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Conviene responder con honestidad. No, España no es un Estado fallido ni un infierno inhabitable. Pero tampoco es ya la promesa de prosperidad y ascenso social que fue para quienes crecieron en la Transición o en las décadas posteriores. España no se ha derrumbado: se ha ido agotando.
Instituciones degradadas, no inexistentes
El problema no es que no haya instituciones, sino que demasiadas veces parecen colonizadas por los partidos que deberían someterse a ellas. La politización de órganos de control, la ocupación de empresas públicas, los bloqueos en la renovación de organismos constitucionales o el uso partidista de la administración han generado una percepción devastadora: que el Estado es un botín.
Los escándalos de corrupción han terminado de cimentar la idea de impunidad selectiva. No vivimos en un país donde haya que sobornar al funcionario para renovar el DNI; vivimos en uno donde las grandes irregularidades se concentran en las alturas del poder y rara vez acarrean consecuencias proporcionales.
Eso es más corrosivo que la corrupción cotidiana: la sensación de que existe una élite que juega con reglas distintas.
Economía de supervivencia para una generación preparada
Si las instituciones erosionan la confianza, la economía remata la faena. El principal problema para millones de españoles no es ideológico: es vital. La vivienda se ha convertido en un lujo, el empleo estable en una rareza y la independencia en una quimera tardía.
Una generación entera ha hecho todo lo que se le pidió —estudiar, formarse, ser flexible— para descubrir que el premio es un contrato precario y un alquiler que devora la mitad del sueldo. La inflación moderada, ese impuesto silencioso, termina de asfixiar a unas clases medias que sienten que trabajan más para vivir peor.
El resultado no es la revolución, sino algo más peligroso: la resignación.
Democracia sin fe
Que más de la mitad de la población declare insatisfacción con la democracia no significa nostalgia autoritaria. Significa que muchos ciudadanos perciben que votar apenas altera lo esencial. La política se ha transformado en un combate permanente entre bloques irreconciliables donde cada bando justifica lo injustificable si sirve para derrotar al otro.
Así, la ética deja de ser universal para convertirse en tribal. La corrupción propia se minimiza; la ajena se magnifica. El adversario deja de ser rival para convertirse en enemigo. Y en ese clima, las instituciones dejan de ser de todos para ser "de los nuestros" o "de los otros".
Una democracia puede sobrevivir a la pobreza; difícilmente sobrevive a la desconfianza.
¿Y los ciudadanos?
Sería cómodo culpar exclusivamente a la clase política, pero profundamente falso. Los políticos no brotan de una probeta: salen de la sociedad que los vota, los tolera o los ignora.
España padece también una forma de inmadurez cívica:
— Voto emocional antes que racional
— Tolerancia hacia el abuso del propio bando
— Baja implicación fuera de las redes sociales
— Dependencia crónica del Estado
— Fatalismo histórico («esto no tiene arreglo»)
Cuando una sociedad deja de exigir, el poder deja de esforzarse. Y cuando el poder decepciona, la sociedad exige aún menos. El círculo perfecto del deterioro.
Un país objetivamente próspero, subjetivamente frustrado
La paradoja española es evidente: nunca se ha vivido mejor en términos absolutos y, sin embargo, nunca ha habido tanta ansiedad sobre el futuro. Infraestructuras modernas, sanidad universal, libertades civiles plenas y una de las mayores esperanzas de vida del mundo conviven con pobreza infantil elevada, envejecimiento acelerado y un modelo productivo que ofrece pocas oportunidades de ascenso real.
España no es pobre: es vulnerable. No está en ruinas: está bloqueada.
El verdadero problema: la pérdida de horizonte
Lo que ha desaparecido no es la riqueza, sino la expectativa. Durante décadas, la mayoría creía que sus hijos vivirían mejor. Hoy muchos sospechan lo contrario. Y esa intuición cambia por completo la relación con el país: de proyecto común a escenario de supervivencia.
Cuando el futuro se estrecha, el presente se vuelve áspero y la política se convierte en un reparto de miedos.
No es una mierda de país. Es un país cansado
España no necesita autodesprecio ni propaganda optimista. Necesita lucidez. Sus problemas no son terminales, pero tampoco superficiales. Proceden de un desgaste simultáneo de instituciones y ciudadanía, de élites que han dejado de estar a la altura y de una sociedad que ha dejado de esperar demasiado de ellas.
No es un fracaso histórico. Es un agotamiento moral.
Y, sin embargo, hay algo esperanzador en la propia pregunta de esa joven. Quien afirma que su país es una mierda todavía espera, en el fondo, que no lo sea. La indiferencia sería mucho peor: significaría que ya no duele.
España no está perdida. Pero tampoco se arreglará sola.

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