sábado, 21 de marzo de 2026

¿Qué significa la destitución de Vladimir Padrino para el crimen organizado en Venezuela?

Delcy Rodríguez y Padrino López

La destitución del general en jefe Vladimir Padrino López no es un episodio administrativo ni una mera rotación de cargos. Es una purga en toda regla, ejecutada con la frialdad característica de los regímenes que temen más a sus propios hombres que a sus enemigos declarados.

Durante más de una década, Padrino fue el rostro militar del chavismo, el custodio de la lealtad castrense y el garante último de que el poder político no sería desalojado por la fuerza. Su permanencia atravesó crisis económicas devastadoras, protestas masivas, sanciones internacionales y un aislamiento creciente. En cualquier sistema normal, esa estabilidad habría sido interpretada como un activo. En un régimen personalista, se convierte en una amenaza.

La historia ofrece precedentes inequívocos. Iósif Stalin purgó al Ejército Rojo en la Gran Purga para evitar un golpe interno, aun a costa de debilitar la defensa nacional. Fidel Castro no dudó en fusilar al general Arnaldo Ochoa cuando su prestigio militar empezó a eclipsar al poder político. Daniel Ortega ha perfeccionado la versión contemporánea: neutralizar a cualquier figura con autonomía suficiente para convertirse en alternativa.

Venezuela sigue ahora ese guion con inquietante fidelidad.

No se purga a los débiles, sino a los fuertes. No se aparta a los incompetentes, sino a quienes han acumulado poder propio. Padrino no cae por irrelevante, sino precisamente por lo contrario: porque su posición lo convertía en un actor imprescindible… y por tanto potencialmente peligroso.

La sustitución por una figura procedente del aparato de inteligencia confirma la deriva hacia un Estado cada vez más policial y menos institucional. Cuando los servicios secretos pesan más que el ejército regular, el régimen no se prepara para una guerra exterior, sino para una guerra interior: la de su propia supervivencia.

Pero hay otro elemento que no puede ignorarse. En Venezuela, el control militar no es solo una cuestión de defensa, sino también de economía. Fronteras, puertos, minería ilegal, contrabando, rutas aéreas y marítimas: quien controla las Fuerzas Armadas controla los flujos de riqueza —legal e ilegal— que mantienen en pie al sistema. La salida de Padrino implica necesariamente una redistribución de ese poder económico, invisible para la propaganda, pero decisivo en la realidad.

Para el crimen organizado, la caída del "ministro eterno" no anuncia el fin de sus operaciones, sino un periodo de incertidumbre hasta que se establezca un nuevo equilibrio. Los pactos tácitos deberán renegociarse. Las jerarquías informales se reordenarán. Y, como suele ocurrir en estos contextos, la violencia puede aumentar mientras los distintos actores calibran la nueva correlación de fuerzas.

Las purgas autoritarias siempre envían un mensaje doble. Hacia dentro, advierten a la élite de que nadie es indispensable. Hacia fuera, revelan la fragilidad del poder que pretenden reforzar. Un régimen seguro de sí mismo no necesita sacrificar a sus pilares; uno inseguro sí.

La destitución de Padrino López, por tanto, no fortalece necesariamente al sistema chavista. Más bien evidencia que atraviesa una fase de reajuste profundo, marcada por la desconfianza y la concentración extrema del poder. Cuando un gobierno empieza a temer a sus propios guardianes, es señal de que la estabilidad proclamada es más aparente que real.

En las democracias, los cambios de ministros responden a responsabilidades políticas. En los regímenes autoritarios, responden a cálculos de supervivencia. La historia enseña que, una vez iniciada la lógica de las purgas, rara vez se detiene en una sola cabeza.

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