tantos otros barrios periféricos españoles, la convivencia ya no se articula en torno a espacios comunes —la plaza, el mercado, el centro cívico— sino en comunidades paralelas que apenas interactúan. La integración, palabra repetida hasta la saciedad en discursos oficiales, parece haberse evaporado en la práctica.
Parte de los vecinos atribuye esta situación a décadas de políticas migratorias que, según sostienen, han priorizado la cantidad sobre la capacidad de absorción social. Señalan también a la combinación de buenismo ideológico, abandono institucional y falta de exigencia en materia de normas y valores compartidos. "Nos llamaban racistas por quejarnos —dicen—, y ahora vivimos con miedo".
El fenómeno no es exclusivo de este barrio ni de esta ciudad. Se repite con variaciones en distintas periferias urbanas europeas: zonas donde el Estado del bienestar retrocede, la economía formal se debilita y las identidades comunitarias se repliegan. Allí donde la autoridad pública se percibe como ausente, otras estructuras —religiosas, familiares o incluso delictivas— llenan el vacío.
Conviene, no obstante, huir tanto del alarmismo fácil como de la negación complaciente. Convertir cada problema de convivencia en una batalla ideológica solo garantiza que nada se resuelva. Pero ignorarlo por miedo a incomodar tampoco ayuda a quienes lo padecen. El desafío es doble: recuperar la seguridad y, al mismo tiempo, reconstruir un espacio común donde la diversidad no implique segregación.
Bonavista fue durante décadas un símbolo de movilidad social: obreros que llegaban con una maleta y construían una vida mejor. Hoy corre el riesgo de convertirse en símbolo de otra cosa: el fracaso de una integración mal planificada y peor gestionada.
Y, mientras tanto, en algún piso modesto, una anciana mira por la ventana y decide no bajar a la calle. Ese gesto pequeño, casi invisible, dice más sobre el estado real de un barrio que cualquier estadística oficial.


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