Se repite con frecuencia, casi como un eslogan de sobremesa, la pregunta cargada de ironía: si la izquierda es anticapitalista, ¿por qué le gusta tanto el dinero? La cuestión, formulada así, sugiere hipocresía. Pero la respuesta es más incómoda —y más profunda—: no se trata de una contradicción ideológica, sino de una lógica de poder.
La frase es de Hugo Chávez
La izquierda clásica nunca ha sido enemiga del dinero en sí mismo. Su crítica histórica se dirige al capitalismo como sistema de propiedad y acumulación, no al dinero como instrumento. El dinero, al fin y al cabo, no tiene ideología: es una herramienta. Lo que se discute es quién lo posee, cómo se obtiene y quién decide su destino.
En ese sentido, muchas corrientes de izquierda no aspiran a eliminar la riqueza, sino a trasladar su control. Menos capital privado concentrado y más recursos gestionados por el Estado. No menos dinero, sino distinto dueño. La diferencia no es cuantitativa, sino política.
Gobernar cuesta dinero. Mucho dinero. Servicios públicos, subsidios, infraestructuras, educación, sanidad, pensiones, burocracia, campañas electorales, redes clientelares, medios afines… todo exige recursos constantes.
Un proyecto político que pretende ampliar el papel del Estado necesita, inevitablemente, una base financiera cada vez mayor. Por eso incluso los gobiernos más retóricamente anticapitalistas buscan inversión extranjera, explotan recursos naturales o elevan la presión fiscal: sin ingresos, no hay poder duradero.
El dinero no desaparece: cambia de manos
Existe además una distinción clave entre riqueza privada y riqueza estatal. Para buena parte de la izquierda, la primera es sospechosa porque escapa al control político; la segunda es legítima porque se presenta como colectiva. Pero lo "colectivo" suele administrarse desde estructuras muy concretas, con nombres, cargos y despachos. El dinero no desaparece: cambia de manos.
A esto se suma un factor más elemental, casi antropológico. La política no suspende la naturaleza humana. Ambición, seguridad, estatus, influencia… son motores universales, presentes en cualquier sistema. Pensar que una ideología vacuna contra ellos es una ingenuidad peligrosa. Allí donde hay poder, hay incentivos; y donde hay incentivos, hay dinero.
La izquierda contemporánea, además, dista mucho de ser monolítica. La socialdemocracia europea aceptó hace décadas la economía de mercado, aunque aspire a domesticarla mediante regulación y redistribución. Otros sectores mantienen un discurso más radical, pero en la práctica conviven con el capitalismo global porque no existe alternativa funcional a gran escala. El resultado es una tensión permanente entre retórica y realidad.
También hay un componente estratégico. Denunciar a "los ricos" moviliza emocionalmente, simplifica conflictos complejos y ofrece un antagonista claro. Prometer redistribución genera adhesión electoral inmediata. En política, las narrativas eficaces importan tanto como las coherentes.
La paradoja, por tanto, es solo aparente. La izquierda no ama el dinero como fin, sino como medio. Y el medio decisivo para transformar la sociedad —o para dominarla— es el poder estatal. Quien controla el presupuesto controla prioridades, favores, castigos y dependencias. Controla, en definitiva, la arquitectura de la vida pública.
Por eso la pregunta inicial puede reformularse de manera más precisa: no es que la izquierda anticapitalista adore el dinero; es que ningún proyecto de poder puede permitirse despreciarlo. El dinero no es el objetivo último, pero sí el combustible indispensable.
En política, como en la guerra, las proclamas ideológicas suelen arder en la primera hoguera presupuestaria.
miércoles, 18 de marzo de 2026
Si la izquierda es anticapitalista, ¿por qué le gusta tanto el dinero?
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